Un olor es una molécula volátil que llega a la nariz en concentración suficiente para activar un receptor. Nada más. Esa definición, que parece obvia, es la que permite ordenar el asunto, porque de ella se deduce que solo hay tres maneras de que un olor deje de percibirse: que la molécula desaparezca del aire, que se transforme en otra que no huela, o que llegue acompañada de otra que la tape. Retirar, degradar, tapar. Cuando se dice que una planta "absorbe" olores se están mezclando las tres cosas, y las tres funcionan de manera muy distinta.

La otra mitad del asunto, la de los humos y la depuración del aire, con las cifras del estudio de la NASA y por qué no se trasladan a una habitación, está en el artículo sobre plantas que absorben humos y olores. Aquí se trata solo del olfato.

Enmascarar, adsorber, degradar

Enmascarar es añadir. La molécula original sigue en el aire y en la misma concentración; simplemente se suma otra más intensa o más agradable que ocupa la atención del sistema olfativo. Es lo que hacen un ambientador, una vela y una planta aromática. No se ha eliminado nada. Tiene un efecto secundario incómodo: la mezcla de dos olores fuertes rara vez huele a uno de los dos, y a menudo produce un tercer olor peor que el de partida, como sabe cualquiera que haya intentado tapar el humo de fritura con lavanda.

Adsorber es fijar la molécula sobre una superficie sólida, sin cambiarla. Es lo que hace el carbón activo, y también, de forma mucho menos eficiente, la materia orgánica de un sustrato o los textiles de una habitación. La molécula sale del aire y se queda pegada. Dos consecuencias importantes: el proceso es reversible, de modo que al subir la temperatura o al bajar la concentración ambiental la superficie vuelve a soltar lo que había captado; y es saturable, es decir, tiene un límite tras el cual deja de captar.

Degradar es romper la molécula. Solo lo hacen organismos vivos o reacciones químicas, y en una casa quien lo hace son las bacterias y los hongos del sustrato. Es el único de los tres mecanismos que elimina el compuesto de verdad, y también el más lento.

Con esta distinción en la mano, la pregunta razonable no es si una planta quita olores, sino cuál de los tres mecanismos aporta y en qué medida.

El olfato se cansa antes que la planta

Antes de eso conviene contar con una peculiaridad del sentido implicado. Los receptores olfativos se adaptan muy deprisa: expuestos a una concentración constante, la señal decae de forma acusada en cuestión de minutos y puede llegar a desaparecer. Por eso nadie huele su propia casa y una visita la huele nada más entrar, y por eso quien enciende un difusor deja de percibirlo al cuarto de hora y sube la dosis.

Eso significa que la eficacia percibida de cualquier enmascaramiento es engañosa en las dos direcciones. Un olor de fondo desagradable deja de notarse aunque siga ahí, y un aroma agradable deja de notarse aunque siga emitiéndose. La única forma de saber cómo huele una habitación es salir al exterior diez minutos y volver a entrar.

Lo que sí retiene el sustrato

La parte de la maceta que interviene en la química del aire no es la hoja, sino el tiesto. La materia orgánica del sustrato —turba, fibra de coco, mantillo— es un material poroso con mucha superficie interna, y sobre ella se adsorben compuestos orgánicos volátiles del ambiente, especialmente los poco polares. Además, la rizosfera aloja una comunidad bacteriana densa, alimentada por los exudados de la raíz, capaz de metabolizar muchos de esos compuestos como fuente de carbono: hay bacterias del suelo que degradan formaldehído, tolueno o benceno.

Los dos procesos son reales. El problema es de caudal. Para que el sustrato capte una molécula, el aire que la lleva tiene que atravesarlo, y en una maceta apoyada en una estantería el aire no atraviesa nada: pasa por encima. El contacto se limita a la superficie expuesta, unos pocos cientos de centímetros cuadrados, con un intercambio ínfimo frente a los metros cúbicos de aire de la habitación.

Esa es exactamente la razón por la que los desarrollos técnicos que aprovechan este principio —los biofiltros o muros vegetales activos que se instalan en algunos edificios— llevan un ventilador que fuerza el paso del aire a través del sustrato y de las raíces, con caudales medidos, y no se parecen en nada a una maceta en una repisa. El mecanismo es el mismo; lo que cambia es que uno mueve aire y el otro no.

Bromelia de interior en una habitación

Una planta aromática emite; no capta

La confusión más extendida está aquí. Una planta que huele bien no está limpiando el aire: está fabricando y liberando compuestos propios, que se suman a los que ya había. Los terpenos que percibimos en una labiada se sintetizan y se almacenan en tricomas glandulares de la superficie foliar, y salen al aire por difusión a través de la cutícula de esa glándula.

Tres factores gobiernan cuánto emite, y explican por qué a menudo no huele nada.

La temperatura. La volatilidad de un terpeno sube de forma acusada con el calor. Un romero a 30 °C en una terraza al sol perfuma a metros; el mismo romero a 18 °C en un interior no se nota si no se toca.

El daño mecánico. En las plantas cuyos aceites están en glándulas superficiales frágiles, la emisión pasiva es baja y el grueso del aroma se libera al romper las glándulas. Por eso una mata de Plectranthus junto a una puerta, donde la roza la gente al pasar, rinde más que la misma planta en un rincón intocado.

La luz y el crecimiento activo. La síntesis de estos compuestos consume carbono fijado en la fotosíntesis. Una aromática en un pasillo oscuro deja de producirlos en pocas semanas, además de ahilarse. Este es el motivo real por el que las aromáticas mediterráneas compradas para la cocina pierden el olor en un mes: no es que se "agoten", es que sin luz no fabrican.

Y hay una asimetría que conviene tener presente. Las flores muy perfumadas —jacintos, narcisos de ramillete, azucenas, gardenias— emiten a lo largo de todo el día y de toda la noche, y en un espacio pequeño y cerrado su concentración sube hasta resultar molesta o provocar cefalea en personas sensibles. Un aroma agradable en un vestíbulo puede ser insoportable en un dormitorio de ocho metros.

El reverso: la maceta como fuente de olor

Con bastante más frecuencia que como remedio, una planta de interior aparece como origen del mal olor de una habitación. El mecanismo es la anaerobiosis.

Cuando un sustrato permanece saturado de agua —plato siempre lleno, cachepot sin vaciar, riego sobre una mezcla compactada—, los poros que deberían contener aire se llenan de agua y el oxígeno se agota en pocas horas. La microbiota aerobia se apaga y la sustituyen bacterias anaerobias, cuyo metabolismo produce compuestos malolientes: sulfuro de hidrógeno, con su olor inconfundible a huevo podrido, y ácidos orgánicos de cadena corta, como el butírico, que huele a rancio. En paralelo las raíces, privadas de oxígeno, empiezan a morir y a descomponerse, lo que añade su propio olor. Un tiesto que huele mal está avisando de una podredumbre radicular en curso, y ese aviso llega bastante antes que los síntomas foliares.

El mismo exceso de humedad superficial sostiene a la mosca del sustrato, dípteros pequeños de la familia Sciaridae, cuyas hembras ponen en los dos centímetros superiores del sustrato húmedo y cuyas larvas se alimentan de materia orgánica en descomposición y de raicillas. Los adultos revolotean por la habitación y son la queja doméstica más común asociada a las plantas de interior.

Las medidas van todas en la misma dirección: vaciar el plato y el cachepot a los diez minutos de regar sin excepción; dejar secar los dos primeros centímetros entre riegos; añadir a la mezcla un 20 o 30 % de perlita o corteza para que el sustrato no se compacte; cubrir la superficie con un centímetro de arena gruesa o grava fina, que impide la puesta de las moscas; y colocar trampas cromáticas amarillas para capturar adultos y saber si la población baja. Si el olor persiste tras corregir el riego, hay que desmoldar el cepellón y comprobar las raíces: las sanas son claras y firmes; las perdidas, pardas, blandas y se desprenden al tirar de ellas.

Un detalle que suele alarmar sin motivo: la pelusa blanca que a veces aparece sobre el sustrato es micelio de hongos saprófitos que descomponen materia orgánica. No ataca a la planta y desaparece al airear y espaciar el riego; es, eso sí, otro indicador de que la superficie está demasiado tiempo mojada.

Cuando el olor importa de verdad

Merece un aviso el caso contrario, el del olor que no hay que tapar. El olor a humedad persistente de una habitación suele indicar moho en un muro o en un armario, y el moho sí es un problema respiratorio con evidencia sólida. El olor a gas de una cocina exige cerrar la llave y avisar a un técnico. Y la combustión incompleta de un calentador no huele: por eso el monóxido de carbono mata, y por eso un detector homologado es la única defensa. Ninguna de esas tres situaciones se resuelve con un aroma encima, y en las tres el aroma retrasa la reacción.

Para el resto —cocina, tabaco, basura, mascotas—, lo que funciona es retirar la fuente y ventilar; el detalle de esas medidas está en el artículo enlazado al principio. Las plantas entran después, y entran a aportar olor agradable, que es un objetivo perfectamente legítimo mientras se llame por su nombre.

Plantas de interior en una estancia ventilada

En resumen

Solo hay tres maneras de que un olor deje de percibirse: taparlo con otro, fijar la molécula sobre una superficie o romperla. Una planta aromática hace lo primero, y no elimina nada: emite terpenos propios, con una intensidad que depende de la temperatura, del roce y de la luz que recibe, razón por la cual las aromáticas de interior dejan de oler al mes. El sustrato y su microbiota sí adsorben y degradan compuestos volátiles, pero solo el aire que atraviesa el tiesto queda tratado, y en una maceta quieta ese caudal es despreciable; los biofiltros vegetales que aprovechan el principio llevan ventilador. Conviene contar además con que el olfato se adapta en minutos y deja de informar. Y el papel más frecuente de una maceta en el olor de una casa es el contrario: un sustrato encharcado se vuelve anaerobio y produce sulfuro de hidrógeno y ácidos orgánicos, además de criar mosca del sustrato, así que un tiesto que huele mal está anunciando una podredumbre de raíz.


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