El fruto que da nombre a esta planta mide unos cinco centímetros y va armado con brazos leñosos rematados en anzuelos curvos. Se engancha en la pezuña de un antílope o en la lana de una oveja, viaja pegado al animal y no se suelta hasta que el propio animal, cojeando, lo pisa y lo destroza. De ahí salen los nombres populares: garra del diablo, garfio del diablo, uña del diablo.

La planta es Harpagophytum procumbens, de la familia de las pedaliáceas —la misma del sésamo—, y crece de forma espontánea en las arenas del Kalahari, repartida entre Namibia, Botsuana y el norte de Sudáfrica. En España se conoce sobre todo por la sección de fitoterapia del herbolario, donde se vende como planta para el dolor articular. Merece la pena separar bien las tres cosas que suelen ir mezcladas: qué planta es, si se puede cultivar aquí, y qué respalda realmente su fama.

Planta de harpagófito (Harpagophytum procumbens) con sus tallos rastreros

Cómo es la planta por encima y por debajo del suelo

Lo que se ve en superficie decepciona un poco: una mata rastrera, sin tronco, con varios tallos anuales que salen de un mismo punto y se extienden por la arena hasta un metro o metro y medio, tumbados. Las hojas son opuestas, grisáceas, con el limbo profundamente dividido en lóbulos irregulares y cubiertas de pelillos y de unas glándulas mucilaginosas que le dan tacto ligeramente pegajoso. Las flores nacen solitarias en la axila de las hojas: tubulares, acampanadas, de unos 5 o 6 cm, en tonos rosa purpúreo con la garganta más clara y moteada de amarillo. Son bastante vistosas y duran poco.

Lo interesante está debajo. La planta tiene una raíz principal engrosada y vertical que puede bajar más de un metro, y de ella salen lateralmente unos tubérculos secundarios, ovalados o fusiformes, de entre 5 y 25 cm, que funcionan como depósitos de agua y de reservas. Esa distinción no es un detalle botánico ocioso: los tubérculos secundarios son la parte que se recolecta y se comercializa, y la raíz principal es la que debe quedarse en el suelo para que la planta rebrote. Cuando se arranca la raíz madre, la planta muere y esa mata no vuelve.

El ciclo va marcado por la lluvia. Con las primeras tormentas del verano austral, entre noviembre y marzo, la planta emite tallos, florece y fructifica; llegada la sequía, la parte aérea se seca por completo y solo quedan las raíces esperando bajo tierra. Puede pasar meses sin nada visible en superficie, lo que complica hasta localizarla para recolectarla.

Suelo, clima y por qué no es una planta de jardín

Su hábitat natural son arenas rojas profundas del Kalahari, suelos casi puros de arena con muy poca materia orgánica, pH neutro o algo alcalino, precipitaciones de unos 150 a 500 mm concentradas en pocos meses y temperaturas que en verano superan con holgura los 35 °C. En invierno el ambiente es seco y fresco, con heladas ocasionales por la noche, pero la planta ya está en reposo bajo tierra cuando llegan.

Trasladar eso a la Península es posible en maceta y como ejercicio de coleccionista, no como cultivo productivo. Estas son las condiciones que hay que reproducir:

Sustrato. Arenoso hasta parecer exagerado: dos partes de arena silícea gruesa o de río, lavada, por una de sustrato mineral tipo pómez o akadama, y una fracción pequeña de tierra. Nada de turba retentiva ni de compost fresco. El agua tiene que atravesarlo y salir por el agujero casi de inmediato.

Maceta. Profunda, mucho más alta que ancha, de 30 cm como mínimo y mejor de 40. La raíz pivotante crece hacia abajo desde el primer mes; si topa con el fondo de una maceta de 15 cm se deforma, se estanca y no engorda. El barro sin esmaltar seca antes que el plástico y aquí eso juega a favor.

Sol y calor. Pleno sol, sin sombra parcial. En Andalucía, Murcia o el valle del Ebro puede estar fuera de mayo a octubre; en la cornisa cantábrica, con veranos húmedos, la planta se pudre aunque no se riegue, porque la humedad ambiental basta.

Riego. Solo durante el crecimiento, de mayo a septiembre, y esperando siempre a que el sustrato esté seco del todo. En cuanto los tallos empiezan a amarillear en otoño se corta el riego por completo. Un riego de mantenimiento en enero, con la planta dormida, pudre el tubérculo en cuestión de días y no hay marcha atrás: la planta no rebrota en primavera y solo entonces se descubre lo que ha pasado.

Invierno. Bajo cubierta, seca y con un mínimo de unos 10-12 °C. No tolera heladas en maceta, donde el cepellón se congela entero.

Abonado. Casi nada. Un abono mineral muy diluido, bajo en nitrógeno, una o dos veces en verano. Con nitrógeno abundante hace tallo y hoja blandos y los tubérculos no engordan.

Multiplicación: semilla lenta y difícil

La semilla va dentro de la cápsula leñosa y está protegida por una cubierta dura y por inhibidores de germinación que en la naturaleza se lavan con la lluvia. Sin tratamiento previo, un lote de semillas puede quedarse en cero. Lo que funciona es escarificar suavemente la cubierta con una lima o papel de lija y después mantenerlas en remojo con cambios de agua durante 24 horas para arrastrar los inhibidores. Después, siembra superficial en arena, calor de 25-30 °C —una manta térmica de semillero es casi imprescindible en España— y humedad escasa pero constante.

Aun haciéndolo bien, la germinación es irregular y escalonada: pueden salir unas pocas en dos semanas y el resto en dos meses, o no salir. La planta necesita además tres o cuatro años para formar tubérculos de tamaño aprovechable. Esa lentitud explica por qué los intentos de cultivo comercial en Namibia y Sudáfrica han tenido un recorrido tan limitado y por qué prácticamente todo el harpagófito del mercado mundial sigue procediendo de recolección silvestre.

La parte que se usa y lo que contiene

La droga oficinal es la raíz de harpagófito (Harpagophyti radix), es decir, los tubérculos secundarios cortados en rodajas y secados. Ni la hoja, ni la flor, ni el fruto espinoso, que no tienen uso.

Sus compuestos característicos son glucósidos iridoides: el harpagósido —que se usa como marcador para estandarizar los extractos—, el harpágido y el procúmbido. Junto a ellos hay fenilpropanoides como el verbascósido (acteósido) y el isoacteósido, flavonoides, azúcares y una fracción amarga responsable de su sabor. Un extracto de calidad indica en la etiqueta el contenido de harpagósido; si no lo indica, no hay forma de saber qué se está comprando.

Flor tubular de color rosa purpúreo del harpagófito

Qué dice la tradición y qué dicen los ensayos

Conviene tener claro cuál de las dos cosas se está leyendo, porque no coinciden del todo.

La tradición. Los pueblos san y khoi del sur de África utilizaban las raíces como tónico amargo digestivo, para la falta de apetito, para las molestias del parto y también en aplicaciones sobre la piel. El uso europeo es reciente: llegó a Alemania hacia 1900 y se popularizó a partir de los años cincuenta ya reorientado a los dolores articulares, que no era su indicación de origen.

La evidencia. Aquí hay que ser preciso y distinguir por indicación.

Donde el respaldo es más consistente es en el dolor lumbar inespecífico agudo o subagudo. Varias revisiones sistemáticas de tratamientos herbales para la lumbalgia han encontrado evidencia de calidad moderada de que extractos estandarizados de harpagófito reducen el dolor a corto plazo frente a placebo, con una mejoría modesta y en tratamientos de pocas semanas. No es un efecto espectacular ni sostenido en el tiempo, y los estudios a largo plazo escasean.

En artrosis de rodilla y cadera los resultados son más flojos y desiguales: hay ensayos con resultados favorables, otros sin diferencias claras frente a control, y en conjunto los metaanálisis los consideran insuficientes para una recomendación firme. Que ayude a algunas personas es plausible; que sustituya a un tratamiento pautado, no está demostrado.

La Agencia Europea del Medicamento reconoce el uso de la raíz de harpagófito para el alivio de dolores articulares leves y, en la categoría de uso tradicional, para dolores musculares y para trastornos digestivos leves con falta de apetito. Uso tradicional significa exactamente eso: admitido por su largo empleo y por un perfil de seguridad aceptable, no porque los ensayos clínicos lo hayan demostrado.

Y una advertencia sobre lo que cabe esperar. El harpagófito no es «el antiinflamatorio natural» equiparable a un antiinflamatorio de farmacia. El efecto medido en los ensayos es de otro orden de magnitud, tarda semanas en notarse y no actúa igual. Quien lo tome esperando el alivio de un ibuprofeno se va a llevar una decepción, y quien lo use para sustituir una medicación prescrita para una artritis inflamatoria se puede meter en un problema serio.

Precauciones, contraindicaciones e interacciones

No es una planta tóxica, pero tampoco inocua, y tiene contraindicaciones concretas que están documentadas:

Úlcera gástrica o duodenal. Los amargos del harpagófito estimulan la secreción gástrica, así que está desaconsejado con úlcera activa o gastritis.

Cálculos biliares y obstrucción de vías biliares. Tiene acción colagoga y puede desencadenar un cólico.

Embarazo y lactancia. No se recomienda. Se le han atribuido efectos sobre el útero en modelos animales y, sobre todo, no hay datos de seguridad suficientes.

Anticoagulantes orales. Existen notificaciones de alteración del control de la anticoagulación en personas tratadas con warfarina o acenocumarol. Quien esté anticoagulado no debería añadirlo sin decírselo a su médico.

Antidiabéticos. Puede sumarse al efecto hipoglucemiante y conviene vigilar las glucemias.

Medicación cardiaca. Se han descrito efectos sobre la conducción y el ritmo cardiaco en estudios experimentales, por lo que se aconseja prudencia en personas con arritmias o en tratamiento con digoxina y antiarrítmicos.

Otros fármacos. Hay datos in vitro de inhibición de enzimas del citocromo P450, lo que abre la puerta a interacciones con medicamentos de margen estrecho. Es un motivo más para consultar antes de combinarlo.

Los efectos adversos más frecuentes son digestivos y leves: diarrea, molestias de estómago, náuseas. También se han descrito reacciones alérgicas ocasionales.

Qué llega realmente al herbolario

Dos cuestiones prácticas que conviene mirar en la etiqueta antes de pagar.

La primera es de identidad botánica. Además de Harpagophytum procumbens existe una especie muy próxima, Harpagophytum zeyheri, cuyos tubérculos se recolectan y se mezclan con los de la primera en parte del comercio. Sus raíces son casi indistinguibles a simple vista una vez cortadas y secas, pero el contenido en harpagósido de H. zeyheri suele ser bastante menor. Traducido a la práctica: la garantía no está en la palabra «harpagófito» de la etiqueta, sino en la especie declarada y en el contenido de harpagósido especificado por dosis.

La segunda es de sostenibilidad. Como casi toda la producción sale de poblaciones silvestres del Kalahari y la parte aprovechada está bajo tierra, la recolección mal hecha —arrancando la raíz principal en lugar de tomar solo los tubérculos laterales y volver a tapar el hoyo— agota las poblaciones locales. Namibia, Botsuana y Sudáfrica regulan la recolección mediante permisos y existen programas de recolección sostenible y de comercio justo con comunidades locales. Buscar en el envase alguna referencia a recolección controlada o certificada no es marketing: es lo que decide si dentro de veinte años seguirá habiendo planta.

En resumen

Harpagophytum procumbens es una pedaliácea rastrera del Kalahari cuya parte útil son los tubérculos secundarios, no la raíz madre ni el llamativo fruto ganchudo que le da nombre. Cultivarla en España es posible solo en maceta profunda, sustrato arenosísimo, pleno sol, sequía absoluta en invierno y protección frente a heladas, y aun así hacen falta tres o cuatro años para obtener tubérculos; por eso el mercado sigue viviendo de la recolección silvestre.

En lo medicinal, la tradición africana la usaba como amargo digestivo y el uso articular es un añadido europeo del siglo XX. La evidencia disponible es de calidad moderada para el alivio a corto plazo del dolor lumbar inespecífico con extractos estandarizados, e insuficiente y contradictoria en artrosis. No equivale a un antiinflamatorio de farmacia ni sustituye ningún tratamiento pautado. Está desaconsejada con úlcera, litiasis biliar, embarazo y lactancia, y puede interferir con anticoagulantes, antidiabéticos y medicación cardiaca.

Si estás valorando tomarlo, y sobre todo si ya tomas otros medicamentos, la conversación es con tu médico o con tu farmacéutico antes de empezar, no con el dependiente del herbolario ni con la maceta del balcón.


Contenidos relacionados