La esponja de fibra rubia que se vende en herbolarios y tiendas de baño no viene del mar. Es el esqueleto interior del fruto maduro de una cucurbitácea trepadora, pariente del calabacín y del pepino, que se cultiva igual que ellos y que cualquiera puede producir en casa si dispone de un verano largo y caliente. El género es Luffa, y de la planta al estropajo no hay más que dejar madurar, secar y lavar.
Qué planta es
Se cultivan dos especies. Luffa aegyptiaca —citada también como Luffa cylindrica— da frutos cilíndricos y lisos de treinta a sesenta centímetros y es la que produce la esponja de calidad. Luffa acutangula, la esponja de aristas, tiene el fruto recorrido por diez costillas marcadas, se destina sobre todo a consumo en verde en el sudeste asiático y da una fibra más basta.
Ambas son anuales trepadoras de crecimiento vigoroso: cinco a ocho metros de tallo en una sola temporada, con zarcillos ramificados y hojas grandes, palmeadas y ásperas. Son monoicas, es decir, llevan flores masculinas y femeninas separadas en la misma planta: las masculinas se agrupan en racimos erguidos, las femeninas van solas y se reconocen porque llevan detrás un ovario alargado en miniatura, ya con la forma del futuro fruto. Los pétalos son amarillos y de buen tamaño.
Un detalle curioso separa a las dos especies: las flores de L. aegyptiaca abren de día y las visitan abejas, mientras que las de L. acutangula abren al atardecer y se polinizan por polillas nocturnas.
Clima y calendario: lo que de verdad limita el cultivo
Este es el punto que decide si la cosa sale o no. Producir esponjas exige que el fruto complete la maduración en la planta, y eso pide entre ciento ochenta y doscientos días desde la siembra, con calor sostenido. Para consumirla tierna basta con ciento veinte o ciento cuarenta. Cualquier helada acaba con la planta de inmediato, y por debajo de doce grados nocturnos deja de crecer.
En España se cultiva sin dificultad en el litoral mediterráneo, Andalucía, Murcia, Valencia, Baleares y Canarias. En el interior de la meseta la ventana es ajustada y conviene adelantar la siembra en semillero caliente y contar con que algunos frutos tardíos no llegarán a madurar. En el norte atlántico solo es viable bajo invernadero.
Siembra. En semillero protegido de marzo a abril, con temperatura de sustrato entre veinticinco y treinta grados; por debajo de veinte la germinación es errática. La semilla es dura y de cubierta gruesa, así que ayuda dejarla en remojo veinticuatro horas en agua templada antes de sembrarla. Se pone a dos centímetros, en maceta individual de al menos diez, porque la raíz no agradece el repicado.
Trasplante. Cuando haya pasado el riesgo de helada y el suelo esté caliente, en general de mediados de mayo a primeros de junio en el interior y desde finales de abril en la costa. Marco de plantación amplio: metro y medio entre plantas y dos entre líneas, o una planta por cada dos o tres metros de emparrado.
Suelo, riego y entutorado
Quiere sol directo todo el día, suelo profundo, mullido, rico en materia orgánica y con buen drenaje. Es una planta glotona: un estercolado de fondo generoso más aportes de fertilizante equilibrado cada dos o tres semanas durante el crecimiento. El riego debe ser abundante y regular, mejor por goteo, sin mojar el follaje y sin dejar que el suelo llegue a secarse, porque el estrés hídrico aborta flores femeninas y deforma los frutos.
El entutorado no es opcional. Una Luffa dejada en el suelo produce frutos torcidos, con la cara de contacto manchada y podrida, y con la fibra aplastada por un lado, defectos que no se corrigen luego. Se necesita una estructura sólida —pérgola, malla vertical tensada, alambrada entre postes— capaz de sostener varios kilos de vegetación mojada y una decena de frutos colgando. Colgados y libres, los frutos crecen rectos y ventilados.
Dos labores mejoran mucho el resultado. Despuntar el tallo principal cuando alcance metro y medio o dos, para forzar la salida de brotes laterales, que son los que llevan la mayoría de las flores femeninas. Y aclarar frutos: dejar entre seis y diez por planta hace que todos maduren bien, mientras que una planta cargada de veinte llega a octubre con la mitad a medias.
Si hay flores femeninas que se caen sin cuajar y se ven pocos insectos, la polinización manual resuelve el problema: se toma una flor masculina recién abierta, se le quitan los pétalos y se frotan las anteras sobre el estigma de la femenina, a primera hora de la mañana.
En cuanto a problemas, sufre lo mismo que el resto de cucurbitáceas: oídio en las hojas al final del verano —que aquí importa menos, porque para entonces el fruto ya está hecho—, pulgón en los brotes tiernos y araña roja en ambiente seco. Vigilar el encharcamiento evita los hongos de cuello.
Comerla tierna o dejarla para esponja
Son dos destinos incompatibles en el mismo fruto, y conviene decidirlo desde el principio.
Para consumo, se recolecta muy joven, entre doce y veinte centímetros, cuando la piel se raya con la uña sin esfuerzo y el fruto pesa poco. Se cocina como el calabacín, pelada, salteada o en guiso. Pasado ese tamaño empieza a formarse la red de fibras, la textura se vuelve estopa y ya no hay marcha atrás. Los frutos maduros no se comen: además de fibrosos, pueden amargar, y el amargor en cucurbitáceas indica presencia de cucurbitacinas, compuestos que sientan mal.
Para esponja, esos mismos frutos se dejan colgando el resto de la temporada sin tocarlos. Es una espera larga, de dos meses o más desde que alcanzan su tamaño final.
De fruto a esponja, paso a paso
1. Maduración completa en la planta. El fruto pasa de verde a amarillo y luego a marrón claro, la piel se arruga y se vuelve quebradiza, el peso baja de forma llamativa y, al agitarlo, las semillas suenan dentro. Ese sonido es la señal fiable de que la fibra está lignificada. Un fruto cortado en verde se pudre en lugar de secarse y da una esponja blanda que se deshace.
2. Recolección. Se corta con unos centímetros de pedúnculo. Si llega una helada anunciada y quedan frutos amarillos pero no del todo secos, es mejor cortarlos y terminar el secado bajo techo, en un lugar ventilado y sin humedad, colgados y separados entre sí. Los que estén todavía verdes no van a servir.
3. Retirada de la piel. Con el fruto bien seco, la corteza se resquebraja al presionarla con las manos y se desprende a placas, empezando por el extremo del pedúnculo. Si está correosa, un remojo de veinte o treinta minutos en agua la ablanda y sale entera.
4. Extracción de las semillas. Se sacude la esponja boca abajo y salen solas por los extremos. Merece la pena guardar las mejores, negras y llenas, para la siembra siguiente: mantienen la germinación varios años.
5. Lavado de la pulpa. Queda dentro de la red un residuo de tejido y savia que, si no se elimina, oscurece la esponja y le da olor. Se lava a conciencia bajo el grifo, apretando y soltando la fibra como si fuera un estropajo, con varios cambios de agua hasta que el agua salga limpia.
6. Blanqueado y secado. El color natural es beige tostado. Para aclararlo basta con dejarla unas horas en agua con un chorro de vinagre o agua oxigenada diluida, y luego secarla al sol, que blanquea por sí mismo. El secado final debe ser total y en un sitio aireado: una esponja guardada con humedad interior cría moho en pocos días.
La esponja terminada se corta en discos o rectángulos con un cuchillo de sierra y se usa como exfoliante corporal, como estropajo de cocina o como sustrato para hidroponía y filtros. Entre usos hay que dejarla escurrir y secar, y al cabo de unas semanas se puede lavar en el lavavajillas o hervir unos minutos para higienizarla.
En resumen
Luffa aegyptiaca es una cucurbitácea trepadora anual que necesita una temporada larga y calurosa: siembra en semillero caliente en marzo o abril, trasplante con el suelo templado, riego y abonado abundantes, y un emparrado firme sin el cual los frutos salen torcidos y podridos por un lado. Si se quiere comer, se corta tierna, por debajo de veinte centímetros; si se quiere esponja, hay que dejar el fruto en la planta hasta que esté marrón, ligero y suene al agitarlo. A partir de ahí, todo consiste en quitar la piel reseca, vaciar las semillas, lavar la pulpa hasta que el agua salga clara y secar al sol por completo.