La palabra aspirina lleva escondido en su interior el nombre de una herbácea de prado encharcado del norte de Europa. No es una casualidad ni una leyenda de herbolario: es historia de la química documentada, y explica por qué la reina de los prados ocupa un lugar peculiar entre las plantas medicinales, a caballo entre el pasado científico y el presente, donde su respaldo experimental es mucho más escaso de lo que su prestigio sugiere.

Inflorescencia blanca y densa de la reina de los prados

De Spiraea ulmaria a la aspirina

Linneo describió la especie en 1753 con el nombre de Spiraea ulmaria. Más tarde el género se segregó y hoy se llama Filipendula ulmaria (L.) Maxim., de la familia Rosaceae. Ese nombre antiguo, sin embargo, dejó descendencia.

La secuencia fue esta. En 1828 el farmacéutico Johann Buchner aisló de la corteza de sauce un glucósido amargo al que llamó salicina, del latín salix. Siete años después, en 1835, el químico alemán Karl Jacob Löwig destiló flores de Spiraea ulmaria y obtuvo un ácido cristalino que bautizó Spirsäure, ácido espírico, por el género de la planta. En 1838 Raffaele Piria transformó la salicina en el ácido correspondiente y lo denominó ácido salicílico. Poco después quedó establecido que el ácido espírico de la reina de los prados y el ácido salicílico del sauce eran la misma sustancia.

El ácido salicílico funcionaba contra la fiebre y el dolor, pero era duro con el estómago y de sabor infame. En 1853 Charles Frédéric Gerhardt preparó por primera vez su derivado acetilado, sin explotarlo. La versión industrialmente utilizable llegó en 1897 en los laboratorios de Bayer, en un trabajo atribuido durante décadas en exclusiva a Felix Hoffmann y en el que la historiografía posterior ha reivindicado el papel de Arthur Eichengrün. En 1899 la empresa registró el producto con el nombre de Aspirin, formado por la a de acetilo, spir de Spiraea y la terminación -in, habitual entonces en la nomenclatura de los medicamentos.

Es decir, el fármaco más difundido del siglo XX conserva en su nombre el género en el que ya no se clasifica esta planta. Una fosilización lingüística que resume bien la relación entre la botánica y la farmacia.

Qué contiene realmente

Conviene deshacer un equívoco frecuente: la reina de los prados no contiene aspirina, ni tampoco ácido salicílico libre en cantidad apreciable. Lo que contiene son heterósidos salicílicos, principalmente monotropitina —un primeverósido del salicilato de metilo— y pequeñas cantidades de espireína, precursor del salicilaldehído. Al triturar o destilar la planta, la hidrólisis enzimática libera salicilaldehído y salicilato de metilo, responsables del aroma dulzón, entre almendra amarga y gaulteria, que desprenden las flores secas.

Junto a ellos hay flavonoides en cantidad notable —espireósido, que es el 4'-glucósido de quercetina y toma su nombre de la planta, más hiperósido y rutina—, elagitaninos como la rugosina D, mucílagos y trazas de aceite esencial. La proporción de derivados salicílicos es baja, muy inferior a la de cualquier comprimido, lo cual tiene dos lecturas: no cabe esperar de la planta el efecto de un antiinflamatorio, y al mismo tiempo las precauciones propias de los salicilatos siguen siendo pertinentes, porque la presencia no es nula.

Tradición y evidencia: dos columnas distintas

La tradición europea es amplia y antigua. Los pueblos celtas la contaban entre sus plantas rituales; en las islas británicas se llamó meadowsweet por su empleo para aromatizar la hidromiel; en la Europa moderna se recomendó contra la fiebre, los dolores reumáticos, la retención de líquidos, la acidez de estómago y los catarros. La medicina popular española la ha usado en el tercio norte con fines parecidos, sobre todo antirreumáticos y diuréticos.

La evidencia clínica no acompaña a esa trayectoria. El Comité de Medicamentos a Base de Plantas de la Agencia Europea del Medicamento incluye la sumidad florida de Filipendula ulmaria en su categoría de uso tradicional, que es la que se otorga cuando una planta acredita décadas de empleo y un perfil de seguridad aceptable pero carece de ensayos clínicos concluyentes. Las indicaciones así reconocidas se formulan de manera deliberadamente modesta: alivio de los síntomas del resfriado común y coadyuvante en molestias articulares leves. No hay ensayos aleatorizados de tamaño relevante, ni metaanálisis, ni comparaciones frente a antiinflamatorios convencionales. Los estudios disponibles son experimentales, casi siempre in vitro o en animales, y sobre extractos que no equivalen a lo que se prepara en casa.

Dicho de otro modo: el interés de la reina de los prados es histórico y botánico de primer orden; su respaldo terapéutico actual, discreto.

Precauciones que se derivan de los salicilatos

Que la cantidad sea pequeña no la vuelve irrelevante, y las advertencias que siguen no son teóricas, sino consecuencia directa de la química de la planta.

Alergia o intolerancia a los salicilatos. Quien haya presentado reacciones al ácido acetilsalicílico o a los antiinflamatorios no esteroideos debe abstenerse. Es especialmente relevante en el asma agravado por antiinflamatorios, la llamada enfermedad respiratoria exacerbada por AINE, en la que un salicilato puede desencadenar broncoespasmo.

Síndrome de Reye. Los salicilatos administrados a niños y adolescentes durante procesos víricos —gripe, varicela— se asocian a esta encefalopatía con degeneración grasa del hígado, infrecuente pero de mortalidad elevada. Por ese motivo el ácido acetilsalicílico se retiró del uso pediátrico habitual, y por el mismo motivo las plantas con derivados salicílicos, la reina de los prados entre ellas, no deben darse a menores en el contexto de una infección vírica. La precaución se extiende por prudencia a la edad pediátrica en general.

Tratamiento anticoagulante o antiagregante. Los salicilatos interfieren con la agregación plaquetaria y, en el caso de los anticoagulantes cumarínicos como el acenocumarol o la warfarina, existe además desplazamiento de la unión a proteínas plasmáticas. Quien tome estos fármacos, o los anticoagulantes orales de acción directa, o antiagregantes como el clopidogrel, debe evitar la planta por el riesgo de sangrado. La misma cautela vale ante una intervención quirúrgica próxima.

Úlcera péptica y gastritis. Resulta paradójico dado que la tradición la recomendaba para la acidez, pero los salicilatos son agresivos para la mucosa gástrica y en enfermedad ulcerosa activa lo sensato es abstenerse.

Embarazo y lactancia. No se dispone de datos de seguridad suficientes, y los salicilatos en el tercer trimestre plantean problemas conocidos. Queda desaconsejada en ambas situaciones.

Insuficiencia renal. Los salicilatos se eliminan por vía renal y su uso reiterado no es indiferente para un riñón comprometido.

Añádase que el elevado contenido en taninos puede reducir la absorción intestinal de hierro y de fármacos de carácter alcaloideo si coinciden en el tiempo, y que sumar la planta a un antiinflamatorio es acumular efecto sobre el mismo blanco, no sustituir uno por otro.

La conclusión no es alarmista, sino de método: una planta cuyo interés farmacológico procede de contener el precursor de un medicamento hereda también, en su medida, las advertencias de ese medicamento. Lo vegetal y lo inocuo son categorías independientes.

Variedad de flor doble de Filipendula ulmaria

Cómo reconocerla

Filipendula ulmaria es una herbácea vivaz de rizoma leñoso que levanta tallos erectos, angulosos y a menudo teñidos de rojizo, de sesenta centímetros a dos metros según la humedad del suelo.

Las hojas son compuestas e imparipinnadas, con una particularidad diagnóstica: los folíolos grandes alternan con pares de folíolos diminutos, de manera que la hoja parece interrumpida. El folíolo terminal es mayor que los demás y aparece dividido en tres o cinco lóbulos. Todos tienen el margen doblemente aserrado, el haz verde oscuro y el envés cubierto de un tomento blanquecino que se aprecia cuando el viento vuelve la hoja. El epíteto ulmaria alude al parecido de esos folíolos con la hoja del olmo.

Las flores son pequeñas, de cinco pétalos blanco crema y numerosos estambres sobresalientes, y se reúnen en densos corimbos irregulares y ramificados en el extremo de los tallos, con aspecto de nube espumosa. El aroma es intenso, dulce y meloso, y en la flor recién abierta resulta distinto del que desprenden las hojas al estrujarlas. Florece de junio a agosto.

El fruto se compone de varios aquenios retorcidos en espiral, carácter que está en el origen del nombre Spiraea y que permite identificarla en otoño cuando ya no quedan flores. En cuanto al género actual, Filipendula procede de filum y pendulus y describe los tubérculos colgados de raicillas filiformes de su congénere Filipendula vulgaris, la filipéndula de prados secos, con la que no debe confundirse: esta última tiene hojas de folíolos mucho más numerosos y finamente divididos y vive en terrenos secos y calizos.

Dónde vive

Es una planta de distribución eurosiberiana ligada al agua permanente. Ocupa prados húmedos y juncales, orillas de arroyos y regatos, cunetas encharcadas, turberas de transición, claros de alisedas y bosques de ribera, siempre sobre suelos frescos, profundos y ricos en bases.

En España se concentra en el tercio norte: cornisa cantábrica, Galicia, Pirineos, Sistema Ibérico septentrional y montañas del noreste, con poblaciones dispersas que descienden por el Sistema Central. Hacia el sur y el interior seco es rara y queda confinada a fondos de valle y manantiales de montaña. Su presencia indica humedad edáfica constante, y por eso los botánicos la usan como especie indicadora en la caracterización de prados de siega y megaforbios.

Cultivo en el jardín

Ubicación. Sol pleno en climas frescos y lluviosos del norte; sombra parcial obligatoria en el centro y el sur peninsular, donde el sol de julio la quema si el suelo no está permanentemente húmedo. Es planta clásica del jardín de ribera, del borde de estanque y del arriate de plantas de humedal.

Suelo. Fresco a francamente húmedo, profundo, con abundante materia orgánica, de reacción neutra a alcalina. Tolera el suelo pesado y arcilloso, cosa que pocas vivaces admiten, y agradece un acolchado que mantenga la raíz fría.

Riego. Sin restricciones. No conviene dejar que el sustrato se seque en ningún momento del verano; la respuesta a la sequía es el agostamiento rápido de las hojas y la pérdida de la floración del año siguiente.

Rusticidad. Muy alta. Resiste sin daño los inviernos continentales españoles; la parte aérea se seca y rebrota del rizoma en primavera.

Multiplicación. Por división de mata en otoño o a la salida del invierno, que es el método rápido y seguro, y por semilla, que requiere estratificación en frío para germinar y da plantas de floración lenta. Las variedades de jardín se mantienen solo por división.

Cultivares. 'Plena' tiene las flores dobles y estériles, más duraderas y llamativas; 'Aurea' presenta follaje amarillo dorado y exige sombra, porque a pleno sol se abrasa; 'Variegata' lleva el haz manchado de amarillo. Todas comparten las exigencias hídricas de la especie.

Cuidados. Poco más que cortar los tallos secos al final de la temporada y dividir la mata cada tres o cuatro años cuando se despuebla el centro. En primavera húmeda puede aparecer oídio o roya si la ventilación es mala. Las flores atraen sírfidos, abejas y coleópteros florícolas.

Recolección

Se recoge la sumidad florida —los extremos de los tallos con las flores recién abiertas— en pleno verano, y en ocasiones también la hoja. El momento óptimo es el inicio de la floración, con la mayor parte de las flores todavía en botón o apenas abiertas.

El secado debe ser rápido, a la sombra y en corriente de aire, sin calor artificial elevado, porque los componentes aromáticos derivados del salicilato son volátiles y se pierden con facilidad. La droga bien seca conserva el color crema y el olor dulce característico; un material pardo, apelmazado o inodoro ha perdido lo que la hacía interesante. Se conserva en tarro cerrado, al abrigo de la luz.

En resumen

La reina de los prados o ulmaria, Filipendula ulmaria, es una rosácea vivaz de prados húmedos del norte de España y de Eurasia, reconocible por sus hojas interrumpidamente pinnadas de envés blanco, sus corimbos de flores crema muy aromáticas y sus aquenios en espiral. De sus flores obtuvo Löwig en 1835 el ácido espírico, luego identificado como ácido salicílico, y del antiguo nombre del género, Spiraea, tomó Bayer la sílaba central del nombre Aspirin. Contiene heterósidos salicílicos en proporción baja, flavonoides y taninos; la Agencia Europea del Medicamento la reconoce solo en la categoría de uso tradicional, sin ensayos clínicos concluyentes. De su química se derivan advertencias serias: alergia a salicilatos, asma agravado por antiinflamatorios, tratamiento anticoagulante o antiagregante, úlcera péptica, embarazo, lactancia e infecciones víricas en menores por el riesgo de síndrome de Reye. En jardinería pide suelo húmedo permanente, sombra parcial en climas cálidos y se multiplica sin dificultad por división.

Ninguna de sus virtudes tradicionales justifica retrasar una consulta ni tocar por cuenta propia una medicación prescrita. Si se va a incorporar a los hábitos de la casa, lo prudente es comentarlo con el médico o con el farmacéutico: saber qué toma una persona es la condición previa para detectar una interacción antes de que dé la cara.


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