Una hoja de Vallisneria puede pasar del metro de largo y seguir alargándose cuando ya está tumbada sobre la superficie del agua, formando una capa flotante que apaga la luz del resto del acuario. Ese comportamiento explica casi todo lo que hay que decidir con esta planta: dónde plantarla, en qué altura de urna y cómo recortarla sin arruinarla.

La llamada Vallisneria gigantea es la forma de mayor porte del género Vallisneria, dentro de la familia Hydrocharitaceae. El nombre circula en acuariofilia desde hace décadas, pero la botánica actual lo trata como sinónimo: buena parte de las plantas vendidas con esa etiqueta corresponden a Vallisneria australis, y otras a formas grandes de Vallisneria spiralis o V. nana. Para el cultivo la distinción importa poco, porque todas piden lo mismo; para el espacio disponible importa mucho, porque las etiquetas de tienda no avisan de cuánto va a crecer.

Mata de Vallisneria gigantea con sus hojas acintadas en un acuario

Cómo es la planta

Crece en roseta, sin tallo aéreo: las hojas salen todas de una corona compacta situada justo en la superficie del sustrato. Son acintadas, de 1 a 4 cm de ancho, verde claro a verde oliva, con nerviación longitudinal marcada y el borde finamente aserrado en la mitad superior. En acuarios altos y bien iluminados superan con facilidad los 80-100 cm; en condiciones muy favorables llegan bastante más allá.

El sistema radicular es blanco, carnoso y superficial, con muchas raíces finas que exploran los primeros centímetros del sustrato. De la base salen estolones horizontales —tallos rastreros que corren bajo la grava y emiten plantas hijas cada pocos centímetros—. Ese es su mecanismo de expansión y la razón de que una sola mata acabe convertida en una pradera densa al cabo de unos meses.

Es una planta dioica: hay pies masculinos y pies femeninos. La floración en acuario es rara pero no imposible. Las flores femeninas suben a la superficie sobre un pedúnculo largo que después se enrolla en espiral para llevar el fruto al fondo; las masculinas se desprenden y flotan libres hasta encontrarlas. Si un día aparece un hilo fino y blanquecino que llega a la superficie, es eso y no un alga filamentosa.

Parámetros del agua

Es una planta de aguas duras y alcalinas, y ahí está su gran ventaja frente a la mayoría de plantas de acuario tropical. El agua de red de gran parte de la Península —Levante, Madrid, Andalucía interior, valle del Ebro— es dura, con durezas de 20 a 35 ºdH y pH por encima de 7,5. Donde un Rotala o un Ludwigia languidecen, la Vallisneria prospera.

  • Temperatura: vegeta entre 15 y 30 ºC; el rango cómodo está en 20-27 ºC. Aguanta acuarios sin calentador en interiores de vivienda peninsular.
  • pH: de 6,5 a 8,5. Por debajo de 6 empieza a perder vigor.
  • Dureza: GH de 5 a 25. El calcio le hace falta de verdad; en agua de ósmosis pura sin remineralizar las hojas salen finas, quebradizas y translúcidas.
  • CO2: no lo necesita. Con agua dura extrae carbono del bicarbonato disuelto, un proceso que deja depósitos calcáreos blancos sobre las hojas viejas. Esas costras son señal de que la planta está trabajando, no de una enfermedad.

Luz, sustrato y abonado

Con luz media va sobrada: entre 8 y 9 horas diarias de una pantalla LED corriente bastan. La luz muy intensa no la hace más bonita, solo acelera el crecimiento y adelanta el momento en que tapa la superficie. Tolera además la sombra parcial mejor que casi cualquier planta de fondo, así que puede convivir con flotantes.

El sustrato pide dos cosas concretas. Primera, grosor de grano fino, entre 1 y 3 mm, y un espesor mínimo de 5-6 cm para que los estolones puedan avanzar; en grava gruesa de 8 mm las plantas hijas quedan colgando sin arraigar. Segunda, nutrientes en el fondo: responde muy bien a las pastillas de abono enterradas junto a la corona, con hierro y potasio. Las hojas amarilleando desde el centro hacia fuera, con los nervios aún verdes, apuntan a falta de hierro; las hojas viejas que se vuelven traslúcidas y se deshacen, a falta de potasio o de nitrato.

Al plantar hay una regla que decide el resultado: la corona blanca de la que salen las hojas queda por encima de la grava. Se entierran las raíces, nunca el punto de crecimiento. Enterrar la corona provoca una podredumbre blanda que se lleva la mata entera en una semana o dos.

Acuario plantado con peces nadando entre la vegetación

El derretido de las primeras semanas

Casi todas las Vallisneria compradas en tienda han crecido emergidas, en bandejas de vivero con las hojas al aire. Al sumergirlas, esas hojas viejas no sirven y la planta las abandona: se vuelven transparentes, se ablandan y se deshacen. El proceso dura de dos a cuatro semanas y asusta, porque parece que la planta se muere.

No se muere si la corona sigue firme y blanca. Lo que hay que hacer es retirar las hojas derretidas a medida que aparecen —tirando con suavidad desde la base, no cortándolas por la mitad— para que no se pudran en el agua y disparen el amonio. La hoja nueva, sumergida de nacimiento, sale más estrecha y más flexible que la de vivero. Esa es la buena.

El recorte: lo que no hay que hacer

Cuando las hojas alcanzan la superficie, lo primero que se piensa es en cortarlas por la punta, a la altura del agua. Es mala idea. La hoja de Vallisneria crece desde la base y no cicatriza el corte: la zona cortada se pardea, la necrosis va bajando por el limbo y la hoja acaba muriendo entera, con la mitad del acuario lleno de puntas marrones.

El recorte correcto es por eliminación de hojas completas: se escogen las más largas y las más viejas y se arrancan tirando desde la corona, cuatro o cinco por mata, y se dejan las jóvenes. Se pierde algo de biomasa, pero el resultado se ve limpio y la planta responde emitiendo hojas nuevas. Si el problema es que la especie es demasiado grande para el acuario, la solución no es la tijera sino cambiar a Vallisneria nana o a V. spiralis de porte medio.

Reproducción y control de la expansión

Se multiplica sola por estolones y lo hace deprisa. Para separar una planta hija conviene esperar a que tenga cuatro o cinco hojas propias y raíces visibles; entonces se corta el estolón con tijera —no se tira de él, porque arrastra a la madre— y se replanta donde interese.

El control de la mata es tarea de mantenimiento periódico. Cada dos o tres meses toca arrancar los pies que han invadido el primer plano, sacándolos con la mano metida en la grava para no dejar trozos de estolón enterrados, que rebrotan. En acuarios de menos de 60 litros esta especie es sencillamente inviable a medio plazo.

Errores y creencias que conviene revisar

El carbono líquido la mata. Los productos de "CO2 líquido" a base de glutaraldehído provocan en Vallisneria un derretido masivo, incluso a dosis de etiqueta. Es una sensibilidad específica del género bien conocida. Si se usa alguicida o carbono líquido en el acuario, esta planta sobra.

Los peces la comen. Carasios (peces de colores), cíclidos grandes, peces dólar de plata (Metynnis) y muchos cíclidos africanos la destrozan en días. Con carpas doradas en el mismo acuario no hay cultivo posible.

La incompatibilidad con Cryptocoryne. Circula la idea de que la Vallisneria es alelopática y no deja crecer a las criptocorinas. La evidencia es floja y la explicación probable es más simple: la pradera tapa la superficie y deja a oscuras a las plantas de sombra que tiene debajo. Con un aclarado de hojas largas, conviven sin problema.

Nunca al río. Vallisneria spiralis está naturalizada en varios cauces peninsulares y forma praderas densas que desplazan a la flora acuática autóctona. Los restos del recorte van a la basura orgánica o al compost, jamás a un arroyo, a un estanque público ni por el desagüe.

En resumen

La Vallisneria de porte grande es una planta de fondo agradecida, sin exigencias de CO2 ni de luz potente, que además agradece el agua dura de buena parte de España. Pide un acuario de cierta altura y volumen, un sustrato fino de al menos 5 cm, abono de raíz y la corona sin enterrar. Sus dos puntos delicados son el derretido de aclimatación —que se pasa solo— y la manía de cortar las hojas por la punta, que solo produce puntas marrones. Y una precaución que no depende del acuario: los restos no se tiran nunca a un cauce natural.


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