Un jardín lleno de flores puede resultar inservible para las abejas que viven a su alrededor. No porque las flores sean falsas ni estériles, sino porque una abeja necesita cuatro cosas —néctar accesible a su lengua, polen, floración sin huecos y un sitio donde anidar— y un macizo ornamental corriente suele resolver, como mucho, la primera a medias. La pregunta útil no es qué flor es bonita, sino qué le hace falta al animal.
En España hay del orden de mil cien especies de abejas silvestres, una de las faunas apícolas más ricas de Europa. La abeja de la miel es solo una de ellas.
La abeja de la miel no es «las abejas»
Apis mellifera, y en la península la subespecie ibérica Apis mellifera iberiensis, es un animal social, doméstico en la práctica, que vive en colonias de decenas de miles de individuos gestionadas por apicultores. Su población no está en declive: la determina el número de colmenas, que es una decisión económica. Poner flores para ella es agradable, pero no es conservación.
Las que sí están en retroceso son las abejas silvestres, y en particular las solitarias, que son la inmensa mayoría de las especies. Cada hembra construye su propio nido, lo aprovisiona, pone y muere; no hay obreras, ni reina, ni miel, ni enjambre que defender. Por eso son mansas: una Osmia o una Andrena no tiene una colonia que proteger y prácticamente no pica. Muchas son pequeñas, oscuras o metálicas, y pasan por moscas a ojos de quien no las busca.
Tienen dos rasgos que las hacen frágiles. El primero es que vuelan corto: una abeja solitaria pequeña puede tener un radio de forrajeo de doscientos o trescientos metros, de modo que si el nido y las flores no están cerca, no hay nada que hacer. El segundo es que muchas son oligolécticas, es decir, recogen polen de un grupo botánico muy restringido y no aceptan sustitutos; hay especies ligadas exclusivamente a cardos, a campanillas o a salicáceas.
Los abejorros (Bombus) ocupan un lugar intermedio: son sociales pero con colonias anuales de pocas decenas o centenares, la reina hiberna sola y funda de cero cada primavera. Son los polinizadores más eficaces del tomate, el pimiento y los frutales de hueso en frío, porque practican la polinización por vibración: agarran la flor y la hacen sonar a unos cuatrocientos hercios para expulsar el polen de las anteras porosas. Apis mellifera no sabe hacerlo.
La lengua decide a qué flor puede ir cada una
Este es el criterio que hace útil un macizo y el que casi nunca aparece en las listas de plantas melíferas. El aparato bucal de una abeja tiene una longitud determinada, y el néctar está en el fondo de la corola. Si el tubo floral es más profundo que la lengua, esa flor es inaccesible para ese animal.
Las abejas de lengua corta —Andrena, Halictus, Lasioglossum, Colletes, Hylaeus, con dos o tres milímetros— necesitan flores abiertas y planas, con el néctar expuesto. Ese es el papel de las umbelíferas (hinojo, eneldo, cilantro, zanahoria dejada espigar), de las compuestas de capítulo abierto y centro visible, de los Sedum, de las euforbias, de la hiedra y de los frutales de flor sencilla.
Las abejas de lengua larga —Anthophora, Bombus, Osmia, Megachile, con seis a quince milímetros o más en algunos abejorros— acceden además a las flores tubulares: labiadas como salvia, romero, tomillo, lavanda, orégano y ajedrea; leguminosas como la veza, el trébol y la retama, cuyas flores papilionadas hay que abrir a la fuerza; boragináceas como el Echium.
Apis mellifera, con unos seis milímetros, queda en la zona media y por eso es generalista pero no universal: no alcanza el fondo de un trébol rojo, que sí explota el abejorro.
De ahí la regla de diseño: mezclar arquitecturas florales, no colores. Un arriate solo de labiadas alimenta a la mitad larga del gremio; uno solo de umbelíferas, a la corta. Los dos juntos alimentan a todos. Y una advertencia que ahorra dinero: las flores dobles —rosas de muchos pétalos, dalias pompón, claveles rizados, caléndulas dobles— tienen los estambres transformados en pétalos por selección hortícola. No producen polen y a menudo tampoco néctar accesible. Son decoración estéril.
Polen y néctar no son lo mismo
El néctar es azúcar: combustible de vuelo para la abeja adulta. El polen es proteína, lípidos y minerales: es la comida de las larvas, y es lo que la hembra amasa en el fondo de la celda antes de poner el huevo. Sin polen no hay descendencia, por muchas flores nectaríferas que haya.
Los dos recursos no van siempre juntos. Algunas plantas dan sobre todo néctar (buddleja, lantana) y otras son sobre todo poleníferas: la amapola (Papaver rhoeas) no produce néctar y es una fuente de polen enorme en mayo; los cistus del monte mediterráneo, igual. Las plantas con anteras abundantes y expuestas —amapola, jara, rosal silvestre, zarzamora, malva, borraja— son las que sostienen la cría.
Hay además una diferencia de calidad: el polen de leguminosas y de boragináceas es rico en proteína, mientras que el de algunas ornamentales es pobre. Una dieta variada importa tanto como la cantidad.
Floración escalonada: el calendario sin huecos
Un jardín que estalla en abril y mayo y luego se apaga es un jardín inútil desde junio. Las abejas necesitan alimento continuo durante toda su temporada de vuelo, y los cuellos de botella españoles son dos: el final del invierno, cuando las reinas de abejorro salen de hibernación con las reservas agotadas, y el agosto seco, cuando el monte mediterráneo ya ha terminado y el jardín está de vacaciones.
Enero a marzo. Romero (Salvia rosmarinus), que en el litoral florece desde noviembre; almendro; sauces (Salix), fundamentales por su polen tempranísimo; brezos (Erica); Prunus ornamentales; borraja (Borago officinalis), que se siembra en otoño y florece de febrero a junio; Muscari y Crocus.
Abril a junio. El pico fácil: jaras (Cistus), tomillo (Thymus vulgaris), salvia (Salvia officinalis, S. nemorosa), Echium —el Echium plantagineum peninsular y los tajinastes canarios, con floraciones espectaculares—, Phacelia tanacetifolia sembrada como abonado verde, retamas, tréboles y frutales.
Julio a agosto. El tramo difícil, y donde se decide si el jardín sirve. Aguantan con calor y poco riego: orégano (Origanum vulgare), que es de las plantas más visitadas del huerto en pleno verano; ajedrea (Satureja montana); lavandín (Lavandula × intermedia), que florece más tarde que la lavanda común; Perovskia; Eryngium; Nepeta, que rebrota y vuelve a florecer si se recorta tras la primera oleada; girasol de variedades no estériles; hinojo y eneldo dejados espigar.
Septiembre a noviembre. El cierre suele olvidarse y es decisivo para que las reinas de abejorro acumulen reservas antes de hibernar. Sedum spectabile, Aster, Solidago, madroño (Arbutus unedo) y, sobre todo, la hiedra (Hedera helix), que florece de septiembre a noviembre cuando ya no queda nada más y sostiene a una abeja especializada en ella, Colletes hederae. Dejar florecer un paño de hiedra vieja en un muro vale más que un macizo entero de temporada.
Dos criterios de plantación: agrupar, porque una abeja forrajea con constancia de especie y un manchón de un metro cuadrado es más rentable que doce plantas sueltas; y priorizar especies locales y de flor sencilla, que es donde se han criado durante milenios estos insectos.
El nido, que es lo que nunca se ofrece
Sembrar flores es la parte fácil. La limitante suele ser el nido, porque los jardines ordenados eliminan exactamente los sustratos que hacen falta.
Suelo desnudo y soleado. Alrededor de dos de cada tres especies de abeja excavan galerías en tierra: Andrena, Halictus, Colletes, Anthophora. Necesitan suelo mineral, compacto, en pendiente o llano, orientado al sur y sin acolchar. Una capa de corteza de pino o de grava sobre todo el jardín cierra la puerta a este grupo entero. Basta reservar unos metros cuadrados de tierra desnuda en un talud soleado, o el borde arenoso de un camino, y no pisarlo ni removerlo. Los montoncitos de tierra con un agujero central que aparecen en marzo son eso, y no una plaga.
Tallos huecos y médula blanda. Las Osmia, Megachile, Heriades y Hylaeus anidan en cavidades cilíndricas. Sirven las cañas de Arundo o de bambú cortadas con un nudo al fondo, los tallos secos de zarza, saúco o hinojo dejados en pie, y los bloques de madera dura taladrados con brocas de 3 a 10 milímetros y una profundidad de 10 a 15 centímetros, con los agujeros bien lijados por dentro. El hotel de insectos se coloca a un metro o metro y medio del suelo, orientado al sureste, protegido de la lluvia por un alero y firmemente sujeto para que no oscile. Un aviso importante: hay que renovar las cañas cada dos años, porque si no se acumulan parásitos y hongos y el refugio pasa a ser una trampa.
Madera muerta. Un tronco viejo con galerías de escarabajo, un tocón que no se arranca, unas ramas apiladas en un rincón: ahí anidan abejas de la madera y muchos otros polinizadores.
Huecos a ras de suelo para abejorros: un montón de hojas secas bajo un seto, tejas apiladas, un ribazo con matas de gramíneas sin segar, una madriguera vieja de ratón. Las reinas de Bombus hibernan en tierra suelta a pocos centímetros de profundidad, lo que da otro motivo para no cavar en invierno.
Agua, por último: un plato con guijarros o corchos que sobresalgan, para que puedan beber sin ahogarse, rellenado a diario en verano. En zonas de mosquito tigre, se vacía y friega cada semana.
Insecticidas: ninguno, incluidos los «naturales»
El punto que invalida todo lo anterior si se incumple. Que un producto tenga origen vegetal o bacteriano no lo hace inocuo para un insecto; a menudo significa justo lo contrario.
Las piretrinas naturales, extraídas del Chrysanthemum cinerariifolium, son neurotóxicos de amplio espectro y matan abejas por contacto con la misma eficacia que un piretroide de síntesis. El spinosad, de origen bacteriano y admitido en agricultura ecológica, es altamente tóxico para abejas mientras el caldo está húmedo. El aceite de neem altera el desarrollo larvario y actúa sobre la cría. Incluso el jabón potásico, que es de lo más benigno que existe, mata por contacto cualquier insecto de cuerpo blando que alcance, y las abejas pequeñas lo son.
Los neonicotinoides —imidacloprid, tiametoxam, clotianidina— son sistémicos: la planta los incorpora y los expresa en néctar y polen durante semanas, de modo que la exposición continúa mucho después de la aplicación. Su uso en exterior está restringido en la Unión Europea desde 2018.
Si hay que intervenir, la escala razonable es: tolerar cierto nivel de daño, favorecer a los auxiliares —el asunto está desarrollado en el artículo sobre plantas que atraen insectos que alejan plagas—, retirar a mano o con chorro de agua, y solo en último extremo tratar de forma localizada, al anochecer, cuando no hay vuelo, y nunca sobre planta en flor. Los herbicidas cuentan también: eliminar el trébol y los dientes de león del césped elimina el recurso más constante que hay en primavera.
En resumen
Atraer abejas es cubrir cuatro necesidades. Néctar y polen, que son alimentos distintos y ambos imprescindibles, en flores sencillas y de arquitecturas variadas para que lleguen tanto las lenguas cortas —umbelíferas, compuestas abiertas, Sedum— como las largas —labiadas, leguminosas, boragináceas—. Floración sin huecos de febrero a noviembre, cuidando el bache de agosto con orégano, ajedrea y lavandín, y el cierre con hiedra y Sedum. Nidos: unos metros de suelo desnudo y soleado sin acolchar, cañas y taladros renovados cada dos años, madera muerta y hojarasca bajo el seto. Y cero insecticidas sobre planta en flor, incluidos piretrinas, spinosad, neem y jabón potásico.