Tallo de sección cuadrada que se nota al rodarlo entre los dedos, hojas enfrentadas de dos en dos, flor partida en dos labios: con esos tres caracteres se reconoce una labiada sin abrir ningún libro, y el género Lamium los reúne todos con una claridad de manual. Lo que hace interesante al grupo es que, además, ha copiado el aspecto de una planta de otra familia con la que no tiene nada que ver, y que esa copia le sale rentable.

Lamium purpureum en flor con verticilastros violáceos

Qué reúne el género

Lamium L. pertenece a las Lamiaceae, la familia de la menta, el romero, la salvia y el tomillo, y agrupa entre veinticinco y cuarenta especies según el tratamiento, repartidas por Europa, el norte de África y Asia templada. Son hierbas anuales o vivaces rizomatosas, nunca leñosas, de entre 10 y 80 centímetros, con preferencia por suelos frescos y ricos en nitrógeno.

Su estructura floral es la parte que merece atención, porque explica quién las poliniza:

Verticilastros. Las flores no forman una espiga continua sino anillos apretados que rodean el tallo en la axila de cada par de hojas, escalonados en varios pisos. Vistos de lado parecen pisos de un candelabro.

Corola bilabiada con casco. El labio superior está abombado y cubierto de pelos, formando una capucha que protege los estambres y el estilo; el inferior tiene un lóbulo central ancho y dos lobulillos laterales diminutos. Ese labio inferior funciona como pista de aterrizaje, y su tamaño está calibrado para el peso de un insecto concreto.

Tubo largo con anillo de pelos. El néctar se acumula en el fondo de un tubo estrecho, y un anillo de pelos hacia la mitad impide el acceso a insectos pequeños que se lo llevarían sin polinizar nada. El resultado es una flor reservada a visitantes de lengua larga, esencialmente abejorros del género Bombus, que al meter la cabeza en el tubo rozan las anteras alojadas bajo el casco.

Cuatro estambres didínamos y cuatro núculas. Dos estambres largos y dos cortos, y un fruto que se separa en cuatro piezas duras al madurar, como en toda labiada.

A esto se añade una peculiaridad de floración que reparte bien el año: varias especies del género florecen muy temprano, desde febrero, y siguen a rachas hasta el otoño, lo que las convierte en una fuente de néctar disponible cuando casi nada más está abierto.

Ortigas muertas: la copia que no pica

El nombre popular que arrastran estas plantas en media Europa —ortiga muerta en inglés y en alemán, ortiga blanca, ortiga roja u ortiga mansa en español— señala la observación de partida: se parecen a la ortiga y no pican.

El parecido no es vago. La hoja de Lamium album o de Lamium purpureum es ovado-acorazonada, con el margen aserrado y el nervio marcado, con textura rugosa y algo áspera, y de un verde mate idéntico al de Urtica dioica. La planta crece en los mismos sitios: cunetas, setos, huertas abandonadas, pies de tapia, entornos de establo, todos ellos suelos removidos y cargados de nitrógeno. Antes de florecer, y a un metro de distancia, la confusión es total.

Y sin embargo son plantas de familias distintas y no emparentadas de cerca: las ortigas verdaderas están en las Urticaceae, un grupo del orden de las rosales, mientras que Lamium pertenece a las lamiales. Los pelos urticantes de la ortiga —tricomas rígidos con base ensanchada y punta silícea que se rompe al rozarla e inyecta el contenido— no existen en ningún Lamium. Su pilosidad es blanda, simple y completamente inofensiva. Se pueden manipular a mano y sin guantes, algo que agradece quien tenga que desenredarlas del borde de un macizo.

Por qué imitar a una planta que pica

La explicación que se maneja es el mimetismo defensivo, un fenómeno bien establecido en animales y bastante menos estudiado en plantas. La lógica es la del mimetismo batesiano: una especie inofensiva se parece a otra que sí está defendida, y se beneficia del rechazo que la defendida ha instalado en el herbívoro.

Aplicado a este caso: un mamífero herbívoro que ha probado una ortiga y ha experimentado la quemazón en el hocico y en la boca aprende a evitar esa silueta de hoja. Si un Lamium que crece en el mismo pastizal tiene la misma silueta, se libra de ser ramoneado sin necesidad de fabricar ni pelos urticantes ni compuestos tóxicos, que son inversiones caras en energía y en recursos. La ortiga paga la defensa; el Lamium aprovecha su fama.

Hay observaciones que apoyan la idea. El parecido es mayor precisamente en el estado vegetativo, que es cuando el herbívoro decide si come o no, y desaparece por completo en floración, cuando ya no importa porque el animal ha pasado de largo. Las especies de Lamium más parecidas a la ortiga son además las que comparten hábitat con ella, mientras que las de montaña o de roquedo, que crecen donde no hay ortigas, tienen hojas de forma distinta. Y se han descrito casos análogos en otros grupos vegetales, como especies de Coleus y de Boehmeria que imitan a urticáceas.

Conviene ser honesto con el grado de certeza: no es una hipótesis demostrada experimentalmente. Falta el trabajo que compare de forma controlada las tasas de ramoneo sobre Lamium creciendo con y sin ortigas alrededor, que sería la prueba decisiva. Y existe una explicación alternativa razonable, que es la convergencia por ambiente compartido: dos plantas que viven en suelos nitrificados, frescos y sombríos, con las mismas condiciones de luz y de humedad, pueden acabar con hojas anchas y dentadas por motivos puramente funcionales, sin que ninguna copie a la otra. Probablemente ambas cosas contribuyan. En cualquier caso, la coincidencia es demasiado precisa como para despacharla sin más.

Para el aficionado hay una conclusión práctica que sí es firme. La confusión importa en un sentido concreto: quien recolecta ortiga silvestre para la cocina puede llevarse Lamium, o al revés. Las claves de campo para separarlas con seguridad —tallo, pelo, flor y olor— están desarrolladas en el artículo que la web dedica a Lamium album. Y hay un error de fondo asociado al nombre que merece señalarse: llamarlas ortigas induce a atribuirles las propiedades de Urtica dioica, y son plantas de familias distintas, con composición distinta, de modo que lo que se sepa de una no se traslada a la otra.

Las ornamentales tapizantes de sombra

Dos especies del grupo se cultivan, y conviene no confundirlas porque se comportan de manera opuesta.

Lamium maculatum. Vivaz de 15 a 25 centímetros, con tallos rastreros que enraízan en los nudos y hojas marcadas por una banda plateada central, ampliada hasta ocupar casi todo el limbo en los cultivares seleccionados. Es la tapizante de sombra clásica del jardín templado, de expansión lenta y compacta, fácil de contener con un tirón. Sus variedades, su sitio en el jardín y su manejo tienen artículo propio en esta web.

Lamium galeobdolon, hoy más aceptado como Lamiastrum galeobdolon. El ortigón amarillo. Se distingue de inmediato por el color de la flor —amarillo intenso con manchas pardas en el labio inferior, un tono que ningún maculatum tiene— y por el porte: emite estolones largos, finos y muy vigorosos que se lanzan por la superficie del suelo, enraízan lejos y aparecen a dos metros de la planta madre en una sola temporada. Las formas variegadas de hoja plateada, del tipo 'Florentinum' o 'Variegatum', son las más agresivas; el cultivar 'Hermann's Pride', en cambio, forma mata y no estolonea, y es el único que puede plantarse en un arriate mixto sin arrepentirse.

La conducta del galeobdolon estolonífero no es una exageración de jardinero quisquilloso. En clima atlántico, con humedad constante y sombra, se comporta como colonizador de sotobosque, cubre el suelo por completo y desplaza la flora herbácea nativa. Está descrito como invasor en zonas de Norteamérica y del noroeste de Europa, y en el norte peninsular tiene condiciones para hacer exactamente lo mismo. Plantarlo junto a un bosque, un seto vivo o un talud que dé al monte es sembrar un problema para el vecindario.

Las silvestres que se ven en España

Lamium album. Vivaz de 20 a 60 centímetros con flores blanco crema grandes, propia de la mitad norte peninsular, en cunetas húmedas, orlas de bosque y entornos de huerta. Prefiere veranos frescos y desaparece hacia el sur.

Lamium purpureum. Anual o bienal de 10 a 30 centímetros, con las hojas superiores teñidas de púrpura y apretadas bajo las flores rosadas. Es una arvense abundantísima en toda la Península, que florece de enero a mayo en huertas, viñas, olivares y solares, y que forma manchas rosadas visibles a distancia a final del invierno.

Lamium amplexicaule. La ortiga mansa, anual de huerta y cuneta, con las hojas superiores abrazadoras y un mecanismo reproductivo poco corriente que tiene artículo aparte en esta web.

Lamium hybridum. Muy parecida a la purpúrea, con hojas más profundamente dentadas y cuneadas en la base. Se confunden constantemente.

Lamium flexuosum y Lamium garganicum. Vivaces de montaña, la primera en el Pirineo y el norte, la segunda en roquedos y pedreras del este y el sur, con flores rosadas grandes. Son las que menos se parecen a una ortiga, y encajan con lo apuntado más arriba sobre el hábitat.

Como grupo, las anuales tienen un valor agronómico modesto pero real: cubren el suelo en invierno, cuando queda desnudo, sujetan la tierra, aportan floración temprana y se descomponen deprisa. En un olivar o en un frutal con cubierta vegetal no son un enemigo.

Cultivo en el jardín de sombra

Luz. Sombra o media sombra. En Galicia, la cornisa cantábrica o el Pirineo aceptan sol directo sin inmutarse; en Madrid, Sevilla o Zaragoza necesitan cara norte, pie de muro o copa de árbol caducifolio, y en las variedades de hoja plateada el sol de julio produce quemaduras en el tejido claro.

Suelo. Fresco, profundo, con materia orgánica y algo de nitrógeno, que es el ambiente donde viven en libertad. Aceptan pH neutro y alcalino sin problema. No toleran ni el suelo compactado que encharca en invierno ni la sequía prolongada.

Riego. Regular durante toda la estación de crecimiento en clima mediterráneo. Si se secan del todo en julio, la parte aérea se agosta y se pierde el resto de la temporada, aunque la mata rebrote con las lluvias.

Plantación. Otoño en el centro y el sur, para que enraícen antes del primer verano; final de invierno donde las heladas sean tempranas. De 3 a 5 unidades por metro cuadrado según la prisa, con acolchado de tres o cuatro centímetros de mantillo, que es lo que mantiene la frescura del suelo.

Mantenimiento. Una siega baja al terminar la floración mantiene la mata densa y evita que el centro quede pelado; el detalle está explicado en el artículo de Lamium maculatum. División cada tres o cuatro años en otoño o a la salida del invierno. Abonado mínimo: un aporte de compost en superficie a final de invierno, y nada de nitrógeno abundante, que afloja los tallos y atrae babosas.

Compañeras. Helechos, Hosta, Epimedium, Pulmonaria, Brunnera, Heuchera, ciclámenes y bulbos de invierno, que atraviesan el tapiz sin dificultad y quedan después tapados por él cuando su follaje amarillea.

Cómo se controla un galeobdolon que se ha soltado

Si ya está plantado y avanzando, el trabajo tiene un orden.

Corta los estolones antes de arrancar la mata. Recorre el perímetro a final de invierno, cuando la vegetación circundante aún no estorba, y sigue cada estolón hasta su punto de arraigo. Cortarlos primero evita tirar de una madeja que se rompe en veinte fragmentos.

Levanta cada punto enraizado con azadilla. No basta con tirar del tallo: cada nudo arraigado tiene su propia raíz y rebrota. Hay que sacarlo con su cepellón.

No pases la desbrozadora. Trocear estolones sobre el suelo multiplica los puntos de rebrote.

Los restos, secos y en bolsa. Ni al compost abierto ni amontonados en un rincón húmedo, donde volverían a enraizar. Se dejan secar al sol dentro de una bolsa cerrada antes de desecharlos.

Repasa durante dos o tres años. Siempre quedan fragmentos. Una revisión en primavera y otra en otoño, retirando lo que salga cuando aún es pequeño, cierra el asunto sin esfuerzo.

Si quieres conservarlo, acótalo. Barrera antirrizoma enterrada 25 o 30 centímetros, o destinarlo a una superficie amplia rodeada de pavimento o de camino ancho, donde tapizar sea justamente lo que se busca. Y si lo que quieres es hoja plateada en sombra sin sobresaltos, Lamium maculatum hace el mismo trabajo y se queda donde lo pones.

En resumen

Lamium es un género de labiadas eurasiáticas de tallo cuadrado, hoja opuesta y flor bilabiada con casco peludo y tubo largo, polinizada casi en exclusiva por abejorros de lengua larga. Las llamadas ortigas muertas se parecen mucho a Urtica dioica en hoja y en hábitat, pero carecen por completo de pelos urticantes, y ese parecido se interpreta como mimetismo defensivo —aprovechar la fama de una planta que sí pica sin pagar el coste de la defensa—, una hipótesis coherente y todavía no demostrada de forma experimental. En jardinería interesan Lamium maculatum, tapizante de sombra de hoja plateada y expansión controlable, y Lamium galeobdolon, de flor amarilla y estolones agresivos, invasor en clima atlántico y que solo debe plantarse acotado o en su forma no estolonífera 'Hermann's Pride'. Entre las silvestres españolas están album en el norte, purpureum y amplexicaule como arvenses de invierno en toda la Península, y flexuosum y garganicum en montaña. Todas quieren sombra, suelo fresco y rico, riego de verano en clima seco y una siega tras la floración.


Contenidos relacionados