Hibakujumoku (被爆樹木) se traduce como «árbol expuesto a la bomba». La palabra se construye igual que hibakusha, el término con que se designa a las personas supervivientes del bombardeo atómico, y designa a los árboles que seguían en pie —o que rebrotaron— tras la detonación del 6 de agosto de 1945 sobre Hiroshima. No es un nombre poético: es una categoría administrativa. El ayuntamiento de Hiroshima los tiene censados, señalizados con placa y sometidos a un seguimiento periódico de su estado sanitario.

Árbol superviviente en Hiroshima

El censo y las distancias

La bomba estalló a las 8:15 de la mañana a unos 600 metros de altura sobre el centro de la ciudad. El punto del suelo situado justo debajo de la detonación es lo que se denomina hipocentro.

El registro municipal recoge alrededor de 160 a 170 ejemplares, pertenecientes a unas treinta especies distintas, repartidos por algo más de medio centenar de emplazamientos dentro de un radio de 2 kilómetros desde el hipocentro. Ese radio es el criterio de inclusión: fuera de él, los daños fueron menores y la supervivencia no tiene el mismo significado.

Las distancias concretas dan la medida del asunto. El superviviente más próximo documentado es un sauce llorón (Salix babylonica) situado a unos 370 metros del hipocentro, junto al río Motoyasu; el tronco original quedó destruido y la planta actual procede del rebrote desde la raíz. A unos 740 metros, en el recinto del castillo de Hiroshima, sobrevivieron un eucalipto y un alcanforero (Cinnamomum camphora). El ginkgo del templo Hōsen-ji está a unos 1.130 metros, y otro en el jardín Shukkei-en a unos 1.370. Hay también caquis (Diospyros kaki), cinamomos (Melia azedarach), almeces chinos (Celtis sinensis), Aphananthe aspera, bambúes y adelfas.

Conviene una precisión sobre las adelfas (Nerium oleander): fueron las primeras plantas en florecer en la ciudad arrasada, en el verano de 1946, y por eso Hiroshima las adoptó como flor oficial. No son árboles y no forman parte del censo de hibakujumoku, pero su papel en la memoria de la ciudad es equivalente.

Qué recibieron esos árboles

Para entender la supervivencia hay que separar tres agresiones simultáneas y de naturaleza distinta.

El pulso térmico fue el primero: una emisión de radiación infrarroja y visible de enorme intensidad y duración de fracciones de segundo. Carbonizó superficies expuestas a cientos de metros. Su característica clave es que actúa por línea de visión y no penetra: quema lo que ilumina directamente y nada de lo que queda a la sombra de un obstáculo.

La onda de choque llegó a continuación, con un frente de sobrepresión seguido de una succión de retorno. Es lo que derribó edificios y lo que arrancó o partió las copas de los árboles.

La radiación ionizante —neutrones y rayos gamma— fue la tercera, y es la que más se cita y peor se entiende. Sobre los tejidos vegetales su efecto es real pero mucho menos determinante que los otros dos a esas distancias, entre otras cosas porque las plantas toleran dosis de radiación considerablemente mayores que los mamíferos: carecen de tejidos de renovación celular rápida comparables a la médula ósea o al epitelio intestinal, tienen paredes celulares rígidas y una arquitectura modular que les permite perder partes sin morir. Dentro del reino vegetal, además, la sensibilidad varía mucho: las coníferas están entre las más vulnerables y muchas frondosas resisten bastante mejor.

Dicho de otro modo: lo que mató a los árboles de Hiroshima fue sobre todo el fuego y el derribo, no la dosis de radiación.

Por qué rebrotaron desde la base y desde la raíz

Aquí está el mecanismo botánico, y es el motivo por el que este episodio interesa a cualquiera que se dedique a los árboles.

Un árbol no muere porque pierda la copa. Muchas frondosas conservan a lo largo de toda su vida yemas latentes —yemas formadas hace años que quedaron sepultadas bajo el crecimiento sucesivo de la corteza y permanecen inactivas, conectadas al cámbium por un trazo de tejido— y son capaces además de generar yemas adventicias de nueva formación a partir del cámbium o del callo de una herida. Ambas se concentran especialmente en la base del tronco, en el cuello y en el sistema radicular.

Mientras la copa está intacta, esas yemas se mantienen inhibidas por señales hormonales descendentes. Cuando la copa desaparece de golpe, la inhibición cesa y las yemas brotan. Es exactamente lo que ocurre en un rebrote de cepa tras un incendio forestal, en la respuesta de una encina o un alcornoque quemados, o en la reacción desmesurada de un árbol urbano al que se le ha hecho un terciado.

En Hiroshima concurrieron dos circunstancias que favorecieron ese mecanismo. La primera es la protección del suelo: el pulso térmico no penetra la tierra, y unos pocos centímetros de suelo bastaron para blindar el cuello de la raíz y las raíces superficiales de un árbol cuya parte aérea quedó carbonizada. La segunda es la protección de los muros. Varios de los supervivientes estaban junto a muros de piedra o de hormigón de templos, castillos y jardines, que hicieron de pantalla frente al fogonazo y frente a parte de la onda. La cara del tronco orientada al hipocentro quedó quemada y la opuesta, resguardada por el muro, conservó cámbium vivo. Algunos hibakujumoku muestran todavía hoy esa asimetría: tronco inclinado en dirección contraria a la explosión, cicatrices en un solo lado y corteza sana en el otro.

El sauce de los 370 metros ilustra el caso extremo: la parte aérea se perdió por completo y lo que rebrotó fue la raíz. El ejemplar que hoy se ve no es el tronco de 1945; es la continuidad del mismo individuo por otra vía.

El ginkgo y su fama, con el matiz que corresponde

Ginkgo biloba se ha convertido en el símbolo de este episodio y arrastra una reputación de resistencia a la radiación que conviene revisar sin quitarle mérito al árbol.

Lo que sí es cierto del ginkgo: es una especie de linaje muy antiguo, la única superviviente de su orden; tiene una capacidad de rebrote basal extraordinaria, con formaciones leñosas llamadas chichi que actúan como reservorios de yemas y de reservas; posee corteza gruesa y madera con alto contenido de agua, lo que le confiere una resistencia notable al fuego —una cualidad ya conocida en Japón, donde se plantaban ginkgos alrededor de los templos de madera precisamente como cortafuegos vivos—; y tolera bien la contaminación, la compactación y el estrés urbano.

Lo que no está demostrado es que el ginkgo tenga una resistencia celular a la radiación ionizante superior a la de otros árboles caducifolios. Su supervivencia en Hiroshima se explica satisfactoriamente por la combinación de rebrote vigoroso desde la base, resistencia al fuego y protección por muros y por relieve. Los ginkgos que sobrevivieron estaban, en general, en recintos de templo con muros de fábrica alrededor. Y hay que recordar que junto a ellos sobrevivieron también sauces, eucaliptos, alcanforeros y caquis, que no gozan de esa fama.

El caso más conocido es el ginkgo del templo Hōsen-ji, a poco más de un kilómetro del hipocentro. El templo quedó destruido; el árbol, quemado, rebrotó al año siguiente. Cuando se reconstruyó el edificio, se diseñó la escalinata de acceso desviándola para no tocar el árbol, que quedó incorporado a la entrada. Es una decisión de proyecto, no una anécdota: dice más sobre lo que significó ese rebrote que cualquier descripción.

El reparto de semillas por el mundo

En 2011 se puso en marcha en Hiroshima la iniciativa Green Legacy Hiroshima, promovida por la organización local ANT-Hiroshima junto al Instituto de las Naciones Unidas para Formación Profesional e Investigaciones (UNITAR). Su actividad consiste en recolectar semillas de los árboles censados, gestionar su envío a instituciones, escuelas, jardines botánicos y ayuntamientos de otros países, y acompañar el proceso con los protocolos de germinación de cada especie y con documentación sobre el origen del material.

Las semillas han llegado a más de cuarenta países repartidos por todos los continentes, y existen ya ejemplares de segunda generación crecidos en Europa, América, Asia, África y Oceanía.

Dos aclaraciones necesarias. La primera es sanitaria: estas semillas no son radiactivas, ni lo son los árboles madre. La radiación de una detonación aérea de este tipo es un pulso instantáneo, y la contaminación residual en Hiroshima fue limitada y ha decaído hace décadas; los árboles llevan ochenta años haciendo fotosíntesis con normalidad. La segunda es botánica: al enviarse semillas y no esquejes, los ejemplares resultantes son descendientes, con su propia combinación genética, y no clones del superviviente. Lo que se transmite es una filiación, no una copia.

El movimiento de material vegetal entre países está sujeto además a la normativa fitosanitaria correspondiente, y el programa trabaja con las autoridades de destino para cumplirla. No es un envío informal.

Lo que enseña sobre los árboles

Al margen de su carga histórica, el episodio contiene lecciones de arboricultura que se aplican a cualquier jardín.

La primera: la capacidad de rebrote es una estrategia de supervivencia central en muchas frondosas, y está pensada para catástrofes. Un árbol que ha perdido la copa por un incendio, un vendaval o un desmoche no está necesariamente muerto. Merece observación durante al menos una temporada completa antes de decidir su retirada, porque el rebrote puede tardar meses en manifestarse.

La segunda: lo que decide la supervivencia está abajo. El cuello de la raíz y el sistema radicular son las estructuras críticas. Un árbol con la base sana y las raíces funcionales tiene opciones aunque su parte aérea esté destruida; un árbol con la copa intacta y el cuello podrido o las raíces cortadas por una zanja, no. Esto tiene consecuencias muy concretas en obra urbana: los daños que de verdad matan árboles en las ciudades son las excavaciones junto al tronco y la compactación del suelo, no las podas.

La tercera: el rebrote no es gratis. Un árbol que rebrota lo hace consumiendo reservas de almidón acumuladas en raíz y tronco, y necesita años para reconstituirlas. Las uniones de los rebrotes con el tronco viejo son estructuralmente débiles durante mucho tiempo, y la madera descubierta por la pérdida de la copa es una vía de entrada de hongos de pudrición. Los hibakujumoku han requerido y siguen requiriendo cuidados: consolidaciones, tratamiento de cavidades, descompactación del suelo y control de plagas. Su longevidad posterior no es automática.

Y la cuarta, que es la que suele olvidarse: la protección importa más que la resistencia. El factor que separó a un árbol que sobrevivió de otro que no, a igual distancia, fue muchas veces un muro. En un jardín ocurre lo mismo a otra escala: el microclima, el abrigo frente al viento dominante, la sombra de un edificio y la orientación deciden qué prospera y qué no, con más peso que la rusticidad nominal de la especie.

En resumen

Hibakujumoku significa «árbol expuesto a la bomba» y designa a los ejemplares supervivientes del bombardeo de Hiroshima del 6 de agosto de 1945, censados oficialmente por la ciudad: entre 160 y 170 árboles de unas treinta especies dentro de un radio de 2 kilómetros del hipocentro. Entre ellos hay sauce llorón —el más próximo, a unos 370 metros, rebrotado desde la raíz—, alcanforero y eucalipto en el castillo a unos 740 metros, ginkgos en templos y jardines, caquis y cinamomos. Sobrevivieron porque el pulso térmico no penetra el suelo ni atraviesa los muros, de modo que las yemas latentes y adventicias del cuello y de las raíces quedaron protegidas y brotaron al desaparecer la copa. El ginkgo debe su fama a un rebrote basal excepcional, a su resistencia al fuego y al abrigo de los muros de los templos, no a una tolerancia especial a la radiación. Desde 2011, Green Legacy Hiroshima envía semillas —no radiactivas, y descendientes en vez de clones— a más de cuarenta países. La enseñanza de fondo es que la vida de un árbol se juega en la base y en las raíces, que el rebrote consume reservas y deja debilidades estructurales, y que el abrigo puede pesar más que la resistencia propia de la especie.


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