Con una tabla, un puñado de esfagno, unos tornillos de acero inoxidable y media hora, un Platycerium pasa de ser un tiesto incómodo a ser una pieza colgada de la pared. El montaje es un trabajo de bricolaje más que de jardinería, y los fallos que se pagan caros son de bricolaje: una tabla pequeña, una atadura sobre el punto de crecimiento, un anclaje de menos kilos de los que la planta va a pesar mojada.
Aquí va el procedimiento y lo que rodea al montaje: dónde colgarlo, cómo sujetarlo a la pared, cómo regarlo sin descolgarlo y cómo separar un hijuelo para montarlo aparte. El cultivo —luz, humedad, abono, plagas— y la historia natural del género están desarrollados en otros dos artículos de la web, y conviene leerlos antes de decidir dónde va la planta.
Elegir entre tabla, esfera y cesta
Las tres soluciones son válidas y no dan la misma planta.
Tabla vertical. Es lo que reproduce la posición natural sobre un tronco: la fronde estéril se pega a la superficie, las fértiles cuelgan por delante y por debajo. Da el mejor resultado estético, ocupa muy poco fondo y admite ejemplares grandes. Es la opción por defecto para Platycerium bifurcatum y P. veitchii.
Esfera de esfagno colgada. Una bola de musgo atada con hilo, al estilo del kokedama, de la que sale la planta y que se cuelga de tres cabos. Es preciosa y se ve por los cuatro costados, pero tiene una relación superficie-volumen altísima y se seca muy deprisa: en verano hay que regarla cada tres o cuatro días, y en un piso con calefacción, casi igual en invierno. Se reserva para ejemplares jóvenes y pequeños y para quien esté encima.
Cesta colgante. Obligatoria en las especies de corona única y escudos en copa, como P. superbum o P. grande, que necesitan volumen bajo el escudo. También es la salida cómoda cuando la planta pesa demasiado para colgarla de un tabique. Retiene más agua que la tabla, así que perdona los olvidos y castiga los excesos.
El montaje en tabla, paso a paso
1. La tabla. Madera dura sin tratar de dos a tres centímetros de grueso: roble, castaño, acacia, olivo, o mejor aún una plancha de corcho natural de cinco centímetros. Quedan descartados el pino tratado en autoclave, que lleva sales de cobre, el contrachapado y el aglomerado, cuyas colas se despegan con el mojado semanal, y cualquier madera barnizada o lasurada.
El tamaño es donde más se falla. El escudo crece hacia fuera entre cinco y diez centímetros por año en todas direcciones, y una tabla justa obliga a rehacer el montaje en dos temporadas, operación que la planta acusa. Para un ejemplar joven, 30 × 40 centímetros; para uno de porte medio, 50 × 60; para un adulto con escudo grueso, 60 × 80 o más. Mejor sobrada.
2. Los separadores. Dos listones de un centímetro de grueso atornillados en vertical en la cara trasera, uno a cada lado. Dejan una cámara de aire entre la tabla y el muro, secan la parte de atrás y evitan que la humedad pase al paramento. Es el detalle que ahorra una mancha en la pared.
3. Los puntos de amarre. Se atornillan de seis a diez tornillos de acero inoxidable, dejándolos salir un centímetro, repartidos en corona a unos cuatro centímetros del borde, en la zona que va a ocupar el escudo. Sirven para anudar el hilo sin tener que rodear la tabla entera. Acero inoxidable, no galvanizado: el galvanizado se oxida con el riego constante y deja regueros que manchan el escudo de forma permanente.
4. El colchón. Un puñado generoso de musgo esfagno (Sphagnum) rehidratado veinte minutos en agua y escurrido a mano hasta que deje de gotear. Se forma un cojín de cuatro o cinco centímetros de espesor y un diámetro algo mayor que el escudo actual, un poco más alto por el centro. Bajo el esfagno se puede poner un lecho fino de corteza de pino de calibre medio, que aporta aireación y retrasa la compactación.
5. La orientación de la planta. Este es el paso que arruina un montaje si se hace al revés y del que rara vez se avisa. El escudo tiene una zona alta, a menudo con el borde ondulado o lobulado, y en su base, contra el soporte, está el punto de crecimiento del que salen las frondes nuevas. Ese punto va arriba. Un escudo montado del revés no emite: la planta se queda parada, echa alguna fronde torcida y se apaga. Antes de atar nada, se apoya la planta y se mira desde un metro de distancia comprobando que las frondes fértiles cuelgan hacia abajo con naturalidad.
6. El atado. Se pasa el hilo de tornillo a tornillo cruzando por encima del escudo en abanico, con cuatro a ocho pasadas, evitando siempre la franja donde está la corona. Se aprieta hasta que la planta no gire si se sacude la tabla con la mano, pero sin que el hilo se hunda en el tejido vivo. Un poco de esfagno metido con los dedos por los huecos que queden entre el escudo y la tabla termina el trabajo.
7. Después. Riego por inmersión inmediato, sombra luminosa y humedad alta durante tres o cuatro semanas. No abonar hasta pasados dos meses.
Materiales de atado: cuál elegir y cuándo quitarlo
Cordel de algodón o de yute fino. Es la mejor opción para plantas pequeñas y medianas. Se degrada por sí solo en seis a doce meses, justo el tiempo que la planta tarda en agarrarse, y no hay que volver a tocarlo. Se ve poco y no corta.
Hilo de pesca de nailon, monofilamento de 0,4 a 0,6 mm. Prácticamente invisible y muy resistente, indicado para ejemplares pesados. Contrapartida: no se degrada nunca, así que hay que retirarlo a mano cuando ya no haga falta o acabará estrangulando el escudo que crece encima.
Alambre plastificado. Sujeta mucho y se maneja rápido, pero la sección es pequeña y la presión se concentra: en un escudo tierno deja un surco que no se cierra. Solo para fijar la tabla o la corteza, no sobre la planta.
Tiras de media de nailon. Anchas, suaves y elásticas, reparten la presión perfectamente. Su problema es que se ven, y bastante.
Bridas de plástico. No. La tracción del cierre es puntual y corta el tejido.
Retirar la atadura. Se hace cuando un escudo nuevo, ya endurecido, cubre dos tercios del colchón de esfagno, lo que suele ocurrir entre los ocho y los catorce meses. La prueba consiste en sostener la tabla en horizontal, con la planta hacia arriba, y sacudirla suavemente: si el cepellón no se mueve, la planta se sujeta sola.
El corte no se hace de cualquier manera. Se corta el hilo en varios puntos del perímetro, con la punta de un bisturí o de unas tijeras finas, y se extrae cada tramo con pinzas, tirando en la dirección en que entró. Tirar de un extremo para sacar el hilo entero arrastra por debajo del escudo y lo desgarra desde dentro. Los tramos que ya estén sepultados bajo tejido nuevo se dejan donde están: se corta lo que asoma y no se hurga.
Peso y anclaje a la pared
El esfagno absorbe entre ocho y diez veces su peso seco en agua, y de ahí sale el número que hay que tener en cuenta.
Un montaje joven sobre tabla de 30 × 40 pesa entre dos y cuatro kilos en seco y entre cinco y ocho recién regado. Un ejemplar adulto de P. bifurcatum con varias coronas sobre una tabla de 60 × 80, con años de escudo acumulado, pasa sin dificultad de veinte kilos mojado, y los ejemplares viejos van bastante más allá. Un P. superbum en cesta de cuarenta centímetros con corteza empapada supera los quince.
Consecuencias prácticas:
Dos puntos de anclaje, nunca uno. Se atornillan dos argollas o dos hembrillas cerradas en los ángulos superiores de la tabla, a diez centímetros de los bordes. Con un solo punto central la tabla gira sobre sí misma cada vez que se toca.
En muro de ladrillo macizo u hormigón, taco de nailon de 8 mm con tirafondo de 5 × 60, o alcayata roscada del mismo calibre, con la carga repartida entre los dos puntos. Sobra capacidad para cualquier ejemplar doméstico.
En tabique de ladrillo hueco, taco de expansión específico para hueco o taco químico. La resistencia real de un taco corriente en un hueco doble es baja y depende de si el taladro cae en un tabiquillo o en una cámara.
En pladur, hay que buscar el montante metálico con un detector y atornillar a él. Los anclajes de mariposa o tipo Molly admiten cargas útiles del orden de 15 a 25 kilos en placa de 13 mm, cifra que un platycerium adulto mojado se come entera. Si no hay montante disponible, la solución honesta es no colgarlo del tabique: alcayata al techo buscando la vigueta, un pie de forja o un soporte apoyado en el suelo.
Los colgadores adhesivos y las escarpias de cuadro quedan descartados desde el primer día, aunque la planta pequeña parezca ligera. Lo que se cuelga es el peso futuro, no el actual.
Por último, entre la tabla y el muro deben quedar los separadores ya mencionados y, si el riego se va a hacer en el sitio, conviene un pequeño canal o una pieza de metacrilato transparente atornillada en el borde inferior que recoja el goteo.
Dónde colgarlo dentro de casa
La habitación que mejor le va es el baño con ventana: humedad ambiental alta, temperatura estable y luz filtrada. Después, un recibidor o un pasillo con ventana al este, y una pared perpendicular a un ventanal en el salón.
Sitios que hay que descartar: encima de un radiador, porque la corriente de aire seco que sube deseca las frondes y arruina el tomento; en la trayectoria del aire acondicionado; en la cocina, donde la película de grasa se deposita sobre el fieltro plateado y ya no sale; y en una pared que reciba sol directo por la tarde a través del cristal.
Tres decisiones de colocación que cambian el aspecto de la planta:
La altura. Un Platycerium se mira de frente y ligeramente desde abajo. Colgado con la base del escudo a la altura de los ojos, entre 150 y 170 centímetros del suelo, se aprecia la estructura; colgado a 2,20 metros se convierte en una silueta contra el techo.
El espacio libre por debajo. Las frondes fértiles de un adulto cuelgan de sesenta a noventa centímetros, y si tropiezan con una estantería, un mueble o un rodapié se doblan y quedan marcadas para siempre. Hay que reservar como mínimo medio metro de pared vacía bajo la tabla, y contar con más.
De qué lado viene la luz. La planta crece hacia la fuente luminosa. Colgada en la pared que queda enfrente de la ventana, se desarrolla de forma simétrica; colgada en la pared lateral, todas las frondes se inclinan hacia el cristal y el conjunto queda torcido. Como el escudo se pega al soporte, no hay manera de ir girando la planta como se hace con una maceta, así que la orientación se decide al colgarla y ya no se corrige.
Regar uno montado sin descolgarlo
Descolgar una tabla de veinte kilos cada semana, meterla en la bañera y volver a colgarla escurriendo es un plan que se abandona al mes. Hay tres formas de mantenerlo hidratado en la pared.
Con jarra, por la ranura superior. Se vierte agua muy despacio, en hilo fino, por el hueco que queda entre el borde alto del escudo y la tabla, de modo que baje por gravedad entre las capas y empape el esfagno desde dentro. Entre 200 y 500 mililitros según el tamaño, dados en dos o tres tandas separadas un minuto para que absorba. Debajo, una toalla o un cubo. Es el método que más se parece a lo que ocurre en la rama del árbol.
Con pulverizador de presión previa. Un aparato de un litro con boquilla regulable, apuntando al esfagno del perímetro y al borde inferior del escudo, insistiendo hasta que el musgo deje de absorber y empiece a chorrear. Funciona bien en tablas de tamaño pequeño y medio, y de paso sube la humedad alrededor de la planta.
Con un gotero fijo. Para piezas grandes es la solución definitiva. Un microtubo con un gotero autocompensante de 2 o 4 litros por hora, sujeto en el borde superior de la tabla con una grapa, conectado a un programador de grifo. Dos riegos por semana de tres a cinco minutos en verano, uno en invierno, y una bandeja estrecha en la base. Cuesta una tarde de instalación y elimina el problema.
Cómo saber si toca. Se aprieta el esfagno del borde inferior con la yema del dedo: si cede, está frío y devuelve algo de humedad, todavía no toca; si está mullido, seco y ligero, sí. La sensación de peso al empujar suavemente la tabla hacia arriba también sirve, y es lo que se aprende en las tres o cuatro primeras semanas.
Cada tres o cuatro meses viene bien un remojo completo de verdad, descolgando la pieza y sumergiéndola: arrastra las sales acumuladas del abono y del agua dura, que el riego en el sitio no lava.
Separar un hijuelo y montarlo aparte
Las especies que se ramifican desde la base —P. bifurcatum y compañía— acaban formando una tabla con tres, cuatro o más coronas apiñadas. Repartirlas es la forma normal de multiplicar, y también de aliviar una tabla sobrecargada.
El candidato tiene que reunir dos condiciones: escudo propio de al menos ocho o diez centímetros y dos o más frondes fértiles desarrolladas. Un brote más pequeño no tiene reservas para sobrevivir a la separación.
El procedimiento, con la planta madre descolgada y tumbada sobre una mesa:
Se localiza la línea donde se tocan los dos escudos. Con una hoja fina, larga y bien afilada —un cuchillo de sierra de pan o una sierra de podar pequeña— se corta a lo largo de esa línea, atravesando las capas de escudo compartido hasta llegar a la tabla. Se avanza con movimientos largos, sin serrar a tirones. Después se hace palanca con una espátula o un destornillador plano por debajo del hijuelo y se levanta llevándose una cuña de esfagno y todas las raíces que vengan con él.
El hijuelo se monta inmediatamente en su tabla pequeña, siguiendo los pasos de más arriba, con la atadura algo más apretada de lo habitual porque tiene poca raíz y necesita quedar inmovilizado. Las tres o cuatro primeras semanas van en sombra luminosa y con humedad alta: una bandeja con grava mojada bajo la pieza, o una bolsa transparente holgada con varios agujeros, retirada un rato cada día para ventilar.
En la planta madre queda un hueco a la vista con la tabla desnuda. No se rellena con nada ni se sella: se añade un poco de esfagno húmedo si el corte queda muy abierto y se deja que el escudo del año siguiente cierre la cicatriz por sí solo, cosa que hace en una temporada.
Y una precisión que decide si esto se puede hacer o no: hay especies de corona única, como P. superbum, que no emiten hijuelos y por tanto no admiten división de ninguna clase. En ellas el único camino es la espora.
En resumen
El montaje en tabla pide madera dura sin tratar de dos o tres centímetros, tamaño sobrado —30 × 40 para un ejemplar joven, 60 × 80 para un adulto—, listones separadores en la cara trasera y una corona de tornillos inoxidables para amarrar el hilo. Sobre un cojín de cuatro o cinco centímetros de esfagno rehidratado se coloca la planta con el punto de crecimiento del escudo hacia arriba, error que arruina el montaje si se invierte, y se ata en abanico sin pasar por la corona. El cordel de algodón o yute se degrada solo; el nailon hay que retirarlo a los ocho o catorce meses cortándolo en varios puntos y extrayéndolo con pinzas, nunca de un tirón. El esfagno absorbe entre ocho y diez veces su peso en agua, de modo que una pieza adulta supera los veinte kilos mojada: dos anclajes, tacos de 8 mm en muro macizo y nada de pladur sin montante ni colgadores adhesivos. Se cuelga a la altura de los ojos, con medio metro libre por debajo y en la pared enfrentada a la ventana para que crezca simétrico, lejos de radiadores y de la cocina. Se riega en el sitio vertiendo agua en hilo por la ranura alta del escudo, con pulverizador de presión o con un gotero programado, y cada tres o cuatro meses se descuelga para un remojo que lave las sales. El hijuelo se separa con escudo propio y dos frondes, cortando con hoja larga a lo largo de la unión, y se monta al momento en su propia tabla.