Al borde de una acequia sombreada, entre ortigas y menta de agua, aparecen unos tallos erguidos con flores diminutas de un rosa casi lavado que muchos jardineros pisan sin mirar. Es Epilobium roseum, el epilobio rosado, una vivaz de la familia de las onagráceas que vive donde el suelo está húmedo y ha sido removido hace poco. Su interés no está en la flor, que es discreta, sino en dos cosas: pertenece a un género que da verdaderos quebraderos de cabeza a la hora de identificar, y dispone de un sistema de dispersión que le permite ocupar un terreno vacío en una sola temporada.

Flor abierta de Epilobium roseum, de color blanco rosado

Un género donde nadie se fía a primera vista

El género Epilobium reúne en la península ibérica alrededor de una veintena de especies que se parecen entre sí de una forma incómoda: tallos erguidos, hojas enfrentadas, flores de cuatro pétalos escotados y una cápsula alargada que corona el ovario ínfero. Para colmo, hibridan con facilidad entre ellas, y los híbridos presentan caracteres intermedios que no encajan en ninguna clave. Por eso conviene fijarse en detalles pequeños y constantes en lugar de en el aspecto general.

En Epilobium roseum los caracteres que sostienen la determinación son tres. El primero es el peciolo: las hojas tienen un rabillo evidente, de entre cinco y quince milímetros, algo insólito en un género donde casi todas las especies llevan la hoja sentada o abrazando el tallo. El segundo es el estigma entero, en forma de maza, sin dividir en cuatro lóbulos abiertos en cruz. El tercero son las líneas decurrentes del tallo: dos o cuatro costillas finas que bajan desde la inserción de las hojas y que se notan al pasar los dedos.

El resto de la descripción encaja con lo que se espera de la familia. Planta de veinte a ochenta centímetros, a veces más en suelo fértil, con pelo corto y glandular en la parte alta. Flores de cuatro a ocho milímetros, blancas al abrirse y teñidas de rosa pálido conforme envejecen, lo que explica tanto el nombre específico como la confusión de quien la busca esperando una flor decididamente rosada. Florece de junio a septiembre, según altitud. Pasa el invierno en forma de rosetas apretadas de hojas al pie de la planta madre, no como semilla: es una vivaz de vida corta, no una anual.

Ecología: agua que no falta y suelo que se mueve

Su hábitat combina dos exigencias. Necesita humedad edáfica constante —bordes de arroyo y de acequia, manantiales, fondos de vaguada, choperas, sotos, cunetas con drenaje deficiente— y prospera especialmente donde ese suelo húmedo además ha sido alterado: una escombrera junto al río, el borde de un camino recién abierto, el margen de una huerta, la tierra que ha quedado desnuda tras una avenida. Esa combinación de agua y perturbación es el nicho de las plantas colonizadoras, y ahí el epilobio rosado se encuentra cómodo.

En España su presencia se concentra en la mitad norte y en los sistemas montañosos, donde la humedad estival no desaparece: cornisa cantábrica, Pirineo, Sistema Ibérico, Sistema Central y puntos húmedos de las cordilleras béticas. En el interior seco meseteño aparece de forma puntual, siempre ligada a cursos de agua permanentes. No tolera el encharcamiento prolongado ni el suelo salino, y no soporta la sequía estival prolongada sin sombra.

La cápsula y el vilano: cómo ocupa el terreno

Tras la floración, el ovario que quedaba por debajo de los pétalos se alarga hasta convertirse en una cápsula estrecha de cuatro a siete centímetros, parecida a una vaina fina. Cuando madura, se abre en cuatro valvas que se enrollan hacia atrás y dejan expuestas las semillas. Cada semilla lleva en un extremo un penacho de pelos blancos —el vilano, o coma— que actúa exactamente igual que el paracaídas del diente de león: la corriente de aire la levanta y la puede desplazar cientos de metros.

Una sola planta produce varios miles de semillas, y estas germinan sin dormición apreciable en cuanto encuentran suelo húmedo y luz. De ahí su comportamiento en obra reciente y en tierra recién movida: un año no hay ninguna, al siguiente hay un centenar. La contrapartida es que esas semillas tienen poca reserva y poca longevidad en el banco del suelo, de modo que una parcela que se cierra con vegetación densa deja de ser apta para ella en pocas temporadas. Es una colonizadora oportunista, no una invasora persistente.

Frente a Epilobium hirsutum y frente al epilobio de los incendios

Dos especies próximas concentran las confusiones habituales.

Epilobium hirsutum, el epilobio velloso o hierba de San Antonio, es la que más se ve en riberas y carrizales de toda España. Se separa sin dificultad: alcanza el metro y medio o dos metros, va cubierta de pelo largo y blando, tiene las hojas sentadas y algo abrazadoras, y sobre todo la flor es grande —de diez a dieciséis milímetros de pétalo— y de un rosa púrpura vivo, con el estigma partido en cuatro lóbulos bien visibles. Además se extiende por rizomas, formando manchas densas. Puestas una al lado de otra no hay duda posible; el problema surge en ejemplares jóvenes o mal desarrollados, y ahí el peciolo y el estigma resuelven la papeleta.

El caso de Chamaenerion angustifolium es distinto, porque ni siquiera es del mismo género aunque se llame popularmente epilobio. Conocido como epilobio de los incendios, adelfilla o hierba de San Antonio en algunas comarcas, es la especie célebre del grupo: la que tapiza de rosa magenta laderas quemadas y claros de bosque en el norte peninsular y en montaña. Se reconoce de lejos porque las hojas son alternas —dispuestas en espiral, no enfrentadas—, la inflorescencia es un racimo largo y erguido de flores grandes ligeramente asimétricas, y la planta forma colonias extensas a partir de rizomas gruesos. Los botánicos lo segregaron de Epilobium precisamente por esos caracteres. Si la mata mide más de un metro, es alterna de hoja y llama la atención desde la carretera, no es E. roseum.

Qué hacer con él en un jardín

Como planta ornamental, el epilobio rosado tiene poco recorrido: la flor es pequeña y el porte desgarbado. Su sitio, si se le da alguno, está en un jardín naturalista de zona húmeda, en la orilla de un estanque o en una franja de vegetación espontánea que se deja crecer por su valor para la fauna. Las flores atraen sírfidos, pequeñas abejas solitarias y avispas parásitas, y la planta sirve de alimento a orugas de varias esfinges del género Deilephila.

Cuando aparece donde no interesa —semilleros, bancales de huerta, macetas de exterior en zona de sombra húmeda—, el control es sencillo si se hace a tiempo. Basta con arrancar antes de que abran las cápsulas, es decir, cuando aún hay flor o la vaina está verde; después es tarde, porque el vilano ya habrá repartido la descendencia. Al tirar hay que llevarse la base con las rosetas, porque un tocón con yemas rebrota. En terreno grande, mantener una cubierta vegetal continua es más eficaz que escardar: el suelo desnudo y húmedo es lo que la invita.

En resumen

Epilobium roseum es una vivaz de corta vida propia de suelos húmedos y removidos, con flores blanquecinas que viran a rosa pálido y una cápsula que libera semillas provistas de vilano. Se identifica dentro de un género espinoso por tres detalles: hojas claramente pecioladas, estigma entero en forma de maza y líneas decurrentes en el tallo. Se distingue de E. hirsutum por el tamaño y color de la flor y por las hojas sentadas de esta, y de Chamaenerion angustifolium, el epilobio de los incendios, por las hojas alternas y el porte mucho mayor de aquel. En el jardín interesa sobre todo por su papel ecológico en zonas húmedas; si estorba, se arranca con la cápsula todavía cerrada.


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