En el vivero suele estar colocada junto a las palmeras, y no es una palmera. Tampoco es una yuca, aunque comparta el aire de tronco rematado por un penacho de hojas rígidas, ni es una drácena, aunque durante años la botánica la metiera en el mismo saco. Cordyline australis es otra cosa, y saber cuál importa porque los tres grupos se riegan, se podan y se hielan de forma distinta.

Cordyline australis Red Star con hojas purpúreas en roseta

Ni palmera, ni yuca, ni drácena

Cordyline australis (G.Forst.) Endl. es una monocotiledónea de la familia Asparagaceae, subfamilia Lomandroideae. Procede de Nueva Zelanda, donde crece de forma natural en llanuras húmedas, márgenes de humedal y laderas costeras, y donde se la conoce como cabbage tree o tī kōuka.

Frente a una palmera, las diferencias son de fondo. Las palmeras pertenecen a las Arecaceae, tienen un único meristemo apical que no se sustituye —si se destruye, la palmera muere— y hojas con pecíolo y limbo dividido, pinnado o palmeado. La cordiline ramifica tras florecer y sus hojas son enteras, lineares, en forma de espada, sin pecíolo diferenciado.

Frente a una yuca (Yucca), la hoja lo resuelve al tacto: la yuca la tiene rígida, gruesa y con una punta terminal aguda y punzante, y florece en panículas de flores acampanadas y colgantes de varios centímetros. La cordiline tiene la hoja flexible, arqueada, sin espina en la punta, y sus flores son diminutas y estrelladas.

Frente a una drácena, el parecido es mayor y no es casual: ambas estuvieron durante mucho tiempo en la misma familia y aún se venden con etiquetas intercambiadas. El carácter más práctico está bajo tierra: la raíz de Cordyline es blanca y engrosada, casi rizomatosa; la de Dracaena es de un anaranjado inconfundible. Por arriba, las Dracaena tienen la hoja más ancha, flores verdosas de olor desagradable y bayas anaranjadas; la cordiline, hojas más estrechas, flores blancas muy perfumadas y bayas blanquecinas o azuladas.

Tronco, ramificación y floración

Durante los primeros años es una roseta de hojas a ras de suelo, sin tronco visible. Después empieza a levantar una columna única y desnuda, coronada por el penacho. En su país de origen supera los 10 m; en jardines españoles, un ejemplar maduro se mueve entre los 3 y los 6 m.

El cambio de silueta llega con la primera floración, hacia los seis a diez años de edad, cuando el tronco ronda los 2 o 3 m. El ápice termina en una inflorescencia y, al agotarse, las yemas laterales situadas debajo producen entre dos y cinco ramas. A partir de ahí, cada floración vuelve a dividir cada rama, y el árbol adquiere ese porte en candelabro que es su forma adulta característica.

La floración es su mejor momento y llega en primavera avanzada o principio del verano, entre mayo y junio en la mayor parte de España. Se trata de una panícula grande, de 60 cm a un metro, con centenares de flores minúsculas, estrelladas, de color blanco crema, que desprenden un perfume dulce e intenso, con notas de miel, perceptible a varios metros. Atrae abejas en cantidad. Después vienen bayas pequeñas de tono blanquecino a azulado que comen los pájaros, y de ahí surgen plántulas espontáneas alrededor en zonas de clima suave.

Panícula floral de Cordyline australis con flores blancas diminutas

Los cultivares de color y su letra pequeña

El tipo botánico tiene la hoja verde grisácea. Sobre él se han seleccionado cultivares de hoja purpúrea, bronce, rosada o variegada que hoy dominan la venta: 'Red Star' y 'Atropurpurea' en tonos vinosos, 'Torbay Dazzler' con franjas crema, 'Pink Star' y 'Southern Splendour' con rosados y ámbares.

Hay dos advertencias que rara vez figuran en la etiqueta. La primera es que los cultivares de color son menos rústicos que el tipo verde: donde el verde aguanta -8 o -10 °C, los purpúreos se quedan en torno a -5 °C y los variegados todavía menos. Comprar un 'Red Star' para un jardín de interior peninsular es asumir que habrá inviernos que no pase.

La segunda es que el color depende de la luz. Los pigmentos responsables de los tonos rojizos son antocianinas, que la planta acumula como protección frente al exceso de radiación; en sombra o en semisombra, el purpúreo se apaga hasta un verde bronceado sucio. Estos cultivares crecen además más despacio y alcanzan menos altura que el tipo, y algunos tardan mucho más en llegar a florecer y ramificar.

El frío que aguanta y lo que de verdad la mata

La rusticidad del tipo verde, ya establecido, llega a -8 o -10 °C en episodios breves. Eso la sitúa cómodamente en todo el litoral, en Andalucía, en el Levante, en Canarias y en la mitad de las zonas de interior. Es además muy tolerante al viento y a la salinidad, lo que la hace excelente en jardines de primera línea de costa, y encaja de forma natural en el clima atlántico de Galicia y la cornisa cantábrica.

Ahora bien, el frío no es su principal causa de muerte en España. Lo es el encharcamiento invernal. Las raíces son blancas, carnosas y rizomatosas, con mucha reserva de agua, y en un suelo arcilloso que no drena y que recibe lluvia o riego automático entre noviembre y marzo se pudren sin remedio. El cuadro es reconocible: las hojas amarillean desde el centro de la roseta hacia fuera, el tronco se ablanda por la base y la corona entera se desprende con un tirón suave. Cuando eso se ve, ya no hay nada que hacer.

Las medidas que lo evitan son de plantación, no de tratamiento. En terreno pesado, plantar sobre un caballón elevado de 30 o 40 cm con grava incorporada. No situarla dentro del sector de riego del césped, porque el riego estival diario de una pradera es incompatible con ella. No acumular acolchado contra el tronco. Y suspender cualquier riego de apoyo de noviembre a marzo.

Un apunte útil: si una helada quema la roseta y todo el penacho queda pardo, conviene esperar. La cordiline rebrota con frecuencia desde el tronco o desde la base. Lo razonable es cortar la parte muerta hasta encontrar tejido sano a finales de primavera y darle la temporada. Arrancarla en marzo es precipitarse.

Bajo mantenimiento, con honestidad

Merece la fama, con matices. Lo que no necesita: poda de formación, tutorado, abonado regular una vez establecida, tratamientos preventivos ni riego a partir del segundo o tercer año en clima litoral. Es una planta de estructura, aporta verticalidad todo el año y resuelve un rincón sin pedir nada.

Lo que sí necesita: retirar la hoja seca. Las hojas viejas no caen al suelo; se doblan hacia abajo y quedan colgando alrededor del tronco formando una falda parda que va creciendo. Si no se quita, el ejemplar acaba con aspecto de fregona y la falda se convierte en refugio de caracoles y babosas y, en zonas secas, en material combustible pegado al tronco. La operación consiste en tirar hacia abajo de cada hoja seca —salen con facilidad— o cortarlas a ras, y basta con hacerlo dos veces al año.

Segunda tarea: recoger la hoja caída. La fibra de Cordyline es extraordinariamente resistente —en Nueva Zelanda se usó para cordelería— y no se tritura con el cortacésped: se enrolla en el eje de la cuchilla y en el cabezal de la desbrozadora hasta bloquearlos. Conviene retirarla a mano antes de segar.

Y una tercera menor: la panícula florecida y las bayas manchan el pavimento si el ejemplar está sobre solado. Se corta la vara seca tras la floración.

En cuanto a plagas, tiene pocas. Cochinilla algodonosa en las axilas de las hojas, sobre todo en ejemplares en maceta, y podredumbres radiculares por Phytophthora en suelo húmedo, que es la traducción patológica del problema de drenaje ya descrito.

Toxicidad para mascotas

Es leve y conviene decirlo sin alarma. Las Cordyline contienen saponinas, que en perros y gatos que mordisquean las hojas producen salivación, vómitos, a veces con algo de sangre, y pérdida de apetito; en gatos se describe además dilatación pupilar. El cuadro se resuelve habitualmente solo y de forma benigna, pero ante una ingesta abundante o síntomas persistentes hay que llamar al veterinario. La hoja, muy fibrosa y correosa, supone también un riesgo mecánico si un animal traga un trozo largo.

No está en la categoría de las plantas de jardín realmente peligrosas —adelfa, tejo, ricino—, sino en la de las molestas.

Cultivo: lo concreto

Exposición. Sol pleno o sombra ligera. Los cultivares de color exigen sol para mantenerlo.

Suelo. Cualquiera que drene: arenoso, franco o pedregoso, ácido o calizo. En arcilla, caballón elevado y enmienda con grava y compost.

Plantación. Otoño en el sur y el litoral, primavera en el interior y el norte, para que enraíce antes del primer invierno.

Riego. Los dos primeros años, riego semanal en verano para asentar el sistema radicular. Después, en clima mediterráneo litoral y atlántico, prescindible salvo sequías largas. En maceta, cada 7 a 10 días de mayo a septiembre y cada tres o cuatro semanas en invierno, con drenaje libre y sin plato con agua.

Abonado. Un aporte de compost o de abono de liberación lenta al inicio de la primavera, y nada más.

Multiplicación. Por semilla, que germina bien en tres a seis semanas a 20 °C tras limpiar la pulpa. Por trozos de tronco de unos 30 cm cortados en primavera y colocados en arena húmeda, que emiten brotes desde las yemas latentes. Y por separación de los hijuelos basales que emite un ejemplar adulto, con raíz propia.

En resumen

Cordyline australis es una asparagácea neozelandesa que ni es palmera, ni yuca, ni drácena, aunque se venda junto a las tres; la raíz blanca y engrosada la separa de la Dracaena, de raíz anaranjada. Crece con un tronco único hasta que florece, hacia los seis a diez años, y a partir de ahí ramifica en candelabro tras cada floración. Su panícula de finales de primavera, blanca y muy perfumada, es su principal atractivo. Los cultivares de hoja purpúrea o variegada son más vistosos y menos rústicos: el tipo verde aguanta -8 o -10 °C y ellos rondan los -5 °C. En España la mata más el encharcamiento invernal que la helada, así que el drenaje decide dónde puede plantarse. Es de bajo mantenimiento sin llegar a cero: hay que arrancar la hoja seca colgante un par de veces al año y recogerla del suelo, porque su fibra bloquea cortacéspedes y desbrozadoras. Su toxicidad para perros y gatos, por saponinas, es leve y de tipo digestivo.


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