Mil años. Esa es la cifra que aparece en los folletos de Icod de los Vinos, en los carteles del parque y en el propio apodo con el que se conoce al árbol. No sale de ninguna medición, porque no existe forma de medirla, y su rastro documental se pierde en la prensa y la literatura de viajes del siglo XIX. Merece la pena separar lo que hay de árbol y lo que hay de relato, porque el árbol resiste perfectamente la revisión.
El ejemplar de Icod: lo que sí se puede afirmar
El drago de Icod está en el barranco de Caneras, en el noroeste de Tenerife, a unos 300 m de altitud. Mide en torno a 16-18 m de altura y su tronco supera los 20 m de perímetro en la base, donde se ensancha en un pie acanalado que reparte el peso. La copa, un amasijo de ramas cortas y gruesas rematadas en rosetas, se ha estimado en más de 150 toneladas.
Fue declarado Monumento Nacional en 1917, cuando esa figura apenas se había aplicado en España a un elemento natural. Hoy está dentro del Parque del Drago, con el entorno acondicionado y el subsuelo tratado tras décadas de problemas: el tronco, hueco por dentro como el de cualquier drago viejo, llegó a rellenarse con hormigón en intervenciones antiguas que hubo que revertir, y buena parte del trabajo de conservación reciente ha consistido en aliviar el drenaje del terreno y en reducir el peso de la copa.
Todo eso es comprobable. La edad no.
Por qué no hay forma directa de datarlo
Dracaena draco no produce anillos anuales de crecimiento, de modo que la dendrocronología, que es la herramienta estándar para datar un árbol, queda descartada de entrada. No hay nada que contar en una muestra de barrena, y la barrena además ni siquiera sale entera de una madera esponjosa y fibrosa como la suya.
El carbono 14 tampoco resuelve el problema, por tres motivos. El primero es que el centro del tronco, que sería el tejido más antiguo, ya no está: los dragos viejos se vacían por dentro. El segundo es que la madera del drago no es tejido muerto acumulado como en un roble, sino un conjunto de haces embebidos en parénquima con células vivas, lo que complica saber a qué se está fechando. Y el tercero es que la curva de calibración radiocarbónica es especialmente mala para los últimos cuatro siglos, justo el rango donde probablemente se juega la respuesta.
Queda el registro escrito, que en Canarias arranca con la conquista. Si un árbol de tamaño llamativo aparece descrito en un documento del siglo XVI, ese documento da una edad mínima, no una edad. Y en el caso de Icod, las menciones firmes son más tardías de lo que cabría esperar para un ejemplar que ya entonces habría sido milenario.
El cálculo por ramificaciones y su margen de error
La única aproximación con alguna base se apoya en la arquitectura del árbol: el drago solo se ramifica después de florecer, así que cada nivel de bifurcación de la copa corresponde a un episodio de floración. Contando niveles y asignando a cada uno un intervalo medio, sale un número.
El problema está en las dos variables. El intervalo entre floraciones oscila aproximadamente entre 8 y 15 años y depende del agua disponible, la exposición y la altitud, de manera que no es constante ni dentro del mismo árbol. Y en un ejemplar tan enmarañado como el de Icod, contar los niveles de ramificación desde fuera ya es interpretativo: ramas rotas, verticilos incompletos y rebrotes confunden el recuento.
Con esos ingredientes, cualquier resultado arrastra un error de siglos. Las estimaciones prudentes rebajan bastante el millar y lo dejan en unos pocos siglos; las generosas se acercan a la cifra tradicional. La versión de los tres mil años, que también circuló, no la sostiene ningún método. Conviene decirlo sin dramatismo: no saber la edad exacta de un ser vivo de este porte es lo normal, y no le resta nada.
El drago que vio Humboldt
Antes de que Icod tuviera el monopolio del asunto, el drago famoso de Canarias era otro: el de la villa de La Orotava, en la finca de los Franchi. Alexander von Humboldt lo visitó en junio de 1799, camino de América, y anotó un perímetro de tronco de casi 14 m. Ya entonces estaba hueco y tenía una puerta abierta en el hueco. Los viajeros que lo describieron después repitieron que no existía en el planeta organismo más viejo y llegaron a atribuirle seis mil años.
Un temporal le arrancó parte de la copa en 1819 y otro acabó de derribarlo en 1867. Su historia sirve para dos cosas: muestra que las cifras astronómicas de edad venían ya de la literatura ilustrada, y recuerda que estos árboles, por muy monumentales que parezcan, tienen una madera blanda y una copa pesada que el viento se lleva.
Otros dragos notables
Los dragos de Las Tricias y Buracas, en Garafía (La Palma), conservan en el tronco las incisiones con las que se sangraba la resina, de manera que ese aprovechamiento tradicional se lee sobre el propio árbol.
Los Dragos Gemelos de Breña Alta, también en La Palma, son dos ejemplares crecidos juntos y declarados Monumento Natural.
Los grupos de riscos y cantiles del noroeste de Tenerife y del norte de La Palma, inaccesibles al ganado, son ejemplares silvestres y no plantados, lo que los hace más interesantes desde el punto de vista científico que cualquier monumental de plaza.
Los dragos de Gran Canaria requieren una aclaración: parte de los que crecen en barrancos del sur de la isla no son Dracaena draco, sino Dracaena tamaranae, una especie propia descrita en 1996, con las hojas más rígidas y glaucas y en peligro crítico.
Madeira tiene su propia tradición del dragoeiro. Hay ejemplares viejos y muy fotografiados en los jardines de Funchal, como los de la Quinta das Cruzes, y poblaciones naturales en acantilados de la isla y de Porto Santo, localizadas y protegidas en las últimas décadas.
Un árbol convertido en símbolo
La Ley 7/1991 de símbolos de la naturaleza de Canarias designa a Dracaena draco símbolo vegetal de la isla de Tenerife, emparejada con el lagarto tizón (Gallotia galloti) como símbolo animal. Cada isla tiene su pareja, y a Tenerife le tocó el drago precisamente por el de Icod.
De ahí pasa a la heráldica y a la imagen institucional: el escudo municipal de Icod de los Vinos lleva el árbol, y su silueta aparece en logotipos, sellos, señalización y souvenirs de toda la isla. El drago funciona en Tenerife como el olivo en Jaén o el tejo en el norte peninsular, con la diferencia de que aquí el emblema se concentra en un solo ejemplar identificable.
Los dragos de la península
En Cádiz, Málaga, Almería, Alicante, València, Barcelona o Lisboa hay dragos grandes y viejos en parques y jardines botánicos, muchos plantados en el siglo XIX con la moda de las plantas exóticas. Algunos superan el siglo y medio y tienen ya la copa ramificada de postal.
Conviene no confundirlos con lo que no son. En la península ibérica no hay poblaciones naturales de drago: todos los ejemplares peninsulares están plantados. Las poblaciones silvestres conocidas se reducen a los cantiles de Tenerife, Gran Canaria y La Palma, a Madeira y Porto Santo, a Cabo Verde y a un núcleo del Anti-Atlas marroquí descrito en los años noventa y tratado como subespecie ajgal.
Ese núcleo marroquí es la clave de la idea, muy repetida, de que el drago es un relicto de una flora subtropical que ocupó la cuenca mediterránea antes de que el clima se hiciera estacional. La distribución actual encaja con esa hipótesis, pero encaja como pista, no como prueba, y no existe registro que sitúe dragos silvestres en suelo peninsular.
Otros árboles con edades infladas
El drago no es un caso aislado. Las edades milenarias se atribuyen con facilidad a especies en las que, casualmente, el conteo directo falla.
Los tejos. A Taxus baccata se le atribuyen dos y tres milenios con normalidad. El tronco de un tejo viejo se vacía, se fusiona con rebrotes y pierde el centro, así que no hay serie de anillos completa. Las dataciones ajustadas de tejos monumentales del norte peninsular suelen quedarse entre 700 y 1.200 años, muy lejos de lo que dicen los carteles.
Los olivos. Un olivo regenera desde la base cuando el tronco se pudre, de manera que el pie puede ser antiguo aunque la madera visible sea reciente. Ejemplares como los de la Farga d'Arió, en Ulldecona, han sido objeto de dataciones serias, pero la cifra redonda que se les atribuye en la divulgación suele haberse fijado antes de cualquier análisis.
Los clones. El caso extremo es el del abeto rojo sueco conocido como Old Tjikko: los 9.550 años que se le adjudican corresponden al sistema radicular clonal datado por radiocarbono, no al tronco que se ve, que tiene unos pocos siglos. Es una edad real, pero de otra cosa.
El patrón se repite: especie sin anillos legibles, tronco hueco o clonal, y una cifra redonda que interesa a alguien. En el drago de Icod, la cifra ni siquiera hace falta.
En resumen
Los mil años del drago de Icod de los Vinos son una atribución tradicional, no un dato medido: Dracaena draco carece de anillos anuales, su tronco viejo está hueco, la madera es parénquima con células vivas y la calibración del carbono 14 es mala en los últimos siglos, de modo que la única aproximación posible es contar niveles de ramificación y multiplicar por un intervalo de floración de 8 a 15 años, con un error de siglos. Lo comprobable es su tamaño, 16-18 m de altura y más de 20 m de perímetro basal, y su declaración como Monumento Nacional en 1917. El drago célebre anterior fue el de La Orotava, medido por Humboldt en 1799 y derribado por un temporal en 1867, al que se llegaron a atribuir seis mil años. Hay otros ejemplares notables en La Palma, Tenerife y Madeira, y los dragos de barrancos del sur de Gran Canaria pertenecen en parte a otra especie, Dracaena tamaranae. El drago es símbolo vegetal de Tenerife por ley y figura en la heráldica de Icod. En la península todos los dragos están plantados: las poblaciones silvestres están en Canarias, Madeira, Porto Santo, Cabo Verde y el Anti-Atlas marroquí. Y el fenómeno de las edades infladas se repite en tejos, olivos y clones como Old Tjikko, siempre en árboles donde no se puede contar.