Durante diez meses al año, Muhlenbergia capillaris es una mata de hierba fina y discreta que nadie miraría dos veces. En octubre emite sus inflorescencias y la mata desaparece bajo una nube rosa translúcida que atrapa la luz rasante del atardecer y parece flotar sobre el suelo. Esa transformación repentina, y el nombre popular estadounidense de pink muhly grass o hierba del algodón de azúcar, resumen bien de qué va esta gramínea.
Qué es y de dónde viene
Es una gramínea perenne de la familia Poaceae, originaria del este y sureste de Estados Unidos, desde Massachusetts hasta Florida y Texas, con poblaciones también en México y en el Caribe. Vive allí en praderas abiertas, claros de pinar, suelos arenosos costeros y afloramientos rocosos, siempre en sitios soleados y de suelo pobre. Ese origen dice ya casi todo sobre cómo tratarla.
Forma una mata densa y erecta de 60 a 90 cm de altura foliar, con hojas muy estrechas, casi filiformes, de un verde grisáceo que en invierno vira a pajizo. En floración, entre finales de septiembre y noviembre, levanta panículas abiertas y extraordinariamente ramificadas que suman otros 30 o 40 cm y alcanzan un metro veinte de conjunto, con una anchura similar.
El color rosa no procede de flores vistosas —las de las gramíneas nunca lo son— sino de las espiguillas diminutas y de las ramificaciones purpúreas de la panícula, que en masa y con luz detrás producen el efecto de humo teñido. Existe la variedad 'White Cloud', de panícula blanca crema, y selecciones como 'Regal Mist' o 'Pink Flamingos' con tonos más saturados.
Sol pleno, sin negociación
El requisito determinante es la luz. Sin sol directo abundante no hay color rosa: la planta sobrevive en sombra parcial, pero produce menos panículas, más pálidas y de tono sucio, y la mata se abre por el centro y se tumba. Seis horas de sol directo son el mínimo, y ocho o más el objetivo.
En el sur de España conviene además pensar en la orientación de la vista. La nube rosa se aprecia sobre todo a contraluz, con el sol bajo detrás de la mata, de modo que colocarla al oeste u al suroeste respecto al punto habitual de observación multiplica su efecto. Plantada con el sol de espaldas al espectador se ve la mitad de bien.
Suelo y riego
Suelo. Acepta prácticamente cualquiera con tal de que drene: arenoso, pedregoso, arcilloso ligero, calizo o ácido. Prefiere los pobres. En tierra rica y abonada crece más alta y blanda, y las matas se abren y vuelcan bajo el peso de las panículas mojadas. Lo único que no tolera es el encharcamiento invernal, que pudre la corona.
Riego. Durante el primer año hay que regar con cierta regularidad, cada semana o cada diez días en verano, para que el sistema radicular profundice. Una vez establecida es notablemente resistente a la sequía y en clima mediterráneo litoral puede pasar el verano con riegos muy espaciados o sin ninguno. En el interior seco, un par de riegos profundos en julio y agosto mantienen la mata en forma y aseguran la floración de otoño. Riegos frecuentes y superficiales son peores que ninguno.
Abonado. Ninguno o muy poco. Es una gramínea de suelo pobre y abonarla la estropea. Como mucho, un aporte ligero de compost superficial cada dos o tres años.
Salinidad y viento. Tolera la brisa marina y cierta salinidad del suelo, lo que la hace utilizable en jardines de costa. También aguanta bien el viento sin despeinarse de forma permanente.
Los dos primeros años son lentos
Conviene saberlo antes de plantarla para no desanimarse. Una planta joven de contenedor tarda dos temporadas en dar la floración que se espera de ella. El primer otoño emite unas pocas panículas escuálidas, o ninguna; el segundo mejora; a partir del tercero, con la mata ya asentada y de buen diámetro, es cuando el efecto de nube funciona de verdad.
Esa lentitud inicial se debe a que invierte primero en raíz. No hay atajo: abonar para acelerar el proceso produce follaje flojo y sigue sin dar flor. La respuesta es plantar con paciencia y, si se busca resultado rápido, comprar ejemplares en contenedor grande ya cuajados.
Su longevidad compensa la espera: una mata bien situada vive muchos años y solo necesita dividirse cuando empieza a morir por el centro, cada cuatro o cinco temporadas.
El corte: a final de invierno y no antes
Es el punto de manejo donde más se falla. Terminada la floración, las panículas se secan y adquieren un tono beige dorado, y la mata seca aguanta erguida todo el invierno.
Esa mata seca no se corta en otoño. Hay tres razones. La primera es ornamental: la silueta pajiza con escarcha o con luz de invierno es uno de los mejores momentos del jardín de gramíneas, y cortarla en noviembre convierte el macizo en un solar durante cuatro meses. La segunda es fisiológica: el follaje seco protege la corona del frío y de la humedad, y cortar a ras en otoño deja el centro de la mata expuesto al agua y a la helada, que es como se pierden ejemplares. La tercera es ecológica: la mata invernal aloja insectos y sirve de refugio a fauna pequeña.
El corte se hace a finales de invierno, en febrero o principios de marzo según la zona, justo antes de que asome el brote nuevo, dejando entre 8 y 15 cm sobre el suelo. Se hace con tijera de setos o con desbrozadora, atando antes la mata con una cuerda para que caiga en bloque y no haya que rastrillar. Si se retrasa hasta que el brote verde ya ha crecido, el corte deja puntas cortadas amarillas que afean la mata todo el año.
Multiplicación
División de mata. Es el método fiable. Se hace en primavera, cuando arranca el crecimiento, nunca en otoño. Se levanta la mata con horca, se parte con pala o cuchillo en porciones de al menos un palmo de diámetro —los fragmentos pequeños tardan demasiado en cuajar— y se replantan de inmediato regando bien las primeras semanas.
Semilla. Germina sin dificultad sembrada en primavera a 18-22 °C, sobre sustrato arenoso y apenas cubierta. Las plantas de semilla tardan tres años en florecer bien y muestran variabilidad de color, de modo que para cultivares seleccionados hay que dividir.
Plantación. Primavera, de marzo a mayo, para que el verano la encuentre con raíz hecha. En clima suave de litoral también funciona el otoño temprano. Marco de plantación de 60 a 90 cm entre plantas.
Cómo usarla: en masa o nada
Una mata aislada de Muhlenbergia capillaris resulta anecdótica: se ve una hierba con un poco de rosa encima. El efecto que justifica su fama solo aparece cuando se plantan grupos de siete, once o quince ejemplares juntos, o mejor bandas largas y anchas, porque las nubes individuales se solapan y forman una superficie continua de color. Esa es la única manera de que funcione y es la forma en que se usa en jardinería pública y en diseño naturalista.
Combina bien con lo que florece a la vez o poco antes: Sedum 'Herbstfreude', Perovskia, Salvia arbustivas, Echinacea y Rudbeckia ya en fruto, y otras gramíneas de textura distinta como Stipa tenuissima o Pennisetum. Sobre fondo oscuro —un seto de ciprés, un muro en sombra, un grupo de arbustos de hoja perenne— el rosa se dispara.
Sirve también para taludes secos, para bordes de camino de grava, para jardín de bajo consumo hídrico y para primera línea de costa. Es una gramínea cespitosa que no rebrota por rizomas, así que no invade ni se escapa del sitio donde se planta.
Rusticidad en España
Resiste el frío hasta unos −20 °C con la corona protegida, lo que cubre toda la Península salvo situaciones de alta montaña, y prospera igual de bien en el calor extremo del sur. Su limitación en España no es el frío sino la humedad invernal en suelo pesado: en zonas atlánticas con lluvia continua y terreno arcilloso conviene plantarla elevada, sobre caballón o en rocalla con grava, para que el agua no se estanque en la corona.
En resumen
Muhlenbergia capillaris es una gramínea perenne norteamericana que en octubre y noviembre cubre su mata con una panícula rosa vaporosa. Necesita sol pleno para dar color, suelo drenante y pobre, riego regular solo el primer año y prácticamente ninguno después, y nada de abono. Tarda dos temporadas en cuajar y no hay forma de acelerarla. La mata seca se deja en pie todo el invierno y se corta a 10 cm a finales de febrero, antes del rebrote. Y hay que plantarla en masa y a contraluz: en ejemplar suelto, el efecto que la justifica no llega a producirse.