Quien pide una acalifa en un vivero español puede salir con dos plantas que no se parecen en nada. La primera llama la atención por la flor: unos amentos colgantes de color carmín, aterciopelados, que pueden pasar de los cuarenta centímetros y que le han valido el apodo de rabo de gato. La otra no tiene flor que merezca mención, pero luce una hoja jaspeada en cobre, bronce, rosa y crema que compite con cualquier floración. Son Acalypha hispida y Acalypha wilkesiana, y comparten familia, exigencias de cultivo y una savia que conviene respetar.

El género

Acalypha es uno de los géneros grandes de las Euphorbiaceae, con varios centenares de especies repartidas por las regiones tropicales de todo el planeta. Como sus parientes, tiene flores unisexuales sin pétalos vistosos y una savia lechosa. En jardinería solo interesan unas pocas especies, todas ellas originarias del sureste asiático y de las islas del Pacífico, y todas ellas exigentes en calor.

Acalypha hispida, la cola de gato o rabo de gato, es un arbusto que en su medio pasa de los dos metros. Es dioica: hay plantas macho y plantas hembra, y las inflorescencias espectaculares son las femeninas. Lo que da el color y el aspecto de felpa no son pétalos, sino miles de estigmas plumosos apretados a lo largo de un eje colgante. En el comercio circulan prácticamente solo ejemplares femeninos, propagados por esqueje, porque los masculinos no tienen ningún interés. Existe una forma 'Alba' de amentos color crema.

Acalypha wilkesiana, la acalifa jaspeada o copa de oro, es un arbusto de hoja ovada y acuminada, con el margen dentado, de unos quince centímetros, cuyo interés está enteramente en el color. Sus cultivares son numerosos: 'Marginata' con borde rosa vivo, 'Godseffiana' con borde crema, 'Macafeeana' con jaspeado rojo y cobre, 'Obovata' con hoja más redondeada. Sus inflorescencias son amentos verdosos discretos que la mayoría de jardineros corta.

Acalypha reptans (o pendula) es la versión rastrera y pequeña de la primera: amentos rojos cortos, de cinco a diez centímetros, sobre una mata que cuelga. Es la más manejable de las tres y funciona muy bien en cesta colgante.

Amento colgante rojo de Acalypha hispida

Dónde puede vivir en España

Conviene ser realista con el clima, porque es lo que decide todo lo demás. La acalifa vegeta entre 18 y 28 °C, se resiente por debajo de 15 °C y empieza a perder hojas alrededor de los 12 °C. Cualquier temperatura próxima a cero la mata.

Eso deja el cultivo en tierra reservado a Canarias y a los enclaves más templados y abrigados del litoral subtropical andaluz, donde hace de arbusto de jardín sin problemas. En el resto del país es planta de interior cálido o de invernadero, con salida al exterior durante los meses de verano y regreso a cubierto en cuanto refresque en septiembre u octubre.

Luz: sin ella no hay ni flor ni color

Este es el punto donde fracasa el cultivo doméstico. Ambas especies necesitan mucha luz, filtrada pero abundante: junto a una ventana muy clara, con sol directo suave de mañana y protección en las horas centrales del verano.

Las consecuencias de escatimar luz son distintas en cada una y ambas visibles. En wilkesiana, el jaspeado se apaga: las hojas nuevas salen cada vez más verdes y uniformes, y la planta pierde exactamente aquello por lo que se compró. En hispida, la planta sigue viva y verde pero deja de emitir amentos, porque la floración depende de la energía disponible. Si una acalifa lleva meses sin florecer o ha verdeado, la primera hipótesis a comprobar es la ubicación, no el abono.

Humedad ambiental y riego

Viene de un ambiente con humedad relativa alta y lo nota enseguida cuando no la tiene. Con aire seco de calefacción, las hojas se secan por los bordes, caen las inferiores y aparece araña roja, que es su enemigo número uno en interior. Conviene apuntar al 60 % de humedad relativa o más, y para conseguirlo lo práctico es colocar la maceta sobre una bandeja de grava húmeda sin que el fondo toque el agua, agrupar plantas para crear un microclima y alejarla de radiadores y de corrientes de aire seco. Se puede pulverizar el follaje con agua sin cal, pero no sobre los amentos de hispida, que se manchan y se pudren cuando se mojan.

El riego debe mantener el sustrato ligeramente húmedo de forma constante durante el crecimiento, sin llegar a encharcar y sin dejar que se seque del todo: una acalifa que pasa sed suelta hojas y tarda en recuperarse. En invierno, con menos luz y temperatura, se reduce claramente la frecuencia. Agua sin exceso de cal, porque en aguas duras aparecen clorosis en las hojas nuevas.

El sustrato adecuado es rico y con buena retención pero aireado: turba o fibra de coco con compost y un tercio de perlita, de reacción ligeramente ácida. Se abona cada quince días de primavera a finales de verano con un fertilizante equilibrado; en wilkesiana, un aporte algo más generoso de nitrógeno estimula la brotación de hoja nueva, que es la que sale mejor coloreada.

La poda dura, que agradece

Las acalifas tienden a desgarbarse: con los años pierden las hojas de la base, alargan los tallos y quedan peladas por abajo, con toda la masa foliar arriba. La solución no es sutil, y la planta la tolera bien.

A finales de invierno o comienzos de primavera, antes de que arranque la brotación, se cortan los tallos a un tercio o a la mitad de su longitud, siempre por encima de una yema. Rebrota con vigor incluso desde madera vieja, que es una cualidad que no todos los arbustos de interior tienen. La planta pasa unas semanas con mal aspecto y luego se rehace más compacta y más densa.

En Acalypha hispida hay un matiz de calendario: los amentos se forman sobre el crecimiento del año, de modo que podar en primavera no sacrifica la floración, sino que la prepara. Después de la tanda principal de amentos también se puede hacer un repaso de limpieza retirando los que se han marchitado, lo que anima a la planta a emitir nuevos.

Aun con poda, estos arbustos envejecen mal a partir de los tres o cuatro años. La costumbre razonable es renovarlos por esqueje: trozos semileñosos de diez a quince centímetros tomados en primavera o verano, con hormona de enraizamiento, en sustrato ligero, con calor de fondo de 22-25 °C y ambiente saturado bajo plástico o campana. Enraízan en tres o cuatro semanas.

El látex, y las plagas

Al podar o al partir un tallo, la acalifa exuda una savia lechosa irritante, comportamiento clásico de las euforbiáceas. Irrita la piel sensible y resulta claramente molesta si llega a los ojos o a las mucosas, así que se poda con guantes y sin llevarse las manos a la cara, y se lavan las herramientas al terminar. Los restos de poda no deben quedar al alcance de niños ni de mascotas con costumbre de mordisquear plantas.

En cuanto a plagas, la lista es la del interior cálido y seco. La araña roja es la principal y se combate antes con humedad ambiental que con acaricidas: sus telillas finas en el envés y en las axilas son la señal. La mosca blanca aparece en invernadero y se detecta al mover la planta. La cochinilla algodonosa se esconde en las axilas y en el envés del nervio. Y el pulgón ataca los brotes tiernos en primavera. En enfermedades, lo habitual son podredumbres de raíz por sustrato encharcado con temperatura baja, que es la combinación que hay que evitar en invierno.

En resumen

El nombre de acalifa cubre a Acalypha hispida, con amentos colgantes rojos de estigmas plumosos, y Acalypha wilkesiana, de hoja jaspeada en cobre y rosa. Ambas son euforbiáceas tropicales que solo viven al aire libre en Canarias y en el litoral subtropical, y que en el resto de España se cultivan en interior cálido con un mínimo de 13 a 15 °C. Necesitan mucha luz filtrada —sin ella, una verdea y la otra deja de florecer—, humedad ambiental alta para no llenarse de araña roja, sustrato siempre algo húmedo y abonado quincenal en crecimiento. Agradecen una poda dura a la salida del invierno, rebrotan de madera vieja y se renuevan bien por esqueje con calor de fondo. Su savia lechosa es irritante: guantes al podar.


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