No se sabe cuántos años tiene el drago de Icod de los Vinos, y no por falta de interés: es que el árbol no lleva la cuenta. Dracaena draco carece de anillos de crecimiento, de modo que la cifra de mil años que aparece en carteles y folletos no procede de ninguna medición, sino de una estimación indirecta. Esa peculiaridad anatómica explica también por qué el drago crece como crece y por qué su tronco no se parece al de ningún árbol de la península.
Un árbol que técnicamente no es un árbol
Dracaena draco (L.) L. es una monocotiledónea de la familia Asparagaceae, subfamilia Nolinoideae. Es decir, está más emparentada con los espárragos y con las cintas de interior que con una encina o un olmo. Y las monocotiledóneas, por norma general, no tienen cámbium vascular: crecen en altura pero no engordan, que es la razón por la que las palmeras mantienen el mismo diámetro toda su vida.
El drago es una excepción. Posee un crecimiento secundario anómalo: un meristemo de engrosamiento situado en la periferia del tallo que va produciendo, hacia dentro, nuevos haces vasculares completos —cada uno con su xilema rodeando al floema— embebidos en un tejido parenquimático. El tronco engrosa, por tanto, pero lo hace añadiendo haces dispersos, no capas concéntricas.
La consecuencia es doble. Primero, no hay anillos anuales, así que no se puede aplicar dendrocronología ni contar nada en un corte transversal. Segundo, la madera resultante es blanda, fibrosa, esponjosa y sin duramen, muy ligera y sin valor como material de construcción. Un tronco de drago viejo suele estar hueco por dentro, y eso tampoco indica enfermedad.
De ahí que todas las cifras que circulan sobre la edad del ejemplar de Icod sean estimaciones. Las más difundidas hablan de mil años, y alguna versión ha llegado a los tres mil. Las estimaciones más conservadoras, basadas en el ritmo de ramificación y en el registro histórico, lo sitúan entre 300 y 500 años. Es un árbol extraordinario en cualquier caso, con unos 16 o 18 m de altura y un perímetro de tronco superior a los 20 m en la base, declarado Monumento Nacional en 1917.
Cómo se estima la edad: contando ramificaciones
Existe un método aproximado y se apoya en la forma de crecer del drago. Durante los primeros años, la planta es un tronco único coronado por una sola roseta de hojas, sin ramas. Ese periodo se prolonga entre diez y quince años, a veces más.
Entonces llega la primera floración. La yema apical se consume produciendo la inflorescencia, y al agotarse deja de crecer en esa dirección. Las yemas laterales situadas justo por debajo toman el relevo y generan un verticilo de ramas: normalmente tres o cuatro, a veces más. Cada rama repite el proceso por su cuenta, y en la siguiente floración vuelve a dividirse.
El resultado es esa copa en forma de paraguas o de coliflor que caracteriza al drago adulto, y también una herramienta de datación: cada nivel de ramificación equivale a un episodio de floración. Contando los niveles y multiplicando por el intervalo medio entre floraciones —que se cifra en unos 8 a 15 años, con mucha variación según el clima, el agua disponible y la exposición— se obtiene un orden de magnitud.
Conviene tomárselo como lo que es: una estimación grosera. El intervalo entre floraciones no es constante ni siquiera en un mismo árbol, las ramas de un mismo verticilo no siempre florecen a la vez, y los ejemplares regados y cuidados en jardín florecen antes que los silvestres de acantilado. La horquilla de error se mide en siglos.
La sangre de drago
Al herir el tronco o desgarrar una hoja, el drago exuda una savia clara que al contacto con el aire oxida y se convierte en una resina de color rojo oscuro, casi granate, que se seca en lágrimas quebradizas. Debe el color a pigmentos flavonoides como la dracorrodina y la dracorrubina. La imagen del árbol que sangra dio nombre al género —Dracaena, hembra de dragón— y alimentó una leyenda de origen que ya recogían los autores clásicos.
Fue una mercancía valiosa durante siglos. Los guanches la emplearon en sus prácticas funerarias y como remedio, y tras la conquista la resina canaria se sumó a la que ya llegaba a Europa desde Socotra, obtenida allí de Dracaena cinnabari. Se usó como tinte, como pigmento en barnices y lacas, para teñir maderas e imitar mármoles, en tintas y en preparados dentífricos. La tradición de los barnices de los luthiers italianos la incluye entre sus componentes, aunque el papel real que tuvo ahí sigue siendo objeto de discusión.
El comercio tuvo su factura. La resina se obtenía practicando incisiones en el tronco, y la explotación sostenida durante siglos, unida a la tala y al aprovechamiento de las hojas para cordelería, contribuyó al declive de las poblaciones silvestres.
Un aviso sobre el nombre: «sangre de drago» designa también a Croton lechleri, un árbol amazónico sin ningún parentesco con el drago canario, cuyo látex rojo se comercializa en productos de herbolario. Son dos plantas distintas con dos composiciones distintas. La resina del drago tiene un historial de uso tradicional como astringente, pero no hay base para recomendar ningún uso interno, y cualquier consulta al respecto corresponde al médico o al farmacéutico.
Un árbol común en los jardines y escaso en la naturaleza
El drago se planta en plazas, rotondas y jardines particulares de medio archipiélago y de buena parte del litoral peninsular. Esa abundancia cultivada oculta su situación real: la UICN lo clasifica como En Peligro, y sus poblaciones silvestres son escasísimas.
Durante décadas se dio por hecho que ya no quedaban dragos silvestres en Canarias. La revisión de riscos, barrancos y cantiles inaccesibles fue localizando después grupos relictos en Tenerife, Gran Canaria y La Palma, siempre en paredes donde no llega el ganado, y siempre con muy pocos individuos: el total de ejemplares silvestres del archipiélago se cuenta en unos pocos centenares. Fuera de Canarias hay poblaciones naturales en Madeira, Cabo Verde y el Anti-Atlas marroquí, esta última reconocida como subespecie ajgal.
El problema no es solo el número de adultos, sino la ausencia casi total de regeneración natural. El drago produce bayas anaranjadas que dispersan las aves y, según la hipótesis más aceptada, también lo hacían grandes lagartos endémicos del género Gallotia hoy reducidos a poblaciones mínimas o extinguidos. Sin dispersores eficaces, y con cabras y conejos comiéndose las plántulas allí donde llegan, las poblaciones silvestres envejecen sin recambio. La especie está incluida en los catálogos de especies protegidas canario y estatal, y la recolección y el daño a ejemplares silvestres están prohibidos.
Cómo se cultiva
En jardín es un árbol lento y agradecido, con una sola cosa que puede matarlo.
Exposición. Pleno sol desde joven. Tolera bien el viento y la salinidad marina, lo que lo hace apto para jardines costeros de primera línea. En sombra crece con hojas más largas, blandas y decaídas, y pierde el porte compacto de la roseta.
Frío. Un ejemplar adulto y bien establecido soporta heladas breves de -3 o -4 °C con el suelo seco. Los ejemplares jóvenes sufren daño por debajo de -1 °C. Eso permite cultivarlo en suelo en todo el litoral mediterráneo, en el sur peninsular y en el suroeste atlántico. En el interior con heladas repetidas, o en climas de lluvia invernal sostenida, es planta de maceta grande que invernar bajo cubierta luminosa.
Suelo y riego. Aquí está el asunto. La raíz del drago es carnosa —y de un característico color anaranjado— y se pudre con facilidad si permanece en suelo saturado. El exceso de riego es lo que mata a la mayor parte de los dragos de jardín, y la señal llega tarde: las hojas de la roseta amarillean desde el centro, el tronco se ablanda por la base y la corona termina desprendiéndose entera. Quiere suelo suelto, arenoso o volcánico, con drenaje efectivo; en terreno arcilloso hay que plantarlo sobre un caballón elevado y mezclar grava. En maceta, riego cada 10 o 15 días de mayo a septiembre y una vez al mes en invierno; en suelo, riegos de apoyo los tres primeros veranos y prácticamente ninguno después. Nunca acolchar contra el tronco.
Ritmo. Crece entre 5 y 15 cm de tronco al año según las condiciones. Un ejemplar de un metro representa una década. Y hasta la primera floración será un tronco recto sin ramas, así que quien busque la silueta ramificada de postal está mirando un árbol de varias décadas.
Poda. Ninguna, salvo retirar hojas secas. Cortar el ápice fuerza la ramificación anticipada y se usa a veces con fines comerciales, pero rompe la arquitectura natural del árbol y no se recomienda en un ejemplar destinado a durar.
Multiplicación. Por semilla, que germina sin dificultad en uno a tres meses a 20-25 °C tras limpiar la pulpa de la baya. También por esqueje de rama o de ápice en primavera, dejando secar el corte varios días antes de plantar en sustrato arenoso.
Problemas. Cochinilla algodonosa en las axilas de las hojas, sobre todo en ejemplares en maceta o en ambientes cerrados. En maceta, las puntas de las hojas se pardean con aguas muy salinas o cloradas, igual que en el resto del género. Y como el resto de las Dracaena, contiene saponinas que provocan vómitos y salivación en perros y gatos si mordisquean las hojas.
En resumen
Dracaena draco es una monocotiledónea con crecimiento secundario anómalo: engrosa el tronco mediante haces vasculares dispersos y no forma anillos anuales, de modo que su edad no puede datarse y las cifras que circulan sobre el drago de Icod son estimaciones, más cercanas probablemente a 300 o 500 años que a los mil de la tradición. Se puede calcular su edad de forma aproximada contando los niveles de ramificación, porque cada uno corresponde a una floración y estas se separan entre 8 y 15 años. Su resina roja, la sangre de drago, se usó durante siglos como tinte y como componente de barnices, y su explotación contribuyó al declive del árbol. Hoy es abundante en jardines y En Peligro en la naturaleza: quedan unos pocos centenares de ejemplares silvestres en riscos de Tenerife, Gran Canaria y La Palma, casi sin regeneración natural. En cultivo es lento y fácil, quiere pleno sol y suelo drenante, aguanta -3 o -4 °C de adulto y muere por exceso de riego con más frecuencia que por cualquier otra causa.