Al tacto parece fieltro. La hoja de Echeveria pulvinata está cubierta por una pelusa blanca y densa que le da un aspecto aterciopelado y que la distingue a primera vista del resto de las crasas de su género, casi todas lisas y cerosas. Esa pelusa no es un detalle decorativo: condiciona la forma de regarla, y regarla mal por encima es la manera rápida de perderla.

Echeveria pulvinata con las hojas cubiertas de pelos blancos

Una echeveria con forma de arbusto

Echeveria pulvinata Rose es una crasulácea originaria del sur de México, de los estados de Oaxaca y Puebla, donde crece en laderas rocosas y taludes secos de matorral, entre unos 1.200 y 2.400 m de altitud. El epíteto pulvinata significa acolchada o en forma de cojín, y se refiere justamente al revestimiento de las hojas.

Rompe el molde del género en el porte. En lugar de la roseta plana, aplicada al suelo, que se asocia a una echeveria, esta forma tallos leñosos que se alargan, se ramifican y acaban levantando o descolgando rosetas laxas en sus extremos. Un ejemplar adulto en maceta hace una mata de 25 a 35 cm, y con los años los tallos se tumban por el peso y siguen creciendo hacia arriba desde la punta.

Las hojas son obovadas o espatuladas, gruesas, de 3 a 6 cm, verde claro, apiñadas en el extremo de cada tallo y separadas por entrenudos cortos pero visibles. Los bordes y el ápice se tiñen de rojo cuando la planta recibe luz intensa: el pigmento se acumula justo en la zona de mayor exposición, así que la intensidad del ribete funciona como termómetro de la insolación que está recibiendo. Con poca luz, la hoja se queda verde entera y la planta se estira.

Florece a finales de otoño y en invierno, con flores tubulares de color rojo anaranjado y amarillo, que en su origen visitan los colibríes.

Para qué sirven los pelos

Ese revestimiento son tricomas, prolongaciones epidérmicas pluricelulares, muertas en la madurez y llenas de aire, que forman una capa blanca sobre toda la superficie foliar. La planta invierte recursos en fabricarlos, y lo hace por varias razones que se suman.

Reflejar radiación. Una capa blanca de tricomas devuelve una fracción importante de la luz incidente, especialmente en el ultravioleta y en el infrarrojo cercano, antes de que alcance el tejido fotosintético. En un talud mexicano a 2.000 m, con la atmósfera más delgada y la radiación mucho más intensa que a nivel del mar, eso equivale a un filtro solar permanente.

Crear capa límite. Es el efecto que más consecuencias prácticas tiene. Los pelos retienen junto a la superficie de la hoja una película de aire quieto que el viento no barre. Esa capa límite engordada reduce el gradiente de humedad entre el interior de la hoja y el aire seco, y con ello la pérdida de agua por transpiración. También amortigua la temperatura foliar, que en una hoja lampiña expuesta al sol puede subir varios grados por encima de la del aire.

Estorbar a los herbívoros. Un indumento denso dificulta el acceso de insectos pequeños a la epidermis y molesta a los masticadores.

Retener el rocío. En ambientes donde llueve poco pero condensa de madrugada, los tricomas atrapan gotitas de agua junto a la hoja. En su hábitat es una ventaja.

En una maceta española, esa última virtud se convierte en el problema principal.

La regla que decide su cultivo: la hoja no se moja

Todo lo que hace que los tricomas sean útiles en la montaña de Oaxaca juega en contra dentro de una casa o en un balcón cerrado. El agua que cae sobre la hoja no resbala: queda atrapada entre los pelos, formando una lámina que la capa de aire quieto se encarga de que no se evapore deprisa. Una hoja mojada de E. pulvinata puede seguir húmeda muchas horas después del riego.

Las consecuencias son tres. La primera, manchas: al secarse, las sales del agua quedan depositadas entre los pelos y dejan marcas blanquecinas o pardas que ya no se van. La segunda, quemaduras, porque las gotas retenidas actúan como lentes bajo el sol directo. Y la tercera, la grave: el agua acumulada en el centro de la roseta y en las axilas de las hojas es el punto de entrada de Botrytis y de podredumbres blandas, que empiezan como una mancha traslúcida y se comen la roseta en cuestión de días.

De ahí la única forma sensata de regarla:

Riego por inmersión. Se coloca la maceta en un recipiente con dos o tres centímetros de agua y se deja entre diez y veinte minutos, el tiempo que tarde la superficie del sustrato en oscurecerse por capilaridad. Se saca, se deja escurrir por completo y se devuelve a su sitio. Es el sistema más limpio y el que mejor moja todo el cepellón.

O riego dirigido al borde de la maceta, con una regadera de pico fino o una botella con cánula, apuntando al sustrato entre el cepellón y la pared del tiesto, nunca por encima de la planta.

El resto de la pauta es la habitual en crasas: empapar y después esperar a que el sustrato esté seco en profundidad. En verano suele salir un riego cada 8 o 12 días; en invierno, una vez al mes o menos si está en el exterior y le llega algo de lluvia. Si un chaparrón la ha calado, conviene sacudirla con cuidado y ponerla en un sitio ventilado hasta que seque. Y nada de pulverizadores: la costumbre de vaporizar plantas de interior no le conviene a esta.

'Ruby', 'Frosty' e híbridos

'Ruby' es la selección con el ribete rojo más marcado y extendido, que en pleno sol llega a cubrir buena parte del limbo y deja la mata con un tono cobrizo. Tiene la hoja algo más corta y el porte más compacto que el tipo. Circula también como 'Rubra' o 'Red Velvet'.

'Frosty' va en la dirección contraria: pelo más largo y más denso, de blanco casi plateado, con el rojo reducido a una línea fina en el ápice. Es la más vistosa de las dos y también la más delicada con el agua sobre la hoja, precisamente por lo tupido del indumento. Conviene saber que este nombre se aplica en el comercio a materiales distintos, y que hay plantas etiquetadas así que en realidad son Echeveria leucotricha, otra especie peluda mexicana, reconocible porque los pelos toman un tono canela en las puntas.

De E. pulvinata proceden además dos híbridos muy extendidos: 'Set-Oliver' (con E. harmsii), de hoja más alargada y estrecha con punta roja, y 'Doris Taylor' (con E. setosa), que forma rosetas más cerradas y llenas de pelo. Los tres se cultivan igual.

Cultivo: sustrato, sol y frío

Sustrato. Mineral en más de la mitad de su volumen: pómice, picón, arena silícea gruesa de 2 a 4 mm o akadama, con el resto de fibra de coco o turba. Maceta con agujero, y preferiblemente de barro, que evapora por la pared y acorta el tiempo que el cepellón permanece húmedo.

Luz. Sol directo de septiembre a mayo. En julio y agosto, en el interior peninsular y en el sur, sol de mañana y sombra a partir del mediodía, o malla de sombreo del 30 %. Los tricomas la protegen mejor que a otras echeverias, pero una planta que venía de interior se quema igual si se saca de golpe: la adaptación se hace en dos o tres semanas de exposición creciente.

Temperatura. Va cómoda entre 15 y 28 °C. Aguanta hasta unos 0 °C con el sustrato seco, y por debajo de -2 °C se daña la hoja. En el litoral mediterráneo y en el sur vive todo el año fuera; en la mitad norte y en el interior, a cubierto de la lluvia y de la helada entre noviembre y marzo, en un porche luminoso o junto a una ventana fresca.

Abono. Fertilizante para cactus a media dosis, dos o tres veces entre marzo y septiembre. Con exceso de nitrógeno la hoja crece blanda, con menos pelo y más propensa a pudrirse.

Detalle de las hojas de Echeveria pulvinata con los bordes enrojecidos

Podar los tallos que se descuelgan

Con dos o tres años, los tallos alcanzan 20 o 30 cm, se lignifican por la base, pierden las hojas viejas y se doblan hacia fuera, dejando el centro de la maceta despoblado. Es su forma natural de crecer, no un fallo de cultivo, pero llega un momento en que la mata pierde la gracia.

La poda se hace a principios de primavera, cuando arranca el crecimiento. Se cortan los tallos largos a la altura que interese, dejando siempre unos centímetros de tallo con nudos por debajo del corte: de ahí saldrán dos o tres brotes laterales y la planta se rehace más densa. La herramienta, limpia y afilada; el corte, en seco, sin regar los tres o cuatro días siguientes.

Si la planta está muy desgarbada, sale mejor rehacerla entera desde los esquejes que intentar recomponerla a base de podas sucesivas.

Multiplicación

Por esqueje de tallo, que es el método fiable y el que aprovecha lo cortado en la poda. Puntas de 6 a 10 cm, deshojadas los tres centímetros inferiores, con la herida secándose a la sombra de tres a siete días hasta que forme callo. Después se clavan en sustrato mineral apenas humedecido y no se riega hasta pasada una semana. Enraízan en dos o tres semanas de abril a junio o en septiembre.

Por hoja, con menos garantías que en las echeverias lampiñas. La hoja debe desprenderse limpia, con su base intacta, y se deja secar unos días. Después se apoya sobre sustrato, sin enterrar, en un sitio luminoso y sin sol directo; el riego, un ligero nebulizado del sustrato alrededor, nunca sobre la hoja. Tardan más y falla una proporción alta, así que compensa poner varias.

Por semilla se hace en colección, pero es lento y los híbridos no reproducen el tipo.

Plagas: la cochinilla se esconde en el pelo

El indumento que protege a la planta también protege a la cochinilla algodonosa, y ese es su problema sanitario característico. Los algodones del insecto se confunden con la pelusa de la hoja y la plaga pasa inadvertida hasta que hay colonia formada en las axilas y en el cuello. La revisión hay que hacerla a contraluz o con lupa, buscando en la base de las hojas y en las bifurcaciones del tallo, y repetirla al trasplantar, examinando también las raíces.

El tratamiento tiene una particularidad. Los insecticidas basados en aceites, incluidos el de parafina y el de neem, y también el jabón potásico en aplicación abundante, empapan el indumento, lo apelmazan y dejan la hoja manchada de forma permanente, además de aumentar el riesgo de quemadura al sol. En un ejemplar concreto y con pocos focos, funciona mejor tocar cada cochinilla con un bastoncillo mojado en alcohol de 70°, sin extenderlo por el resto de la hoja. Si hay que tratar toda la planta, se aplica al atardecer, a la dosis mínima, y se acepta que perderá parte del aspecto aterciopelado hasta que renueve hojas.

También aparecen pulgón en la vara floral de otoño y larvas de mosquito del sustrato cuando el riego es excesivo. Ambos se resuelven antes: el primero cortando la vara si está muy afectada; el segundo, espaciando los riegos y cubriendo la superficie con una capa de grava.

En resumen

Echeveria pulvinata es una crasulácea del sur de México de porte arbustivo, con tallos que se alargan y se descuelgan en lugar de formar la roseta plana típica del género, y con toda la superficie foliar cubierta de tricomas blancos que le dan aspecto de terciopelo. Esos pelos reflejan radiación, crean una capa de aire quieto que reduce la transpiración y retienen rocío, y de ahí sale la regla que gobierna su cultivo: el agua que cae sobre la hoja queda atrapada entre ellos, no se evapora, mancha, quema y pudre, así que se riega por inmersión o dirigiendo el agua al borde de la maceta, nunca por encima. Quiere sustrato con más de la mitad de componente mineral, sol directo salvo en las horas centrales del verano —que es cuando enrojecen los bordes de las hojas— y protección de la lluvia y la helada por debajo de 0 °C. 'Ruby' acentúa el rojo y 'Frosty' el pelo blanco, y bajo este último nombre se vende a veces E. leucotricha. Los tallos que se descuelgan se podan a principios de primavera dejando nudos por debajo del corte, y lo cortado sirve de esqueje. Su plaga característica es la cochinilla algodonosa, que se camufla entre los pelos y conviene tratar puntualmente con alcohol antes que empapar la planta de aceites, que apelmazan el indumento.


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