Las plantas de flor tienen su momento y luego se apagan. Las de hoja están siempre. Por eso, cuando se trata de decorar una casa con plantas que aguanten todo el año y no dependan de una floración caprichosa, el follaje es lo que manda: la forma de la hoja, su tamaño, su brillo, su textura y su color hacen tanto trabajo decorativo como cualquier flor, y con muchísimo menos mantenimiento.

Además, las plantas de hoja son las que mejor toleran las condiciones reales de una vivienda. Casi todas proceden del sotobosque de selvas tropicales o subtropicales, un ambiente de luz filtrada y temperatura estable que se parece bastante más al interior de un piso que cualquier prado soleado. Por eso sobreviven a la penumbra de un pasillo mientras una planta de flor no daría ni un botón.

Estas ocho son, en mi opinión, las más interesantes por el follaje entre las que se consiguen fácilmente en cualquier vivero español, con una nota sobre cuáles son de verdad aptas para empezar.

Antes de elegir: cuatro cosas que valen para todas

Luz filtrada, no penumbra. "Tolera poca luz" no significa "crece bien sin luz". Una planta en un rincón oscuro sobrevive meses, pero no produce hoja nueva, se ahíla y termina degradándose. Y si es una variedad variegada, la variegación se pierde: las zonas blancas o amarillas no fotosintetizan, así que en penumbra la planta las suprime y vuelve al verde puro. Una planta variegada que se está poniendo verde te está pidiendo más luz.

El polvo importa. Es lo más subestimado del cultivo de plantas de hoja. Una capa fina de polvo bloquea una parte apreciable de la luz que llega al tejido y tapona los estomas. Un paño húmedo una vez al mes, o una ducha con agua templada cada tres o cuatro meses, mejora visiblemente la planta. Nada de abrillantadores de hojas: obturan los poros.

Puntas marrones. El síntoma más común y el peor diagnosticado. Casi siempre son tres cosas: aire demasiado seco, exceso de sales por agua dura o abono acumulado, y —en varias de las especies de esta lista— sensibilidad al flúor del agua del grifo. Recórtalas siguiendo la forma natural de la hoja y corrige la causa.

Abono con más nitrógeno. Al revés que las plantas de flor, las de follaje agradecen un abono con el nitrógeno relativamente alto, que es el nutriente que impulsa hojas y tallos. De marzo a octubre, cada dos o tres semanas y a media dosis; nada en invierno.

Aspidistra

Aspidistra elatior, llamada aquí pilistra, es originaria de las islas del sur de Japón y del sur de China, donde vive en el suelo de bosques umbríos. Emite desde un rizoma subterráneo hojas lanceoladas de hasta 60 o 70 cm, de un verde oscuro mate, muy correosas y sostenidas por peciolos rígidos. Existen variedades salpicadas de puntos blancos ('Milky Way') y con rayas ('Variegata').

Hojas de aspidistra

En inglés la llaman "cast iron plant", planta de hierro fundido, y el nombre está merecido: aguanta sombra profunda, temperaturas entre 5 y 30 °C, aire seco, sequías puntuales y años sin trasplantar. Es la planta ideal para un recibidor sin ventana, el hueco de una escalera o un patio interior cubierto.

Sus dos únicos puntos débiles: el sol directo, que le deja manchas descoloridas permanentes, y el exceso de riego, que le pudre el rizoma. Riega cuando los tres primeros centímetros de sustrato estén secos y olvídala el resto del tiempo. Crece muy despacio —dos o tres hojas nuevas al año es lo normal—, así que compra un ejemplar del tamaño que quieres tener. Las variedades variegadas necesitan algo más de luz que la verde para mantener el dibujo, pero tampoco sol.

Dato curioso: florece a ras de sustrato, con unas flores carnosas de color morado que quedan medio enterradas y que casi nadie llega a ver.

Bambú de la suerte

Empecemos por lo importante: no es un bambú. El llamado bambú de la suerte es Dracaena sanderiana, una drácena originaria de África central, emparentada con los espárragos y sin ningún parentesco con las gramíneas. Su aspecto de caña segmentada, con nudos marcados y penachos de hojas acintadas, es lo que ha creado la confusión.

Se vende sobre todo en agua, en jarrones de cristal con canicas, y en formas retorcidas o en espiral, que se consiguen en cultivo haciendo girar el tallo lentamente frente a una fuente de luz lateral durante meses.

Cultivado en agua hay tres reglas: mantener unos 5-8 cm de agua cubriendo las raíces, cambiarla cada una o dos semanas —no rellenarla, cambiarla— y añadir una gota de abono líquido muy diluido cada dos meses. Cultivado en sustrato vive bastante más años y con mejor color; en ese caso, sustrato drenante y siempre ligeramente húmedo.

Su gran sensibilidad es el agua del grifo. La Dracaena sanderiana reacciona muy mal al flúor y al cloro, y esa es la causa de las puntas amarillas y marrones que casi todos los ejemplares acaban teniendo. Se soluciona usando agua filtrada, de lluvia o embotellada de baja mineralización. Quiere luz clara indirecta: el sol directo le amarillea las hojas y la penumbra le hace perder el color intenso.

Chamaedorea

Chamaedorea elegans, la palmera de salón o palmerita, es una palma pequeña originaria del sotobosque de las selvas húmedas del sur de México y Guatemala. Su follaje es fino, plumoso y de un verde fresco, y su porte reducido —rara vez pasa del metro y medio en interior— la hace idónea para mesas y estanterías.

Es, junto con la kentia, la palma que mejor tolera la luz escasa, precisamente porque en su hábitat crece bajo el dosel. Quiere luz indirecta, temperaturas de 18-24 °C y un sustrato que se mantenga ligeramente húmedo, sin llegar nunca a encharcarse.

Dos advertencias. La primera: como todas las palmas, tiene un único punto de crecimiento por tallo. Si cortas el ápice, ese tallo no vuelve a brotar jamás. Solo se recortan las hojas viejas ya secas, por la base del peciolo. La segunda: es muy propensa a la araña roja en interiores con calefacción. Revisa el envés de las hojas cada pocas semanas en invierno y sube la humedad ambiental.

Lo que se vende como una planta suele ser en realidad un grupo de varias plántulas sembradas juntas en la misma maceta para dar volumen. Es normal, y no conviene separarlas.

Cheflera

La cheflera o árbol paraguas es normalmente Schefflera arboricola, un arbusto de Taiwán de la familia de las araliáceas, aunque también se cultiva su prima de hoja grande Schefflera actinophylla. La gracia está en la forma de la hoja: compuesta y palmeada, con siete a nueve foliolos brillantes dispuestos en radio desde el extremo del peciolo, como las varillas de un paraguas. Hay variedades verdes y jaspeadas de amarillo, como 'Gold Capella'.

Necesita luz clara indirecta, y las formas variegadas bastante más que las verdes para conservar el dibujo. Tolera 15-25 °C y no le gusta bajar de 12 °C.

Su gran virtud es que admite la poda como pocas plantas de interior: si se desgarba y se queda con los tallos largos y pelados, se puede cortar drásticamente en primavera y rebrota con fuerza, formando una mata mucho más densa. Pinzar las puntas cada temporada la mantiene compacta.

Su defecto es que es sensible a los cambios: una corriente de aire frío, un traslado brusco o un exceso de riego le hacen soltar hojas en cantidad. Si tu cheflera está perdiendo hojas, revisa primero si hay corrientes, y después si el sustrato está permanentemente húmedo. Contiene oxalato cálcico, así que conviene mantenerla fuera del alcance de mascotas que muerdan hojas.

Dracaena marginata

La drácena de Madagascar tiene el follaje más gráfico de esta lista: hojas estrechas, largas y rígidas, dispuestas en penacho al final de tallos finos y desnudos que con los años se vuelven leñosos y se retuercen de forma escultórica. La especie tipo tiene el borde de la hoja perfilado en rojo vinoso; las variedades 'Tricolor' y 'Colorama' añaden franjas crema y rosa.

Es originaria de Madagascar y las islas Mascareñas, y es de las plantas de interior más indulgentes que existen. Tolera bien la sequía gracias a que almacena reservas en el tallo, se conforma con luz media —aunque las variegadas necesitan bastante— y aguanta el aire seco mejor que la mayoría.

Lo que no perdona es el exceso de agua: es la causa habitual de que se pudra por la base. Riega cuando la mitad superior del sustrato esté seca y en invierno espacia mucho. Como la D. sanderiana, es sensible al flúor del agua del grifo, que le produce puntas marrones; con agua filtrada el problema desaparece.

Un truco útil: si se ha estirado demasiado y ha quedado con dos metros de tallo pelado y un penacho arriba, se puede cortar el tronco a la altura que quieras, en primavera. La planta rebrota por debajo del corte, normalmente con dos o tres penachos nuevos, y el trozo cortado enraíza en agua o en sustrato.

Helecho nido de ave

Asplenium nidus rompe con la idea que todos tenemos de un helecho. En vez de frondes finamente divididas, tiene hojas enteras, onduladas, brillantes y de un verde manzana, con el nervio central oscuro muy marcado, dispuestas en una roseta abierta que en la naturaleza recoge hojarasca y agua como si fuera un nido. De ahí su nombre.

Es una epífita de las selvas del sudeste asiático y Oceanía, y eso condiciona sus cuidados: luz indirecta suave —el sol directo lo quema de inmediato—, temperaturas de 18-24 °C, sustrato aireado con corteza y, sobre todo, humedad ambiental alta. Es la planta de esta lista que peor lleva un salón con calefacción.

Dos precauciones concretas. La primera: no riegues en el centro de la roseta. El agua acumulada ahí pudre la corona, que es el punto desde el que salen todas las frondes nuevas. Riega el sustrato por el borde de la maceta. La segunda: no toques ni manipules las frondes nuevas, esos báculos enrollados que van desplegándose desde el centro; se dañan con una facilidad asombrosa y luego crecen deformes.

Es sensible a la cal, así que agradece el agua blanda. A cambio, dentro de un cuarto de baño luminoso es prácticamente indestructible.

Kentia

Howea forsteriana, la kentia, es la palma de interior por excelencia desde la época victoriana, y sigue siendo la mejor para una casa. Es endémica de la isla de Lord Howe, un pequeño territorio australiano en el Pacífico, y crece de forma natural bajo la sombra parcial del bosque, lo que la ha hecho excepcionalmente tolerante a la luz interior.

Sus frondes son arqueadas, elegantes y de un verde oscuro sereno, y un ejemplar adulto llena una esquina de salón como pocas plantas. Es la más cara de esta lista, y hay una razón real: sus semillas tardan meses en germinar y la planta crece muy despacio, con dos o tres hojas nuevas al año.

Quiere luz clara indirecta —tolera la media, pero no la penumbra permanente—, entre 16 y 24 °C, y un riego moderado: se deja secar la mitad superior del sustrato entre riegos. Como todas las palmas, es sensible a la acumulación de sales; conviene regar a fondo cada cierto tiempo para lavar el sustrato y no abonar en exceso. La araña roja es su plaga habitual en invierno con calefacción.

Como la chamaedorea, no se puede despuntar: cada tallo tiene un solo punto de crecimiento. Solo se retiran las frondes viejas ya secas.

Poto

Epipremnum aureum, el poto, es la planta de interior más vendida del mundo y con motivo. Es una trepadora de la familia de las aráceas, originaria de la Polinesia francesa y naturalizada en todos los trópicos, de hojas acorazonadas, cerosas y jaspeadas de amarillo, blanco o verde claro según la variedad: 'Aureum' con manchas doradas, 'Marble Queen' con veteado blanco, 'Neon' de un verde lima uniforme.

Poto, Epipremnum aureum

Aguanta prácticamente todo: luz media o baja, riegos irregulares, aire seco, temperaturas de 15 a 30 °C. Se multiplica cortando un trozo de tallo con dos o tres nudos y metiéndolo en un vaso de agua, donde enraíza en dos semanas. Es la planta con la que empezar si nunca has tenido ninguna.

Un detalle que casi nadie aprovecha: el poto es una trepadora hemiepífita, y sus hojas crecen mucho más grandes cuando encuentra algo a lo que agarrarse. Colgando de una estantería se queda con hojas de ocho o diez centímetros; guiado por un tutor de musgo con buena luz y humedad, produce hojas cada vez mayores, que en condiciones óptimas llegan a desarrollar hendiduras en el margen. Es la misma planta, comportándose como en la selva.

Aquí conviene desmontar un mito muy repetido: lo de que el poto "purifica el aire" de tu casa procede de un estudio realizado por la NASA en los años ochenta con plantas en cámaras selladas y de pequeño volumen. Los análisis posteriores han calculado que, para lograr en una habitación real un efecto comparable al de abrir la ventana un rato, harían falta del orden de cientos de plantas. Ten poto porque es bonito y resistente, no como sistema de ventilación.

Y una advertencia real: como todas las aráceas, contiene cristales de oxalato cálcico y es tóxico si lo mastican niños o mascotas.

Cuáles elegir si estás empezando

De las ocho, las tres más indulgentes son el poto, la aspidistra y la Dracaena marginata. Perdonan olvidos de riego, se conforman con luz media y no exigen humedad ambiental. Con ellas es difícil fracasar.

En un nivel intermedio están la cheflera, el bambú de la suerte y la chamaedorea: nada complicadas, pero con una manía cada una —las corrientes de aire, el flúor del agua y la araña roja, respectivamente—.

Las más exigentes son la kentia, por precio y por lentitud más que por dificultad, y sobre todo el helecho nido de ave, que necesita humedad ambiental de verdad y no la va a encontrar junto a un radiador.

Un último consejo de composición: si vas a juntar varias, combina texturas y tamaños de hoja distintos. Una hoja ancha y brillante (aspidistra o asplenio), una plumosa (kentia o chamaedorea), una gráfica y estrecha (drácena) y una colgante (poto) forman un conjunto mucho más atractivo que cuatro plantas parecidas. Y agrúpalas: además de quedar mejor, elevan la humedad de su propio microclima.

En resumen

Las plantas de hoja son la base de cualquier interior con plantas porque son las que mejor toleran las condiciones de una vivienda y las que ofrecen interés durante los doce meses del año. La aspidistra y el poto resuelven los rincones difíciles; la kentia y la chamaedorea aportan el volumen y la verticalidad de una palma; la Dracaena marginata pone la línea gráfica; la cheflera y el bambú de la suerte añaden formas poco habituales, y el helecho nido de ave, la textura más suave de todas.

Sea cual sea, respeta cuatro cosas: luz filtrada abundante —más aún si es variegada—, riego por comprobación y no por calendario, hojas limpias de polvo y agua blanda en las especies sensibles al flúor y la cal, que aquí son el bambú de la suerte, la drácena, las palmas y el asplenio. Con eso cubierto, este grupo de plantas dura años sin apenas mantenimiento.


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