Una Tillandsia no se planta: se cuelga, se apoya sobre un trozo de madera o se deja dentro de un cuenco. No lleva tierra, no lleva maceta y sus raíces, cuando las tiene, sirven para agarrarse a una rama, no para comer. De ahí viene el nombre popular de clavel del aire y de ahí viene también la idea, muy extendida y completamente falsa, de que se alimenta del aire.

El género Tillandsia pertenece a la familia de las bromeliáceas, la misma que la piña, y reúne más de seiscientas especies repartidas por América, desde el sureste de Estados Unidos hasta la Patagonia. Lo que las distingue de casi todas las plantas de interior es su forma de beber: absorben agua y sales minerales por la superficie de las hojas, mediante unas escamas microscópicas llamadas tricomas. Esas escamas son las responsables del aspecto plateado o harinoso de muchas especies.

Ejemplar de Tillandsia con roseta de hojas estrechas

Qué tienes exactamente entre las manos

Conviene saber a qué grupo pertenece tu planta, porque de eso dependen el riego y la luz. Hay dos grandes tipos y se distinguen a simple vista.

Las especies grises o xéricas tienen las hojas cubiertas de tricomas densos, con ese tono ceniciento inconfundible. Tillandsia ionantha, Tillandsia tectorum, Tillandsia xerographica o la propia Tillandsia oaxacana vienen de zonas secas y luminosas, aguantan mucha luz y se pudren con facilidad si se les da agua de más.

Las especies verdes o mésicasTillandsia bulbosa, Tillandsia butzii, Tillandsia brachycaulos— tienen menos escamas, un verde más franco y proceden de selvas húmedas. Piden más agua, más humedad ambiental y una luz algo más filtrada. Tillandsia fasciculata, con su roseta rígida y su espiga floral roja, ocupa una posición intermedia.

Aparte queda Tillandsia usneoides, el conocido barbón o musgo español, que no forma roseta sino melenas colgantes de tallos finos y se cultiva exactamente igual que las verdes.

Tillandsia fasciculata con su espiga floral

Luz: mucha, pero no a través del cristal a mediodía

El sitio ideal es a menos de un metro de una ventana orientada al este o al oeste, o dentro de una habitación con ventana al sur pero apartada del rectángulo de sol directo. Necesitan luz abundante durante todo el día; una repisa al fondo del salón, lejos de cualquier ventana, es una sentencia lenta: la planta no muere en una semana, se va estirando, pierde color y deja de emitir hijuelos hasta que se apaga al cabo de unos meses.

El sol directo a través de un cristal en julio, en cambio, mata rápido. El vidrio concentra el calor y no deja pasar la brisa que en su hábitat refrigera las hojas: aparecen manchas pardas secas en las puntas y en la cara expuesta. En verano, en el interior peninsular, una Tillandsia puede pasar el día al aire libre a media sombra, bajo un árbol o un toldo, y lo agradece.

El riego, que es donde se decide todo

Pulverizar la planta con un spray dos veces por semana es lo que recomienda casi cualquier etiqueta y es insuficiente en el clima seco de buena parte de España. El agua se evapora antes de que los tricomas la absorban.

El método que funciona es el baño por inmersión: sumergir la planta entera en un barreño con agua durante veinte o treinta minutos, una o dos veces por semana en primavera y verano, cada diez o quince días en invierno. Las especies grises, en la banda baja de esa frecuencia; las verdes, en la alta. Si al día siguiente del baño las hojas están rígidas y abiertas, vas bien; si se curvan hacia dentro y se arrugan longitudinalmente, la planta tiene sed.

Y ahora la parte que se olvida y que cuesta la planta: después del baño hay que escurrirla boca abajo y dejarla secar en un sitio aireado hasta que no quede una gota en el centro de la roseta. El agua estancada en la base pudre el corazón de la planta en pocos días, y cuando te das cuenta, la roseta se desarma sola al levantarla: las hojas centrales salen tirando de ellas, sin resistencia. De ese punto no se vuelve.

El agua importa tanto como la frecuencia. El agua del grifo en Madrid, Levante o Andalucía es dura y deja una costra de cal sobre los tricomas que acaba impidiendo la absorción; se ve como un velo blanquecino que no se va frotando. Usa agua de lluvia, agua de un deshumidificador o agua embotellada de mineralización muy débil. El agua descalcificada por resina doméstica no vale: cambia el calcio por sodio y el sodio les sienta peor todavía.

Abono, temperatura y aire

Que no lleven sustrato no significa que no coman. Un abono específico para bromeliáceas o para orquídeas, diluido a un cuarto de la dosis de la etiqueta y añadido al agua del baño una vez al mes de marzo a septiembre, es suficiente. Pasarse de dosis quema las puntas de las hojas.

El rango cómodo va de los 12 a los 30 °C. Por debajo de 5 °C aparecen daños por frío y una helada las liquida, así que en el norte y en el interior no pueden invernar fuera. Por arriba aguantan bien el calor siempre que haya movimiento de aire.

Ese movimiento de aire es un requisito, no un adorno. De ahí que las bolas de cristal cerradas y los terrarios estancos que se venden para exponerlas sean malos recipientes: la humedad no se evapora, la base permanece mojada y la planta se pudre. Si te gusta el formato, elige el globo abierto y saca la planta para bañarla y secarla.

Floración e hijuelos: cuando parece que se muere y no se muere

Las Tillandsia florecen una sola vez en la vida. La roseta cambia de color —muchas se tiñen de rojo o rosa intenso— y emite una espiga con flores moradas, azules o rojas que dura de unos días a varias semanas. Después, la planta madre entra en un declive lento que puede llevar uno o dos años.

Eso no es un fallo de cultivo, sino el ciclo normal de la especie. Tirar la roseta a la basura al verla decaer, convencido de haberla matado, supone perder la descendencia que viene detrás. Mientras la madre se apaga, va emitiendo hijuelos por la base, entre uno y varios. Déjalos unidos hasta que alcancen un tercio del tamaño de la madre y sepáralos entonces con un tirón suave o un corte limpio. Con eso tienes planta indefinidamente.

Cómo fijarlas y cómo no

Se sujetan a un corcho, una rama, una piedra o una rejilla con hilo de pescar, alambre plastificado o cordel de algodón, pasado por la base sin apretar las hojas. También aguantan simplemente apoyadas en un cuenco de cerámica seco.

Lo que no debe hacerse es pegarlas con cianoacrilato o con silicona caliente, un apaño que aparece de fábrica en bastantes piezas decorativas: el pegamento tapa la base, impide que salgan los hijuelos y a menudo quema el tejido. Si compras una así, despégala con paciencia y átala. Tampoco sirve plantarlas en tierra: el sustrato mantiene la base húmeda y la pudre.

Plagas y problemas frecuentes

Son plantas notablemente sanas. La cochinilla algodonosa puede instalarse en las axilas de las hojas, sobre todo en ejemplares que viven en sitios con poco aire; se quita con un bastoncillo y alcohol y se trata con jabón potásico, aclarando después con agua limpia. Los aceites minerales y de neem tienen aquí un inconveniente específico: forman una película sobre los tricomas y dificultan la absorción de agua, así que conviene evitarlos.

Las puntas secas y pardas indican sequedad ambiental o exceso de sales, no hongos. Las hojas blandas y pálidas, con la base oscura, son podredumbre. Un color verde intenso en una especie que debería ser plateada suele significar que le sobra sombra.

En resumen

El clavel del aire es fácil siempre que se entienda de qué vive: luz abundante sin sol directo tras el cristal, baños por inmersión con agua blanda, escurrido boca abajo hasta secar del todo, aire circulando y un poco de abono muy diluido en primavera y verano. Los dos finales típicos son la podredumbre del corazón por dejar agua en la base y la extinción lenta por falta de luz. La floración marca el principio del relevo, no el final de la historia: separa los hijuelos y sigues teniendo planta sin gastar un euro.


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