El radiador se enciende a las siete de la tarde y en un par de horas la humedad relativa del salón baja del 50 % al 30 %. A la vez, la ventana por la que en julio entraban ocho horas de luz ahora reparte cuatro escasas y con el sol a media altura. La planta que en septiembre sacaba una hoja nueva cada diez días se ha parado, y el cuidado que le dabas entonces ha dejado de servir.

Invernar bien una planta de interior consiste en acompasar los cuidados a esa parada. No es una temporada de hacer más cosas, sino de hacer menos y con más criterio: menos agua, nada de abono, ninguna maceta nueva y mucha atención a dónde está colocada cada tiesto.

Lo que de verdad falta en enero es luz

En Madrid, el 21 de diciembre hay unas nueve horas y veinte minutos entre orto y ocaso, frente a más de quince en junio, y el sol al mediodía apenas alcanza los 27° sobre el horizonte cuando en verano pasa de 70°. Traducido a la maceta: un rincón que en agosto recibía luz de sobra puede quedarse en invierno por debajo del mínimo que la planta necesita para mantener su follaje.

La respuesta es mover las plantas hacia la ventana, no dejarlas donde quedaban bonitas. En diciembre y enero, incluso las tropicales que en verano exigen luz filtrada agradecen el sol directo de una ventana al sur o al este. Un metro de distancia respecto al cristal puede significar la mitad de luz recibida.

Ayuda también lo que no parece jardinería: limpiar los cristales, retirar los visillos durante el invierno y pasar un paño húmedo por las hojas grandes de Ficus, Monstera o dracenas. Una capa de polvo resta luz aprovechable justo cuando no sobra. Gira un cuarto de vuelta la maceta cada semana para que el tallo no se incline hacia el cristal.

Si tienes plantas de hoja variegada o de porte compacto en habitaciones interiores, un tubo o bombilla LED de cultivo con temporizador entre diez y doce horas diarias evita los entrenudos largos y las hojas pequeñas que aparecen en marzo.

El riego cambia de ritmo, no de cantidad

Una maceta regada en enero al ritmo de agosto se ahoga sin que el dueño lo note hasta que ya no hay raíz que salvar. Con menos luz y temperaturas más bajas la planta transpira poco, el sustrato tarda el doble o el triple en secarse y las raíces que permanecen en tierra empapada y fría se pudren en cuestión de semanas. Los hongos que rematan la faena, Pythium y Phytophthora, no atacan a una raíz sana y aireada: llegan cuando el agua ha desplazado al aire del sustrato.

El ajuste correcto no es dar poquito y a menudo, que solo humedece la capa superior y deja el fondo seco o compactado. Se sigue regando a fondo, hasta que el agua sale por los agujeros, pero mucho más espaciado. Comprueba antes con un palillo de brocheta clavado hasta la mitad de la maceta: si sale limpio y seco, riega; si sale con tierra húmeda pegada, espera.

Como orden de magnitud, una Monstera que en agosto bebía cada cuatro días pasa en enero a cada diez o doce; un cactus o una Sansevieria no necesitan nada de noviembre a marzo si están en una habitación fresca. El plato se vacía siempre a los quince minutos. Y usa agua a temperatura ambiente: el agua del grifo a 8 °C sobre las raíces de un anturio o de una violeta africana provoca un frenazo del que tarda en recuperarse, y en las hojas vellosas deja manchas.

Calefacción, aire seco y araña roja

Un piso con calefacción central pasa el invierno entre el 25 % y el 35 % de humedad relativa, un ambiente más seco que el de buena parte del año en Almería. Las tropicales de hoja fina —calateas (hoy Goeppertia), marantas, helechos, Alocasia— quieren el doble.

Ese aire seco y caliente es también el escenario perfecto para la araña roja (Tetranychus urticae), que se multiplica a toda velocidad entre 25 y 30 °C con poca humedad. Aparece en el envés de las hojas como punteado amarillento y telarañas finas en las axilas. Revisa el envés una vez por semana con la linterna del móvil: descubrirla pronto es la diferencia entre una ducha de agua templada y un tratamiento con jabón potásico repetido cada cinco días durante tres semanas. La cochinilla algodonosa (Planococcus citri) también hace su agosto en invierno, escondida en las axilas y bajo el borde de la maceta; se retira con un bastoncillo mojado en alcohol isopropílico.

Espatifilo de interior con hojas verdes brillantes

Pulverizar no sube la humedad

Rociar las hojas eleva la humedad alrededor de la planta durante unos diez minutos y después el ambiente vuelve a estar igual de seco. Como método para combatir el aire de la calefacción, no funciona; y en una habitación fresca y sin ventilación, el agua parada sobre las hojas favorece la botritis y las manchas foliares. En las especies de hoja vellosa (violeta africana, Gynura, Begonia rex) el pulverizador deja cercos permanentes.

Lo que sí sube la humedad, por orden de eficacia: un humidificador (medido con un higrómetro barato, subir de 30 % a 50 % es objetivo realista); agrupar las plantas de forma que sus transpiraciones se sumen; colocar las macetas sobre un plato ancho con arcilla expandida y agua que no toque la base del tiesto; y trasladar las más exigentes a la cocina o al baño, donde el vapor diario juega a favor.

Frío en el cristal, calor en el radiador

Las dos peores ubicaciones de la casa en invierno están a menos de dos metros la una de la otra. Una hoja que toca el cristal de una ventana simple en una noche de helada de Burgos o de Teruel amanece con manchas negras de tejido muerto. Y una planta encima o justo delante de un radiador recibe una corriente seca a 40 °C que le tuesta las puntas en pocos días.

La regla práctica: cerca de la ventana para tener luz, pero sin contacto con el vidrio y con la persiana bajada de noche, que crea una cámara de aire aislante; y a más de un metro de cualquier fuente de calor. Cuidado también con la puerta de entrada, con las corrientes al ventilar y con el maletero del coche cuando compras planta nueva en diciembre: media hora a 4 °C basta para que un Ficus benjamina se quede sin hojas.

Los mínimos de referencia ayudan a repartir las macetas por la casa: Goeppertia, anturio y Alocasia sufren por debajo de 15 °C; Ficus, Monstera, dracenas, potos y Phalaenopsis quieren no bajar de 12-13 °C; Sansevieria y Zamioculcas aguantan hasta 10 °C si están secas; aspidistra, clivia y cinta soportan sin daño 5-7 °C. En la costa mediterránea, una habitación sin calefacción se queda con facilidad en 12 °C en enero, y eso ya es demasiado para una calatea.

Guarda el abono hasta marzo

Una planta parada no absorbe los nutrientes que le eches. Las sales se acumulan en el sustrato, aparece una costra blanquecina en el borde de la maceta y las puntas de las hojas se queman. De octubre a finales de febrero, en condiciones normales de casa, el abono se suspende.

Hay dos excepciones. La primera, las plantas que florecen precisamente ahora: Phalaenopsis con vara, Schlumbergera, violeta africana, ciclamen y azalea agradecen un abono específico para floración a media dosis, cada tres o cuatro semanas. La segunda, las plantas bajo luz artificial en una habitación caldeada, que siguen creciendo y sí consumen; para ellas, dosis reducida a la mitad y cada mes. Cuando en marzo el día se alarga y salga la primera hoja nueva, se retoma el ritmo normal.

Ni trasplantes ni podas fuertes

Cambiar de maceta en enero significa romper raíces que no van a regenerarse hasta la primavera y rodearlas de un volumen de sustrato nuevo que se mantendrá húmedo durante semanas. El trasplante se hace de marzo a junio. Lo único razonable ahora es sustituir los dos primeros centímetros de sustrato si están enmohecidos, y cambiar de tiesto de urgencia si detectas podredumbre, recortando entonces las raíces blandas y oscuras y usando sustrato nuevo con perlita.

Con la poda, lo mismo: retira hojas secas o amarillas y flores pasadas, pero deja el rebaje serio de guías y ramas para cuando la planta arranque. Una hoja amarilla en diciembre no siempre es un problema; al reducir su actividad, la planta sacrifica primero las hojas más viejas.

Las que sí quieren pasar frío

Varias plantas comunes de interior no vuelven a florecer si no reciben un descanso fresco, de modo que protegerlas del frío les hace un flaco favor.

Cactus y suculentas de desierto. Necesitan invernada seca a 5-10 °C, sin una gota de agua de noviembre a marzo. Un cactus en un salón a 22 °C se ahíla, se pone pálido y no florece en primavera. Una habitación sin calefacción o una galería cerrada resuelven.

Cactus de Navidad (Schlumbergera). Forma los botones con días cortos y 12-15 °C. Una vez que los botones asoman, no cambies la planta de sitio ni la gires: la caída de capullos casi siempre viene de un traslado o de una corriente.

Clivia (Clivia miniata). Seis u ocho semanas a 8-12 °C, casi sin riego, entre noviembre y enero; sin ese frío no emite escapo floral. En cuanto veas asomar la vara, sube la temperatura y reanuda el riego.

Geranios y gitanillas (Pelargonium) recogidos del balcón en zonas frías: sitio luminoso y fresco, entre 5 y 10 °C, riego mínimo y ninguna prisa por abonar.

Las plantas de diciembre son un caso aparte

Las que llegan a casa como decoración navideña se cuidan distinto de las de follaje, y por eso duran tan poco.

La flor de Pascua (Euphorbia pulcherrima) se estropea por dos vías: el frío del transporte y del escaparate, que le hace tirar las hojas a los pocos días, y el agua acumulada en el envoltorio dorado. Quita ese envoltorio o perfóralo, sitúala con mucha luz, entre 16 y 21 °C, lejos de corrientes, y riega solo cuando la superficie esté seca. Su látex es irritante para piel y mucosas.

El ciclamen (Cyclamen persicum) quiere justo lo contrario que la calefacción: entre 12 y 15 °C, luz clara y riego por el plato o por el borde, nunca sobre el corazón del tubérculo, que se pudre. En un salón a 23 °C se derrumba en dos semanas.

La azalea de interior (Rhododendron simsii) es acidófila: agua descalcificada o de lluvia, sitio fresco y luminoso, y sustrato siempre húmedo pero sin encharcar. Con agua dura del grifo amarillea por clorosis en un mes.

Repaso de errores que salen caros

Regar por calendario en lugar de por sustrato: en invierno el mismo hábito de verano ahoga la maceta.

Aprovechar un día soleado de enero para sacar las plantas al balcón: la bajada nocturna las quema aunque el día haya sido templado.

Dejar la maceta sobre suelo de mármol o gres frío junto a una ventana: el cepellón se queda varios grados por debajo del aire de la habitación. Una tabla de corcho o un platillo con patas lo evitan.

Confundir la sed con el exceso de agua. Las dos cosas producen hojas mustias y caídas. Antes de regar, mete el dedo: si la tierra está húmeda y la planta está lacia, el problema son las raíces, no el agua.

Tapar los agujeros de drenaje o mantener un macetero decorativo con agua en el fondo. En invierno, ese fondo tarda semanas en secarse.

En resumen

Entre noviembre y febrero, las plantas de interior no crecen: se mantienen. Acércalas a la ventana y límpiales las hojas para aprovechar las pocas horas de luz, riega a fondo pero muy espaciado comprobando siempre el sustrato, y deja el abono y los trasplantes para marzo.

Sepáralas del cristal frío y del radiador, sube la humedad con humidificador o bandejas de arcilla en lugar de con el pulverizador, y revisa el envés de las hojas cada semana para cazar la araña roja antes de que se instale. Y recuerda que cactus, clivia, Schlumbergera y geranios necesitan pasar frío y sequía ahora si quieres verlos florecer en primavera.


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