Corta una rama baja de un eucalipto joven y las hojas no se parecen en nada a las de la copa: redondeadas, sin rabillo, cubiertas de una cera azulada y colocadas de dos en dos abrazando un tallo de sección cuadrada. Doce metros más arriba, en el mismo árbol, las hojas son alargadas, curvadas como una hoz, verde oscuro por las dos caras y colgantes. Esa doble personalidad foliar —lo que en botánica se llama heteroblastia— es la primera seña de identidad del Eucalyptus globulus y la razón de que los ramos de floristería (hoja redonda y glauca) no se parezcan al árbol que uno ve en la ladera.
Es un miembro de la familia Myrtaceae originario del sureste de Australia y, sobre todo, de Tasmania. En España se le conoce como eucalipto blanco, eucalipto azul o, en Galicia, simplemente ocalitro. Aquí se trata lo que realmente lo define: su biología, el clima que necesita, por qué crece como crece y por qué lleva medio siglo en el centro de una discusión que no es solo forestal.
Un árbol construido para crecer deprisa
El Eucalyptus globulus alcanza con facilidad los 30 a 45 metros y en estación buena y sin cortas pasa de 55. En sus primeros años puede sumar entre 1,5 y 3 metros de altura por temporada, un ritmo que ninguna frondosa autóctona peninsular sostiene. Ese crecimiento no es magia: es el resultado de una hoja perenne que fotosintetiza los doce meses del año, de un sistema radical que combina raíces superficiales muy densas con raíces profundas que buscan agua en verano, y de una arquitectura que invierte casi todo en fuste y muy poco en ramas laterales.
La corteza es otro rasgo diagnóstico. Se desprende cada año en tiras largas que quedan colgando y dejan el tronco liso, entre blanquecino, grisáceo y ocre, con manchas azuladas. En la base suele conservar un manguito de corteza rugosa y persistente. El suelo bajo un eucaliptal está permanentemente cubierto de esas tiras, de hojas coriáceas y de cápsulas, un mantillo que se descompone despacio porque es rico en compuestos fenólicos y en aceites.
Las flores son solitarias o en grupos de dos o tres en la axila de las hojas, sin pétalos visibles: lo vistoso es el penacho de estambres blanco crema. Antes de abrirse, la flor está tapada por un opérculo, una tapadera leñosa verrugosa y cubierta de cera que salta cuando los estambres se despliegan (de ahí Eucalyptus, «bien cubierto» en griego). El fruto es una cápsula leñosa, glauca, de 1,5 a 2,5 cm de ancho, con cuatro costillas marcadas y aspecto de trompo; su forma redondeada le da el epíteto globulus. En la Península florece sobre todo en invierno y comienzos de primavera, lo que lo convierte en una fuente de néctar valiosa para las abejas en una época en la que hay poco más abierto, y explica la abundancia de miel de eucalipto en la cornisa cantábrica.
Bajo la corteza, en la base del tronco, guarda un lignotúber: un engrosamiento leñoso lleno de yemas latentes. Si el árbol se corta o se quema, esas yemas rebrotan y en pocos meses hay varios vástagos de dos metros. Esa capacidad de rebrote de cepa es la base del aprovechamiento comercial —se suelen encadenar dos o tres turnos de corta antes de replantar— y también la razón de que un eucalipto «eliminado» a motosierra vuelva una y otra vez si no se destoconan o se tratan las cepas.
Dónde vive bien y dónde no
El límite que manda es el frío. El E. globulus tolera heladas suaves, pero por debajo de unos -5 °C empieza a sufrir daños serios en hoja y corteza, y una planta joven puede perderse con -3 o -4 °C si la helada es prolongada. A eso se suma que necesita precipitación abundante y repartida, del orden de 800 mm anuales o más, y que agradece la humedad atmosférica de las nieblas costeras.
Ese perfil dibuja el mapa español sin necesidad de más explicación: Galicia, la costa de Asturias y Cantabria, el litoral vasco y, en el sur, la franja atlántica de Huelva y Cádiz. Tierra adentro, en cuanto se sube en altitud o se entra en clima continental, deja de ser viable; en las zonas gallegas más frías del interior se plantó en su lugar Eucalyptus nitens, más resistente al frío pero de rebrote de cepa mucho peor.
En cuanto al suelo, prefiere sustratos ácidos o neutros, profundos y bien drenados. En terrenos calizos amarillea por clorosis férrica y se queda parado, y el encharcamiento prolongado lo mata. Tolera suelos pobres en nutrientes mejor que suelos mal aireados; el agua estancada es su punto débil, no la fertilidad.
El aceite esencial: qué se sabe y qué se repite
Las hojas contienen entre un 1 y un 3 % de aceite esencial, con el 1,8-cineol (eucaliptol) como componente mayoritario, habitualmente por encima del 60 %. La tradición europea lo ha usado desde el siglo XIX para catarros, tos y congestión nasal, y la fama del árbol en España está enteramente ligada a ese uso doméstico. La evidencia clínica es más acotada: existen ensayos sobre preparados farmacéuticos estandarizados de cineol en bronquitis aguda, sinusitis y como coadyuvante en asma, con resultados modestos pero medibles, y la EMA reconoce el uso tradicional del aceite esencial para el alivio sintomático de la tos y la congestión. Eso no es lo mismo que atribuirle actividad antibiótica, antiviral o curativa: para eso no hay respaldo.
Conviene decir con claridad la parte incómoda. El aceite esencial de eucalipto es tóxico por ingestión: cantidades pequeñas —del orden de unos pocos mililitros— han provocado depresión del sistema nervioso y convulsiones en niños, y el cineol puede desencadenar laringoespasmo si se aplica en la cara o bajo la nariz de lactantes y niños pequeños. No debe aplicarse puro sobre la piel ni administrarse por vía interna, y los preparados con eucalipto están desaconsejados en menores de dos años, en embarazo y lactancia, y en personas con asma no controlada, epilepsia o hepatopatía. Si alguien busca un remedio respiratorio, la conversación es con el médico o el farmacéutico, no con el árbol del monte de al lado.
La controversia española: separar lo que es cierto de lo que se repite
La introducción del eucalipto en España se atribuye a los envíos de semilla que el misionero benedictino fray Rosendo Salvado hizo desde Australia a su Tui natal hacia 1863. Durante un siglo fue árbol de paseo, de finca y de cortavientos; la transformación llegó con la industria de la pasta de celulosa a partir de los años sesenta, que convirtió miles de hectáreas de monte atlántico en plantación de turno corto. Hoy es la especie que más superficie ocupa en Galicia y una fuente real de renta para la propiedad forestal minifundista, que es la que hay. Ese es el motivo por el que el debate no se cierra nunca: no enfrenta a ecología contra nada, sino a dos usos legítimos del mismo territorio.
Sobre los reproches habituales conviene afinar, porque algunos son sólidos y otros están mal formulados:
El agua. Un eucaliptal transpira mucho, eso es cierto, y en cuencas pequeñas con captaciones someras se han medido reducciones de caudal de estiaje. Pero el matiz importa: por kilo de madera producida, el eucalipto no gasta más agua que un pino; gasta más en total porque produce muchísimo más. Un pinar de la misma edad y densidad, en el mismo suelo, no es un remanso de agua. El problema es de densidad de plantación y de superficie continua, no de una supuesta avidez fisiológica única de esta especie.
La acidificación y la alelopatía. La idea de que el eucalipto envenena la tierra y deja el suelo estéril está exagerada. Sus hojas liberan compuestos que inhiben la germinación de otras plantas en ensayos de laboratorio, pero en campo el efecto medido es pequeño y se confunde con causas más banales: sombra densa, mantillo espeso que impide que la semilla llegue al suelo, y sobre todo las labores de plantación —desbroce mecanizado, subsolado, quema de restos— que son las que de verdad empobrecen el suelo. Además, los suelos gallegos y cantábricos donde se planta ya eran ácidos antes de que llegara el eucalipto.
El fuego. Aquí la crítica es la más consistente. El eucalipto no provoca incendios, pero cambia cómo se comportan. Las tiras de corteza colgante arden, se desprenden encendidas y las ascendentes térmicas las transportan; ese foco secundario a cientos de metros o más de un kilómetro por delante del frente es lo que hace ingobernable un incendio y lo que salta cortafuegos y carreteras. Súmese el aceite esencial de la hoja, la continuidad vertical del combustible y las plantaciones abandonadas sin desbrozar, y el resultado es un monte que arde con más intensidad y más lejos. Un eucaliptal gestionado, clareado y con la maleza controlada es otra cosa muy distinta de una parcela abandonada, y esa diferencia depende del propietario, no de la especie.
La biodiversidad. Una plantación monoespecífica de turno corto sostiene bastante menos fauna y flora que un bosque de Quercus robur. Es una comparación honesta si se compara con lo que había; es tramposa si se compara con lo que habría, que en muchas parcelas sería matorral de tojo abandonado. Lo que no admite mucha discusión es que plantar eucalipto en fondos de valle, riberas y suelos agrícolas sale mal a largo plazo, y ahí es donde han apuntado las restricciones.
En el plano normativo, Galicia aprobó en 2021 una moratoria a las nuevas plantaciones de eucalipto, con excepciones para sustituciones y para determinados terrenos ya forestales, y su vigencia se ha ido prorrogando. Las condiciones cambian de una comunidad a otra y de un año a otro: antes de plantar o de cortar hay que consultar la normativa forestal autonómica vigente y las distancias mínimas a viviendas, linderos e infraestructuras, que también están reguladas.
Plagas que hoy condicionan el cultivo
Durante décadas el eucalipto creció en España casi sin enemigos, y esa fue parte de su ventaja. Ya no es así. El gorgojo defoliador (Gonipterus platensis, antes citado como G. scutellatus) devora las hojas jóvenes y puede reducir el crecimiento de forma severa; se combate con el parasitoide de huevos Anaphes nitens, que funciona mejor en las zonas más templadas. El perforador Phoracantha semipunctata ataca a los árboles debilitados por sequía y mata pies enteros. A ellos se han sumado avispas agalladoras (Ophelimus maskelli, Leptocybe invasa) y el hongo Mycosphaerella, que mancha y defolia en primaveras húmedas. Un eucaliptal estresado por falta de agua es un eucaliptal atacado; la prevención real es el clareo y respetar la estación adecuada, no el insecticida.
Si lo que quieres es un eucalipto en el jardín
Plantar un Eucalyptus globulus en una parcela urbana suele acabar mal, y no por capricho del árbol. Crece 2 metros al año, en diez años tiene 20 metros y una copa que da sombra a la casa entera, la madera es frágil y quiebra ramas gruesas con viento fuerte, la raíz superficial levanta soleras y aceras, y talarlo cuando ya mide 25 metros cuesta lo que cuesta traer una grúa. Necesita una distancia a la edificación que casi ninguna parcela de 500 metros tiene.
Para jardín hay alternativas del mismo género que sí funcionan. Eucalyptus gunnii aguanta bastante más frío, se mantiene en 8-10 metros si se poda y su hoja juvenil redonda y azulada es la que se busca para floristería; podado a tocón cada primavera se comporta casi como un arbusto y produce ramas de hoja juvenil todo el año. Eucalyptus cinerea tiene el mismo uso ornamental y un porte contenido. Si lo que ves en el vivero es una plantita de 40 cm etiquetada solo como «eucalipto», pregunta la especie antes de pagar: la diferencia entre llevarte un arbolillo de 8 metros o un árbol de 45 no está en la maceta, está en un nombre científico que la etiqueta casi nunca trae impreso.
En maceta y de interior, ninguna de estas especies dura. Necesitan sol directo pleno y aire; en un salón pierden la hoja en pocos meses. Como planta de terraza en clima suave, en maceta grande y podada con dureza cada año, un gunnii puede aguantar varias temporadas, pero es un cultivo de mantenimiento, no una planta que se deje sola.
En resumen
El Eucalyptus globulus es un árbol de Tasmania de crecimiento excepcional, con hoja juvenil redonda y azulada frente a hoja adulta falcada y verde oscuro, corteza que se desprende en tiras, flores invernales sin pétalos y una cápsula globosa de cuatro costillas que le da el nombre. Vive donde no hiela fuerte y llueve más de 800 mm: la franja atlántica peninsular. Rebrota de cepa con una obstinación que explica tanto su rentabilidad forestal como la dificultad de erradicarlo. Su aceite esencial tiene un uso tradicional respiratorio con respaldo clínico limitado a preparados estandarizados de cineol, y es tóxico ingerido, especialmente en niños. De la polémica española, el reproche más sólido es el del comportamiento del fuego —las tiras de corteza encendida que saltan por delante del frente—, mientras que la acusación de esterilizar el suelo está mucho más matizada de lo que suele decirse. Y para un jardín particular, el globulus es un error de escala: si buscas su follaje azulado, planta gunnii o cinerea y poda cada primavera.