Ni es una caña ni viene de la India. La caña de las Indias, Canna indica, es una herbácea rizomatosa de la familia Cannaceae originaria de la América tropical, y el «indica» del nombre arrastra el viejo equívoco de llamar Indias a lo que Colón encontró al otro lado. Su tallo no es leñoso ni hueco como el de un bambú: es un falso tallo formado por las vainas de las hojas enrolladas unas sobre otras, igual que en el plátano, con el que además comparte aire y no parentesco.

Lo que se planta hoy en los jardines españoles rara vez es la especie pura. Los cultivares de vivero se agrupan bajo el nombre horticultural Canna × generalis, un enredo de hibridaciones del siglo XIX del que salieron las flores grandes en rojo, naranja, amarillo, rosa y bicolor, y los follajes bronceados o rayados que hoy son el verdadero motivo para cultivarla.

Mata de Canna indica en el jardín

Cómo es por dentro

Bajo tierra hay un rizoma carnoso y ramificado, con yemas visibles, que engorda cada temporada y se reparte lateralmente. De él salen en primavera los brotes, y cada brote produce un falso tallo con hojas grandes, oblongas, de 30 a 60 cm, y una única inflorescencia terminal.

La altura va de los 50-60 cm de las series enanas a los 2,5 o 3 m de cultivares como Wyoming o Musifolia. Elegir mal la talla es lo que arruina un arriate: una variedad de tres metros en primera línea tapa todo lo que hay detrás y a mitad de agosto se vence con el primer viento fuerte.

Un detalle botánico que explica la forma de la flor: los «pétalos» llamativos no son pétalos. Son estaminodios, estambres transformados en láminas de color y estériles. Los pétalos verdaderos son pequeños y quedan detrás, y solo hay un estambre fértil, que también lleva media lámina petaloidea. Por eso la flor de la canna parece asimétrica y algo desmontada comparada con la de un lirio: lo está, de origen.

De los cultivares de hoja, los más extendidos son Tropicanna (sinónimo Phasion), con la hoja bronce rayada en rosa y naranja; Pretoria o Striata, verde con rayas amarillas y nervio marcado; y las de follaje bronce oscuro uniforme tipo Australia o Wyoming. En estas el interés dura de mayo a noviembre, mientras que la flor va y viene.

Dónde plantarla

Sol directo, seis horas mínimo. A media sombra crece, pero los tallos se estiran buscando luz, se doblan y la floración se reduce a un par de espigas raquíticas.

Al abrigo del viento. Aquí hay que ser insistente porque el problema se ve poco en las fotos de catálogo: la hoja de la canna es una lámina ancha y tierna, y un par de días de levante o de cierzo la dejan deshilachada, con desgarros longitudinales que ya no se cierran. Un rincón resguardado por un muro, un seto o la esquina de la casa mantiene la mata presentable todo el verano.

Suelo profundo, fértil y que retenga humedad. Es una planta de vega y de borde de agua. En tierras arenosas y pobres se queda pequeña por mucho que se riegue. Antes de plantar conviene incorporar compost o estiércol bien hecho, tres o cuatro kilos por metro cuadrado, y cavar dos palas de profundidad.

Algunas especies del grupo, como Canna glauca y los híbridos llamados cannas de agua, viven directamente en la orilla de un estanque con el rizoma bajo unos centímetros de agua. Los híbridos de jardín corrientes no: quieren humedad constante, no encharcamiento permanente.

Plantación del rizoma

El rizoma se planta en primavera, cuando la tierra se ha templado. En Andalucía, Murcia y el litoral mediterráneo, desde mediados de marzo; en el interior de la meseta o en el norte, en abril o incluso primeros de mayo. Plantado en tierra todavía fría se queda quieto y se puede pudrir antes de brotar.

Se entierra a 5-10 cm de profundidad, tumbado y con las yemas hacia arriba, y se deja 40-60 cm entre plantas según la altura del cultivar. Un riego generoso al plantar y después poco hasta que asome el brote, que tarda entre dos y cuatro semanas.

Para adelantar la floración se pueden arrancar los rizomas en marzo en macetas dentro de casa o en invernadero frío, a 15-18 °C, y sacarlos al jardín ya brotados cuando no haya riesgo de helada.

Riego y abonado: come y bebe mucho

Durante el crecimiento la canna gasta agua a un ritmo que sorprende. En julio y agosto, en suelo, un riego abundante dos o tres veces por semana mojando en profundidad; en maceta, a diario y a veces dos veces al día en las zonas cálidas. Si le falta agua, los bordes de las hojas se secan y se enrollan, y ese daño no se recupera: la hoja quemada se queda quemada hasta que se corte.

El acolchado con corteza, paja o restos de siega, cinco centímetros sobre el suelo, reduce mucho la frecuencia de riego y mantiene la raíz fresca en pleno verano.

En abonado hay un matiz que decide la floración. Es una planta glotona, sí, pero un abono muy nitrogenado da una mata espectacular de hoja y muy poca flor, con tallos blandos que se tumban. Lo razonable es compost al plantar y después un abono equilibrado o de floración, más rico en potasio, cada dos o tres semanas durante el crecimiento, o un granulado de liberación lenta al inicio de la temporada. En maceta el abonado es obligatorio: el sustrato se agota en seis semanas.

Cortar la flor marchita, y cortar el tallo entero

Cada tallo florece una vez y luego se agota. Cortar solo la flor marchita deja un falso tallo consumido, feo y sin ningún futuro, ocupando el sitio.

La forma correcta tiene dos pasos. Mientras la espiga sigue abriendo flores nuevas, se van quitando una a una las marchitas, para que la planta no gaste energía en formar las cápsulas de semilla. Cuando la inflorescencia entera ha terminado, se corta ese falso tallo a ras de suelo. El rizoma responde emitiendo un brote de relevo que florecerá semanas después. Repitiendo la operación se encadena floración desde junio hasta octubre o noviembre, según la zona.

Flor de Canna indica en detalle

El invierno, según dónde se viva

La parte aérea muere con la primera helada seria: en una noche las hojas se ponen negras y blandas. Eso es normal y no significa que la planta esté perdida; lo que decide es lo que pasa bajo tierra.

Litoral mediterráneo, Andalucía, Canarias y zonas sin heladas fuertes. El rizoma se queda en el suelo. Se cortan los tallos a 10 cm y se cubre la mata con una capa gruesa de acolchado, hojarasca o paja. Rebrota en marzo.

Interior peninsular, meseta norte, zonas con heladas por debajo de −5 °C o suelos que se encharcan en invierno. Ahí lo prudente es arrancar. Se espera a que la helada ennegrezca el follaje, se cortan los tallos, se levantan los rizomas con horca, se les sacude la tierra sin lavarlos y se dejan orear un par de días a la sombra. Después se guardan en cajas con turba seca, serrín o vermiculita ligeramente húmeda, en un local fresco y sin heladas, entre 8 y 12 °C. Ni más frío, que los mata, ni más caliente, que los hace brotar en enero. Conviene revisarlos en enero y retirar los que hayan cogido podredumbre blanda.

En maceta la solución es más cómoda: se deja de regar en octubre, se cortan los tallos y el tiesto entero se mete en un garaje o trastero fresco, casi en seco, hasta marzo.

División y multiplicación

La mata se apelmaza con los años y florece menos. Cada tres o cuatro primaveras se levanta y se divide con un cuchillo limpio, dejando dos o tres yemas por trozo. Los fragmentos con una sola yema arrancan, pero pierden un año.

La semilla es otra historia. Es redonda, negra, durísima —de ahí el nombre inglés Indian shot, «perdigón indio», y su uso tradicional como cuenta de rosario y de collar—, y necesita lijado de la cubierta y remojo de veinticuatro horas antes de sembrar en primavera a 22-25 °C. Ahora bien, los híbridos de jardín no reproducen fielmente al progenitor: de una Tropicanna saldrán plantas de hoja verde corriente y flor imprevisible. Para conservar un cultivar hay que dividir, no sembrar. Sí hay series enanas específicamente concebidas para semilla, tipo Tropical, que se comportan como anuales de floración el mismo año.

Problemas: plagas menores y un virus que no perdona

Caracoles y babosas en los brotes tiernos de abril, que pueden dejar la hoja nueva agujereada antes de que se despliegue.

Araña roja en veranos secos, sobre todo en maceta y contra pared soleada: envés moteado y aspecto apagado. Se combate mojando el envés y con jabón potásico.

Orugas enrolladoras. Larvas que pegan con seda la hoja aún enrollada y comen dentro, de modo que al abrirse aparece perforada en línea. Retirar a mano las hojas afectadas suele bastar en un jardín particular.

Y el problema serio, que conviene saber reconocer: los virus de la canna, principalmente el Canna yellow mottle virus y el Canna yellow streak virus, más el virus del mosaico amarillo de la judía. Dan rayas y manchas amarillas irregulares paralelas a los nervios, hojas deformadas que salen arrugadas o desgarradas, y a veces flores rayadas o abortadas. Empeora a lo largo de la temporada y no tiene cura: no hay tratamiento, ni químico ni casero. La planta afectada se arranca entera con su rizoma y se destruye, no se lleva al compost. Se transmite por pulgones y, sobre todo, por el propio material vegetal: rizomas infectados de vivero y cuchillos sin desinfectar entre división y división. Por ahí entra buena parte del contagio en el jardín particular, así que desinfecte la hoja con alcohol al pasar de una mata a otra.

Ojo con no confundirlo con los cultivares de hoja rayada. En Pretoria las rayas amarillas son finas, regulares, paralelas y del mismo patrón en todas las hojas, y la lámina está lisa y sana. El virus da manchas de tamaño y posición caprichosos, distintas en cada hoja, y deforma el tejido.

Otros dos apuntes útiles

No es tóxica. Ni hoja, ni flor, ni rizoma plantean problema para niños o para perros y gatos, lo que la convierte en una de las pocas plantas de porte tropical que se pueden poner sin pensarlo en un patio con animales. De hecho el rizoma de ciertas variedades —la achira andina, cultivada como Canna edulis o Canna indica var. edulis— es un alimento con almidón de grano muy fino que se consume cocido en varios países de Sudamérica. Los cultivares ornamentales no se seleccionan para eso y su rizoma es fibroso y sin interés en la mesa.

Cuidado con dónde acaban los restos. Canna indica se ha naturalizado en riberas, acequias y bordes de arroyo del sur peninsular y de las islas, donde forma masas densas gracias a esos mismos rizomas que la hacen tan fácil de cultivar. Un trozo de rizoma tirado en un cauce o en un descampado húmedo enraíza sin ayuda. Los restos de división van a la basura o al compost caliente, nunca al campo.

En resumen

La caña de las Indias da follaje tropical y flor continua de junio a octubre a cambio de tres cosas: sol pleno, mucha agua y suelo fértil. Se planta el rizoma en primavera a 5-10 cm de profundidad, con la tierra ya templada, en un sitio resguardado del viento porque las hojas se deshilachan. Se abona con moderación en nitrógeno —el exceso da hoja y quita flor— y se corta cada falso tallo a ras de suelo cuando su espiga termina, que es lo que dispara el siguiente brote florido. En la costa pasa el invierno bajo un buen acolchado; en el interior frío hay que arrancar los rizomas tras la helada y guardarlos entre 8 y 12 °C en sustrato apenas húmedo. Se divide cada tres o cuatro años con cuchillo desinfectado, y hojas con manchas amarillas irregulares y deformadas significan virus: no hay remedio, se arranca y se destruye. No es tóxica y no plantea riesgo con niños ni con mascotas.


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