Parte un tallo de lechetrezna y verás salir un látex blanco y espeso que gotea en segundos. Ese líquido explica casi todo lo que hay que saber de la planta: por qué la industria farmacéutica se interesó por ella, por qué acaba en urgencias de oftalmología cada verano y por qué conviene arrancarla con guantes.
Euphorbia peplus es una euforbiácea anual, diminuta y banal, de las que salen solas en macetas, alcorques, huertos y viveros de toda España. En castellano se la llama lechetrezna menor o esula redonda, y en inglés petty spurge. Nadie la cultiva a propósito; el interés que tiene es doble, como mala hierba con un ciclo endiablado y como materia prima de un fármaco que llegó al mercado y tuvo que salir de él.
Qué aspecto tiene
Planta anual, lampiña, de 10 a 30 cm, con tallos tiernos y algo carnosos que se ramifican desde la base y toman un porte ascendente. Todo el conjunto tiene un verde claro, casi tierno, sin espinas ni pelos.
Las hojas son alternas, obovadas o de contorno de cucharilla, de 5 a 30 mm, con el margen entero —sin dientes— y un peciolo claro. Al llegar arriba, la planta emite una inflorescencia ramificada en tres brazos, sostenida por brácteas foliáceas parecidas a las hojas.
Lo que hace de esta especie algo reconocible con lupa son los ciatios: esas estructuras de un milímetro que hacen las veces de flor en el género. Cada uno lleva cuatro glándulas con dos cuernecillos largos y finos, blanquecinos, que salen hacia fuera como antenas. El fruto es una cápsula de unos 2 mm con tres lóbulos, y cada lóbulo tiene en el dorso dos quillas aladas estrechas. Ese detalle de las quillas separa a Euphorbia peplus de sus parientes con seguridad.
Con qué se confunde en el arriate
Hay tres plantas que comparten con ella hábitat, tamaño y aire general.
Euphorbia helioscopia, la lechetrezna de sol, es bastante mayor, con hojas obovadas de margen finamente dentado en el tercio superior y una inflorescencia amarillo verdosa mucho más vistosa y aplanada, de cinco radios. Sus glándulas son ovales y no tienen cuernos.
Mercurialis annua, la mercurial, es la trampa buena: hojas opuestas, tamaño parecido, misma cuneta y mismo alcorque. Se resuelve en un segundo partiendo un tallo, porque la mercurial no tiene látex. La lechetrezna sí, siempre, y a chorro.
Stellaria media, la pamplina, también convive con ella en macetas de invierno, pero tiene hojas opuestas, tallo con una línea de pelos y savia transparente.
La prueba del látex vale para el género entero y es la única que hay que memorizar: si al partirla brota leche blanca, se maneja con guantes, sea la especie que sea.
El látex: cáustico de verdad
La savia contiene ésteres diterpénicos de los tipos ingenano y tigliano, la misma familia química que hace irritantes al resto de las euforbias y a la Hippomane de los manglares americanos. Son sustancias muy activas en piel y mucosas, y algunas de ellas actúan además como promotores tumorales en modelos experimentales clásicos.
Sobre la piel provoca dermatitis irritativa, con enrojecimiento, escozor y, si el contacto es prolongado o hay sol de por medio, ampollas que recuerdan a una quemadura química. La reacción no aparece de inmediato: suele instalarse a las pocas horas, cuando ya nadie relaciona el picor con la mala hierba que arrancó por la mañana.
El daño serio es el ocular. Basta frotarse un ojo con el dedo manchado. La literatura oftalmológica recoge casos de queratoconjuntivitis química por savia de euforbia con dolor intenso, edema corneal, fotofobia y visión borrosa que puede durar varios días. Suele resolverse sin secuelas si se trata pronto, pero es una urgencia real, no una molestia. Ante salpicadura en el ojo: lavado abundante con agua o suero durante quince minutos y atención oftalmológica el mismo día.
Por vía oral es un purgante drástico: quema la mucosa de boca y esófago y produce vómitos y diarrea intensa. No hay ninguna razón sensata para ingerirla.
Niños, perros y gallinas
La planta crece a la altura de la mano de un niño de tres años, en el mismo alcorque donde juega. No es de las que provocan intoxicaciones graves —el sabor acre hace que se escupa enseguida—, pero el contacto con la savia en boca o en ojos sí manda a la consulta.
Con animales el patrón es parecido: los ésteres diterpénicos irritan la mucosa digestiva de perros, gatos, conejos y aves de corral, y el mal sabor limita la cantidad ingerida. Lo que no debe hacerse es echar las lechetreznas arrancadas al corral o a la jaula del conejo junto con el resto de las hierbas del huerto: en verde y mezcladas con forraje apetecible, sí se comen.
Fama medicinal: qué hay de cierto
Esta es la parte donde importa separar bien dos cosas.
La tradición. El uso popular del látex de lechetrezna sobre verrugas, callos y «manchas» de la piel está documentado en Europa y, muy especialmente, en Australia, donde aplicarse la savia sobre lesiones cutáneas solares era una costumbre rural extendida. La lógica es la de un cáustico: se destruye el tejido superficial.
La investigación. Esa costumbre australiana llevó a aislar el principio responsable, el mebutato de ingenol, y a desarrollarlo como medicamento en gel para la queratosis actínica, unas lesiones precancerosas producidas por el sol. Se aprobó en Europa en 2012 y llegó a las farmacias españolas con receta.
El desenlace. En enero de 2020 la Agencia Europea del Medicamento revisó los datos de seguridad y concluyó que en las zonas tratadas aparecían más tumores cutáneos —carcinomas escamosos, sobre todo— que con los tratamientos comparadores. El medicamento fue retirado del mercado europeo y también del estadounidense, donde la FDA emitió su propia alerta.
Es un caso poco habitual y muy instructivo: la planta sí contenía una molécula real, esa molécula sí llegó a fármaco aprobado, y aun así el balance entre beneficio y riesgo terminó siendo desfavorable en forma de gel estandarizado, con la dosis medida y bajo control dermatológico. Un látex fresco de concentración desconocida, aplicado en casa y sin supervisión, no es una versión más suave de aquello: es el mismo mecanismo sin ninguna de las garantías.
De ahí que la recomendación sea directa. No se aplica savia de Euphorbia peplus sobre la piel, y menos sobre un lunar, una mancha que ha cambiado o una lesión que no cura. Quemar químicamente una lesión pigmentada destruye precisamente el tejido que el dermatólogo necesita para diagnosticar, y retrasa semanas o meses el tratamiento de un melanoma que empieza. Ese retraso pesa mucho más que cualquier verruga.
Tampoco hay uso interno defendible, ni en embarazo ni fuera de él. Si hay una verruga, una queratosis o una mancha sospechosa, la resuelven el médico de familia o el dermatólogo con crioterapia, tópicos con evidencia o cirugía, y el farmacéutico puede orientar sobre lo que se vende sin receta. La maceta no pinta nada aquí.
Ciclo, agua y reproducción
Entender su biología es lo que permite quitarla de encima, así que vale la pena el detalle.
Germina sobre todo en otoño y a finales de invierno, cuando el suelo está fresco y húmedo. Su raíz es superficial y fibrosa, sin órgano de reserva: no rebrota si se arranca entera. A cambio va rapidísima. En condiciones favorables pasa de plántula a semilla madura en cinco o seis semanas, de modo que en un huerto regado encadena varias generaciones al año. En el litoral mediterráneo y en Canarias florece prácticamente sin interrupción; en el interior peninsular se frena con las heladas fuertes y con la sequía de julio y agosto.
Agua y sombra la favorecen. Prospera bajo los goteros, en el borde de las macetas regadas a diario, en invernaderos y en contenedores de vivero, y aguanta bien la sombra fresca de un seto o de una fachada norte. Un arriate con riego localizado diario y suelo desnudo es su escenario ideal.
Se multiplica solo por semilla, y con dos mecanismos combinados. La cápsula, al secarse, se abre de golpe y dispara las semillas a un metro o más de la planta madre; por eso aparecen anillos de plántulas alrededor de la que se dejó sin arrancar. Y cada semilla lleva una carúncula, un apéndice graso que atrae a las hormigas: se la llevan al hormiguero, se comen el apéndice y descartan la semilla intacta a metros de distancia. El resultado es una planta que coloniza un jardín entero en un par de temporadas y deja un banco de semillas que sigue germinando varios años.
Cómo quitarla del jardín
Nada de esto requiere química, pero sí requiere puntualidad.
Arrancar a mano y con guantes, antes de que forme cápsulas. La raíz sale entera con un tirón suave si el suelo está húmedo. Si se espera a ver las cápsulas hinchadas, cada planta manipulada dispara su carga de semillas en el momento de tocarla, y se está sembrando en vez de escardando.
Escardar en el momento equivocado multiplica el problema. Pasar la azadilla por un rodal ya fructificado remueve la tierra, entierra semillas y garantiza la nascencia del mes siguiente.
Acolchar. La semilla es minúscula y germina en el primer centímetro de suelo, necesitando luz. Cinco centímetros de mantillo, corteza o grava sobre suelo limpio cortan de raíz la mayor parte de las nascencias. Es la medida más rentable en arriates y en la base de los frutales.
Vigilar las macetas y el vivero. Los cepellones comprados vienen con frecuencia con lechetrezna incorporada, a veces ya con cápsulas. Revisar la superficie del cepellón antes de plantar evita introducirla en un jardín que estaba limpio.
No al compostero si tiene fruto. Un montón casero rara vez alcanza de forma homogénea la temperatura que mata las semillas. Las plantas en flor o con cápsulas van a la basura orgánica municipal o se secan al sol sobre una superficie dura antes de compostarlas.
Quemador térmico en caminos y juntas de pavimento: un golpe de calor de un segundo basta con plántulas de dos o tres hojas, sin necesidad de herbicida.
Un último apunte sobre estética: cuando aparece en una maceta de suculentas o de cactus, la lechetrezna se disimula bien entre las plantas y compite por el agua del riego escaso. Ahí conviene revisar la superficie del sustrato cada pocas semanas, porque una euforbia anual entre euforbias suculentas pasa desapercibida hasta que ha sembrado toda la colección.
En resumen
Euphorbia peplus es una anual pequeña de hojas obovadas y margen entero, ciatios con glándulas de dos cuernos largos y cápsulas de lóbulos con quillas aladas. Se reconoce con seguridad por el látex blanco, que la separa de la mercurial y de la pamplina.
Ese látex es cáustico: irrita la piel, provoca quemaduras químicas oculares que exigen lavado inmediato y atención el mismo día, y por vía oral actúa como purgante violento.
De ella salió el mebutato de ingenol, un fármaco aprobado para la queratosis actínica y retirado del mercado europeo en 2020 por asociarse a más tumores cutáneos en la zona tratada. La costumbre popular de aplicar la savia sobre verrugas y manchas no tiene respaldo clínico y sí un riesgo concreto: destruir el tejido que permitiría diagnosticar a tiempo una lesión maligna. Cualquier lesión de la piel es asunto del dermatólogo.
En el jardín se controla arrancándola con guantes antes de que fructifique, acolchando el suelo y revisando los cepellones nuevos. Su velocidad —cinco o seis semanas de semilla a semilla—, la dehiscencia explosiva de la cápsula y el transporte por hormigas explican por qué llegar tarde una sola vez cuesta varias temporadas de escarda.