Cuando llega la primavera, las floristerías se llenan de una flor redonda de pétalos finísimos y superpuestos, tan apretados que parecen de papel de seda plegado a mano. Es el ranúnculo de floristería, Ranunculus asiaticus, y detrás de esa flor hay un bulbo con forma de garra que se planta en una posición concreta y en una época concreta, y que decide el resultado antes de que salga la primera hoja.
Qué planta es
Ranunculus asiaticus es una herbácea originaria del Mediterráneo oriental —Turquía, Creta, Rodas, Levante y el norte de África—, de la familia de las ranunculáceas. La especie silvestre tiene flores sencillas de cinco pétalos, rojas o amarillas. Todo lo que se ve en el comercio es fruto de siglos de selección, primero en jardines otomanos y después en la horticultura europea, hasta llegar a las flores dobles y semidobles actuales, de siete a doce centímetros de diámetro, con decenas de pétalos dispuestos en espiral alrededor de un centro oscuro.
La gama de color cubre el blanco, el crema, el amarillo, el naranja, el salmón, el rosa en todas sus intensidades, el rojo, el granate casi negro y una buena colección de bicolores con el borde marcado. No hay azul verdadero. La mata alcanza de veinte a cuarenta y cinco centímetros, con hojas divididas de aspecto parecido al perejil y tallos huecos que sostienen una flor terminal, a veces acompañada de un par de botones laterales.
La garra: qué es y cómo se rehidrata
Lo que se compra en bolsa no es un bulbo ni un tubérculo en sentido estricto, sino un conjunto de raíces tuberosas engrosadas y soldadas por arriba a una corona muy corta, donde están las yemas. Seco, mide de dos a cuatro centímetros y tiene el aspecto exacto de una pequeña garra o de una araña disecada, con cuatro o seis dedos curvos que apuntan todos hacia el mismo lado.
Ese material llega deshidratado y duro, y hay que devolverle el agua antes de enterrarlo. Se sumergen las garras en agua a temperatura ambiente durante tres o cuatro horas, seis como máximo. Se hinchan de forma muy visible, casi doblan su volumen y recuperan el color claro. Pasado ese tiempo, se plantan de inmediato.
El límite de horas no es un capricho. Sumergidas toda la noche o durante un día entero, las garras se asfixian: el tejido queda saturado, sin oxígeno, y en pocos días se pudren bajo tierra en lugar de brotar. Si el agua está tibia y se cambia una vez a media rehidratación, mejor. Quien quiera ir sobre seguro puede dar un paso más: tras el remojo, poner las garras en una bandeja con vermiculita o turba apenas húmeda, a diez o doce grados y a oscuras, durante diez o quince días. Cuando asoman las primeras raicillas blancas se llevan al suelo, y así se descartan de entrada las que no iban a arrancar.
Con las garras hacia abajo
Aquí se concentran los fallos. La forma de araña despista, y colocar la pieza al revés es lo que arruina una plantación entera sin dar ninguna pista hasta que ya es tarde.
La regla es esta: los dedos apuntan hacia abajo, como las patas de una araña puesta de pie. La parte plana, ancha y algo rugosa, la corona con las yemas, mira hacia arriba. Si se planta invertida, la garra puede llegar a brotar, pero el brote debe rodear todo el tubérculo para alcanzar la superficie, gasta las reservas en el intento, sale débil o no sale, y la floración se pierde.
La profundidad correcta es de tres a cinco centímetros de tierra sobre la corona, con la garra completamente cubierta. Más profundo retrasa y debilita la brotación en suelos fríos; más superficial deja la corona expuesta al sol y a la helada. El marco de plantación es de quince a veinte centímetros entre pies, algo más apretado si se busca una masa densa de flor cortada. En maceta, tres garras en un tiesto de veinte centímetros con buen drenaje.
Cuándo se planta en España
La época depende de la severidad del invierno de la zona, porque el ranúnculo vegeta con fresco y detesta tanto la helada fuerte como el calor.
- Litoral mediterráneo, Andalucía, Baleares y Canarias. Plantación en octubre y noviembre. La planta hace mata durante el invierno, aprovecha las temperaturas suaves y florece de febrero a abril, con floraciones largas y tallos de buena longitud.
- Interior peninsular con heladas fuertes —meseta norte, meseta sur, valle del Ebro, zonas de montaña—. Plantación a finales de febrero o en marzo, en cuanto el suelo se pueda trabajar y hayan pasado los fríos más duros, para florecer entre mayo y junio. La alternativa es plantar en otoño en maceta o en cajonera y guardarla en invernadero frío o galería, sacándola cuando pase el invierno.
- Cornisa cantábrica y noroeste. Plantación de otoño posible, con la precaución del exceso de lluvia: bancal elevado o sustrato muy drenante, porque el encharcamiento invernal pudre la garra antes que cualquier helada.
Una mata ya formada soporta -3 o -4 °C sin problema; lo que no perdona son las heladas que pillan las flores abiertas, que quedan traslúcidas y se deshacen. Un velo de invernaje puesto las noches críticas resuelve la mayoría de los casos.
Cultivo
Quiere sol directo, con la salvedad de que en el sur peninsular agradece sombra a partir del mediodía en abril y mayo, cuando ya aprieta. El suelo debe ser suelto, fértil y sobre todo drenante, con pH entre 6 y 7; en terreno arcilloso conviene enmendar con arena gruesa y compost maduro, o plantar en caballón.
El riego es el punto delicado. Después de plantar, un riego ligero y luego nada hasta que asome el brote: la garra recién rehidratada tiene agua de sobra y un sustrato empapado en esa fase es la vía directa a la pudrición por Pythium o Rhizoctonia. Una vez brotada, riego regular y moderado, manteniendo el suelo fresco pero nunca encharcado, y evitando mojar el follaje para no favorecer el oídio y el mildiu.
En abonado, poco nitrógeno y buena dosis de potasio: un fertilizante de floración cada quince días desde que se ve el primer botón. Exceso de nitrógeno da mata grande, hoja blanda y flor escasa. Retirar las flores marchitas con su tallo prolonga la producción varias semanas, porque impide que la planta invierta en semilla.
El reposo del verano
Por encima de 25 °C el ranúnculo deja de florecer y empieza a retirarse. Las hojas amarillean, la mata se tumba y se seca. No es un fallo de cultivo: es su ciclo, el de una planta mediterránea que resuelve su vida entre el otoño y la primavera y pasa el verano bajo tierra.
Cuando eso empieza, se corta el riego y se deja que la parte aérea se seque por completo. Después se desentierran las garras con cuidado, se limpian de tierra sin lavarlas, se descartan las blandas o con manchas y se ponen a orear a la sombra, en un sitio aireado, durante una o dos semanas. Ya secas, se guardan en bolsa de papel, malla o caja con serrín o turba seca, en un lugar oscuro, seco y fresco, entre doce y dieciocho grados, hasta la siguiente plantación.
Con todo, conviene ser realista: la conservación no siempre sale bien, sobre todo en climas húmedos o si las garras se guardan con algo de humedad residual, y el rendimiento del segundo año suele ser menor que el del primero. En jardinería doméstica muchas plantaciones se manejan directamente como anuales, reponiendo material cada temporada. Guardarlas es una opción, no una obligación.
Como flor cortada
Es un producto de primera categoría en floristería, y buena parte de la mejora varietal reciente ha ido en esa dirección: las series de tipo clonal producen tallos largos y rectos, flores de gran tamaño y una uniformidad que las de semilla no alcanzan.
Para cortar, el momento es el botón hinchado que ya muestra color pero permanece cerrado o apenas entreabierto. Cortado así, sigue abriendo en el jarrón y dura mucho más que si se corta a flor plena. Se corta a primera hora de la mañana, con la planta turgente, en oblicuo y con tijera limpia, y se pasa directamente a un cubo con agua.
En jarrón, agua limpia con conservante comercial, recorte de la base cada dos o tres días y cambio de agua con la misma frecuencia. El tallo es hueco y se dobla con facilidad, así que no debe aplastarse ni forzarse en un recipiente estrecho, y conviene retirar las hojas que quedarían sumergidas. Lejos de la fruta madura, cuyo etileno acelera el marchitamiento. Con ese trato, la duración habitual es de siete a doce días.
Un aviso sobre el género
Todo el género Ranunculus contiene ranunculina, un glucósido que, cuando se rompe el tejido, se transforma en protoanemonina: un compuesto volátil, irritante y vesicante. El contacto prolongado con la savia fresca puede producir enrojecimiento, escozor y ampollas en pieles sensibles, y la ingestión provoca irritación de boca y aparato digestivo. Manipular unas cuantas garras o cortar flores no supone un problema, pero para una plantación grande o para arrancar matas conviene usar guantes, y las garras almacenadas deben quedar fuera del alcance de niños y de animales domésticos.
El asunto es más serio en el campo. Los ranúnculos silvestres —Ranunculus acris, R. bulbosus, R. repens y sobre todo R. sceleratus, el más agresivo— son tóxicos para el ganado en verde: causan salivación, irritación de la mucosa bucal, cólicos y diarrea. Los animales suelen rechazarlos por su sabor acre, y el problema aparece cuando escasea el pasto o cuando invaden praderas encharcadas. Un dato relevante para el ganadero: al secarse, la protoanemonina se transforma en anemonina, que no es irritante, de modo que el heno bien curado con ranúnculos no supone el mismo riesgo que la hierba fresca. Ante una ingestión accidental por una persona, la consulta es al médico o al Instituto Nacional de Toxicología.
En resumen
Ranunculus asiaticus se planta a partir de garras que se rehidratan tres o cuatro horas —nunca toda la noche— y se entierran a tres o cinco centímetros con los dedos hacia abajo y la corona hacia arriba; invertirlas es lo que hace fracasar la plantación. En el litoral mediterráneo, el sur, Baleares y Canarias se plantan en octubre y noviembre para florecer de febrero a abril; en el interior frío, a finales de febrero o en marzo para florecer en mayo y junio. Quiere sol, suelo drenante, poco nitrógeno y ningún encharcamiento, y por encima de 25 °C entra en reposo estival: entonces se seca, se desentierran las garras y se guardan en seco, con la advertencia de que la conservación no siempre compensa. Como flor cortada se recoge en botón coloreado y dura de una semana a doce días. Y la nota común a todo el género: en fresco contiene protoanemonina, irritante para la piel y tóxica para el ganado.