Quien haya subido a un brezal de montaña en junio, por la Sierra de Guadarrama o por los pinares del Sistema Ibérico, habrá visto flores rosas de pétalos tan finamente recortados que parecen hilachas. Son las de Dianthus hyssopifolius, el clavel de monte, y de noche perfuman con una intensidad que de día apenas se nota.

Flor rosa de petalos muy finos de Dianthus hyssopifolius

Identidad y nombres

Dianthus hyssopifolius L. es la denominación aceptada; en bibliografía antigua y en algunos catálogos aparece como Dianthus monspessulanus, hoy tratado como sinónimo o como parte del mismo complejo según el autor. Pertenece a las cariofiláceas, la familia del clavel.

En castellano se conoce como clavel de monte, clavelina de hoja de hisopo o clavelina de Montpellier. El epíteto alude a la hoja: estrecha, lineal, opuesta y algo rígida, parecida a la del hisopo (Hyssopus officinalis).

Su área abarca el suroeste de Europa. En la península ibérica se reparte por la mitad norte y por los sistemas montañosos del centro y el este: Pirineos, Cordillera Cantábrica, Sistema Ibérico, Sistema Central y montañas catalanas, con poblaciones dispersas hacia el sur. Continúa por el sur de Francia hasta los Alpes occidentales y el norte de Italia.

Cómo es la planta

Vivaz de cepa algo leñosa en la base, de la que salen tallos delgados, nudosos y ascendentes de 20 a 50 cm, a veces algo más en suelos frescos. Forma matas laxas, no cojines apretados, y con los años tiende a abrirse por el centro.

Las hojas son lineales, de 2 a 5 cm, verde claro o algo glaucas, opuestas y soldadas por la base alrededor del nudo, como en el resto del género.

La flor es lo que la distingue. Mide de 3 a 4 cm de diámetro, es rosa clara o lila, a veces casi blanca, y sus cinco pétalos están divididos en lacinias estrechísimas que llegan casi hasta la mitad del limbo. El efecto es de fleco o de encaje deshilachado, muy distinto del pétalo dentado o simplemente festoneado de otros claveles. En la garganta suele haber una mancha más oscura y unos pelos finos. El cáliz es tubular, largo, con escamas basales puntiagudas.

El aroma se libera sobre todo al caer la tarde y durante la noche, dulce y penetrante, con un fondo que recuerda al clavo. Esa emisión nocturna no es un capricho: la flor está adaptada a la polinización por mariposas nocturnas de trompa larga, que localizan la planta por el olor y alcanzan el néctar en el fondo del tubo del cáliz. Al sol del mediodía huele poco, lo que despista a quien la olfatea en plena excursión.

Florece de junio a agosto, más tarde cuanto mayor es la altitud, entre unos 600 y 2.000 metros.

Su ecología manda en el jardín

Vive en brezales, claros de pinar de montaña, matorrales de jara y brecina, orlas de robledal y taludes pedregosos, siempre sobre sustrato ácido o descarbonatado: granitos, pizarras, cuarcitas, areniscas silíceas. Este dato no es un adorno botánico, es la limitación práctica más seria a la hora de cultivarla.

La mayor parte de los Dianthus de jardinería agradecen la caliza y prosperan en suelos con pH alto. Este no. En terreno calizo, con pH por encima de 7,5 y bicarbonatos en el agua de riego, la planta amarillea entre los nervios por bloqueo del hierro, crece poco, florece mal y acaba perdiéndose en dos o tres temporadas.

Quien tenga jardín sobre caliza, situación común en buena parte de la mitad este y sur peninsular, hará bien en cultivarla en maceta con sustrato para plantas acidófilas mezclado con arena silícea y grava, y regarla con agua de lluvia o descalcificada. Es un cultivo perfectamente viable, y bastante más agradecido que pelear contra el suelo.

Aparte de la acidez, exige lo mismo que casi todas las clavelinas de montaña: drenaje impecable. Tolera el frío intenso y la sequía estival breve, pero no aguanta un invierno con el cuello encharcado. En el jardín va bien en rocalla, en muro seco, en talud y en el borde de un arriate elevado.

Clavelina de hoja de hisopo en flor

Cultivo

Exposición. Sol pleno en el norte y en zonas de montaña. En el centro y sur, donde el verano castiga, agradece sombra en las horas centrales o la protección de una piedra que refresque la raíz.

Suelo. Ácido a ligeramente ácido, pH entre 5,5 y 6,8, pobre en materia orgánica, arenoso o pedregoso. El exceso de compost la vuelve blanda, la estira y acorta su vida.

Riego. Escaso una vez arraigada. Un aporte cada diez o quince días en verano en clima seco, siempre al pie y sin mojar la mata, que se ensucia y pudre con facilidad. En maceta, cuando el sustrato esté seco en superficie.

Abonado. Prácticamente innecesario. Si acaso, un abono para acidófilas a dosis baja una vez al inicio de la primavera. Nada de nitrógeno abundante.

Frío. Resiste sin problemas por debajo de -15 ºC, procede de zonas donde nieva. La combinación de frío y humedad estancada, en cambio, la mata.

Siembra, esqueje y poda

Semilla. Se recoge cuando la cápsula se abre en el ápice, hacia agosto o septiembre. La siembra otoñal al aire libre, en bandeja dejada a la intemperie, es el método más limpio: el frío del invierno rompe la latencia y la nascencia se produce en primavera. Sembrando en primavera conviene darle antes cuatro a seis semanas de estratificación en frío, en nevera, con el sustrato apenas húmedo. Se cubre la semilla con dos o tres milímetros de arena y se repica al aparecer las primeras hojas verdaderas. Del año a la primera floración pasa normalmente una temporada completa.

Esqueje. Es el camino para conservar un ejemplar concreto que guste por color o por porte, ya que la semilla da descendencia variable. Se toman brotes laterales no florecidos de 6 a 8 cm a finales de primavera o en verano, se deshojan por la base, se clavan en arena silícea con turba a partes iguales y se mantienen a la sombra con humedad ambiental, sin encharcar. Enraízan en tres o cuatro semanas.

Acodo. Los tallos tendidos enraízan con facilidad si se sujetan al suelo con una piedra y se cubre el nudo con un poco de sustrato. En otoño se separan.

Poda. Se recorta la mata tras la floración, retirando los tallos florales por debajo de las flores marchitas y rebajando el conjunto entre un tercio y la mitad. Esa intervención cumple tres funciones: mantiene la mata compacta y frena el desguarnecido central, provoca en muchos casos una segunda tanda de flores en septiembre, y evita que la planta se agote produciendo semilla. Si se quiere semilla, se dejan sin cortar unos pocos tallos y se poda el resto.

Distinguirla de otras clavelinas

El género Dianthus en la península es numeroso y confuso. Estas son las diferencias que sirven sobre el terreno.

Dianthus superbus tiene los pétalos aún más divididos, cortados casi hasta la base en filamentos largos, y flores algo mayores; vive en prados húmedos y turberas del norte, no en brezal seco.

Dianthus carthusianorum, el clavel de cartujo, se reconoce sin dudar: flores rojo púrpura intenso agrupadas en un ramillete compacto en el extremo del tallo, con brácteas pardas y rígidas, y pétalos solo dentados.

Dianthus deltoides forma tapiz bajo, con flores pequeñas de un centímetro escaso, rosas con una banda oscura en herradura y pétalos apenas dentados.

Dianthus lusitanus y Dianthus laricifolius son ibéricas de roquedo silíceo, más leñosas y de hoja rígida, con pétalos dentados o poco laciniados.

Dianthus armeria, anual o bienal, tiene flores pequeñas rojizas en grupitos apretados y hojas anchas y pelosas.

Frente a los claveles de jardinería la separación es evidente. El clavel de floristería (Dianthus caryophyllus) y sus híbridos son plantas robustas, de hoja glauca ancha, flores dobles con muchísimos pétalos, sin apenas laciniado y con aroma diurno; la clavellina china (Dianthus chinensis) se cultiva como anual de temporada, con flores planas de borde dentado y sin perfume relevante; y las Dianthus tipo plumarius y sus cultivares forman cojines glaucos de flores flecadas, pero más apretados y con la hoja mucho más azulada. Ninguno de ellos comparte la exigencia de suelo ácido ni el perfume nocturno del clavel de monte.

En resumen

Dianthus hyssopifolius es una vivaz ibérica y del suroeste europeo de brezal y pinar de montaña, con flores rosas de pétalos partidos en lacinias finísimas y un perfume que se dispara al anochecer para atraer mariposas nocturnas. Su gran condicionante es el suelo: quiere sustrato ácido y drenaje total, de modo que en jardín calizo lo sensato es cultivarla en maceta con sustrato acidófilo y agua de lluvia. Se siembra en otoño o con estratificación previa, se multiplica fielmente por esqueje y acodo, y se recorta tras florecer para que no se abra por el centro y vuelva a dar flor en septiembre. Sus pétalos laciniados y su exigencia silícea la separan de las demás clavelinas ibéricas y, sobre todo, de los claveles de jardinería.


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