Un tronco de seis metros de contorno que se corta con un cuchillo de cocina. No es una exageración de viajero: el ombú, Phytolacca dioica, levanta una mole vegetal descomunal sin fabricar apenas madera, y esa contradicción explica casi todo lo que le pasa a la planta, desde su rapidez de crecimiento hasta su fragilidad ante un temporal.

Ejemplar adulto de ombú con la base del tronco muy ensanchada

Una hierba gigante, no un árbol

Botánicamente, el ombú pertenece a la familia Phytolaccaceae, la de las hierbas de la carmín o hierbas carmín, plantas herbáceas o subarbustivas del orden Caryophyllales. Sus parientes cercanos son la Phytolacca americana que se naturaliza en cunetas del norte peninsular y la Phytolacca acinosa de los jardines, ninguna de las cuales pasa de los dos o tres metros. El ombú alcanza entre 12 y 18 metros de altura y una copa que puede superar los 20 metros de diámetro.

Lo que no tiene es madera verdadera. La madera, en sentido estricto, es xilema secundario lignificado producido por un único cámbium vascular que funciona año tras año en un cilindro continuo. Eso es lo que hace un roble o un pino, y por eso su tronco es duro, denso y resiste. El ombú produce otra cosa: un tronco formado en su mayor parte por parénquima blando, esponjoso y cargado de agua, con densidades que rondan los 0,2 o 0,3 gramos por centímetro cúbico. Menos que el corcho en algunos casos. Un tronco de ombú recién cortado chorrea, no arde bien, no se puede aserrar en tablas y se descompone en meses.

Por eso conviene llamarlo lo que la literatura botánica argentina lleva llamándolo mucho tiempo: una hierba arborescente. Tiene el porte de un árbol y la anatomía de una remolacha.

Cómo engorda ese tronco: el crecimiento secundario anómalo

El mecanismo tiene nombre técnico y es la clave del ombú: cámbiums sucesivos, o crecimiento secundario anómalo. Aparece de forma recurrente en el orden Caryophyllales, y quien haya cortado una remolacha por la mitad ya lo ha visto sin saberlo.

En una planta leñosa normal, un solo anillo de células meristemáticas rodea el tallo y va depositando xilema hacia dentro y floema hacia fuera durante toda la vida del individuo. En el ombú ese primer cámbium funciona poco tiempo y se agota. Entonces, en el tejido parenquimático situado por fuera, se diferencia un nuevo anillo meristemático completo, que produce a su vez una banda estrecha de xilema y floema y también se detiene. Después otro. Y otro. El tronco adulto es una sucesión de anillos vasculares concéntricos, cada uno delgado, separados por masas enormes de parénquima de reserva.

Las consecuencias prácticas se encadenan solas:

  • Engorda muy deprisa. Producir parénquima cargado de agua cuesta muchísima menos energía que lignificar. Un ombú de veinte años puede tener ya un tronco de metro y medio de diámetro.
  • Almacena agua. El tronco funciona como depósito, y de ahí su tolerancia a los veranos secos una vez que la planta está establecida.
  • Los anillos no sirven para datar. No son anillos anuales de crecimiento comparables a los de un árbol, así que las edades que se atribuyen a los ejemplares monumentales son estimaciones, no dendrocronología.
  • Se desgaja con facilidad. Las ramas grandes, pesadas de agua y mal sostenidas por tejido blando, se rompen con viento fuerte o bajo su propio peso.
  • Cicatriza raro. Una herida grande no compartimenta como en un árbol: se pudre hacia dentro y deja oquedades. Muchos ombúes viejos están literalmente huecos y siguen vivos, porque el transporte lo hacen los anillos vasculares periféricos.

Porte, base ensanchada y edad

La silueta del ombú adulto es inconfundible: un tronco corto y desmesuradamente grueso que se ensancha hacia abajo en una base acampanada, a veces con costillas y pliegues que parecen raíces fundidas con el tronco, y de ahí arriba una copa amplia y redondeada. Esa base es en parte un engrosamiento del propio tallo y en parte raíces principales muy superficiales que emergen del suelo y se sueldan visualmente con él. En ejemplares viejos el perímetro medido a ras de suelo pasa de los 10 o 12 metros con facilidad, aunque a la altura del pecho el tronco sea mucho más estrecho.

Las hojas son alternas, enteras, elípticas u ovadas, de 8 a 15 centímetros, verdes brillantes y algo carnosas, con el nervio central marcado. En climas suaves la planta se comporta como perennifolia o semiperennifolia; con inviernos más fríos pierde hoja y rebrota en primavera.

Sobre longevidad, la prudencia obliga a hablar en órdenes de magnitud. Se manejan cifras de uno a tres siglos para los ejemplares grandes, pero, sin anillos anuales fiables, esas cifras vienen de registros históricos de plantación cuando existen y de estimaciones de crecimiento cuando no.

Planta dioica: hay pies macho y pies hembra

El epíteto específico lo dice: dioica. Cada individuo lleva flores de un solo sexo, así que hacen falta pies de ambos para que haya fruto. Las flores, pequeñas, blanquecinas o verdosas, se agrupan en racimos colgantes de 10 a 15 centímetros que aparecen en primavera y principios de verano, entre mayo y julio en la mayor parte de España. Los pies masculinos producen racimos con numerosos estambres muy visibles; los femeninos, flores con un ovario de varios carpelos soldados.

El fruto es una baya carnosa lobulada, de un centímetro escaso, verde primero y de un amarillo anaranjado que oscurece al madurar hacia finales de verano. Cae en cantidad, mancha el pavimento y germina con facilidad, algo que conviene tener en cuenta antes de plantar un pie hembra sobre una terraza o junto a una piscina. Las aves los comen y los dispersan.

Como no hay forma fiable de saber el sexo de un ejemplar joven de semilla, quien quiera evitar el fruto tendrá que recurrir a esqueje o a una planta ya florecida e identificada en vivero.

Frutos carnosos del ombú agrupados en racimo

Toxicidad: lo que comparte con el resto del género

Conviene decirlo sin rodeos y sin alarmismo: todas las partes del ombú son tóxicas por ingestión, y el género Phytolacca entero comparte ese perfil. Los responsables principales son dos grupos de compuestos.

Por un lado, saponinas triterpénicas (los fitolacósidos), abundantes sobre todo en raíz, hojas y frutos. Las saponinas son tensioactivas: alteran las membranas celulares y, en el tubo digestivo, producen irritación de la mucosa con vómitos, dolor abdominal y diarrea. Por otro, oxalatos de calcio, que añaden irritación local en boca y garganta.

El caso más frecuente en jardín es el de un niño que se lleva a la boca los frutos, que resultan llamativos y blandos. El cuadro típico es digestivo y se resuelve con atención médica, pero no es algo para vigilar en casa a ver qué pasa: ante una ingestión, lo indicado es llamar al Instituto Nacional de Toxicología o acudir a urgencias con una muestra de la planta. En animales domésticos, perros y sobre todo cabras u ovejas que ramoneen las hojas caídas pueden presentar el mismo cuadro; el ganado suele rechazarlo por su sabor, lo que limita los accidentes.

La savia también irrita piel y mucosas en personas sensibles, así que la poda o el desbroce se hacen con guantes y evitando frotarse los ojos.

El ombú arrastra fama medicinal en su área de origen, donde hojas y raíz se han usado tradicionalmente como purgante y como emético. Esa tradición existe, pero conviene separarla de la evidencia: no hay estudios clínicos que respalden un uso seguro, el margen entre el efecto buscado y la intoxicación es estrecho precisamente porque el mecanismo es irritativo, y las saponinas pueden interferir con la absorción de otros medicamentos. Nada de esto es material de autotratamiento. Cualquier duda sobre plantas y salud se consulta con el médico o el farmacéutico.

Quien quiera profundizar en el perfil tóxico del género y en el comportamiento invasor de otras especies puede leer el artículo dedicado a Phytolacca en la sección de jardinería.

Un tronco que no vale como madera

Cerrando el círculo con lo que abría el artículo: la madera del ombú carece de valor. No aguanta carga, no se seca sin deformarse ni agrietarse, se pudre en cuanto la coloniza un hongo y como leña apenas rinde calorías porque su contenido en agua es enorme y arde con dificultad. En la pampa se le dio, todo lo más, algún uso doméstico marginal.

Esa inutilidad tuvo una consecuencia curiosa. En una llanura donde cualquier tronco con madera acababa convertido en poste, corral o combustible, el ombú se salvó de la sierra justamente por no servir para nada, y sobrevivió como punto de sombra y de referencia en el paisaje. Su papel cultural y su comportamiento como planta de jardín en España se tratan en el otro artículo dedicado a él.

En resumen

El ombú es una hierba arborescente sudamericana, no un árbol: su tronco colosal se forma por crecimiento secundario anómalo, con cámbiums sucesivos que depositan anillos vasculares delgados entre grandes masas de parénquima blando lleno de agua. De ahí su crecimiento rápido, su base acampanada, su tolerancia a la sequía, su tendencia a desgajarse y una madera que no sirve para nada. Es dioico, así que solo los pies femeninos dan esas bayas anaranjadas, y toda la planta contiene saponinas y oxalatos que la hacen tóxica por ingestión para personas y animales.


Contenidos relacionados