Toxicodendron radicans no forma parte de la flora española, y esa es la primera cosa que hay que decir sobre ella. No crece de forma natural en la Península, ni en Baleares, ni en Canarias, y no aparece en los viveros. Quien llega buscando información sobre la hiedra venenosa suele venir de un viaje a Norteamérica, de una película o de un susto delante de una trepadora del jardín que ha decidido que podría ser esto. Aclarar qué es y qué no es resulta, en el contexto español, más útil que cualquier otra cosa que se pueda contar de ella.
De dónde es y dónde no está
La hiedra venenosa es una planta de la familia de las Anacardiáceas —la del mango, el anacardo y el pistacho— originaria del este y el centro de América del Norte, desde el sur de Canadá hasta México, con especies hermanas en Asia oriental. En su área nativa es abundantísima: bordes de camino, linderos de bosque, riberas, terrenos alterados. Crece como mata rastrera, como arbusto o como liana que trepa por los troncos hasta veinte metros, agarrándose con raíces adventicias que le dan al tallo un aspecto peludo muy característico.
En Europa aparece de forma puntual y anecdótica en algunos jardines botánicos históricos, donde se introdujo como curiosidad hace más de un siglo. No forma poblaciones naturalizadas en España. Si alguien encuentra una trepadora sospechosa en el monte español, lo que ha encontrado es otra cosa.
Cómo se reconoce: la regla de los tres folíolos
El carácter que se enseña en Norteamérica cabe en una frase: hoja de tres folíolos. Cada hoja se divide en tres piezas, y el folíolo central tiene un rabillo propio claramente más largo que los dos laterales, que salen casi pegados. El margen puede ser entero, ondulado o con dientes gruesos e irregulares, y varía tanto entre plantas que no sirve para identificar; el número tres, sí.
El resto de rasgos acompañan: hojas alternas —nunca opuestas—, brillo variable, sin espinas ni pinchos en ninguna parte, color verde intenso en verano y rojo escarlata intenso en otoño, y frutos en pequeños racimos colgantes de bolitas de color blanco crema o verdoso, que persisten en invierno sobre la planta desnuda. El tallo trepador está cubierto de esas raicillas aéreas que parecen pelos gruesos.
Con qué se confunde en España
Casi todas las confusiones se resuelven contando folíolos y mirando la disposición:
Hiedra común (Hedera helix). Es la sospechosa habitual, por el nombre. Su hoja es simple, coriácea, brillante y con tres o cinco lóbulos unidos entre sí: no son piezas separadas, sino una sola lámina recortada. Además es perennifolia y sus frutos son negros. La hiedra común puede irritar la piel de personas sensibles al podarla, pero no tiene nada que ver con la dermatitis de la que habla este artículo.
Parra virgen (Parthenocissus quinquefolia). Trepa, enrojece espectacularmente en otoño y crece en jardines de toda España, lo que la convierte en la confusión más frecuente. Pero su hoja tiene cinco folíolos dispuestos en abanico, y se agarra con zarcillos terminados en ventosas. Cuando es joven puede llevar hojas de tres, y ahí es donde nace la duda: en ese caso, hay que buscar los zarcillos con discos adhesivos, que la hiedra venenosa no tiene.
Zarzas y frambuesos (Rubus). Tienen hojas de tres folíolos con frecuencia, pero también espinas, y eso zanja la cuestión.
Zumaques (Rhus typhina, Cotinus coggygria). Emparentados de verdad con la hiedra venenosa, se plantan en jardines españoles por su color otoñal. No producen urushiol y no causan este cuadro, aunque su savia puede irritar levemente al podar.
El urushiol y por qué es tan problemático
La responsable de todo es una sustancia oleosa llamada urushiol, una mezcla de compuestos fenólicos que circula por unos canales resiníferos presentes en hoja, tallo, raíz y fruto. No está en el polen, y la planta no libera nada al aire mientras esté intacta: hace falta que se rompa algún tejido, aunque sea por el roce de una hoja pisada.
El urushiol provoca una dermatitis alérgica de contacto, no una quemadura química. Es una reacción inmunitaria: la primera exposición sensibiliza al organismo sin dar necesariamente síntomas, y son las siguientes las que producen el cuadro, con un retraso de doce a setenta y dos horas que despista a quien lo sufre. Aparecen entonces líneas y placas enrojecidas, hinchazón, picor intenso y ampollas, que siguen a menudo el trazo del roce.
Tres propiedades explican por qué causa tantos problemas:
Persiste durante años. El urushiol es estable, no volátil y no se degrada solo. Permanece activo en ropa, botas, guantes, mangos de herramienta, cuerdas, mochilas y correas durante meses o años. Hay pliegos de herbario centenarios que han provocado reacciones al manipularlos.
Se transfiere por contacto indirecto. Nadie tiene que tocar la planta para acabar con la dermatitis. Basta con acariciar al perro que ha pasado por ella —los animales no reaccionan, pero su pelo transporta el aceite—, coger la herramienta que se usó para cortarla, o ponerse el pantalón de la excursión anterior sin haberlo lavado.
Quemarla es peor que tocarla. Este punto merece el énfasis: al arder, el urushiol no se destruye, viaja adherido a las partículas del humo. Quien esté cerca lo recibe en la cara, los párpados y el cuello, y sobre todo lo inhala, lo que puede provocar afectación de la vía respiratoria y cuadros que han requerido atención hospitalaria. No se quema nunca, ni sola ni mezclada con restos de poda.
Qué hacer ante una exposición
Lo que marca la diferencia es la rapidez, porque el urushiol necesita un rato para fijarse a las proteínas de la piel y, mientras no lo ha hecho, se puede arrastrar.
Hay que lavar la zona cuanto antes con agua abundante y jabón, insistiendo bajo las uñas, y enjuagar bien en lugar de frotar con una toalla que redistribuya el aceite. Después toca lavar por separado toda la ropa que haya estado en contacto, y limpiar con agua y jabón las herramientas, el calzado y cualquier objeto implicado, con guantes desechables. Si un animal ha estado en la zona, conviene bañarlo con guantes puestos.
Hay que acudir al médico si la reacción es extensa, si afecta a la cara, los ojos o los genitales, si hay hinchazón importante, fiebre o signos de sobreinfección, y de forma urgente si ha habido exposición al humo o aparece cualquier dificultad respiratoria. El tratamiento de estos cuadros lo indica un profesional; no hay ningún remedio casero recomendable y varios de los que circulan —disolventes, lejías diluidas, friegas con productos abrasivos— empeoran la lesión sobre una piel ya inflamada. Ante la duda, el farmacéutico es la consulta más accesible.
Conviene deshacer un mito persistente: el líquido de las ampollas no contiene urushiol y no contagia. Que broten lesiones nuevas los días siguientes no significa que se esté extendiendo, sino que las zonas con menos dosis o piel más gruesa reaccionan más tarde.
Si se encuentra fuera de España
Para quien vaya a caminar por Norteamérica, las precauciones son las obvias: pantalón largo y manga larga en zonas de vegetación densa, no salirse del sendero entre matorral bajo, no coger leña ni ramas de aspecto dudoso para el fuego, y lavar la ropa de senderismo al volver. La planta pierde la hoja en invierno, pero los tallos desnudos siguen siendo activos, así que la ausencia de hojas no es garantía de nada. Y si aparece en una finca, la eliminación es tarea de personal equipado, nunca de una tarde de trabajo con guantes de tela.
En resumen
La hiedra venenosa es una planta norteamericana que no crece de forma natural en España, de modo que la trepadora sospechosa del jardín es casi siempre hiedra común, parra virgen o zarza. Se reconoce por sus hojas alternas de tres folíolos, sin espinas, y frutos blanquecinos. Su aceite, el urushiol, provoca una dermatitis alérgica grave, persiste años en ropa y herramientas, se transmite por contacto indirecto y resulta especialmente peligroso si la planta se quema, porque el humo lo transporta a las vías respiratorias. Ante una exposición, lavar pronto con agua abundante y jabón, lavar aparte todo lo que haya tocado la planta y acudir al médico si la reacción es extensa o hubo humo.