Al caer la tarde las hojas empiezan a levantarse. A las once de la noche están casi verticales, plegadas como manos juntas, enseñando el envés vinoso; por la mañana vuelven a abrirse en horizontal. Ese movimiento diario es lo primero que llama la atención de una calathea, y también la mejor pista para saber si está cómoda: cuando deja de moverse, o cuando se queda plegada de día, algo va mal en el riego, en la luz o en la temperatura.

Conviene aclarar algo antes de seguir, porque circula mucho: la calathea no se cultiva por sus flores. Se cultiva por las hojas. Las inflorescencias de la mayor parte de las especies son pequeñas, blanquecinas y quedan escondidas entre el follaje, y en interior rara vez aparecen. Solo Goeppertia crocata —vendida todavía como Calathea crocata— florece de verdad, con brácteas anaranjadas muy vistosas que duran semanas. El resto compite en otro terreno: dibujos foliares que parecen pintados a mano.

Un género que ha cambiado de nombre

Las calatheas pertenecen a las marantáceas, familia tropical americana emparentada con las musáceas y las zingiberáceas. Una revisión taxonómica publicada en 2012 trasladó la mayor parte de las especies cultivadas al género Goeppertia, de modo que la Calathea zebrina de los viveros es hoy Goeppertia zebrina, la C. makoyana es G. makoyana, la C. orbifolia es G. orbifolia y la que se vende como C. lancifolia corresponde en realidad a G. insignis. El nombre comercial no ha cambiado y probablemente tarde en hacerlo, así que en la etiqueta seguirá poniendo Calathea durante años. Para el cultivo, ninguna consecuencia.

Sí importa distinguirla de sus parientes cercanos, porque comparten estantería en el garden y no piden exactamente lo mismo. La Maranta leuconeura, la auténtica planta de la oración, tiene porte rastrero y tallos que se tumban, mientras la calathea forma una mata erguida con las hojas naciendo desde la base. Ctenanthe y Stromanthe desarrollan tallos ramificados y aguantan bastante mejor el aire seco. Si alguien ha matado tres calatheas seguidas y quiere el mismo aspecto con menos exigencia, una Ctenanthe burle-marxii o una Stromanthe sanguinea 'Triostar' le van a dar menos guerra.

Entre las especies de calathea al uso, cada una tiene su carácter. G. zebrina, de hoja aterciopelada con bandas verde oscuro, es de las más tolerantes. G. makoyana, la planta pavo real, tiene el dibujo más fino y también los bordes más delicados. G. orbifolia, de hojas grandes y redondeadas con rayas plateadas, es la más espectacular y la que peor perdona el agua dura. G. lietzei 'White Fusion' es directamente para quien disfrute con el reto: exige humedad alta constante y se estropea a la mínima.

Hoja de Calathea makoyana con su dibujo de plumas verde oscuro

Por qué se mueven las hojas

El fenómeno se llama nictinastia y no tiene nada de misterioso. En la base del limbo, donde termina el pecíolo, hay un engrosamiento llamado pulvínulo, un pequeño paquete de células que bombean iones y agua para cambiar su turgencia. Cuando las células de un lado se hinchan y las del contrario se vacían, la hoja gira. El proceso lo gobierna el reloj circadiano de la planta junto con la luz, y sigue funcionando durante algunos días aunque se la deje a oscuras.

Para qué sirve es materia todavía discutida: se ha propuesto que reduce la pérdida de calor por radiación nocturna, que limita el mojado del follaje y con ello las infecciones fúngicas, y que optimiza la exposición al sol filtrado del sotobosque. Ninguna explicación está cerrada.

Lo útil para quien la cultiva es leer el movimiento como un indicador. Hojas que se cierran a media tarde con luz aún abundante suelen señalar sed o exceso de luz directa. Hojas que amanecen cerradas y no se abren en toda la mañana apuntan a frío nocturno o a raíces dañadas. Y una planta que deja de moverse por completo suele llevar semanas en un rincón demasiado oscuro.

Luz: clara, filtrada y nunca directa

En su hábitat la calathea vive en el suelo de la selva, bajo varias capas de vegetación. La luz que le llega es abundante pero tamizada, y su aparato fotosintético está calibrado para eso. Media hora de sol directo del mediodía en julio, a través del cristal de una ventana peninsular, decolora la hoja y deja manchas pálidas que no se recuperan: esa hoja ya no vuelve a tener el dibujo que tenía.

La orientación ideal es norte, o este con una cortina fina. En una ventana al sur o al oeste hay que retirarla uno o dos metros hacia el interior de la habitación, o filtrar con visillo. La pérdida de contraste en el dibujo y un tono verde apagado y uniforme son la señal de que recibe demasiada luz, no demasiada poca —al contrario de lo que dicta la intuición—.

En el otro extremo, la penumbra profunda tampoco vale. Con muy poca luz la planta deja de emitir hojas nuevas, las viejas se ponen lacias y el movimiento nocturno se apaga. El punto correcto es el de una habitación donde se pueda leer cómodamente de día sin encender la luz, sin que un rayo de sol toque las hojas en ningún momento de la jornada.

El agua: la variable que decide todo

Aquí está la clave del cultivo, y es donde se pierden más calatheas en España. El género es sensible al flúor, al cloro y a las sales disueltas del agua de riego. El síntoma es inconfundible: un borde marrón oscuro, seco y quebradizo, muchas veces con un finísimo halo amarillo por dentro, que avanza desde la punta hacia el centro de la hoja.

El agua del grifo en buena parte del país —Levante, Madrid, el valle del Ebro, el interior andaluz— es dura o muy dura, con conductividades altas y contenidos de cal considerables. Dejarla reposar veinticuatro horas es un consejo que se repite y que solo resuelve la mitad del problema: el cloro se evapora, sí, pero la cal, el flúor y el resto de sales siguen exactamente donde estaban. De hecho, al evaporarse parte del agua, se concentran un poco más.

Lo que funciona de verdad es regar con agua de lluvia, con agua de ósmosis inversa o con agua desmineralizada de la que se vende para la plancha —comprobando que no lleve perfume ni aditivos—. En zonas de agua blanda, como buena parte de Galicia, Asturias o la sierra madrileña, el agua del grifo puede bastar. Si no hay alternativa al grifo duro, mezclar mitad y mitad con agua embotellada de mineralización muy débil reduce el daño.

En cuanto a la frecuencia: el sustrato debe mantenerse ligeramente húmedo de forma constante, sin llegar nunca a estar encharcado ni a secarse por completo. Es un equilibrio más fino que el de otras plantas de interior. Se comprueba con el dedo a dos centímetros de profundidad y se riega cuando esa capa empieza a secarse, empapando bien y vaciando el plato a los diez minutos. En un piso normal eso suele significar cada cuatro o seis días en verano y cada ocho o diez en invierno. Un cepellón que se seca del todo provoca una tanda de hojas con el borde quemado que ya no se arregla; un cepellón permanentemente empapado pudre los rizomas y la planta colapsa entera en pocos días.

El agua, siempre templada. La calathea reacciona muy mal al agua fría del grifo en invierno.

Humedad ambiental y temperatura

Es una planta de ambiente húmedo y le cuesta el invierno español. Pide por encima del 60 % de humedad relativa, y un salón con radiadores en enero se mueve entre el 25 y el 35 %. Esa diferencia es la causa de la mitad de los bordes marrones que se atribuyen al agua.

Pulverizar las hojas ayuda poco: el efecto dura unos minutos y, si el agua es dura, deja manchas de cal sobre un follaje que además es aterciopelado en varias especies y no se limpia bien. Lo que sí funciona es un humidificador en la habitación, agrupar varias plantas para que compartan el aire húmedo de su transpiración, o colocar la maceta sobre un plato ancho con arcilla expandida y agua, cuidando de que la base no toque el agua. El cuarto de baño con ventana, si tiene luz suficiente, es el mejor sitio de la casa para una calathea.

La temperatura cómoda va de 18 a 26 °C. Por debajo de 15 °C se para y las hojas se vuelven lacias; una noche por debajo de 10 °C produce manchas acuosas que después ennegrecen. Las corrientes de aire frío hacen tanto daño como el frío sostenido, así que hay que apartarla de las puertas de terraza y de los alféizares en los que el cristal se enfría de madrugada. Y también de los radiadores y de la salida del aire acondicionado, que la resecan por el otro lado.

Sustrato, maceta y trasplante

El sustrato tiene que retener humedad y a la vez dejar pasar el aire, dos cosas que parecen contradictorias y que se consiguen con textura gruesa. Una mezcla que funciona bien: tres partes de fibra de coco o turba rubia, una de perlita y una de corteza de pino fina o humus de lombriz. El pH adecuado es ligeramente ácido, entre 6 y 6,5. Los sustratos universales muy finos se compactan en pocos meses y acaban asfixiando las raíces.

Maceta con drenaje, sin discusión, y ajustada al cepellón. El sistema radicular de la calathea es superficial y poco voluminoso; en una maceta grande queda un volumen de sustrato húmedo que las raíces no colonizan y que termina en podredumbre. Las macetas de plástico o esmaltadas son preferibles al barro sin esmaltar, que evapora agua por las paredes y seca el cepellón demasiado rápido.

El trasplante se hace en primavera, entre marzo y mayo, cada dos años o cuando las raíces asomen por el drenaje. Se sube un solo número de maceta. Después conviene mantenerla unos días en un sitio algo más resguardado y con el sustrato uniformemente húmedo, porque el trasplante la afecta más que a otras plantas de interior.

Abonado

Poco y flojo. De abril a septiembre, un fertilizante líquido para plantas verdes a un cuarto o un tercio de la dosis del envase, cada tres o cuatro semanas. La sensibilidad a las sales que tiene frente al agua de riego la tiene también frente al abono: pasarse produce exactamente el mismo borde quemado que se intentaba evitar cambiando de agua.

De octubre a marzo, nada. Y una o dos veces al año conviene lavar el cepellón dejando correr agua abundante por la maceta durante un par de minutos, para arrastrar las sales acumuladas. Si en la superficie del sustrato aparece una costra blanquecina, ese lavado hace falta ya.

Multiplicación

La calathea se multiplica por división de mata, y solo por ahí. Es un punto que conviene dejar claro porque se intenta a menudo lo otro: un esqueje de hoja de calathea no enraíza nunca, ni en agua ni en sustrato ni con hormonas. Las hojas nacen directamente de rizomas subterráneos y no llevan yema que pueda formar una planta nueva.

La división se hace aprovechando el trasplante de primavera. Se desmolda la planta, se retira el sustrato de las raíces con cuidado y se separan con las manos los grupos de rizomas, procurando que cada porción lleve al menos tres o cuatro hojas y raíces propias; solo cuando no ceden se recurre al cuchillo, bien limpio. Cada división va a una maceta pequeña con sustrato nuevo, se riega y se mantiene en un ambiente cálido y húmedo durante tres o cuatro semanas. Es normal que las hojas se vean decaídas los primeros días. No hay que abonar hasta pasado el mes.

Calathea zebrina con sus bandas verde oscuro sobre fondo claro

Plagas y enfermedades

Araña roja (Tetranychus urticae). El problema serio de la calathea en interior, y va de la mano del aire seco de la calefacción. Los síntomas: punteado amarillento fino sobre el haz, hojas que pierden brillo y, con lupa, telillas y ácaros diminutos en el envés y en las axilas. Al aparecer, se sube la humedad, se lavan las hojas por las dos caras con agua templada y se aplica jabón potásico o aceite de neem cada siete días tres veces seguidas, para alcanzar a los huevos que van eclosionando. Una calathea con humedad ambiental alta rara vez la sufre.

Cochinilla algodonosa (Planococcus citri). Grumos blancos algodonosos en el envés y en la base de los pecíolos. Con pocos individuos, bastoncillo con alcohol de 70°; si está extendida, jabón potásico repetido.

Trips. Producen un aspecto plateado en el haz con puntitos negros. Menos frecuentes, pero deforman las hojas nuevas.

En cuanto a enfermedades, casi todas derivan del exceso de agua: podredumbre de rizomas y raíces por Pythium o Fusarium, que se manifiesta como un decaimiento general con el sustrato húmedo. También pueden aparecer manchas foliares fúngicas si el follaje se moja y no se seca, especialmente con poca ventilación. Regar al sustrato y no sobre las hojas evita la mayoría.

Lectura rápida de los síntomas

Bordes y puntas marrones y secos. Agua dura, aire seco o exceso de abono, en ese orden de probabilidad. Se corta la parte seca siguiendo el contorno de la hoja, con tijera limpia, y se corrige la causa; la hoja no se regenera.

Hojas enrolladas hacia dentro a lo largo del nervio. Falta de agua en el cepellón o humedad ambiental muy baja. Si el sustrato está húmedo y aun así se enrollan, mirar las raíces.

Dibujo desvaído, verde uniforme y apagado. Demasiada luz.

Hojas inferiores amarillas y blandas. Exceso de riego o drenaje insuficiente.

Manchas pálidas y secas en el centro del limbo. Quemadura de sol directo.

Planta que se derrumba entera en pocos días. Frío nocturno o rizomas podridos. Se desmolda y se comprueba: los rizomas sanos son firmes y claros.

Una nota sobre expectativas: es normal que las hojas más viejas de la base amarilleen y se pierdan con el tiempo. Una calathea sana está renovando follaje continuamente, y perder dos o tres hojas al año no significa nada.

Toxicidad y convivencia

Al contrario que muchas plantas de interior de moda —las aráceas como el potos, el filodendro o la dieffenbachia, cargadas de cristales de oxalato cálcico—, las marantáceas no son tóxicas. Calathea, maranta, ctenanthe y stromanthe figuran como no tóxicas para perros y gatos en los listados de referencia veterinaria. Un mordisco puede provocar molestia digestiva leve, como cualquier vegetal ingerido en cantidad, pero no hay riesgo real. Para una casa con gatos es un argumento sólido a favor.

En resumen

La calathea se cultiva por el dibujo de sus hojas, no por sus flores, y ese dibujo se conserva con luz clara pero filtrada, nunca sol directo. El riego pide agua de lluvia, de ósmosis o desmineralizada, templada, manteniendo el sustrato ligeramente húmedo de manera constante sin encharcar y sin dejar que se seque del todo; el agua dura del grifo es la causa principal de los bordes marrones. Necesita más del 60 % de humedad ambiental —humidificador o bandeja de arcilla expandida, no pulverizador— y temperaturas entre 18 y 26 °C sin corrientes frías.

Sustrato aireado y ligeramente ácido, maceta ajustada con drenaje, abono muy diluido cada tres o cuatro semanas solo de abril a septiembre, y trasplante en primavera cada dos años, momento en que se multiplica por división de mata: los esquejes de hoja no funcionan. La araña roja es la plaga a vigilar, y aparece cuando el aire se seca. No es tóxica para perros ni gatos.


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