Compras una mata de hojas finísimas, casi de encaje, oscuras y con el nervio cobrizo. Seis o siete años después tienes un arbolito de hojas anchas, coriáceas y verdes que no se parece en nada a lo que había en la maceta del vivero. No te han cambiado la planta: la falsa aralia tiene dos formas foliares muy distintas, una juvenil y otra adulta, y ese salto pilla desprevenido a quien no lo espera.
Es una planta agradecida en el sentido de que pide poco, y difícil en el sentido de que lo poco que pide no es negociable: temperatura estable, aire sin corrientes y humedad ambiental por encima de lo que ofrece un salón con radiadores. Abajo está todo lo que necesita, y también lo que conviene no hacerle.
Qué planta es exactamente
El nombre botánico aceptado hoy es Plerandra elegantissima, aunque la vas a encontrar etiquetada casi siempre con alguno de sus sinónimos: Dizygotheca elegantissima, Schefflera elegantissima o Aralia elegantissima. Los tres nombres designan la misma especie; el género ha ido cambiando de sitio conforme se ha revisado la familia de las araliáceas, la misma de la hiedra, el ginseng y la Fatsia.
Es originaria de Nueva Caledonia, un archipiélago del Pacífico sur con clima tropical húmedo y sin heladas. Ese dato explica su cultivo entero: nunca ha visto frío, nunca ha visto aire seco y nunca ha vivido a pleno sol de mediodía, porque en su hábitat crece en el sotobosque y en claros de bosque. En estado silvestre llega a ser un árbol pequeño de ocho o diez metros. En una maceta de interior se queda en metro y medio o dos, y tarda años en llegar.
Conviene aclarar una cosa antes de comprar. Si pides «una aralia» en un vivero, te pueden dar tres plantas que no tienen los mismos cuidados: una Fatsia japonica, de hoja grande palmeada, que aguanta el invierno en una terraza de Madrid y hasta alguna helada suave; una Polyscias, de hoja rizada y porte de bonsái; o esta. La diferencia se paga en enero: la Fatsia tolera cero grados, y la falsa aralia empieza a deteriorarse por debajo de los 13 °C y muere si baja de 5 °C. Mira la etiqueta y, si no la hay, fíjate en la hoja: la falsa aralia tiene folíolos estrechos, largos y con el borde profundamente aserrado, dispuestos en abanico desde un mismo punto.
Las dos hojas de la misma planta
La forma juvenil, que es la que se vende y por la que se compra, tiene entre siete y once folíolos por hoja, lineares, de 8 a 15 centímetros, de un verde tan oscuro que en interior parece negro, con el envés y el peciolo teñidos de cobre o granate. Cada hoja mide poco pero el conjunto se ve muy ligero.
Con la edad —y con el tamaño: el cambio va ligado al desarrollo del tronco, no al calendario— la planta empieza a emitir hojas adultas: folíolos mucho más anchos, de hasta tres centímetros, gruesos, de borde casi entero y verde franco. La planta gana presencia y pierde el aire de filigrana. No hay forma de revertirlo, ni podando ni cambiando de sitio. Si lo que quieres es el follaje fino de forma permanente, la vía es renovar la planta cada cierto tiempo a partir de esquejes o de ejemplares nuevos, y asumir que la vieja se convierte en otra cosa.
La floración en interior es rarísima. Cuando ocurre en invernadero, son umbelas de flores pequeñas y verdosas, sin ningún interés ornamental.
Luz: mucha, pero filtrada
Quiere luz abundante e indirecta. La posición ideal es a uno o dos metros de una ventana orientada al este, o junto a una ventana al norte, o detrás de un visillo en una ventana al sur. El sol directo del mediodía a través del cristal, sobre todo de mayo a septiembre en la meseta o en el sur peninsular, le quema los folíolos: aparecen manchas secas de color pardo claro, con el borde definido, que ya no se recuperan.
El extremo contrario da un problema más lento y más difícil de diagnosticar. En un rincón oscuro la planta no muere de golpe: alarga los entrenudos, saca hojas más pequeñas y pálidas, y va perdiendo las de abajo hasta quedarse con un palo desnudo rematado por un penacho. Cuando llegas a ver eso, lleva meses con poca luz.
Gira la maceta un cuarto de vuelta cada dos o tres semanas para que no se incline. Es una planta de crecimiento vertical y muy poca ramificación natural, y la asimetría se le nota mucho.
Temperatura y corrientes de aire
El rango cómodo está entre 18 y 24 °C durante todo el año. En invierno tolera bajar a 15 °C sin más consecuencia que parar el crecimiento; por debajo de 13 °C empieza a soltar hojas y a los pocos días de estar a menos de 10 °C el daño ya no se arregla.
Lo que la tumba no es la temperatura media, sino el cambio brusco. Colocarla junto a una puerta que se abre a la calle, en un pasillo con corriente, encima de un radiador o en la trayectoria del aire de un climatizador provoca defoliación en cuestión de días. Cada vez que se sacude su microclima, la planta se desprende de hojas. Una falsa aralia colocada en el vano de un ventanal que se ventila cada mañana en enero puede quedarse pelada antes de febrero.
De esto se deriva una regla práctica: elige el sitio una vez y déjala quieta. Tampoco la saques al balcón en verano «para que le dé el aire»; el salto de humedad, luz y viento le cuesta más de lo que gana.
Riego y sustrato
El sustrato debe estar ligeramente húmedo, nunca encharcado ni completamente seco. Es un equilibrio estrecho y la falsa aralia castiga los dos errores con el mismo síntoma —caída de hojas—, lo que despista bastante.
La forma fiable de decidir es meter el dedo dos o tres centímetros en la tierra. Si a esa profundidad está seca, riega; si notas humedad, espera. En un piso normal esto se traduce en un riego cada cuatro o cinco días de mayo a septiembre y cada diez o doce en invierno, pero el calendario es orientativo y el dedo no.
Riega hasta que salga agua por los agujeros de drenaje y vacía el plato a los diez minutos. Dejar la maceta en un plato con agua permanente es la vía rápida a la podredumbre de raíz: raíces asfixiadas, cuello blando y una planta que se desploma sin previo aviso.
Con el agua del grifo de buena parte de España, muy calcárea, conviene alternar con agua de lluvia o agua embotellada de baja mineralización cada tres o cuatro riegos. Aquí hay una confusión que merece deshacerse: dejar el agua reposando 24 horas elimina el cloro, no la cal. El carbonato cálcico sigue ahí íntegro y es el que va subiendo el pH del sustrato y bloqueando el hierro, con el resultado de hojas nuevas amarillentas entre nervios verdes.
De sustrato le vale una mezcla de turba o sustrato universal de calidad con un 30 % de perlita, o bien un sustrato para plantas verdes al que añadas un puñado de corteza fina. Lo que necesita es que drene rápido y retenga algo de humedad. La maceta, con agujeros, y de tamaño ajustado: una maceta muy grande retiene más agua de la que las raíces pueden gastar.
Humedad ambiental y la araña roja
Aquí está la mayor dificultad de esta planta en un piso español. Pide humedad relativa por encima del 60 %, y una vivienda con calefacción central en enero puede estar en el 30 %, o menos. En esas condiciones los folíolos se secan por la punta y por el borde, y aparece el enemigo natural de la falsa aralia: la araña roja (Tetranychus urticae).
La araña roja es un ácaro diminuto que se instala en el envés y prospera exactamente en el ambiente cálido y seco de un salón calefactado. Los primeros síntomas son un punteado fino y amarillento en la hoja, visto a contraluz, y después telarañas muy tenues en las axilas y en las puntas de los brotes. Para cuando ves la telaraña, la población lleva semanas creciendo.
Para subir la humedad, lo que funciona de verdad es agrupar plantas, poner la maceta sobre una bandeja ancha con arcilla expandida y agua —el nivel del agua siempre por debajo de la base de la maceta— o usar un humidificador en la habitación durante los meses de calefacción. Pulverizar las hojas ayuda poco: el efecto dura minutos y, si el agua es calcárea, deja manchas blancas de cal sobre el follaje oscuro. Si aun así aparece el ácaro, trata con jabón potásico o con un acaricida específico, insistiendo en el envés y repitiendo a los siete días para alcanzar a los que van eclosionando.
Otras plagas posibles, menos frecuentes: cochinilla algodonosa en las axilas de las hojas y cochinilla parda en peciolos y tallos. Ambas se retiran con un bastoncillo mojado en alcohol de 70° si son pocas, y con jabón potásico o aceite de parafina si están extendidas.
Abonado, poda y trasplante
Abona de abril a septiembre, cada tres o cuatro semanas, con un fertilizante líquido para plantas verdes, rico en nitrógeno. Usa la mitad de la dosis que indique el envase: es una planta de crecimiento lento y las sales sobrantes se acumulan en el sustrato y le queman las puntas. De octubre a marzo, nada.
Se poda poco y con un objetivo concreto: como no ramifica sola, si quieres una planta menos larguirucha tienes que despuntar el eje principal a la altura que te interese, a finales de invierno o a principios de primavera. De las yemas de debajo del corte saldrán dos o tres brotes laterales. Cuenta con que la planta se quedará fea unas semanas y con que perderá parte del follaje bajo mientras reorganiza el crecimiento.
El trasplante toca cada dos o tres años, en primavera, subiendo un solo número de maceta. Es una planta que agradece estar algo justa de sitio. Si el ejemplar es grande y trasplantarlo resulta impracticable, sustituye cada primavera los tres o cuatro centímetros superiores de sustrato por mezcla nueva.
Por qué se le caen las hojas
La defoliación es su lenguaje y conviene saber leerla, porque la reacción instintiva —regar más— empeora casi todos los casos.
Caída generalizada a los pocos días de llegar a casa. Es adaptación al cambio de invernadero a salón. Deja la planta quieta en su sitio definitivo, riega con normalidad y espera. Si el sitio es correcto, en tres o cuatro semanas empieza a emitir hojas nuevas. No la trasplantes recién comprada ni la abones: son dos maneras de sumar estrés al estrés.
Caída de hojas verdes, de golpe. Casi siempre es frío o corriente de aire. Revisa dónde está y qué se abre cerca.
Caída de las hojas de abajo, amarilleando primero, con la tierra siempre húmeda. Exceso de riego, con probable inicio de podredumbre radicular. Deja secar, comprueba que el drenaje no está tapado y, si el cuello está blando, saca el cepellón, corta las raíces oscuras y blandas y replanta en sustrato nuevo. Sin garantías.
Puntas y bordes secos con hojas que se van cayendo. Aire seco, exceso de sales o agua muy calcárea. Sube la humedad y lava el sustrato con abundante agua de lluvia.
Multiplicación
No es una planta que se multiplique con facilidad en casa, y conviene decirlo sin adornos. Los esquejes de tallo semileñoso, tomados en primavera con dos o tres yemas, tratados con hormona de enraizamiento y puestos en perlita húmeda, enraízan solo si tienen calor de fondo (entre 22 y 25 °C en el sustrato) y humedad ambiental muy alta, es decir, un propagador cerrado o un invernadero de interior. Sin esas condiciones, el porcentaje de éxito es bajo.
El acodo aéreo sobre el tronco de un ejemplar viejo y desnudo da mejores resultados y además resuelve el problema estético de esa planta con un metro de tallo pelado. La siembra de semilla es posible pero rara vez está disponible en el circuito de aficionados.
Toxicidad y precauciones
Las araliáceas contienen saponinas y cristales de oxalato cálcico en hojas y tallos. La falsa aralia no es una planta de toxicidad grave, pero morder una hoja irrita boca, lengua y garganta, y puede provocar salivación intensa, vómitos y diarrea en perros y gatos. La savia también irrita la piel sensible al podar.
Con gatos en casa, el riesgo real no es el envenenamiento, sino que el animal la mordisquee de forma habitual: colócala fuera de su alcance. Ponte guantes para podar si tienes la piel reactiva, y lávate las manos después. Si un niño o un animal ingiere una cantidad apreciable, consulta con el pediatra o con el veterinario, y con el Instituto Nacional de Toxicología (91 562 04 20) si necesitas orientación inmediata.
En resumen
La falsa aralia (Plerandra elegantissima, antes Dizygotheca o Schefflera elegantissima) es una planta de interior de Nueva Caledonia que se cultiva por su follaje juvenil, muy fino y oscuro, y que con los años pasa a hojas anchas de forma irreversible.
Quiere luz clara sin sol directo, entre 18 y 24 °C todo el año, humedad ambiental alta y un sustrato que se mantenga apenas húmedo, drenando siempre el plato. Detesta las corrientes de aire y los cambios de sitio, y responde a cualquier disgusto soltando hojas. Abónala solo de abril a septiembre y a media dosis, trasplántala cada dos o tres años en primavera y vigila el envés en cuanto arranque la calefacción, porque la araña roja va directa a ella. No la confundas con la Fatsia japonica de terraza: esta no pasa un invierno a la intemperie en casi ninguna parte de la Península. Y si tienes gatos, súbela a un sitio al que no lleguen.