Lo que llama la atención en una mata de palomera no son las flores: son las hojas que las rodean. Las brácteas del extremo de cada tallo de Cerinthe major viran a un azul violáceo con brillo metálico que no se parece a nada más en un jardín mediterráneo, un color que en primavera cambia de tono según la luz y que va del turquesa apagado al morado casi negro. Las flores de verdad cuelgan debajo, en forma de tubo, y son bastante más discretas.

Brácteas azuladas y flores tubulares colgantes de Cerinthe major

Una borraginácea anual

Pertenece a las boragináceas, la familia de la borraja, el heliotropo y los nomeolvides, y como buena parte de ellas tiene el follaje algo carnoso y las flores dispuestas en cimas escorpioides, esa inflorescencia enrollada como la cola de un escorpión que se va desplegando a medida que abre.

Es anual, de cuarenta a sesenta centímetros, con tallos algo carnosos, ramificados desde la base y a menudo tumbados y luego ascendentes cuando la mata gana peso. Las hojas son alternas, abrazadoras —envuelven el tallo con la base, sin peciolo—, ovadas, azuladas por la cera que las recubre y con frecuencia salpicadas de manchas blanquecinas irregulares.

La flor es un tubo colgante de dos a tres centímetros, cerrado en el extremo salvo por una boca estrecha, y su color varía: en la especie silvestre el amarillo con la punta parda o purpúrea es lo habitual, mientras que en el cultivar de jardinería 'Purpurascens' —el más difundido con diferencia— el tubo es de un morado vinoso oscuro y las brácteas alcanzan el azul metálico más intenso. Florece de febrero a junio según zona y momento de siembra.

El género Cerinthe viene del griego keros, cera, y anthos, flor, porque se creyó antiguamente que las abejas obtenían de ella la cera. Sus nombres castellanos —palomera, ceriflor, llorabuey— conviven sin mucho orden. Como planta silvestre es propia de la cuenca mediterránea y aparece en la Península en barbechos, márgenes, cunetas y campos de cultivo, sobre todo en el sur y el este.

El ciclo, y por qué importa cuándo se siembra

Aquí se decide el éxito o el fracaso con esta planta, y el problema habitual viene de tratarla como una anual de verano al modo de las petunias o los tagetes. Cerinthe major es una anual de invierno, con el ciclo montado sobre el régimen de lluvias mediterráneo.

El calendario natural es este. La semilla cae en verano y permanece inactiva mientras hace calor y no llueve. Con las lluvias de otoño y el descenso de temperatura germina, en octubre o noviembre. La planta pasa el invierno como una roseta baja de hojas azuladas, creciendo despacio pero creciendo, con la raíz profundizando. Al alargarse el día en febrero se lanza, alarga los tallos y empieza a florecer, y sigue hasta que el calor y la sequía la agotan, entre mayo y junio. Entonces madura la semilla, se seca y desaparece.

Ese ciclo la coloca en un hueco valioso del jardín: florece cuando casi nada más lo hace, entre el final del invierno y la primavera media, y libera el sitio justo cuando entran las plantas de verano.

La consecuencia práctica es directa. En clima mediterráneo se siembra en otoño, de septiembre a noviembre, y se obtiene una planta grande, ramificada y con floración larga. Sembrada en primavera, entra en flor con prisa, se queda pequeña y se agosta en cuanto aprieta junio. En la meseta y en el norte, con inviernos duros, se siembra a finales de invierno o a comienzos de primavera, o se siembra en otoño con protección, porque las heladas fuertes acaban con las plántulas.

Siembra directa: la única que funciona bien

La palomera desarrolla una raíz pivotante que no tolera el trasplante. Una plántula levantada de semillero y pasada a tierra queda tocada, se queda pequeña o se va de flor prematuramente. Salvo que se use maceta biodegradable o alveolo profundo y se trasplante muy joven, lo eficiente es sembrar donde va a vivir.

La semilla es grande —del tamaño de un grano de trigo grueso—, dura, negruzca y fácil de manejar, lo que hace la siembra directa cómoda. Se entierra a un centímetro y medio o dos: necesita oscuridad para germinar bien, y una semilla dejada en superficie germina de forma irregular.

El sitio: sol pleno o sombra ligera de mediodía, suelo drenante, ni rico ni trabajado en exceso. Tolera la caliza sin problema y prefiere suelos pobres; en tierra fértil crece exuberante, se tumba y florece menos.

Marco: siembra a golpes de dos o tres semillas cada veinticinco o treinta centímetros, aclarando después a una planta por golpe. En mancha, de ocho a doce plantas por metro cuadrado dan un efecto denso.

Germinación: de una a tres semanas con suelo húmedo y temperaturas de doce a dieciocho grados. Si la semilla lleva tiempo guardada, un remojo de una noche en agua tibia mejora el porcentaje.

Cuidados posteriores: escasos. Riego solo para arrancar y en primaveras secas; nada de abonado. Vigilar los caracoles y las babosas en la fase de roseta invernal, que es cuando puede perderse la siembra entera en una semana húmeda. Le afecta poco lo demás, aunque en primaveras cerradas y con la planta apretada puede aparecer oídio en las hojas bajas; airear la plantación lo resuelve.

La resiembra: cómo se queda en el jardín

Se siembra una vez y, si se le deja, vuelve sola cada año. La semilla es pesada, cae al pie de la planta madre y forma una reserva en el propio suelo que germina con las lluvias de otoño, de modo que la mancha se desplaza poco a poco y se densifica sin intervención.

Para que eso ocurra hay que hacer tres cosas, o mejor dicho, dejar de hacer tres cosas. La primera, no cortar las plantas agotadas hasta que la semilla esté madura: se nota porque los frutos se sueltan al pasar la mano y las brácteas han perdido el azul. La segunda, no acolchar la zona en otoño con una capa gruesa, que impide la nascencia. Y la tercera, no escardar en noviembre sin mirar: las plántulas de palomera son reconocibles por sus dos cotiledones grandes y redondeados y por el tono azulado de las primeras hojas, y una escarda distraída borra la generación siguiente.

Si interesa dirigirla, basta con recoger un puñado de semilla en junio, guardarla en sobre de papel en sitio seco y sembrarla en octubre donde convenga. En un jardín naturalista lo lógico es lo contrario: dejarla circular y aceptar que cada año aparecerá en un sitio ligeramente distinto. No es invasora en el sentido problemático del término —es una anual de raíz somera que se arranca con dos dedos— pero sí prolífica, y en un macizo apretado conviene aclararla.

Flores tubulares púrpuras de la palomera

Néctar para lenguas largas

Su fama entre apicultores y aficionados a los polinizadores está justificada, y tiene una explicación morfológica concreta. La corola forma un tubo estrecho, largo y cerrado, con el néctar acumulado en el fondo. Ese diseño restringe el acceso por longitud de lengua: la abeja de la miel, con una probóscide de unos seis o siete milímetros, llega mal o no llega, mientras que los abejorros de lengua larga y las abejas del género Anthophora, que superan holgadamente el centímetro, entran sin dificultad.

El resultado es una flor con recompensa abundante y poca competencia, algo especialmente valioso en marzo y abril, cuando las reinas de abejorro salen de la hibernación y necesitan cargar energía para fundar el nido. Ver una mata de palomera trabajada por abejorros en un mediodía de marzo es habitual, y el ruido es notable.

Hay un fenómeno secundario interesante que se observa a menudo en esta planta: el robo de néctar. Insectos con lengua corta —abejorros de lengua corta, y luego abejas melíferas aprovechando el agujero— perforan la base del tubo por fuera y beben sin entrar por la boca de la flor, de modo que se llevan el néctar sin polinizar. Los orificios se ven a simple vista si se miran los tubos por su parte alta. Es una conducta bien documentada en flores tubulares y no daña a la planta de forma apreciable.

Las brácteas coloreadas, por su parte, cumplen la función de señal a distancia que en otras plantas hacen los pétalos: como las flores son colgantes y de color apagado, la masa azul superior es lo que anuncia la presencia del recurso.

En el jardín y en el jarrón

Como planta de composición, la palomera aporta algo poco frecuente: color azulado en el follaje, no solo en la flor, y durante meses. Eso la hace útil como enlace entre floraciones que de otro modo chocarían, y particularmente buena junto a tonos que refuercen el contraste.

Funciona bien en jardín naturalista y en pradera de anuales de resiembra, mezclada con amapolas, Nigella damascena, Eschscholzia, Centaurea cyanus, caléndulas y gramíneas finas. En macizo mediterráneo llena el hueco de primavera al pie de arbustos de secano. En bancal de huerto sirve como planta acompañante para atraer polinizadores a las habas y a los guisantes, que florecen en el mismo momento. Y en maceta grande y honda, de al menos treinta centímetros de profundidad para la raíz, se comporta razonablemente bien.

Como flor cortada tiene aceptación creciente en floristería, con la particularidad de que se corta más por las brácteas que por la flor. Dos advertencias de manejo. Los tallos son huecos y algo carnosos y se doblan si se cortan demasiado tiernos: hay que esperar a que el tallo esté firme, con las brácteas ya coloreadas. Y al cortar sueltan savia con abundancia, lo que reduce la vida en agua; sellar el extremo unos segundos en agua muy caliente o recortar bajo el agua y cambiar el agua a diario mejora bastante el resultado. Bien tratada, aguanta alrededor de una semana.

No consta que la planta tenga toxicidad relevante, aunque tampoco tiene uso alimentario ni medicinal establecido, y no procede probarla: como todas las boragináceas, es un grupo en el que la presencia de alcaloides pirrolizidínicos aconseja no experimentar.

En resumen

Cerinthe major, la palomera o ceriflor, es una borraginácea anual mediterránea de tallos carnosos, hojas abrazadoras glaucas y flores tubulares colgantes, coronada por brácteas de un azul violáceo metálico que son su verdadero atractivo; el cultivar 'Purpurascens' es el más intenso. Su ciclo es de invierno: germina con las lluvias de otoño, pasa el invierno en roseta y florece de febrero a junio, motivo por el que en clima mediterráneo se siembra de septiembre a noviembre y no en primavera. La siembra ha de ser directa y a un par de centímetros de profundidad, porque la raíz pivotante no acepta trasplante y la semilla necesita oscuridad; después pide poco más que vigilar los caracoles en la fase de roseta. Si no se corta antes de que la semilla madure, se resiembra sola y se queda en el jardín indefinidamente. Su corola larga y estrecha reserva el néctar a los abejorros de lengua larga y a las Anthophora, en el momento del año en que las reinas fundan nido, y es frecuente ver en ella robo de néctar por perforación de la base del tubo. Sirve para jardín naturalista, para acompañar hortícolas de primavera y como flor cortada, cortando el tallo ya firme y sellando el corte en agua caliente.


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