En mayo es una bolita verde impecable, tan regular que parece recortada con tijera de setos; en octubre está roja y encendida, y en noviembre se ha secado, se ha partido por el cuello y rueda por el campo empujada por el viento con decenas de miles de semillas dentro. Ese ciclo completo —planta ornamental de forma perfecta y planta rodadora sembrando a distancia— es la historia de la kochia, y explica por qué la misma especie aparece en catálogos de jardinería y en listas de malas hierbas de las más difíciles de combatir del hemisferio norte.

Se puede cultivar. Pero con una condición innegociable, que se detalla más abajo: no dejarla semillar.

Dos nombres para la misma planta

El nombre científico aceptado hoy es Bassia scoparia (L.) A. J. Scott, aunque circula en todas partes como Kochia scoparia, que es el basiónimo que usó la horticultura durante un siglo y que sigue apareciendo en semilleros y viveros. Pertenece a la familia Amaranthaceae, en la que se ha integrado la antigua familia de las quenopodiáceas, y por tanto es pariente de la remolacha, de las salicornias, de la barrilla y del amaranto.

En castellano se la conoce como ciprés de verano, brocha, morenilla, bassia o hierba de escobas; el epíteto scoparia significa precisamente «de escoba». En inglés la llaman burning bush, zarza ardiente, por el color otoñal, y también kochia a secas cuando se habla de ella como mala hierba.

Es originaria del centro y el este de Eurasia, desde la Europa oriental hasta China y Japón, en estepas, terrenos salinos y ambientes ruderales. Desde ahí se ha extendido por América del Norte, Sudamérica, Australia y buena parte de Europa. En España está naturalizada de forma dispersa en bordes de camino, escombreras, cunetas y suelos salinos, con presencia notable en el valle del Ebro y en zonas áridas del interior, aunque no figura en el catálogo español de especies exóticas invasoras.

Anatomía de una bola

Es una anual de tallo erecto y muy ramificado desde la base, de 50 a 150 cm, cuyas ramas van acortándose hacia arriba y hacia los lados de manera regular, lo que produce ese contorno ovoide o esférico que le da todo su valor decorativo. Las hojas son lineales o lanceoladas, blandas, de 2 a 5 cm, sin peciolo, con pelos finos en el margen que le dan aspecto plumoso; la selección hortícola 'Trichophylla' acentúa esa finura del follaje.

Las flores no se ven: son diminutas, verdosas, sin pétalos, agrupadas en las axilas de las hojas superiores, y la polinización es por viento. Al madurar, cada flor da un utrículo con una sola semilla pequeña, aplanada y de vida corta.

El viraje otoñal a rojo, granate o púrpura se debe a la acumulación de betacianinas y depende de dos factores: noches frescas y ausencia de exceso de nitrógeno. Una kochia bien alimentada se queda verde y desgarbada; una kochia en suelo pobre y con amplitud térmica coge un color intenso.

Bajo tierra hay algo que no se corresponde con el tamaño de la parte aérea: una raíz pivotante capaz de bajar varios metros, además de una densa cabellera lateral. De ahí su tolerancia a la sequía extrema, a la que suma la fotosíntesis de tipo C4, la resistencia a la salinidad y una germinación muy temprana, a partir de 3 o 4 °C, que le permite nacer y ocupar el terreno antes que casi cualquier cultivo de primavera.

Ladera cubierta de kochia con el color rojizo del otoño

Rodar como método de siembra

Al final del ciclo, la planta desarrolla en la base del tallo una zona de abscisión: un anillo de tejido que se debilita hasta que la mata entera se desprende de la raíz. Basta un golpe de viento para que la esfera seca, ligera y rígida se suelte y empiece a rodar. Mientras rueda va liberando semillas de forma escalonada, de modo que la siembra no se concentra en un punto sino que se reparte a lo largo de todo el recorrido, que puede ser de cientos de metros o de kilómetros en terreno abierto.

Una planta bien desarrollada produce del orden de decenas de miles de semillas. Ese es el mecanismo por el que una sola kochia olvidada en un rincón coloniza una parcela entera en dos temporadas, y por el que en el oeste norteamericano las bolas secas se acumulan contra vallados, cunetas y edificios formando montones que llegan a ser un problema de tránsito y un riesgo de incendio.

Hay una contrapartida útil para el control: la semilla vive poco. Su viabilidad en el suelo se agota en uno o dos años, rara vez más. Eso significa que impedir la producción de semilla durante dos temporadas seguidas basta para agotar el banco del suelo en un recinto cerrado, algo que no ocurre con la mayoría de las malas hierbas anuales.

La resistencia a herbicidas

Esta especie ocupa un lugar propio en la historia agronómica reciente por la velocidad con la que ha ido esquivando los herbicidas.

Primero fueron las triazinas, con poblaciones resistentes a la atrazina detectadas en Norteamérica en los años ochenta. Después llegó la resistencia a los inhibidores de la ALS —el grupo de las sulfonilureas—, que se extendió con una rapidez llamativa apenas unos años después de la introducción de esos productos. Más tarde se confirmó la resistencia al glifosato en poblaciones del centro de Estados Unidos y de Canadá, y posteriormente a los herbicidas auxínicos del tipo dicamba. Hoy existen poblaciones que acumulan resistencia a tres y cuatro mecanismos de acción distintos a la vez.

La biología de la planta explica esa capacidad. Es de polinización cruzada obligada y anemófila, con lo que un gen de resistencia surgido en un individuo viaja en el polen a kilómetros de distancia. Además, la dispersión rodadora transporta las semillas resistentes de una parcela a otra sin intervención humana. La combinación de flujo génico por polen y por semilla es un motor de difusión de resistencias difícil de igualar.

La consecuencia agronómica es que su control no se resuelve con producto: exige rotación de cultivos, laboreo, cubiertas vegetales que ocupen el suelo en la ventana de germinación temprana y, sobre todo, evitar que llegue a semillar en los bordes y las cunetas, que es donde se mantiene el foco.

Riesgo para el ganado

La kochia se ha usado como forraje de emergencia en zonas áridas, porque en estado joven tiene una proteína aceptable y produce donde no produce nada más. Es un uso que hay que manejar con cuidado, y conviene saber por qué.

La planta acumula nitratos con facilidad, especialmente en suelos fertilizados y tras periodos de sequía seguidos de lluvia. Contiene además saponinas, oxalatos y alcaloides en cantidades variables, y concentra sulfatos. En rumiantes que consumen proporciones altas de esta planta durante semanas se han descrito cuadros de intoxicación con daño hepático y fotosensibilización secundaria —lesiones en las zonas de piel despigmentada y expuestas al sol—, además de trastornos nerviosos asociados al exceso de azufre. La toxicidad crece a medida que la planta madura y se agrava si el animal no dispone de otra fuente de forraje.

El criterio veterinario habitual es que puede entrar como una parte minoritaria de la ración, nunca como base, y que no debe pastarse en estado avanzado ni tras heladas. Cualquier sospecha de intoxicación en el ganado es asunto del veterinario, y la decisión de aprovecharla como forraje también.

Un apunte adicional para zonas áridas: como toda la familia Amaranthaceae, produce polen anemófilo con capacidad alergénica, en la línea del de la barrilla o el cenizo, que en el sureste peninsular contribuye a la polinosis de finales de verano.

Cultivarla sin soltarla

Con todo lo anterior sobre la mesa, sigue siendo una anual de gran efecto: da forma esférica y textura fina en un arriate, sirve para setos temporales de una temporada, para marcar un eje y para aportar color en octubre, cuando ya queda poco en flor. Estas son las condiciones.

Siembra. Directa en su sitio, entre abril y mayo, cuando el suelo pase de 12 °C. La semilla necesita luz para germinar, así que se deja en superficie o apenas cubierta con un velo de arena, y se mantiene húmeda hasta la nascencia, que llega en una o dos semanas. No se trasplanta bien por la raíz pivotante; si se adelanta en semillero, ha de ser en maceta biodegradable o alveolo profundo y trasplantar muy pequeña.

Marco. Aclarar dejando de 40 a 60 cm entre plantas si se quieren bolas individuales bien formadas, o 25-30 cm si se busca un seto continuo.

Exposición y suelo. Pleno sol y suelo pobre o medio, con drenaje. Tolera la cal, la salinidad, la sequía y el calor extremo. Nada de abonar: el nitrógeno la vuelve blanda, la despeina y arruina el color otoñal.

Riego. Escaso; el necesario para que arraigue y poco más. Un riego generoso en verano la hace crecer desbordada.

Y el punto crítico. Se arranca la planta entera, con raíz, en cuanto empiece a perder el color y antes de que las semillas maduren, entre finales de octubre y noviembre según la zona. No se deja secar en pie bajo ningún concepto, porque es entonces cuando se desprende y rueda. Los restos no van al compost doméstico, que rara vez alcanza la temperatura necesaria para destruir la semilla, sino a la bolsa de residuo vegetal. Si aparecen plántulas la primavera siguiente —aparecerán—, se escardan pequeñas; con dos años de rigor, el asunto está cerrado. Y no se planta en el límite de una finca agrícola, ni cerca de un espacio natural, ni en zonas áridas del interior donde el viento tiene campo libre.

Escobas, tonburi y farmacopea tradicional

El uso que le dio nombre está prácticamente extinguido en Europa, pero fue real durante siglos: las plantas maduras y secas, atadas por la base, componían escobas rústicas de barrer era, cuadra y patio. En Japón esa tradición se ha conservado con carácter artesanal en la prefectura de Akita, donde la planta se cultiva como hōkigi, «árbol de escobas».

De ese mismo cultivo japonés sale un producto alimentario curioso: los frutos hervidos y tratados se consumen con el nombre de tonburi, y por su aspecto verde oscuro y su textura crujiente se los conoce como «caviar de tierra». Es un alimento local muy concreto, elaborado con un procesado específico, y no un uso que quepa improvisar en casa a partir de una planta de jardín.

En la medicina tradicional china el fruto seco se emplea con el nombre de di fu zi en preparados para afecciones cutáneas. Es tradición documentada, no eficacia demostrada: la investigación disponible se limita a estudios de laboratorio sobre extractos, sin ensayos clínicos que respalden un uso terapéutico. Dado que la planta contiene saponinas y otros compuestos de actividad reconocida, no procede el autoconsumo; para cualquier cuestión de salud, el médico o el farmacéutico.

En resumen

Bassia scoparia, la vieja Kochia scoparia o ciprés de verano, es una anual de la familia del amaranto que forma una esfera regular de follaje fino y vira a rojo intenso en otoño si el suelo es pobre y las noches frescas. Su raíz pivotante profunda, su metabolismo C4 y su germinación a temperaturas muy bajas la hacen extraordinariamente competitiva; al secarse se desprende del cuello y rueda con el viento repartiendo decenas de miles de semillas, mecanismo que, unido a la polinización anemófila, ha difundido por Norteamérica poblaciones resistentes a triazinas, sulfonilureas, glifosato y auxínicos, a veces todas a la vez. Para el ganado es planta de riesgo por acumulación de nitratos, saponinas y sulfatos, con cuadros descritos de daño hepático y fotosensibilización cuando constituye el grueso de la ración. En el jardín se siembra directa en primavera sobre suelo pobre, sin abono y con poca agua, y se arranca entera con raíz antes de que la semilla madure; su semilla vive uno o dos años, de modo que dos temporadas de disciplina bastan para cerrar el episodio. Le queda el recuerdo de su antiguo oficio: la escoba que le dio el nombre.


Contenidos relacionados