La flor de la dulcamara delata su parentesco antes que cualquier otro rasgo: cinco lóbulos violeta doblados hacia atrás y un cono de anteras amarillas apuntando al frente, el mismo esquema exacto que la flor de la patata y la del tomate. Solanum dulcamara L. es una solanácea, y de ahí viene todo lo demás, incluido lo que hay que decir en el primer párrafo: la planta entera es tóxica, hojas, tallos y frutos, por su contenido en glicoalcaloides. Las bayas maduras son de un rojo encendido, cuelgan a la altura de la mano de un niño y tienen exactamente el aspecto de algo que se come.
Ante una ingestión, aunque sea de un par de bayas y aunque el niño esté aparentemente bien, hay que llamar al Instituto Nacional de Toxicología: 91 562 04 20, servicio permanente. Si hay somnolencia, vómitos repetidos, pupilas dilatadas o confusión, se acude a urgencias. Conviene llevar una muestra de la planta o una fotografía, porque identificarla acorta mucho la consulta.
Qué contiene y qué provoca
Los principios activos de la dulcamara son glicoalcaloides esteroídicos: solanina, solasodina, soladulcidina, beta-solamarina y la dulcamarina que le da nombre. Su reparto no es uniforme. La concentración es máxima en el fruto verde y en la planta joven, baja algo con la maduración de la baya sin llegar a desaparecer, y varía además entre poblaciones y a lo largo de la estación. Esa variabilidad es justamente lo que hace imposible manejarla con criterio doméstico: dos frutos del mismo aspecto pueden no tener la misma carga.
El envenenamiento sigue un patrón doble. La parte digestiva aparece primero, entre media hora y unas pocas horas: ardor en la boca y la garganta, náuseas, vómitos, dolor abdominal y diarrea, con el riesgo de deshidratación que eso implica en un niño pequeño. La parte neurológica viene después y es la que preocupa: cefalea, mareo, midriasis, visión borrosa, somnolencia, marcha inestable y, en las intoxicaciones importantes, descenso de la temperatura corporal, debilidad muscular marcada, alteraciones del ritmo cardíaco y depresión respiratoria. El ganado que la ramonea en las orillas sufre cuadros equivalentes.
El nombre castellano viene de un ensayo que no debe repetirse: al morder el tallo se percibe primero amargor y luego un regusto dulce. Es una anécdota etimológica, no una invitación. Probar plantas silvestres para identificarlas es una mala costumbre en general y en las solanáceas es directamente peligrosa.
Cómo se reconoce
Es una mata sarmentosa y trepadora, leñosa en la base y herbácea en los extremos, que no se enrosca como una liana verdadera sino que se apoya y se encarama sobre setos, zarzas y cañaverales hasta los dos o tres metros. Los tallos viejos toman corteza pardusca y la planta persiste de un año para otro.
Las hojas son alternas, de contorno acorazonado u ovado-lanceolado, y muchas llevan en la base uno o dos lóbulos independientes, como orejas, que dan a la hoja aire de flecha. Las flores se agrupan en cimas laterales y colgantes: corola de un violeta intenso, más raramente blanca, con los lóbulos vueltos hacia atrás y dos manchas verdes brillantes en la base de cada uno, y en el centro el cono de anteras amarillo vivo. Florece de mayo a septiembre y suele tener flor y fruto a la vez.
La baya es ovoide, de un centímetro escaso, y recorre un gradiente muy visible dentro del mismo racimo: verde, amarilla, anaranjada y finalmente roja brillante, casi barnizada. Permanece en la planta hasta bien entrado el invierno, cuando ya no quedan hojas y el rojo destaca todavía más sobre el seto pelado.
Con qué se confunde
Dentro de las solanáceas, la dulcamara se separa bien de Solanum nigrum, la hierba mora, que es una hierba anual erecta, sin tallos leñosos ni porte trepador, de flor blanca con el mismo cono amarillo y fruto negro al madurar. Y se separa de Atropa belladonna, la belladona, mucho más peligrosa, que es una planta robusta y erecta de sotobosque calizo y montano, con flores acampanadas de color pardo violáceo colgando de una en una y una baya negra grande y solitaria asentada sobre un cáliz verde muy abierto.
Fuera de la familia, en el mismo ambiente de seto húmedo y ribera hay otras bayas rojas que conviene tener en la cabeza porque también son tóxicas: la nueza negra, Dioscorea communis, de hoja acorazonada brillante y racimos de bayas rojas traslúcidas, y la nueza blanca, Bryonia dioica, trepadora con zarcillos en espiral. Ninguna de las tres se come. La confusión que sí tiene consecuencias agradables es la contraria: quien busque bayas rojas comestibles en un seto español está pensando en el escaramujo o en el majuelo, que no se parecen en nada a esto.
Dónde vive
La dulcamara es planta de humedad permanente. Vive en sotos y riberas, saucedas, alisedas, orlas de choperas, acequias, juncales, carrizales, bordes de laguna y setos frescos, siempre con el suelo húmedo o encharcable y con preferencia por los sustratos ricos en materia orgánica. Aguanta la sombra parcial mejor que casi ninguna trepadora de su tamaño y soporta inundaciones temporales, enraizando en los nudos que quedan tumbados.
En la Península es común en la mitad norte y en toda la red fluvial, y se enrarece hacia el sureste árido, donde queda confinada a los cursos de agua permanentes y a los regadíos. Fuera de Europa se ha naturalizado ampliamente en Norteamérica, donde se comporta como invasora en humedales y donde su presencia en jardines con niños ha sido motivo de campañas municipales de retirada. En Canarias y en el litoral cálido aparece de forma ocasional.
De la farmacopea al abandono
Vale la pena contar el recorrido histórico, porque explica por qué esta planta aparece en cualquier repertorio de plantas medicinales. Lo que la tradición europea utilizó no fue la hoja ni el fruto, sino el tallo joven recogido en otoño o al final del invierno, cuando la planta estaba sin hojas: los stipites dulcamarae. Con ese material figuró en las farmacopeas europeas —la española entre ellas— desde el siglo XVIII y buena parte del XIX, con fama de depurativo y de remedio para los eccemas crónicos, la psoriasis, el reumatismo y los catarros bronquiales persistentes. La homeopatía la conserva como materia prima diluida, que es otro asunto.
Lo que dice la evidencia actual es que ese uso no está sostenido. No hay ensayos clínicos aleatorizados que respalden ninguna de aquellas indicaciones; lo que existe son trabajos in vitro sobre la actividad de sus glicoalcaloides y algún estudio antiguo de escasa calidad metodológica. Los preparados de dulcamara no cuentan con monografía de la Agencia Europea del Medicamento y no forman parte de los productos vegetales autorizados en España para uso interno. El balance entre un beneficio no demostrado y una toxicidad sí demostrada es el motivo de que la farmacopea la retirase, y por eso este artículo no describe ninguna forma de preparación ni ninguna cantidad.
Un apunte que se olvida al hablar de aplicaciones externas: los glicoalcaloides irritan la piel y las mucosas, y el manejo repetido de la planta fresca puede provocar dermatitis de contacto. Conviene usar guantes para podarla o arrancarla y lavarse las manos después.
Precauciones que van más allá del fruto
Aunque no sea una planta que hoy nadie deba tomar, conviene dejar claro por qué. Los glicoalcaloides son sustancias con efectos sobre el sistema nervioso central y sobre las membranas celulares: sumados a sedantes, ansiolíticos, hipnóticos o alcohol potencian la somnolencia y la depresión respiratoria, y en un organismo con la función hepática o renal comprometida el margen se estrecha todavía más porque son esas vías las que los eliminan. Está formalmente descartada en el embarazo y la lactancia, por el paso de alcaloides al feto y a la leche, y en niños, que además son los que la encuentran.
Es un buen recordatorio de que crecer sola en una acequia no confiere inocuidad. Las plantas que fabrican principios activos los fabrican para defenderse, no para nosotros, y la palabra natural no describe ninguna propiedad farmacológica.
En el jardín
La dulcamara rara vez se planta: aparece. Llega con las aves, que dispersan la semilla intacta, y se instala en setos, en el pie de una tapia húmeda, en el borde de un estanque o entre los arbustos de un arriate con riego abundante. Se cultiva sin dificultad a media sombra, en suelo fresco o incluso encharcado, y enraíza con facilidad de esqueje semileñoso, lo que también explica que se propague sola.
En un jardín con niños pequeños o con perros, la recomendación es directa: retirarla. Hay que arrancar la base leñosa entera, porque un corte a ras rebrota con vigor desde el cepellón, y repasar la zona la temporada siguiente para eliminar las plántulas nacidas del banco de semillas. Como trepadora ornamental para setos húmedos existen alternativas sin ese problema, desde la madreselva Lonicera periclymenum hasta el lúpulo o la clemátide silvestre, aunque de esta última también convenga saber que irrita la piel.
En resumen
Solanum dulcamara es una solanácea sarmentosa de riberas, setos húmedos y bordes de agua, reconocible por la flor violeta con cono amarillo, la hoja con lóbulos basales en forma de orejas y las bayas que pasan de verdes a rojo brillante y se mantienen todo el invierno. Toda la planta contiene glicoalcaloides y es tóxica, con un cuadro digestivo seguido de otro neurológico, y sus frutos son un riesgo real para los niños. Tuvo un largo recorrido en la farmacopea europea como depurativo y remedio para las afecciones cutáneas crónicas, pero los ensayos clínicos no respaldan esos usos y hoy está fuera de los preparados autorizados. En caso de ingestión, Instituto Nacional de Toxicología, 91 562 04 20. Y para cualquier planta que se esté tomando o se piense tomar, la conversación pertinente es con el médico o el farmacéutico, contándoles qué es exactamente lo que se toma.