Lo que mata a las salvias en España no suele ser el frío de enero, sino el agua que se queda quieta alrededor del cuello de la planta durante ese mismo mes. Es un matiz decisivo, porque cambia por completo dónde y cómo hay que plantarlas: antes que abrigo, lo que piden es un suelo que suelte el agua rápido.

Con eso claro, plantar salvia es sencillo. Pero conviene saber cuál se está plantando, porque bajo ese nombre se agrupan casi mil especies del género Salvia con exigencias distintas: unas son arbustos leñosos mediterráneos, otras herbáceas vivaces de pradera y otras se cultivan aquí como plantas de temporada que no pasan del otoño.

Qué salvia vas a plantar

Estas son las que más se encuentran en vivero en España, con lo que hay que saber de cada una antes de coger la pala:

Salvia officinalis, la salvia común o de cocina. Mata leñosa de 50-70 cm, hoja gris aterciopelada, muy aromática. Resiste hasta unos -12 °C y aguanta la sequía y la caliza sin problema. Es la que más agradece un suelo pobre y pedregoso. Existen variedades ornamentales interesantes: 'Purpurascens' de hoja morada, 'Icterina' variegada en amarillo y 'Tricolor', algo más delicada.

Salvia nemorosa y sus híbridos ('Mainacht', 'Caradonna', 'Ostfriesland'). Vivaces herbáceas de espigas azul-violeta, muy rústicas, que rebrotan de cepa cada primavera. Aguantan por debajo de -15 °C. Toleran algo más de humedad y de arcilla que la salvia común, y funcionan muy bien en el centro y el norte peninsular.

Salvia microphylla y Salvia greggii. Arbustivas mexicanas que florecen de mayo a las primeras heladas, casi sin parar. Son las de mejor rendimiento ornamental en el litoral mediterráneo. Resisten en torno a -7 u -8 °C; en zonas de heladas fuertes hay que darles pared soleada o cultivarlas en maceta.

Salvia splendens, la salvia roja de arriate. En realidad es perenne en su origen tropical, pero aquí se planta como anual de verano porque muere con la primera helada. Es la única del grupo que quiere riego regular y suelo fértil, lo contrario que las demás.

Salvia rosmarinus. Sí, el romero: la botánica lo reclasificó dentro del género Salvia hace unos años. Si buscas información sobre su cultivo, sirve todo lo que se dice aquí sobre las salvias mediterráneas.

Mata de Salvia officinalis con su característica hoja gris aterciopelada

Cuándo plantar

Para las salvias resistentes —officinalis, nemorosa, microphylla— hay dos ventanas buenas y una regla que las separa.

En el litoral mediterráneo, Andalucía y el sur en general, planta en otoño, de octubre a noviembre. El suelo sigue caliente, las lluvias hacen el trabajo del riego y la planta pasa el invierno echando raíz. Cuando llegue el calor de junio ya tendrá sistema radicular suficiente para defenderse, que es exactamente lo que necesita.

En el interior con heladas fuertes y en el norte, planta en primavera, de marzo a mayo, en cuanto haya pasado el riesgo de heladas severas. Una planta recién puesta en octubre en la meseta se enfrenta a un suelo frío y encharcado durante meses sin haber enraizado: es el escenario donde más ejemplares se pierden.

La Salvia splendens va aparte: es sensible al frío, así que se planta cuando ya no hay riesgo de heladas. En el litoral, desde mediados de abril; en el interior peninsular, mejor esperar a mayo. Adelantarse dos semanas no la hace florecer antes; la deja parada y amarilla.

Lo que hay que evitar en todos los casos es plantar en pleno julio y agosto. Una salvia recién plantada en un suelo a 35 °C necesita un riego de socorro constante que contradice todo lo que la planta quiere.

El sitio: sol y drenaje, por este orden

Las salvias necesitan sol directo, mínimo seis horas al día. En sombra parcial vegetan, se estiran, florecen poco y, en el caso de la salvia común, pierden buena parte de su aroma, porque los aceites esenciales se producen con la insolación. Solo en el sur profundo, con veranos muy extremos, agradecen algo de sombra a media tarde.

El drenaje es igual de innegociable. Comprueba el tuyo con una prueba sencilla: cava un hoyo de unos 30 cm, llénalo de agua y espera. Si a las tres o cuatro horas sigue lleno, ese suelo se encharca y una salvia mediterránea plantada ahí se pudrirá por el cuello el primer invierno lluvioso.

Soluciones cuando el terreno es arcilloso: plantar en caballón elevado de 20-25 cm, mezclar arena gruesa de río y grava fina en la zona de plantación —arena gruesa, nunca arena de playa ni fina, que apelmaza más—, o pasarse directamente a la maceta. Añadir solo compost a una arcilla pesada no resuelve el problema de fondo.

Sobre el pH: las salvias mediterráneas son indiferentes a la caliza y viven perfectamente en suelos de pH 7,5-8. No hace falta acidificar nada.

Cómo plantar en tierra, paso a paso

1. Hidrata el cepellón. Sumerge la maceta en un cubo de agua hasta que deje de burbujear, unos diez minutos. Un cepellón seco al plantar repele el agua y tarda semanas en enraizar.

2. Abre un hoyo del doble de ancho que el cepellón y de la misma profundidad. Ancho para que las raíces se expandan en tierra mullida; no más hondo, porque la tierra removida del fondo se asienta y la planta acaba hundiéndose.

3. Afloja las raíces del exterior del cepellón con los dedos, sobre todo si están enrolladas dando vueltas al fondo de la maceta. Si no lo haces, seguirán girando en círculo y la planta nunca se anclará bien.

4. Coloca la planta con el cuello a ras de suelo o un dedo por encima. Este es el punto crítico de todo el proceso: enterrar el cuello es la causa número uno de muerte por podredumbre. En suelos pesados, déjalo claramente elevado.

5. Rellena con la tierra que sacaste, sin abonos ni estiércol fresco. Aprieta con la mano, no con el pie.

6. Riega abundantemente, con 5-10 litros, para asentar la tierra alrededor de las raíces y eliminar bolsas de aire. Este primer riego es imprescindible aunque el suelo esté húmedo.

7. Acolcha con material mineral: grava, gravilla volcánica o picón, en capa de 3-4 cm, dejando siempre un par de centímetros libres alrededor del tallo. La corteza y el acolchado orgánico retienen demasiada humedad junto al cuello y en salvias mediterráneas dan más problemas que ventajas.

A qué distancia plantar

Un fallo habitual es plantar demasiado junto. Las salvias necesitan que el aire circule entre ellas; apiñadas, la humedad se retiene entre las hojas y aparece oídio en cuanto llegan las noches húmedas de septiembre.

Marcos orientativos: Salvia officinalis, 50-60 cm entre plantas, porque una mata adulta se pone en 60-70 cm de ancho. Salvia nemorosa, 35-40 cm. Salvia microphylla y greggii, 60-80 cm, que crecen más de lo que aparentan en vivero. Salvia splendens, 25-30 cm en macizo.

Si quieres una mancha densa desde el primer año, planta en grupos impares de tres o cinco al marco correcto, en vez de apretar el marco.

Plantar en maceta o jardinera

Las salvias van muy bien en contenedor, con dos condiciones: recipiente con agujeros amplios y sustrato que drene. El barro cocido sin esmaltar es mejor que el plástico porque transpira y ayuda a que el cepellón se seque entre riegos.

Tamaño mínimo razonable: 25-30 cm de diámetro y otro tanto de profundidad para una salvia común; algo menos para las nemorosa. Mezcla recomendada: dos partes de sustrato universal de calidad, una de arena gruesa o pómice y media de perlita. Nada de sustrato de turba pura, que se compacta y retiene demasiada agua.

En jardinera compartida, no la pongas junto a plantas de riego frecuente como impatiens, begonias o hortensias, porque una de las dos va a sufrir. Sus buenas compañeras son las de la misma escuela mediterránea: lavanda, tomillo, santolina, romero, Perovskia, gaura. La excepción vuelve a ser Salvia splendens, que sí convive bien con las anuales de riego regular.

Al plantar en maceta, deja un par de centímetros entre el sustrato y el borde para poder regar cómodamente, y vacía el plato después de cada riego. Un plato con agua estancada de forma permanente hace exactamente el mismo daño que un suelo mal drenado.

Espigas violeta de Salvia nemorosa Mainacht en floración

De semilla, de esqueje o por división

Semilla. Funciona bien con Salvia officinalis, Salvia splendens y Salvia sclarea. Se siembra en semillero de febrero a abril, con calor: la germinación pide 18-21 °C y tarda entre dos y tres semanas. Cubre las semillas con apenas 3-5 mm de sustrato y mantén la humedad constante sin encharcar. Se trasplantan a maceta individual con dos o tres pares de hojas verdaderas y se plantan fuera cuando alcanzan los 10-12 cm. Aviso importante: las variedades seleccionadas y los híbridos no se reproducen fieles por semilla. Si quieres una 'Purpurascens' o una 'Mainacht' idéntica, olvídate de la semilla.

Esqueje. Es el método más rápido y fiable para las arbustivas. Se toman esquejes semileñosos de 8-10 cm a finales de primavera o en verano, se les quitan las hojas de la mitad inferior, se cortan por debajo de un nudo y se clavan en una mezcla de turba y arena a partes iguales, a media sombra y con humedad ambiental. Enraízan en tres o cuatro semanas. La hormona de enraizamiento ayuda, pero en Salvia microphylla ni siquiera hace falta.

División de mata. Reservada a las herbáceas vivaces tipo nemorosa. Cada tres o cuatro años, en otoño o a inicios de primavera, se levanta la cepa y se separa en trozos con raíces y yemas. Rejuvenece la mata, que tiende a morirse por el centro con los años. Las salvias leñosas no se dividen: hay que reproducirlas por esqueje.

Riego después de plantar

Aquí es donde se pierden más plantas por exceso de celo. Durante el primer mes, riego cada tres o cuatro días si no llueve, para que enraícen. A partir del segundo mes, espacia a una vez por semana. Y a partir del segundo verano, una salvia mediterránea establecida en el suelo puede pasar el estío con un riego profundo cada diez o quince días, o incluso sin ninguno en zonas templadas.

El criterio a partir de ahí no es el calendario, es el dedo: mete el dedo tres o cuatro centímetros en la tierra y riega solo si está seca. Y riega siempre al pie, nunca mojando el follaje: la hoja de la salvia común, cubierta de pelillos, retiene el agua y favorece el oídio.

Un síntoma que despista: hojas amarillas y blandas en la base de la planta casi nunca indican sed, sino todo lo contrario. Con sed, la salvia se marchita con la hoja aún gris y firme, y se recupera en una hora tras el riego.

Abonado: cuanto menos, mejor

Contradice lo que se hace con la mayoría de ornamentales, pero es así: una salvia mediterránea abonada en exceso da peor planta. El nitrógeno alto produce brotes largos, blandos y acuosos, que se tumban, se llenan de pulgón, resisten peor el frío y —en la salvia de cocina— tienen mucho menos aroma, porque la planta concentra sus aceites esenciales cuando vive con cierta estrechez.

Lo suficiente es un puñado de compost bien hecho alrededor de la mata en primavera, cada uno o dos años. En maceta, donde el sustrato se agota, un abono líquido equilibrado a media dosis una vez al mes de abril a julio. Nada de estiércol fresco en el hoyo de plantación: quema raíces y aporta demasiado nitrógeno justo cuando la planta necesita enraizar.

Salvia splendens es, de nuevo, la excepción: al ser una anual que debe florecer sin parar de junio a octubre, agradece abono para floración cada quince días.

Los primeros cuidados

Pinzado. A las tres o cuatro semanas de plantar, corta las puntas de los brotes principales. Retrasa unos días la floración pero fuerza la ramificación lateral, y la diferencia entre una planta pinzada y otra sin pinzar al final de la temporada es enorme.

Retirada de flores marchitas. En Salvia nemorosa, cortar las espigas agotadas a ras de las hojas basales provoca una segunda floración en agosto o septiembre. En las arbustivas, prolonga la floración durante meses.

Poda de formación. Al final del invierno, entre febrero y marzo, se reduce la mata en un tercio para mantenerla compacta. Y una regla que hay que respetar sin excepción en Salvia officinalis: no cortes nunca sobre madera vieja sin hojas ni yemas, porque de ahí no rebrota. Si la mata ya está desnuda y leñosa por dentro, esa poda drástica la mata; lo que toca es sacar esquejes y sustituirla. Una salvia común se renueva cada cuatro o cinco años.

Errores frecuentes al plantar

Enterrar el cuello. Ya está dicho, pero es el fallo que más ejemplares se lleva por delante. A ras de suelo o un poco por encima, siempre.

Acolchar con corteza pegada al tallo. Retiene humedad justo donde no debe. Grava, y con un cerco libre alrededor del tallo.

Enriquecer el hoyo con mucho compost en suelo arcilloso. Se crea una especie de bañera: el agua entra en la zona esponjosa y no sale hacia la arcilla circundante. En terrenos pesados es mejor plantar elevado con la tierra tal cual.

Plantar la salvia roja demasiado pronto. Con el suelo por debajo de 15 °C se queda parada y morada. No hay prisa: en mayo arranca de golpe.

Confundir marchitez por asfixia con sed. Antes de regar una planta caída, mete el dedo en la tierra. Si está húmeda, el problema es el contrario.

Comprar una planta con el cepellón hecho un ovillo y plantarla sin tocar. Diez segundos aflojando las raíces con los dedos cambian el destino de la planta.

En resumen

Elige primero la especie según tu clima: officinalis y nemorosa para casi toda España, microphylla y greggii donde el invierno sea suave, splendens solo como planta de temporada.

Planta en otoño en el sur y el litoral, en primavera en el interior y el norte. Busca sol pleno y un suelo que drene rápido, y si el tuyo es arcilloso, planta elevado o en maceta. Hoyo del doble de ancho, raíces desenrolladas, cuello a ras de tierra, riego abundante de asentamiento y acolchado mineral con el tallo despejado.

Después, contención: riego frecuente solo el primer mes, poco abono, sol directo y una poda de un tercio a finales de invierno sin entrar nunca en la madera vieja. Las salvias mediterráneas dan su mejor versión cuando se las cuida menos de lo que pide el instinto.


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