A Europa llegó por la fibra, no por el color de la hoja. Cuando los primeros barcos trajeron Phormium tenax de Nueva Zelanda a finales del siglo XVIII, lo que interesaba era el cordaje: unas hebras largas, flexibles y resistentes al agua salada que prometían competir con el cáñamo en la jarcia de los veleros. Los cultivares de bronce, rosa y crema con los que se vende hoy en los garden centers llegaron mucho después.
Harakeke: la planta de la fibra
Para los maoríes, el harakeke era una materia prima central. La hoja contiene haces de fibra larga —muka— envueltos en tejido blando, y raspando la hoja contra el filo de una concha de mejillón se separa una de otro y queda la hebra limpia, brillante y muy resistente a la tracción. Con ella se hicieron cuerdas, redes de pesca, sedales, esteras, cestos (kete) y prendas: el piupiu y el korowai, la capa ceremonial.
Ese uso llevó a un trabajo de selección notable. Las comunidades mantenían plantaciones de variedades escogidas —el pā harakeke— con más de cincuenta selecciones tradicionales con nombre propio, elegidas cada una por una cualidad concreta: hoja larga y flexible para tejer fino, fibra fuerte para cordaje, tono claro o base rojiza para el diseño. Es una domesticación paralela a la de cualquier cultivo, y anterior en siglos a la llegada de los europeos.
En el siglo XIX el lino de Nueva Zelanda fue un producto de exportación de primer orden, con fábricas de desfibrado y un comercio que movió toneladas. Se plantó fuera de su país de origen precisamente para eso: en las Azores, en Santa Elena, en Chile, en Irlanda y en la cornisa cantábrica y Galicia, donde se usó además como cortavientos en fincas costeras. Esa historia industrial explica por qué hoy aparece naturalizado en tantas costas atlánticas, asunto que se trata al final.
Sobre su fama medicinal conviene ser breve y claro: la tradición maorí empleaba el gel que rezuma la base de la hoja para cubrir heridas y quemaduras, y la raíz en preparados diversos. No hay evidencia clínica que respalde esos usos, aquí no se describe ninguna preparación, y cualquier duda sobre plantas y medicación corresponde al médico o al farmacéutico.
Cómo crece: un abanico de hojas rígidas
Phormium tenax J.R.Forst. & G.Forst. pertenece hoy a las Asphodelaceae, después de haber pasado por Liliaceae, Agavaceae y Phormiaceae según el criterio de cada época. Es una planta rizomatosa que forma matas de abanicos.
Cada abanico es un conjunto de hojas dispuestas en dos filas opuestas y en un mismo plano, plegadas por la mitad a lo largo del nervio y encajadas unas dentro de otras por la base, como en un lirio. Las hojas son rígidas, erguidas, de correa, de 1 a 3 metros de longitud y de 5 a 12 centímetros de anchura en la especie tipo, con el margen y la quilla teñidos de un pardo rojizo. Del rizoma van saliendo abanicos nuevos alrededor de los antiguos, y así la mata se ensancha.
La floración tarda: de cuatro a seis años desde la plantación. La vara floral es espectacular, de 3 a 5 metros, ramificada, con flores tubulares de color rojo oscuro o pardo rojizo cargadas de néctar. En Nueva Zelanda las polinizan aves melíferas como el tui y el korimako; en un jardín español atrae abejas y, con suerte, currucas y mosquiteros. Después vienen las cápsulas: erguidas, negras y retorcidas al madurar.
Esa cápsula erguida es la manera fiable de distinguirlo de Phormium cookianum (= P. colensoi), el lino de montaña, que es menor, de hojas arqueadas y colgantes en lugar de rígidas, y cuyas cápsulas cuelgan. Muchos de los cultivares enanos y de colores llamativos del comercio son híbridos con esta segunda especie, y de ahí les viene el porte más pequeño y la hoja curvada.
El espacio que necesita, que no es el que parece
En el vivero se compra una planta de sesenta centímetros en una maceta de cinco litros y se planta como si fuera a quedarse así. Las cifras reales, en una zona costera templada española:
La especie verde de tipo alcanza de 2 a 3 metros de altura de follaje en ocho o diez años, y la mata llega a 2,5 o 3 metros de diámetro. Como las hojas irradian desde el centro y se abren hacia fuera con la edad, la planta ocupa un círculo completo de ese tamaño, y las hojas exteriores acaban tumbadas en horizontal a un metro del suelo. Una mata así plantada a ochenta centímetros de un camino lo invade por completo, y la hoja no se aparta: es rígida y hay que rodearla.
Distancias mínimas razonables: dos metros al borde de cualquier paso, un metro y medio a un muro o a una ventana, tres metros entre matas de la especie verde. Para los cultivares de color, que rondan 1,2 a 2 metros, se puede rebajar a la mitad.
Hay una correlación práctica que conviene tener presente al comprar: los cultivares de hoja coloreada y variegada son menos vigorosos y menos resistentes al frío que la especie verde. La reducción de tejido fotosintético y la selección hacia el porte compacto van juntas. Los variegados y rosados son más plantas de maceta o de arriate protegido; el verde es la planta de estructura.
Cultivares, y el problema de la reversión
'Purpureum' y 'Atropurpureum'. Bronce púrpura oscuro, de 1,5 a 2 metros. Los más usados como contraste de follaje.
'Variegatum'. Verde con franjas marfil en el margen, porte grande.
'Sundowner'. Bronce grisáceo con borde rosa que se intensifica con el frío, alrededor de 1,5 metros.
'Yellow Wave'. Amarillo verdoso, hoja arqueada, híbrido de cookianum, en torno a un metro.
'Rainbow Queen' y 'Rainbow Sunrise'. Rayados en rosa, rojo y bronce, de porte medio.
'Bronze Baby' y otros enanos de 60 a 80 centímetros, adecuados para maceta.
'Platt's Black'. El más oscuro, casi negro púrpura, lento y delicado.
El fenómeno que hay que vigilar en todos los coloreados es la reversión: de la base de la mata brotan de vez en cuando abanicos verdes, genéticamente más vigorosos que los del cultivar. Si se dejan, en tres o cuatro años esos abanicos verdes se habrán multiplicado más deprisa que los coloreados y la mata entera habrá vuelto al tipo. La corrección es sencilla si se hace pronto: en cuanto se identifique un abanico verde, se sigue hasta su base y se corta a ras del rizoma con una podadera o una sierra pequeña. Hay que revisarlo una vez al año.
Rusticidad real
Su fama de planta subtropical exuberante engaña en las dos direcciones. Es más resistente al frío de lo que su aspecto sugiere y menos de lo que se dice en las etiquetas.
Frío. La especie verde tolera de −8 a −10 °C en suelo bien drenado, con daño en la hoja a partir de −5 °C, que se manifiesta como manchas pardas y puntas secas. Los cultivares coloreados quedan entre −5 y −7 °C. Y hay un matiz decisivo: lo que mata no es la helada sola, sino la helada sobre suelo encharcado. La misma planta que aguanta −9 °C en una ladera arenosa se pudre a −4 °C en una arcilla saturada de invierno. Tras una helada fuerte que queme todo el follaje, la mata suele rebrotar desde el rizoma en primavera, así que conviene no arrancarla en enero.
Viento y sal. Es donde sobresale. Aguanta el viento constante y la maresía sin despeinarse, y funciona como cortavientos en primera línea de costa, papel para el que se plantó históricamente en el norte de España.
Sequía. Una mata establecida resiste el verano seco, aunque con las hojas más plegadas y las puntas pardas. Con un riego profundo mensual en verano mantiene mucho mejor el aspecto. En maceta pide agua con bastante frecuencia.
Luz. Pleno sol o media sombra. En sombra densa se estira, pierde rigidez y los cultivares de color se apagan.
Suelo. Poco exigente en fertilidad, muy exigente en drenaje invernal. Tolera suelos ácidos y neutros, y arenas costeras sin problema.
Traducido al mapa: cómodo en Galicia, la cornisa cantábrica, todo el litoral mediterráneo, Baleares y Canarias, y en interiores suaves. Arriesgado en la meseta norte y en la montaña, donde solo tiene sentido en maceta que se pueda resguardar.
La limpieza de la hoja seca
Cada hoja vive dos o tres años y muere después desde la punta hacia abajo, quedándose colgada de la mata. Sin intervención, un formio adulto acumula una falda de hojas pardas dobladas que le da un aspecto lamentable y que además retiene humedad y aloja caracoles.
Aquí no hay atajo mecánico. No se recorta con tijera de setos ni se despunta. Una hoja de formio que ya ha terminado de alargarse no vuelve a crecer por el corte, de modo que un tijeretazo transversal deja un muñón pardo y romo, perfectamente visible, durante los dos o tres años que le queden de vida a esa hoja. Es el error que arruina el aspecto de muchos ejemplares en jardinería pública.
La operación correcta es hoja por hoja, y consiste en esto: se localiza la hoja seca, se agarra cerca de su base metiendo la mano dentro del abanico, y se tira hacia abajo y hacia fuera con un golpe seco. Normalmente se desprende limpia por su zona de abscisión. Si no cede, se corta al ras de la base con un cuchillo de sierra o con una sierra de podar estrecha, lo más profundo que se llegue dentro del abanico, para que no quede tocón.
Dos precauciones. La primera, guantes y manga larga: el margen de la hoja es abrasivo y las fibras producen cortes finos parecidos a los del papel. La segunda, la vara floral se retira también a ras cuando las cápsulas hayan secado, salvo que interese la semilla; una vara de cuatro metros cargada de frutos se vence con el viento y puede arrancar el abanico entero al caer. El abanico que ha florecido pierde vigor a partir de ahí y termina siendo sustituido por los que salen a su alrededor.
El momento bueno para la limpieza es el final del invierno o el comienzo de la primavera, antes de que salgan las hojas nuevas.
Dividir: hace falta herramienta de verdad
La división de un formio adulto no es una tarea de horca y tirón. El rizoma es leñoso, denso y está trabado con raíces gruesas, y la mata pesa mucho más de lo que aparenta.
El procedimiento realista, para hacerlo en primavera, entre marzo y mayo, con una temporada completa de crecimiento por delante:
1. Recortar todas las hojas a treinta o cuarenta centímetros. No es una poda de la planta, es una medida para poder ver lo que se hace y manejar el bulto. Esas hojas cortadas se retirarán después, cuando salgan las nuevas.
2. Abrir una zanja alrededor de la mata con una laya o una pala de corte, a treinta o cuarenta centímetros del perímetro, seccionando las raíces.
3. Sacar el bloque haciendo palanca con una barra de uña o dos palas enfrentadas. En matas grandes esto requiere dos personas.
4. Trocear. Aquí es donde entra la herramienta seria: un serrucho de poda de dientes gruesos, un viejo serrucho de carpintero que ya no importe estropear, un hacha, o directamente una sierra sable con hoja de demolición, que es lo que usa quien tiene que dividir varios. La tierra embota el filo enseguida, así que conviene sacudir bien el cepellón antes y limpiar la hoja de vez en cuando.
5. Cada división debe llevar como mínimo tres o cuatro abanicos sanos y un buen trozo de rizoma con raíces. Los fragmentos pequeños tardan años en hacerse planta.
6. Replantar a la misma profundidad, apretar bien el suelo alrededor, regar copiosamente y mantener húmedo el primer mes. La planta se queda parada un año antes de arrancar.
Existe una versión mucho menos traumática para cuando solo se quiere una planta nueva: los abanicos del borde de la mata se pueden separar sin levantarla, hincando verticalmente una pala bien afilada entre el abanico y el resto y extrayéndolo con su porción de rizoma. La mata madre cierra el hueco en una temporada.
Naturalización en costas
Aquella expansión comercial del siglo XIX tuvo consecuencias que se ven ahora. Phormium tenax figura entre las plantas exóticas naturalizadas en buena parte de las costas atlánticas templadas: Irlanda, el oeste de Gran Bretaña, las Azores, Santa Elena, Chile y, en España, la costa gallega y cantábrica y varias islas de Canarias, donde ocupa acantilados, taludes, bordes de camino y fincas abandonadas, y donde en algunas zonas de medianías se considera un problema para la vegetación autóctona.
Su capacidad de instalarse viene de dos frentes: produce una cantidad enorme de semilla ligera que el viento reparte, y rebrota a partir de fragmentos de rizoma. Ese segundo mecanismo convierte el vertido de restos de jardín en la principal vía de propagación: un trozo de mata tirado en un talud enraíza y forma una planta nueva.
Las conductas que corresponden a quien vive en esas zonas son sencillas y no exigen renunciar a la planta:
Cortar las varas florales antes de que las cápsulas se abran, con lo que se elimina la dispersión por semilla. No tirar divisiones ni restos de rizoma al campo, a un descampado ni a un contenedor de orgánica abierto; secarlos al sol antes de desecharlos. Preferir los cultivares de porte reducido, menos vigorosos, frente a la especie verde. Y no plantarlo en el límite de una parcela que dé a un espacio natural protegido.
En resumen
Phormium tenax es una Asphodelaceae neozelandesa que forma matas de abanicos de hojas rígidas y equitantes de hasta tres metros, y que llegó a Europa por su fibra, el muka que los maoríes extraían raspando la hoja y con el que fabricaban cordaje, cestos y capas, seleccionando para ello más de cincuenta variedades tradicionales. Su tamaño adulto se subestima: la especie verde ocupa un círculo de tres metros en una década, así que hay que dejarle dos metros hasta cualquier paso; los cultivares de color son menores, menos vigorosos y menos rústicos, y hay que cortar a ras los abanicos verdes que broten de su base, o revertirán en pocos años. Aguanta de −8 a −10 °C la especie tipo, algo menos los coloreados, siempre que el suelo drene, porque lo que mata es la helada sobre encharcamiento; soporta viento y sal como pocas plantas y rebrota del rizoma tras una quemadura de frío. La hoja seca se retira una a una tirando desde la base o cortándola al ras, nunca recortando el follaje en horizontal, porque una hoja cortada no rebrota y el muñón pardo dura años. Dividir exige serrucho, hacha o sierra sable, se hace en primavera con las hojas recortadas a cuarenta centímetros y con divisiones de tres o cuatro abanicos como mínimo. Y en las costas atlánticas y en Canarias está naturalizado, de modo que conviene cortar las varas antes de que semilleen y no tirar nunca restos de rizoma al campo.