Quien entra en un encinar mediterráneo en febrero a buscar espárragos trigueros sale con los antebrazos rayados, y buena parte de esos arañazos los ha puesto la zarzaparilla. Es una trepadora leñosa armada de aguijones que se enreda en las jaras, los lentiscos y las ramas bajas de la encina, y que ha cargado durante cinco siglos con una reputación medicinal que conviene revisar con calma.
Su nombre científico es Smilax aspera, de la familia de las esmilacáceas. En España se la llama también zarzaparrilla, sarsaparrilla, uva de perro o alegría de cazadores según la comarca, y crece de forma espontánea en casi toda la mitad sur y el litoral mediterráneo, desde el nivel del mar hasta unos 1.200 metros.
Cómo reconocerla en el campo
La hoja es la pista más segura. Es coriácea, de un verde oscuro brillante, con forma de corazón o de punta de flecha, con dos lóbulos marcados en la base y un borde armado de dientes espinosos que se notan al pasar el dedo. En el envés, siguiendo el nervio central, suelen aparecer más aguijones. La textura es dura, casi de plástico: no se marchita al arrancarla como se marchita una hoja tierna.
Los tallos son sarmentosos, angulosos, cubiertos de aguijones ganchudos, y llevan zarcillos que nacen en pares a los lados del pecíolo. Ese detalle —zarcillos saliendo de la base de la hoja, no del extremo de un brote— es diagnóstico y no lo comparte con ninguna otra trepadora espinosa del monte español.
Florece de agosto a noviembre, tarde para lo que se espera de una planta mediterránea, en racimos pequeños de flores blanco verdosas de olor dulzón que huelen mucho al atardecer. Es dioica: hay pies macho y pies hembra, y solo estos últimos dan fruto. Los frutos son bayas rojas del tamaño de un guisante, agrupadas en racimos, que maduran en pleno invierno y son un recurso importante para zorzales, currucas y mirlos cuando ya no queda casi nada más. Para el ser humano no son comestibles: tienen mal sabor y resultan irritantes.
Tres plantas con las que se confunde
La confusión con la zarzamora (Rubus ulmifolius) se deshace mirando la hoja: la zarza tiene hoja compuesta, de tres a cinco foliolos dentados, mate y con el envés blanquecino, y su fruto es la mora. La zarzaparilla tiene hoja simple y brillante, y baya roja. Comparten los aguijones y poco más.
Más delicado es distinguirla de la nueza negra (Dioscorea communis, la antigua Tamus communis), que trepa por los mismos setos y también hace bayas rojas. La nueza no tiene un solo aguijón: su tallo es liso y voluble, sus hojas son acorazonadas pero blandas, sin borde espinoso, y sus nervios se curvan siguiendo el contorno de la hoja. Importa acertar porque la baya y el tubérculo de la nueza negra son tóxicos —contienen rafidios de oxalato cálcico y saponinas— y provocan quemazón intensa en boca y garganta, vómitos y diarrea. Sus brotes tiernos se han comido tradicionalmente cocidos en varias comarcas, igual que los de la zarzaparilla, y ahí está el riesgo: el aficionado que aprende a recoger los unos acaba probando los otros sin saber que la planta cambia por completo de carácter cuando pasa de brote a fruto.
La tercera es la rubia silvestre (Rubia peregrina), otra trepadora áspera del mismo matorral. Se separa fácil: sus hojas salen en verticilos de cuatro a seis alrededor del tallo, no alternas, y el fruto maduro es negro.
Qué dice la tradición y qué dicen los ensayos
Aquí hay que separar dos cosas que suelen venderse juntas. La zarzaparilla europea entró en la farmacopea por arrastre de sus parientes americanas. En el siglo XVI llegaron a Sevilla cargamentos de raíz de Smilax del Nuevo Mundo —S. regelii, S. ornata, S. officinalis— vendidas como remedio contra la sífilis, y durante trescientos años la «raíz de zarzaparrilla» fue un producto caro y muy comerciado. Cuando el arsénico y después la penicilina resolvieron la sífilis de verdad, la reputación de la planta se recicló hacia otra categoría más difusa: depurativa, diurética y sudorífica. En esa etiqueta sigue.
El rizoma contiene saponinas esteroídicas (parillina, sarsasapogenina, esmilagenina), fitosteroles, taninos y algo de almidón. Las saponinas explican la ligera acción diurética que se le atribuye y también su uso industrial: fueron materia prima para semisíntesis de esteroides antes de que la Dioscorea mexicana la desplazara. También explican la espuma que hace el cocimiento, que es de donde viene su empleo en las bebidas de raíz.
Y ahora la parte incómoda. No hay ensayos clínicos que respalden el uso de la zarzaparilla para ninguna indicación concreta. No los hay para la psoriasis, ni para la artritis, ni para «limpiar la sangre», ni para adelgazar, ni para los problemas de próstata. Lo que existe son estudios de laboratorio sobre extractos y sobre compuestos aislados, algún trabajo antiguo mal controlado y mucha repetición de una cita a otra. Un extracto que hace algo interesante sobre células en una placa no es un medicamento, y el salto entre ambas cosas es precisamente lo que los ensayos clínicos sirven para comprobar.
Dicho de otro modo: la tradición es larga y respetable como documento histórico, pero no sustituye a la prueba. Si alguien le vende zarzaparilla presentándola como tratamiento para una enfermedad de la piel o de las articulaciones, le está vendiendo el siglo XVI.
Conviene añadir una precisión sobre el término «depurativo», que aparece en todas las etiquetas. No corresponde a ninguna función fisiológica identificable. Quienes filtran la sangre son el hígado y el riñón, y funcionan igual con zarzaparilla que sin ella. Una planta que aumenta un poco la diuresis hace que se orine algo más; eso no es depurar.
Precauciones reales
Las saponinas del rizoma son irritantes de la mucosa digestiva. En cantidades altas o con uso continuado pueden dar náuseas, molestias gástricas y diarrea. Y hay un problema documentado que se pasa por alto: las saponinas modifican la absorción intestinal de otras sustancias, de modo que pueden alterar los niveles de fármacos tomados a la vez, con la digoxina como caso citado con más frecuencia. También se ha señalado que puede acelerar la eliminación de otros medicamentos por vía renal, lo que reduciría su efecto.
Por eso no debe tomarse durante el embarazo ni la lactancia, ni por personas con insuficiencia renal, insuficiencia cardiaca o hipertensión en tratamiento, ni junto a diuréticos, digitálicos o litio. Quien toma anticoagulantes, antidiabéticos o cualquier medicación crónica debería consultarlo antes, no después. El polvo del rizoma seco puede provocar además irritación respiratoria y reacciones asmáticas en quien lo manipula.
Este artículo no incluye dosis ni formas de preparación a propósito. Si le interesa usarla, la conversación es con su médico o su farmacéutico, que saben qué más está tomando usted.
Los brotes tiernos: el uso que sí tiene sentido
El aprovechamiento tradicional más sólido de la zarzaparilla no es medicinal, es gastronómico. Los brotes jóvenes que emite en febrero y marzo, antes de endurecerse, se recogen igual que los espárragos trigueros y se preparan en revuelto o en tortilla. Se cogen cuando aún se parten limpiamente con los dedos: si hay que hacer fuerza o el tallo se dobla en vez de romperse, ya está fibroso y no vale. El sabor es amargo y con un fondo vegetal potente; conviene mezclarlos con huevo o con ajo y no comerlos en cantidad.
Recójalos solo si tiene identificación segura de la planta y si el terreno lo permite. En varias comunidades autónomas la recolección de plantas silvestres en montes públicos o espacios protegidos está regulada, y la especie forma parte del hábitat de interés comunitario de los matorrales termomediterráneos.
Cultivarla en el jardín
Tiene sentido plantarla en un jardín mediterráneo de bajo mantenimiento, en un seto vivo o en una valla que se quiera hacer impenetrable. Aguanta la sequía estival sin riego una vez enraizada, tolera calizas y suelos pedregosos y pobres, prospera a media sombra bajo arbolado —de hecho es donde mejor está— y resiste heladas moderadas, del orden de -8 a -10 ºC. En el interior peninsular con inviernos duros pierde parte de la hoja o se hiela la parte aérea, pero rebrota de cepa.
La propagación por semilla es lenta y caprichosa: hay que limpiar la pulpa de la baya, estratificar en frío entre dos y tres meses y contar con germinaciones desiguales durante más de un año. Por esqueje de tallo semileñoso funciona regular. Lo práctico es trasplantar un pie joven en otoño, con las lluvias, para que enraíce durante el invierno.
Dos avisos de manejo. El primero, que si quiere bayas necesita un pie hembra, y en el vivero rara vez le dirán el sexo de la planta; lo más fiable es marcar en el campo un ejemplar fructificado y propagarlo o comprarlo ya con fruto en invierno. El segundo, que rebrota con fuerza del rizoma y coloniza. Plantada junto a un arriate de plantas delicadas, en tres años lo tiene enredado y podarla es un trabajo desagradable por los aguijones. Déle un sitio donde pueda ir a su aire y póngase guantes de cuero para intervenir, en pleno invierno, cuando está más parada.
En resumen
Smilax aspera es una trepadora espinosa del monte mediterráneo español, fácil de reconocer por su hoja acorazonada, coriácea y de borde espinoso, sus zarcillos pareados junto al pecíolo y sus bayas rojas de invierno. Conviene no confundirla con la nueza negra, que trepa igual y da frutos parecidos pero es tóxica y carece de espinas.
Su fama medicinal viene de un comercio del siglo XVI que buscaba un remedio contra la sífilis y que quedó reciclado en la etiqueta vaga de «depurativo». Los ensayos clínicos no respaldan ese uso ni ningún otro, y sus saponinas justifican precauciones concretas: irritación digestiva, interferencia con la absorción de fármacos y contraindicación en embarazo, lactancia y patología renal o cardiaca. En el jardín, sin embargo, es una planta útil y agradecida para setos secos y sombra seca; y en la cocina, sus brotes de febrero son el mejor de sus secretos.