Ni es bambú ni tiene parentesco con los bambúes. El llamado bambú de la suerte es una dracena: una monocotiledónea de la familia Asparagaceae, emparentada con el espárrago y con el tronco del Brasil, mientras que los bambúes verdaderos son gramíneas. La confusión viene del aspecto —un tallo verde, cilíndrico, con nudos marcados y hojas que salen de ellos— y de un nombre comercial que se impuso hace décadas. La diferencia importa, porque los cuidados de un bambú de verdad no le sirven de nada.
Cómo se llama en realidad
La planta que se vende en tarros con agua y canto rodado es Dracaena sanderiana Sander ex Mast., descrita a partir de material de Camerún a finales del siglo XIX y dedicada al horticultor Henry Sander. Ese es el nombre correcto para ella.
Dracaena braunii Engl. es otra especie africana, con la que se la ha venido barajando en catálogos y bases de datos durante años, hasta el punto de que buena parte del comercio y muchas etiquetas la nombran así. El lío tiene una raíz concreta: algunos tratamientos taxonómicos llegaron a considerarlas la misma cosa y aplicaron el nombre más antiguo, que era braunii. Hoy se manejan como especies distintas, y la del tarro es sanderiana.
En etiquetas también aparece como Dracaena sanderiana 'Lucky Bamboo', o simplemente como «bambú de agua». Las formas variegadas con franja blanca o crema en el borde de la hoja son cultivares de la misma especie, algo más exigentes en luz.
Con gatos o perros en casa
Conviene saberlo antes de colocarla. Como el resto del género, contiene saponinas esteroídicas y resulta tóxica para gato y perro. Un animal que mordisquea una hoja o un tallo presenta vómitos, a veces con sangre, salivación excesiva, apatía y falta de apetito; en gatos es frecuente además la dilatación de las pupilas. El cuadro se resuelve casi siempre sin secuelas, pero si el animal ha comido, corresponde llamar al veterinario y no esperar a ver qué pasa.
La consecuencia práctica es que un tarro bajo, sobre una mesa o una repisa accesible, es exactamente el sitio equivocado. Los tallos finos y verticales resultan además muy atractivos para un gato, que los muerde como mordería una brizna de hierba.
Vivir en agua sin pudrirse
Aquí está la diferencia de fondo con el resto de las dracenas de maceta. D. sanderiana no es una planta acuática —en su hábitat crece en suelo, en sotobosque húmedo—, pero sus tallos enraízan y se mantienen indefinidamente en agua, y así es como llega a las casas. Ese cultivo hidropónico improvisado tiene sus propias reglas.
Nivel de agua. Que cubra las raíces y unos 3 o 4 cm de la base del tallo, no más. Sumergir medio tallo lo pudre. Y en acuario, con la planta entera bajo el agua, se descompone en semanas: no tolera la inmersión completa, por más que se venda para eso.
Recambio. Cambio completo cada semana, o cada dos como mucho. No basta con rellenar lo que se evapora, porque las sales se concentran y el agua vieja acumula bacterias. Al cambiarla, se enjuagan las piedras y se aclara el interior del recipiente, que es donde se forma la película viscosa.
Qué agua. De lluvia, destilada o embotellada de mineralización débil. El agua del grifo es el origen de casi todos los problemas de esta planta, por el flúor que llevan muchas redes de abastecimiento y por las sales en general. Y una precisión útil: dejar el agua reposar una noche sirve para que se disipe el cloro, que es un gas, pero no elimina el fluoruro, que es una sal disuelta y sigue ahí al día siguiente.
Recipiente. Mejor opaco o de vidrio oscuro. En un tarro transparente al sol proliferan las algas verdes, que no atacan a la planta pero enturbian el agua y consumen oxígeno.
Abono. Poco y espaciado. Una gota de fertilizante líquido para plantas verdes muy diluido, del orden de una décima parte de la dosis de etiqueta, cada dos meses. En agua no hay sustrato que amortigüe el exceso, y una sobredosis quema las raíces en días.
Raíces. Las sanas son firmes, blancas al principio y de un naranja rojizo con el tiempo. Las negras, blandas y viscosas están podridas: se recortan con tijera limpia, se cambia el agua y se revisa el nivel.
Puntas amarillas y tallos amarillos: dos problemas distintos
Conviene distinguirlos porque no comparten causa ni solución.
Las puntas y los bordes de las hojas secos y marrones, con un halo amarillento por delante de la zona muerta, corresponden a acumulación de flúor y de sales. El género es sensible a este ion como pocos entre las plantas de interior, y una planta que vive sumergida en agua del grifo lo recibe sin filtro alguno. La solución pasa por cambiar la calidad del agua; la parte seca ya no revive y, si molesta a la vista, se recorta imitando la silueta de la punta y sin llegar nunca al tejido verde.
El tallo amarillo es otra cosa y es más grave. Si el amarilleo empieza en la base y sube, hay pudrición: agua sucia, nivel demasiado alto o un corte inferior que nunca cicatrizó. Si empieza por arriba, suele ser sol directo o exceso de abono. En ambos casos el tejido amarillo no vuelve a ser verde. Lo que se puede salvar es la parte sana: se corta unos dos centímetros por encima del último punto firmemente verde, se deja secar el corte unas horas y se pone a enraizar aparte, en agua limpia. Un tallo amarillo dejado en el mismo recipiente contamina a los demás.
Hojas amarillas con el tallo verde y firme son cosa de luz insuficiente, de falta de nutrientes tras muchos meses en agua sola, o de aire muy seco junto a un radiador.
Del agua al sustrato
Pasarla a maceta alarga su vida y la hace crecer bastante más, pero el cambio no es trivial. Las raíces formadas en agua son más finas, frágiles y con menos pelos absorbentes que las de tierra, y no funcionan igual: al plantarlas, buena parte muere y la planta tiene que emitir raíces nuevas.
El procedimiento: maceta con agujero, sustrato suelto —turba o fibra de coco con un tercio de perlita o corteza fina—, plantar sin enterrar el tallo más de lo que estaba sumergido, regar bien y mantener el sustrato claramente húmedo, no encharcado, durante las tres o cuatro primeras semanas. Después se pasa al régimen normal de una dracena: dejar secar los primeros centímetros antes de volver a regar. Es esperable que en ese periodo amarilleen y caigan algunas hojas viejas. La mejor época para hacerlo es de abril a junio, con la planta en crecimiento activo.
Luz y temperatura
Luz abundante pero filtrada, del tipo de la que hay a un metro de una ventana orientada al este. El sol directo a través del cristal decolora la hoja y deja manchas secas blanquecinas, y a un tallo en agua lo calienta lo suficiente para acelerar la pudrición. En un rincón oscuro no muere, pero alarga los entrenudos, saca hojas pequeñas y los cultivares variegados pierden la franja clara.
Temperatura entre 18 y 30 °C. Por debajo de 12 °C se frena y aparecen manchas acuosas en la hoja; el frío de una ventana en invierno le hace más daño que la falta de luz. Y como toda dracena de interior, agradece estar lejos de un radiador y de la corriente del aire acondicionado.
Multiplicar por secciones de tallo
Es sencillo y da resultado casi siempre.
Se corta el tallo en trozos de 8 a 15 cm, cada uno con al menos un nudo, con cuchilla afilada y limpia. Conviene marcar la orientación, porque un trozo colocado del revés no enraíza. La punta con hojas se trata como esqueje apical y enraíza sin dificultad. Los cortes se dejan secar unas horas al aire; en la parte superior de cada sección se puede aplicar un poco de cera o de pasta cicatrizante, que es lo que hacen en vivero.
Después, agua limpia de tres o cuatro centímetros, luz indirecta y unos 22-25 °C. Las raíces salen en dos o cuatro semanas por los nudos sumergidos, y los brotes nuevos, por las yemas de los nudos aéreos. También enraízan en sustrato húmedo, y en ese caso salen raíces más funcionales desde el principio.
Los tallos en espiral no crecen así
El tirabuzón perfecto de los tallos que se venden en floristería no es una variedad, ni un cultivar, ni una rareza genética. Es el resultado de manipular el fototropismo durante meses.
El procedimiento, tal como se hace en los viveros que los producen, consiste en cultivar la planta tumbada u orientada dentro de un recinto oscuro con una única entrada de luz lateral. El tallo se curva hacia esa luz, como haría cualquier tallo. Antes de que termine de enderezarse, se gira la planta unos grados, y el crecimiento nuevo vuelve a curvarse hacia el mismo lado. Repitiendo la operación con paciencia, el tallo va describiendo una hélice. Cada vuelta lleva varios meses, y una espiral completa de varias vueltas puede suponer uno o dos años de trabajo.
De ahí se derivan dos consecuencias domésticas. La primera es que la espiral está fijada y no se deshace, así que un tallo curvado seguirá curvado. La segunda es que todo lo que crezca a partir de ahora saldrá recto, porque en una casa la luz llega de todas partes: por encima de una espiral impecable acabará asomando un brote vertical. No hay manera de continuarla sin montar el mismo dispositivo, y girar el tarro cada pocos días solo consigue que el brote crezca derecho.
Con los tallos rectos atados en haces o en pirámides ocurre algo parecido: son montajes, no una forma de crecer. Los alambres y cintas que los sujetan conviene revisarlos cada cierto tiempo, porque estrangulan el tallo a medida que engrosa.
En resumen
El bambú de la suerte no es un bambú sino Dracaena sanderiana, especie africana de la familia Asparagaceae; el nombre Dracaena braunii, que aún circula en el comercio, corresponde a otra especie con la que se confundió durante años. Contiene saponinas y es tóxica para gatos y perros, que sufren vómitos, salivación y decaimiento si la mordisquean, de modo que va fuera de su alcance. En agua se mantiene con el líquido cubriendo solo las raíces y unos centímetros del tallo, con recambio semanal y agua de lluvia, destilada o de mineralización débil, porque el flúor del grifo le seca las puntas de las hojas y no desaparece dejando reposar el agua. Un tallo que amarillea desde la base está podrido y no se recupera: se corta y se reenraíza la parte verde. El paso a sustrato se hace en primavera, con mezcla suelta y humedad sostenida las primeras semanas, asumiendo la pérdida de las raíces acuáticas. Se multiplica por secciones de tallo con un nudo, respetando la orientación. Y las espirales se consiguen forzando el fototropismo en vivero durante uno o dos años: la planta no crece así por sí misma y el crecimiento nuevo saldrá recto.