Entre la siembra y la incorporación de la mostaza blanca median seis u ocho semanas, y ese plazo tan corto explica por sí solo casi todo lo que hace esta planta en una huerta. Donde otras cubiertas necesitan un otoño entero, Sinapis alba L. cabe en el hueco que queda entre dos cultivos.
La planta
Es una crucífera anual de la familia Brassicaceae, de 40 a 80 centímetros de alto, con tallo erecto y áspero, hojas inferiores profundamente lobuladas y flores amarillas de cuatro pétalos en cruz dispuestas en racimo. El fruto es una silicua híspida rematada por un pico aplanado bastante largo, y dentro van unas pocas semillas globosas de color pajizo, más claras y más grandes que las de la mostaza negra.
Conviene no confundirla con sus parientes de uso condimentario: Brassica nigra, la mostaza negra, y Brassica juncea, la parda u oriental. Se parecen en el aire, difieren en el tamaño y color de la semilla, en la composición química y en el comportamiento agronómico.
Velocidad, que es lo que se le pide
La semilla nace en tres o cinco días con humedad y temperatura suave. A las tres o cuatro semanas la parcela está tapada por completo, y a las seis u ocho la planta ha construido entre dos y cuatro toneladas de materia seca por hectárea y está a punto de espigar. Ese es el momento de segarla e incorporarla.
La cobertura rápida tiene dos efectos inmediatos. El primero, ahogar la hierba adventicia por competencia de luz, sin más herramienta que la densidad. El segundo, proteger la superficie del suelo del impacto de la lluvia otoñal, que en terreno desnudo sella los poros, forma costra y arrastra partículas.
La raíz es pivotante, con ramificaciones que descienden con facilidad hasta sesenta u ochenta centímetros en suelo suelto. No es una raíz perforadora al nivel del nabo forrajero, pero afloja el horizonte cultivable y deja canales por los que penetrará el agua del cultivo siguiente.
Captura nitrógeno, no lo fija
Esta distinción se pasa por alto con frecuencia y cambia el sentido de la práctica. La mostaza blanca no es una leguminosa y no tiene nódulos ni bacterias simbióticas: no incorpora ni un gramo de nitrógeno nuevo al sistema.
Lo que hace es otra cosa, igual de útil. Después de un cultivo exigente queda en el perfil nitrógeno mineral sin consumir, en forma de nitrato, un ion que no se retiene en el complejo de cambio y que las lluvias de otoño e invierno arrastran hacia capas profundas y hacia el acuífero. La mostaza lo absorbe con rapidez y lo inmoviliza dentro de sus tejidos, donde ya no lixivia. Al incorporarla, ese nitrógeno vuelve a mineralizarse poco a poco y queda disponible para el cultivo siguiente.
La cifra que suele manejarse va de cuarenta a ochenta kilos de nitrógeno por hectárea retenidos en la biomasa, según la fertilidad de partida y la duración del ciclo. En una huerta pequeña la lógica es idéntica aunque la escala sea otra: el abonado que sobró en verano no se pierde con las lluvias, se queda en la parcela.
La biofumigación, explicada
Las brasicáceas acumulan en sus tejidos glucosinolatos, compuestos azufrados que por sí solos son inertes. En Sinapis alba el mayoritario es la sinalbina. En compartimentos celulares separados la planta guarda además una enzima, la mirosinasa.
Mientras la célula está intacta no ocurre nada. Cuando el tejido se rompe —al picarlo, al triturarlo, al masticarlo un insecto—, enzima y sustrato entran en contacto y la mirosinasa hidroliza el glucosinolato liberando isotiocianatos, moléculas biocidas de amplio espectro que actúan sobre nematodos, hongos del suelo y parte de la microfauna. Es el mismo mecanismo que produce el picor de la mostaza de mesa.
Aprovecharlo en el suelo exige método, porque los isotiocianatos se degradan en horas:
- Segar en el momento de máxima biomasa, al inicio de la floración, que es cuando el contenido en glucosinolatos por unidad de superficie llega a su tope.
- Picar muy fino. Cuanta más célula rota, más reacción. Una desbrozadora o una trituradora hacen el trabajo; dejar la planta entera tumbada no sirve.
- Enterrar de inmediato, en los minutos siguientes al picado y a poca profundidad, diez o quince centímetros.
- Regar y sellar la superficie, pasando un rulo o cubriendo con plástico si se quiere apurar, para que el gas no escape a la atmósfera y actúe dentro del perfil.
Sobre la eficacia conviene ser honesto. El efecto es real y está medido, pero es parcial y variable: reduce poblaciones, no esteriliza. Sinapis alba libera un isotiocianato menos volátil que el de Brassica juncea, de modo que como biofumigante puro la parda suele rendir más; en cambio la blanca destaca frente al nematodo del quiste de la remolacha, Heterodera schachtii, porque existen cultivares resistentes que funcionan como cultivo trampa: el nematodo entra en la raíz, no completa su ciclo y la población de quistes cae. Si se compra semilla con esa finalidad, hay que pedir expresamente un cultivar declarado resistente, no mostaza genérica.
Y en ningún caso sustituye a una rotación bien planteada. Es una herramienta más dentro de ella.
Siembra
Germina desde los 4 o 5 °C y crece a buen ritmo entre 15 y 25 °C. En España el hueco natural va de marzo a septiembre, con dos ventanas típicas: primavera temprana entre dos cultivos hortícolas, y final de verano en cuanto se levanta el cultivo principal, para llegar a la incorporación antes de que aprieten los fríos.
Se siembra a voleo sobre suelo preparado y se rastrilla, o en líneas a 15-20 centímetros, enterrando la semilla uno o dos centímetros. La dosis ronda los 15-20 kg por hectárea en línea y los 25-30 a voleo; en una huerta, del orden de dos a tres gramos por metro cuadrado. Con dosis cortas la cubierta se abre y entra hierba.
Riego solo para asegurar la nascencia y, en verano, para mantener el crecimiento. No pide abonado: si lo pide, es que la parcela no tenía nitrógeno sobrante que capturar y probablemente esta no era la cubierta indicada.
Es poco resistente al frío. Con heladas de -4 o -5 °C la planta muere y queda tendida sobre el suelo, lo cual puede convenir como acolchado invernal en zonas frías, o estorbar si se buscaba biomasa verde para picar.
Antes de que florezca
El corte se hace al asomar los primeros botones florales, no después. Tres razones lo justifican:
- Pasada la floración el tallo lignifica, sube la relación carbono/nitrógeno y la descomposición se ralentiza, con lo que el nitrógeno tarda en volver a estar disponible en lugar de liberarse a tiempo.
- La planta traslada nutrientes a la formación de semilla, que es exactamente lo contrario de lo que se pretendía.
- Si llega a granar, la mostaza se resiembra sola y se convierte en una adventicia persistente durante campañas, lo que en una parcela donde luego irán coles es un problema doble.
Dicho esto, la flor es muy visitada por abejas y sírfidos. Un buen término medio consiste en dejar una franja estrecha florecer para los polinizadores e incorporar el resto en plazo.
Tras enterrar los restos conviene esperar dos o tres semanas antes de sembrar semilla fina: los productos de la descomposición inhiben temporalmente la germinación de semillas pequeñas. Para trasplantes de planta hecha, la espera puede acortarse.
Su lugar en la rotación
Aquí está la advertencia central y no admite matices: la mostaza blanca es una brasicácea, y como tal comparte enemigos con todas las coles, nabos, rábanos, rúcula, colinabo y berzas.
No debe colocarse ni antes ni después de un cultivo de esa familia. Hacerlo alarga la presencia del hospedante en la parcela y favorece la hernia de la col (Plasmodiophora brassicae), cuyas esporas de resistencia permanecen en el suelo más de una década, además de mantener poblaciones de altisa (Phyllotreta spp.), mildiu y Alternaria. Una cubierta pensada para sanear el suelo puede acabar sembrándolo de problemas.
Donde encaja bien es antes de patata, tomate, cucurbitáceas, cereales, maíz, cebolla o leguminosas, y detrás de cultivos que hayan recibido abonado abundante. En huertas con rotación de cuatro hojas, la mostaza ocupa el hueco de la hoja que no lleva coles.
Cultivo para semilla
La otra cara del cultivo es la producción de grano para condimento, la mostaza amarilla de mesa. El ciclo se alarga entonces a unos tres meses y medio o cuatro desde la siembra, con floración prolongada y maduración escalonada de las silicuas.
Se recolecta cuando las silicuas viran a pajizo y la semilla suena suelta dentro, antes de que el fruto se abra y desgrane sobre el terreno. Se siega, se deja secar y se trilla; después la semilla se termina de secar bien antes de guardarla, porque con humedad se enrancia. El picor de esta especie procede de la sinalbina y su isotiocianato es poco volátil, así que el ardor se percibe en la boca y no sube por la nariz como el de la mostaza negra.
La producción comercial mundial se concentra en Canadá, Hungría y Europa central; en España el cultivo para semilla es marginal y se limita a superficies pequeñas.
En resumen
Sinapis alba es una brasicácea anual que funciona como abono verde de ciclo cortísimo: cubre el suelo en tres o cuatro semanas y está lista para incorporar en seis u ocho, antes de florecer. No fija nitrógeno, lo captura: absorbe el nitrato residual que las lluvias arrastrarían y lo devuelve al mineralizarse, del orden de cuarenta a ochenta kilos por hectárea. Sus glucosinolatos, sobre todo la sinalbina, liberan isotiocianatos al romperse los tejidos, con efecto biofumigante parcial sobre nematodos y hongos siempre que se pique fino, se entierre en minutos y se riegue y selle. Se siembra de marzo a septiembre, a uno o dos centímetros, con dosis generosa, y muere con heladas de -4 o -5 °C. La regla que no debe romperse es la de rotación: al ser una brasicácea, nunca va antes ni después de coles y afines, porque perpetúa la hernia de la col y sus plagas. Cultivada hasta el grano, tres meses y medio, da la semilla de la mostaza amarilla de mesa.