Lo que se compra en una hosta es la hoja. Las flores llegan en verano, se sostienen en un escapo largo por encima de la mata y duran unas semanas, pero el motivo por el que estas plantas ocupan el primer plano de cualquier jardín de sombra bien hecho es el follaje: láminas anchas, acorazonadas, de nervadura marcada y con una gama que va del verde azulado al crema pasando por todas las combinaciones de borde y centro imaginables.
La Hosta fortunei que se vende en España no es exactamente una especie, y conviene saberlo antes de elegir. También conviene saber que en clima seco esta planta pide más de lo que su fama de resistente sugiere, y que tiene un enemigo capaz de arruinar la temporada entera en una sola noche de abril.
Qué es realmente Hosta fortunei
El género Hosta pertenece hoy a las Asparagaceae —antes anduvo por las Liliaceae y por una familia propia— y reúne alrededor de cuarenta y cinco especies del este de Asia: Japón, Corea y el noreste de China, todas ellas plantas de sotobosque, de talud herboso de montaña o de borde de arroyo. El nombre del género honra al botánico austriaco Nicolaus Thomas Host.
Hosta fortunei lleva el apellido de Robert Fortune, el recolector que introdujo tantas plantas orientales en Europa a mediados del siglo XIX. El problema es que no se le conoce población silvestre: no hay ningún sitio en Asia del que se pueda decir que es su hábitat natural. Todo apunta a que se trata de un híbrido de jardín antiguo, probablemente emparentado con Hosta sieboldiana, que llegó ya cultivado. Por eso los especialistas la tratan como Hosta grupo Fortunei, un conjunto de cultivares afines, más que como una especie botánica.
De ese grupo salen algunas de las hostas más difundidas:
- 'Albopicta'. Brota en primavera con el centro de la hoja amarillo mantequilla y un borde verde neto; a lo largo del verano el centro va oscureciendo hasta que la hoja queda casi uniforme. Ese cambio es normal y desconcierta al que la compra en abril.
- 'Aureomarginata'. Margen amarillo dorado ancho sobre centro verde oscuro, y a diferencia de la anterior el contraste se mantiene toda la temporada.
- 'Hyacinthina'. Hoja verde grisácea, de textura sustanciosa, con una finísima línea plateada en el borde ondulado. Una de las más sólidas del grupo.
- 'Albomarginata' y 'Francee'. Borde blanco crema sobre verde medio.
El porte típico es de 40 a 60 cm de altura de follaje y de 60 a 90 cm de anchura en una mata adulta, con hojas de 15 a 25 cm y pecíolo acanalado. Las flores, de junio a julio, son campanuladas, de lila pálido a casi blanco, dispuestas en un escapo de 60 a 90 cm. El perfume intenso que a veces se les atribuye corresponde en realidad a Hosta plantaginea y a sus híbridos, no a este grupo.
Cómo funciona la variegación
Las hojas de dos colores de una hosta son quimeras periclinales: capas de células superpuestas, unas con cloroplastos funcionales y otras sin ellos, que se mantienen separadas porque cada capa del meristemo genera siempre los mismos tejidos. De ahí salen tres consecuencias prácticas.
Menos clorofila implica menos vigor. Una hoja con un tercio de tejido blanco fotosintetiza un tercio menos, crece más despacio y se quema con más facilidad. Los cultivares de borde blanco son los más delicados frente al sol y al aire seco; los de tonos amarillos toleran algo más de luz, entre otras cosas porque necesitan cierta intensidad lumínica para desarrollar el color.
La reversión hay que atajarla. De vez en cuando una corona emite un brote enteramente verde. Ese brote fotosintetiza más, crece más deprisa y en tres o cuatro temporadas se come a la parte variegada. Se elimina en cuanto se ve, cortándolo por debajo, en la corona, y no a ras de suelo: si queda la yema, vuelve.
La semilla no reproduce el cultivar. Las quimeras no se transmiten por vía sexual. Sembrando semilla de una hosta variegada salen plantas verdes. La única multiplicación fiel es la división de mata, o el cultivo in vitro que emplean los viveros.
Caso aparte es el azul. Las hostas azuladas —H. sieboldiana y su descendencia— no tienen pigmento azul: llevan una capa de cera epicuticular que dispersa la luz. Esa cera se disuelve con el sol fuerte, con el calor y con el chorro directo de la manguera, así que una hosta azul en un jardín de Sevilla acaba siendo verde en julio. Regarla al pie y darle sombra prolonga el efecto varias semanas.
Exposición: sombra, y en España casi siempre completa
Vienen de bosques de montaña asiáticos con veranos húmedos, lluvias frecuentes y noches frescas. Trasplantadas al clima peninsular, el factor que las limita no es la falta de luz sino el aire caliente y seco.
La orientación adecuada es la que les da sol de mañana hasta las diez u once y sombra el resto del día: el lado este de un muro, bajo la copa de un caducifolio, o el borde norte de un macizo. En Galicia, Asturias, Cantabria y el Pirineo se puede ser más generoso y admiten media sombra franca. En la meseta, en el valle del Ebro y en el sur, sombra plena y aun así con protección del viento.
Hay un requisito climático que se menciona poco y que decide el éxito a medio plazo: la hosta necesita un invierno de verdad. Las yemas exigen un periodo de frío —del orden de cuatro a seis semanas por debajo de unos 5 ºC— para brotar de forma vigorosa en primavera. Sin él, la brotación es irregular, cada año salen menos hojas y la mata se agota en dos o tres temporadas. Por eso funcionan bien en el norte, en zonas de montaña y en el interior con inviernos marcados, y fracasan en el litoral mediterráneo cálido y en Canarias, por mucha sombra y mucha agua que se les dé.
Agua y suelo: por qué se quema el borde de la hoja
Suelo profundo, fresco, suelto y muy provisto de materia orgánica, con pH entre 6 y 7 y sin encharcamiento invernal, que pudre la corona. En terreno pobre o pedregoso hay que abrir un hoyo amplio y enmendarlo con compost maduro y mantillo.
El riego debe ser regular y abundante durante toda la temporada de hojas. Una lámina de hosta es ancha, fina, sin cutícula gruesa y sin ninguna adaptación al ambiente seco: transpira mucho y no tiene forma de frenar. Aquí aparece el síntoma característico, el borde de la hoja pardo y quebradizo desde media temporada.
Merece la pena entender por qué ocurre, porque no siempre es sed. El margen de la lámina es el último punto al que llega el flujo de agua que sube por el pecíolo, y es también el tejido peor abastecido de calcio, que viaja exclusivamente con esa corriente. En un día de 35 ºC con viento seco, la hoja pierde agua más deprisa de lo que la raíz puede reponer aunque el suelo esté mojado, y el borde se necrosa. Es decir: regar más no basta. Hay que reducir la demanda, y eso significa sombra, cortavientos y un acolchado que mantenga fresco el suelo.
Un aporte de compost en superficie cada otoño y un abono equilibrado de liberación lenta al empezar la brotación cubren las necesidades. Conviene no pasarse con el nitrógeno: la hoja sale más grande, sí, pero también más tierna y más apetecible para lo que viene en el próximo apartado.
La brotación tardía que asusta
Una hosta pasa el invierno reducida a una corona subterránea y no da absolutamente ninguna señal hasta bien entrada la primavera. Según la zona, los primeros conos apuntados asoman entre mediados de marzo y mediados de abril, y en montaña se van a mayo. Mientras el resto del jardín está en plena actividad, ahí no hay nada.
No está muerta, está esperando. Ese retraso es una estrategia útil: la planta se salta las heladas tardías que estropearían un follaje tan tierno. Si una helada sorprende a los brotes ya emergidos, se ennegrecen y se derrumban; la mata rebrota, pero con hojas más pequeñas y menos numerosas ese año.
El riesgo real de la brotación tardía es otro: pisarla, plantar encima o clavarle la pala en febrero creyendo que el sitio está vacío. La solución es marcar la posición con una etiqueta al retirar el follaje seco en otoño.
Ese hueco de marzo se llena bien con plantas que aprovechan la luz antes de que el árbol tenga hoja y se retiran cuando la hosta despliega: narcisos pequeños, escilas, Helleborus, pulmonarias, Epimedium y ciclámenes. Cuando la hosta ocupa su volumen, todo eso ha desaparecido bajo ella.
División
Una hosta no necesita dividirse para mantenerse sana. Al contrario: alcanza su mejor aspecto a los cuatro o seis años, cuando la mata ha ganado volumen y las hojas han llegado a tamaño adulto. Se divide para multiplicar, para reducir una mata que se ha comido a sus vecinas o para trasladarla.
Época. El mejor momento es el final del invierno, cuando los conos de brotación ya se ven pero todavía no se han desplegado: se distinguen las yemas y la planta arranca de inmediato. La segunda opción es principios de otoño, con el suelo aún templado y tiempo por delante para que enraíce antes del frío. En clima seco, el final del invierno gana con claridad.
Método. Se levanta la mata entera con una horca, se lava la corona con agua a presión suave para ver dónde están las yemas y se corta con un cuchillo limpio entre ellas, dejando en cada porción dos o tres yemas y un buen paquete de raíces carnosas. Se replanta enseguida, a la misma profundidad, con la corona a ras y sin enterrarla, y se riega en abundancia las semanas siguientes.
Si la mata es grande y no interesa moverla, se puede cortar un gajo lateral clavando una pala de canto y sacando solo ese trozo, rellenando el hueco con compost. La planta apenas lo nota.
Babosas y caracoles: el problema central
Hay que abordarlo con realismo. Una hosta produce una sola tanda de hojas al año: las que despliega en abril y mayo son las que va a tener hasta octubre, y no las repone. Cualquier agujero hecho en un brote tierno se convierte en un agujero de tamaño creciente que permanece visible toda la temporada. De ahí que el daño de los gasterópodos sea tan desproporcionado en esta planta y tan poco importante en otras que renuevan follaje.
El periodo crítico son las noches húmedas de marzo a mayo, con temperaturas por encima de 10 ºC. Cuando el follaje ya está desplegado y endurecido, el ataque baja mucho.
Qué da resultado, ordenado por eficacia:
- Recogida nocturna. Salir con una linterna entre las diez y las doce de la noche, cuatro o cinco noches seguidas al arrancar la primavera, y retirar a mano lo que haya. Es lo más eficaz que existe a escala de jardín, aunque suene poco tecnológico.
- Quitarles el refugio diurno. Se esconden bajo tablas, macetas volcadas, piedras planas y acolchados gruesos pegados a la corona. Retirar el acolchado en un anillo de veinte centímetros alrededor de cada hosta durante la brotación reduce mucho la presión.
- Regar por la mañana. Un suelo mojado al atardecer les facilita la noche. Regar temprano deja la superficie más seca cuando salen.
- Cebos de fosfato férrico. Autorizados en producción ecológica, de baja toxicidad para mascotas, aves y erizos, y eficaces si se aplican pronto, en dosis bajas y repetidas cada diez o quince días durante la primavera, en lugar de un montón concentrado. El antiguo metaldehído está retirado del uso en la Unión Europea.
- Barreras de cobre. Tienen efecto real en el borde de una maceta o de un cajón elevado; en un macizo abierto son inservibles porque siempre hay un camino alternativo. La ceniza y la cáscara de huevo triturada dejan de funcionar con el primer riego.
- Fauna auxiliar. Erizos, sapos, mirlos y escarabajos carábidos comen babosas. Un montón de leña, una charca pequeña y no aplicar insecticidas de amplio espectro hacen más por el asunto a medio plazo que cualquier producto.
Y una decisión de partida que ahorra trabajo: elegir cultivares de hoja gruesa. Las hostas de lámina sustanciosa y algo cerosa —el linaje de sieboldiana, 'Halcyon', 'Big Daddy', 'Blue Angel', 'Sum and Substance'— resultan mucho menos apetecibles que las de hoja fina y variegada en blanco. El grupo Fortunei se sitúa en un término medio, con 'Hyacinthina' entre las más sólidas.
Otros contratiempos
Nematodo foliar (Aphelenchoides fragariae). Bandas pardas entre los nervios, con los bordes rectos y delimitados justamente por las venas, que aparecen a partir de julio y avanzan. No hay tratamiento doméstico. Se retiran y destruyen las hojas afectadas, se evita mojar el follaje al regar y, si la mata se degrada, se elimina.
Virus X de la hosta. Produce un moteado que se difunde a lo largo de los nervios, con aspecto de tinta corrida, y deformaciones de la lámina. Se transmite por savia, sobre todo con el cuchillo de dividir, y no tiene cura. La planta se arranca y se tira a la basura, no al compost, y la herramienta se desinfecta entre plantas. Merece la pena mirar bien las hojas antes de comprar.
Larvas de Otiorhynchus royendo raíces y corona en cultivo en maceta, y corzos y ciervos en jardines rurales de montaña, que las ramonean con entusiasmo.
Un apunte de seguridad: las hostas contienen saponinas y resultan tóxicas para perros y gatos si las mordisquean, con vómitos y diarrea como cuadro habitual. No es una planta peligrosa para personas, pero conviene tenerlo presente en un jardín con animales.
En resumen
Hosta fortunei no es una especie silvestre sino un grupo de cultivares antiguos de origen hortícola, con 'Albopicta', 'Aureomarginata' e 'Hyacinthina' entre los más extendidos. Su variegación es una quimera de capas celulares, lo que explica que reduzca el vigor, que los brotes revertidos a verde deban eliminarse desde la corona y que la semilla no reproduzca el cultivar. En España piden sombra, con sol de mañana como máximo, y necesitan un invierno frío para brotar bien, de modo que fracasan en el litoral cálido. El borde pardo de las hojas se combate con sombra y cortavientos tanto como con riego, porque es un desfase entre transpiración y suministro. Brotan tarde, entre marzo y mayo, y conviene marcar su sitio en otoño. Se dividen a final de invierno dejando dos o tres yemas por porción. Y, dado que solo producen una tanda de hojas al año, las babosas y los caracoles son el problema principal: recogida nocturna en primavera, retirada de refugios, riego matinal, cebos de fosfato férrico y cultivares de hoja gruesa.