Ocho folículos leñosos dispuestos en radio alrededor de un eje central, cada uno con una semilla brillante dentro. Esa geometría es lo que da nombre al anís estrellado y también el primer motivo para hablar de él con cuidado: existe una especie hermana, casi idéntica a simple vista, cuyos frutos provocan convulsiones. Las dos han viajado juntas en el mismo saco más de una vez.

El anís estrellado es una especia excelente y una planta medicinal de reputación sobredimensionada. Merece la pena entender ambas cosas por separado, y sobre todo entender dónde está el riesgo real, que no es donde suele suponerse.

Frutos secos de anís estrellado con sus folículos abiertos en forma de estrella

Qué planta es, y por qué no es anís

Illicium verum Hook.f. es un árbol perenne de la familia de las esquisandráceas (Schisandraceae), de 8 a 15 metros, originario del sur de China —la provincia de Guangxi concentra la producción mundial— y del norte de Vietnam. Tiene hojas coriáceas, lanceoladas y aromáticas, flores solitarias de color crema a rosado, y un fruto compuesto que se recolecta todavía verde y se seca al sol hasta adquirir ese tono pardo rojizo.

Lo que despista es el nombre. El anís verde o matalahúva (Pimpinella anisum) es una hierba anual de la familia de la zanahoria y el perejil, las apiáceas, y se cultiva en La Mancha, Andalucía y Extremadura desde hace siglos. El hinojo (Foeniculum vulgare) es otra apiácea. El anís estrellado no tiene ningún parentesco con ninguno de los dos: son familias botánicas separadas por decenas de millones de años de evolución.

Huelen igual porque comparten la misma molécula. El trans-anetol supone entre el 80 % y el 90 % del aceite esencial de los tres, y ese aceite esencial representa aproximadamente entre el 5 % y el 9 % del peso del fruto seco de anís estrellado. La convergencia es química, no genealógica, y explica por qué en la cocina se pueden sustituir dentro de ciertos límites: el anís estrellado aporta además notas de limoneno y linalol que el verde no tiene, y su aroma resiste mucho mejor la cocción larga.

El pariente que manda al hospital

Illicium anisatum L. —badiana japonesa, shikimi— produce frutos estrellados prácticamente indistinguibles a ojo del comprador. Contiene anisatina y compuestos emparentados: lactonas sesquiterpénicas que actúan como antagonistas no competitivos del receptor GABA-A. En cristiano: bloquean el freno del sistema nervioso central. Los cuadros descritos son vómitos, agitación, nistagmo y convulsiones, con especial gravedad en lactantes y niños pequeños.

No es un peligro teórico. Entre 2001 y 2003 se registraron brotes de intoxicación en varios países europeos, España incluida, y en Estados Unidos, todos ellos por infusiones de anís estrellado dado a bebés con cólicos, en lotes en los que se encontró mezcla con Illicium anisatum. La respuesta de la Unión Europea fue imponer condiciones especiales de control a la importación de anís estrellado procedente de terceros países, y la de las autoridades sanitarias españolas, desaconsejar directamente estas infusiones en lactantes y niños pequeños.

Sobre la identificación visual conviene ser honesto: Illicium anisatum suele presentar folículos algo más pequeños, más arrugados, con la punta más recta, y un olor más débil y con un fondo que recuerda al clavo o al cardamomo en lugar del anisado limpio y dulce del auténtico. Pero esas diferencias son sutiles, se solapan entre lotes, y desaparecen por completo en cuanto el material está roto o molido. Nadie debería jugarse un diagnóstico a distinguirlas en la palma de la mano; la identificación fiable pasa por análisis cromatográfico, y eso lo hace el proveedor, no el consumidor.

De ahí salen dos reglas prácticas. La primera: comprar el fruto entero, nunca molido ni troceado, porque la adulteración se esconde precisamente ahí. La segunda: comprarlo en establecimientos con trazabilidad —herbolario o especiero con lote y origen, sección de especias de un supermercado— y no en puestos de mercadillo o de importación informal. El precio del anís estrellado bueno es bajo; no hay ningún ahorro que justifique el riesgo.

Los bebés no toman infusiones de anís

La costumbre de calmar el cólico del lactante con una infusión de anís está muy arraigada en España y hay que abandonarla, por dos motivos que se suman.

El primero ya está dicho: el riesgo de contaminación con la especie tóxica, cuyo efecto convulsivante se manifiesta antes y con menos cantidad en un organismo de cinco kilos. El segundo es más general: cualquier infusión desplaza tomas de leche en un bebé cuyo aporte de nutrientes y de agua debe venir exclusivamente de la lactancia o de la fórmula durante los primeros meses, y las infusiones «para bebés» azucaradas añaden encima azúcares libres. Las sociedades de pediatría desaconsejan las infusiones de hierbas en lactantes, y en el caso concreto del anís estrellado la recomendación en España ha sido evitarlas en niños pequeños.

Un cólico del lactante no se trata con plantas. Si el llanto preocupa, la consulta es el pediatra.

Lo que dice la tradición

La medicina tradicional china lleva siglos usando el ba jiao hui xiang para el dolor abdominal por frío, las hernias y los vómitos. En Europa, desde su llegada por las rutas comerciales en el siglo XVI, se le atribuyen básicamente cuatro cosas: efecto carminativo —favorecer la expulsión de gases y aliviar la hinchazón—, digestivo y espasmolítico, expectorante en catarros y tos, y galactogogo para aumentar la producción de leche. Se le suma un uso ambientador y de higiene bucal, por el aroma, y algún papel emenagogo y afrodisíaco de los que la etnobotánica está llena.

Esa tradición es real y está bien documentada como tradición. Lo que no es, es evidencia de eficacia.

Infusión y frutos de anís estrellado sobre una mesa

Lo que hay medido

La investigación sobre Illicium verum es amplia en el laboratorio y escasísima en personas. Lo que se ha demostrado con solidez es actividad in vitro: el aceite esencial y el anetol aislado inhiben el crecimiento de diversas bacterias y hongos en placa, y muestran capacidad antioxidante en ensayos químicos. También se ha descrito actividad espasmolítica sobre músculo liso intestinal en preparaciones aisladas, lo que da una base plausible al uso carminativo.

De ahí a una recomendación clínica hay un salto que la evidencia no ha dado. No existen ensayos clínicos controlados en humanos que respalden el anís estrellado como tratamiento de la dispepsia, la tos, el cólico o cualquier otra indicación. Que una sustancia mate bacterias en una placa de Petri no dice nada sobre lo que hace en un intestino a las concentraciones que se alcanzan bebiendo una infusión, que son órdenes de magnitud menores.

Conviene además entender qué significa la etiqueta «medicamento tradicional a base de plantas» cuando aparece en una caja de farmacia: certifica que el preparado se ha usado durante décadas y que su seguridad es aceptable en las condiciones indicadas. No certifica que funcione. Son dos registros distintos y la caja no siempre lo deja claro.

En la práctica, una infusión de anís estrellado después de una comida pesada es agradable, caliente y aromática, y esas tres cosas ya alivian algo por sí mismas. Presentarla como tratamiento es otra historia.

El malentendido del Tamiflu

Circula desde la gripe A que el anís estrellado es un antiviral porque de él se extrae el principio activo del Tamiflu. La primera mitad de la frase es falsa y la segunda está mal contada.

Lo que se extrae del fruto es ácido shikímico, un metabolito vegetal presente en cantidad inusualmente alta en Illicium verum. El ácido shikímico no es antiviral: es la materia prima de partida de una síntesis química de varios pasos que produce oseltamivir, que sí lo es. La molécula final no está en la planta ni el organismo puede fabricarla a partir de la infusión. Beber anís estrellado durante una gripe tiene exactamente el mismo efecto antiviral que masticar corteza de sauce para tener aspirina en la sangre: ninguno, en el caso del oseltamivir, porque el paso de uno a otro requiere un laboratorio.

Además, desde hace años buena parte del ácido shikímico industrial se obtiene por fermentación bacteriana con Escherichia coli modificada, precisamente para no depender de una cosecha agrícola concentrada en una región del mundo.

Contraindicaciones y precauciones reales

En cantidades culinarias —una o dos estrellas en una olla, un fruto en una infusión ocasional— el anís estrellado auténtico es seguro para un adulto sano. Fuera de ahí, hay cosas que conviene saber.

Lactantes y niños pequeños. Evitar las infusiones, por lo explicado más arriba. Los aceites esenciales con anetol, mentol o alcanfor no se aplican nunca en la cara ni cerca de la nariz de bebés y niños pequeños, por riesgo de espasmo laríngeo.

Embarazo y lactancia. Como especia en la comida, sin problema. Como infusión frecuente, extracto concentrado o aceite esencial, no: no hay datos de seguridad suficientes y el anetol atraviesa la placenta y pasa a la leche. La fama de galactogogo no compensa la falta de datos.

Aceite esencial. El aceite esencial de anís no se ingiere. El anetol en cantidades altas es neurotóxico y se han descrito cuadros convulsivos por ingesta de aceites esenciales anisados. Su lugar es la aromaterapia ambiental y la industria alimentaria a dosis reguladas, no la cucharilla.

Situaciones hormonodependientes. El anetol tiene actividad estrogénica débil demostrada in vitro. No hay pruebas de que un consumo culinario afecte a nada, pero en cáncer de mama hormonodependiente, endometriosis, miomas o tratamiento con tamoxifeno, lo razonable es no tomar extractos concentrados sin consultarlo.

Alergia. Se han descrito reacciones al anetol y a las especias anisadas, desde dermatitis de contacto hasta reacciones sistémicas poco frecuentes. Quien haya reaccionado al anís verde o al hinojo debería probar el estrellado con prudencia, aunque las plantas no estén emparentadas: el desencadenante compartido puede ser la molécula, no la familia.

Sedantes y alcohol. El efecto depresor del anetol a dosis altas puede sumarse al de sedantes o al del alcohol de los licores anisados. No es un problema con una infusión, sí una razón más para no tomar el aceite esencial.

Y una regla que vale para toda esta sección: el anís estrellado no sustituye ningún tratamiento médico. Si hay tos que no cede, dolor abdominal persistente o digestiones que han cambiado, eso se mira en la consulta, no en la despensa. Ante cualquier duda sobre interacciones con la medicación que ya se toma, el farmacéutico responde en dos minutos.

En la cocina: cuánto, cuándo y cómo guardarlo

El anetol es potentísimo y aquí conviene quedarse corto: dos estrellas enteras en un guiso para cuatro personas ya dominan el plato entero y lo dejan con un fondo a regaliz que tapa todo lo demás. Con media estrella o una, según el volumen, sobra.

Es un ingrediente de cocción larga: suelta el aroma poco a poco y aguanta horas de fuego sin degradarse, al contrario que el anís verde. Funciona en caldos de carne, en el pho vietnamita, en escabeches y adobos, en compotas de pera o manzana, en membrillo, en peras al vino y en la mezcla china de cinco especias junto a canela casia, clavo, pimienta de Sichuan e hinojo. Se retira el fruto entero antes de servir, como una hoja de laurel.

Guardado: en tarro hermético, opaco o al menos lejos de la luz, y en seco. Entero conserva bien el aroma alrededor de un año. Molido lo pierde en pocas semanas, además de ser la presentación que impide comprobar qué se ha comprado. Si al abrir el tarro el olor es tenue, el fruto ya no aporta nada.

Cultivarlo en España, y el Illicium del vivero

Pocas plantas del huerto son tan poco huerto como esta. Illicium verum necesita clima subtropical húmedo, sin heladas, con lluvias abundantes repartidas y humedad ambiental alta, suelo ácido, profundo y bien drenado, y sombra parcial durante sus primeros años. Es lentísimo: no da su primera cosecha hasta los seis años, no alcanza plena producción hasta los quince, y a cambio puede seguir produciendo durante casi un siglo.

En la Península ese conjunto de condiciones no se da en ningún sitio. En la cornisa cantábrica hay humedad, pero también heladas y menos calor del que pide. En el litoral mediterráneo hay temperatura, pero el verano seco lo mata. En zonas húmedas del norte de las islas Canarias, a media altura, podría sobrevivir un ejemplar bien situado; fructificar es otra cosa. En maceta grande, invernadero fresco y riego con agua sin cal se puede mantener vivo un árbol pequeño como curiosidad botánica, pero no como fuente de especia.

Donde sí hay que estar atento es en el garden center. En jardinería ornamental se venden anisillos —Illicium floridanum, Illicium anisatum, Illicium henryi— como arbustos de sombra para suelo ácido, apreciados por su follaje aromático y sus flores curiosas. Son plantas bonitas y perfectamente legítimas en un jardín, pero sus frutos no se comen bajo ningún concepto: son exactamente el material tóxico del que hablábamos antes. Si en casa hay niños y se planta un Illicium ornamental, la estrella que aparezca en el suelo en otoño no es una especia caída, y merece la pena dejarlo dicho en voz alta antes que descubrirlo tarde. La etiqueta del vivero rara vez lo advierte.

En resumen

Illicium verum es un árbol subtropical chino sin parentesco con el anís verde ni con el hinojo, aunque comparta con ellos el trans-anetol que les da el aroma. Como especia es de primera: aguanta cocciones largas, basta con media estrella o una, y se guarda entero y al abrigo de la luz.

Como planta medicinal, la tradición le atribuye efectos carminativos, digestivos y expectorantes, y la investigación ha confirmado actividad antimicrobiana y espasmolítica en el laboratorio, pero no hay ensayos clínicos en personas que respalden esas indicaciones. La historia del Tamiflu no lo convierte en antiviral: del fruto sale ácido shikímico, que es materia prima industrial, no medicamento.

El riesgo verdadero está en la identidad de lo que se compra. Illicium anisatum contiene anisatina, provoca convulsiones y ha aparecido mezclado en lotes comerciales; la distinción visual no es fiable y en el producto molido es imposible. Comprar el fruto entero, con origen y lote, y no dárselo en infusión a lactantes ni a niños pequeños. Embarazo, lactancia, aceite esencial y situaciones hormonodependientes piden prudencia añadida.

Para todo lo demás —una tos que no se va, un dolor de tripa que se repite, una duda sobre si choca con la medicación—, la respuesta está en el médico o en el farmacéutico.


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