Las salvias son el género que más ha cambiado la jardinería mediterránea de los últimos veinte años. Florecen de mayo a noviembre sin descanso, toleran el calor y los suelos calizos, piden poca agua y casi nunca enferman. El problema para quien empieza es que bajo el nombre de salvia se venden plantas con exigencias muy distintas: hay salvias arbustivas de floración continua, vivaces herbáceas de espiga que florecen en primavera, y matas mediterráneas de follaje aromático que se cultivan casi como aromáticas.
Saber a cuál de esos tres grupos pertenece la que tienes delante resuelve de golpe las tres preguntas prácticas: cuánta agua necesita, cuándo se poda y si aguantará el invierno de tu zona. Lo demás son matices.
Grupo 1: las arbustivas de floración continua
Son las más útiles en España y las que más han crecido en oferta. Vienen de México y del suroeste de Estados Unidos y forman matas leñosas en la base, con floración ininterrumpida de mayo a noviembre.
La Salvia microphylla, la Salvia greggii y sobre todo sus híbridos, agrupados bajo el nombre Salvia x jamensis, son la columna vertebral del grupo. Hay decenas de cultivares en toda la gama del rojo, el rosa, el coral, el salmón, el blanco y el bicolor. Forman matas de 50 a 80 centímetros, resisten la sequía razonablemente bien una vez establecidas y aguantan heladas moderadas, con daños en la parte aérea que rebrotan en primavera. En el litoral y en el sur mantienen follaje todo el año.
La Salvia guaranitica y su híbrido 'Amistad' juegan en otra escala: matas de más de un metro, espigas de flores moradas o azul intenso sobre cálices casi negros, y una presencia muy escultórica. Necesitan más agua que las anteriores y suelo algo más rico, y en el interior peninsular pierden la parte aérea con las heladas, rebrotando desde raíces tuberosas si el suelo drena bien. Son de las mejores plantas para atraer polinizadores grandes.
La Salvia leucantha, de follaje gris y espigas aterciopeladas moradas y blancas, florece muy tarde, de septiembre a las primeras heladas, y por eso es tan valiosa: cubre el hueco de octubre y noviembre. Es sensible al frío y en climas continentales necesita protección o cultivo en maceta.
La Salvia elegans, con flores rojas tubulares y hojas de olor afrutado, es otra de floración tardía, también sensible a las heladas.
Grupo 2: las vivaces herbáceas de espiga
Son europeas y de Asia occidental, herbáceas puras, y su calendario es distinto: florecen fuerte de mayo a julio y luego se paran. La Salvia nemorosa y sus cultivares ('Caradonna', de tallos negros, es el más plantado), la Salvia pratensis y la Salvia verticillata forman matas compactas cubiertas de espigas verticales azules, violetas o rosadas.
Su ventaja es la refloración. Si en cuanto la primera oleada se apaga se recorta toda la mata a un tercio de su altura, en tres o cuatro semanas emiten una segunda floración que llega a septiembre. Sin ese recorte se quedan en un mes y medio de interés y el resto del verano son un montón de tallos secos.
Son muy rústicas al frío, más que ninguna de las arbustivas, y por eso funcionan bien en la meseta y en zonas de montaña. Necesitan algo más de humedad estival que las mediterráneas y sufren en los veranos muy secos del sureste sin riego de apoyo.
Grupo 3: las mediterráneas y de zonas áridas
Aquí están las verdaderas plantas de secano. La Salvia officinalis, la salvia común de cocina, con sus variedades de follaje púrpura ('Purpurascens'), variegado ('Tricolor') o dorado ('Icterina'), es una mata gris de un metro escaso que vive en suelo calizo, pobre y seco, y que rechaza el riego frecuente: el exceso de agua la pudre por el cuello. Se recorta cada primavera para que no se ahueque por el centro.
La Salvia lavandulifolia, la salvia de hoja estrecha, es autóctona de la Península y crece de forma natural en matorrales calizos del centro, el este y el sur. Es una de las plantas más adaptadas que se pueden poner en un jardín seco español, con follaje gris aromático y floración azul violácea en primavera, y prácticamente ningún mantenimiento.
La Salvia chamaedryoides, mexicana, da flores de un azul limpio poco frecuente sobre follaje plateado, forma cojines bajos y redondeados y soporta el calor, la sequía y bastante frío. Florece de mayo a noviembre con una pausa en agosto.
La Salvia pachyphylla, de los desiertos de montaña de California, Nevada y Arizona, es de las más resistentes del género: soporta sol intenso, sequía severa, aire salino y heladas fuertes. Sus grandes brácteas rosa púrpura mantienen el color incluso secas, mucho después de que la flor haya pasado. Necesita un drenaje impecable y muere con exceso de riego.
La Salvia pomifera, de las islas griegas, sigue el mismo patrón: suelos calizos, pobres y pedregosos, floración corta en abril y mayo pero brácteas púrpuras persistentes, y una tolerancia a la sequía de primer orden.
Conviene saber, por último, que el romero se llama hoy Salvia rosmarinus: los estudios moleculares lo integraron dentro del género Salvia. En viveros se sigue etiquetando como Rosmarinus officinalis.
Cultivo
Exposición. Pleno sol para todas. Las arbustivas mexicanas admiten unas horas de sombra en el sur sin perder demasiada floración; las mediterráneas de follaje gris, no: en sombra se estiran, se ahuecan y pierden el aroma.
Suelo y drenaje. Este es el factor determinante. Las salvias mueren de asfixia radicular, no de sed. Toleran suelos pobres, pedregosos y calizos, y agradecen la caliza más que la temen. En terreno arcilloso hay que plantar en caballón, sobre un lecho de grava, o directamente en maceta. Nada de acolchados orgánicos húmedos pegados al cuello de la planta; una grava clara funciona mucho mejor.
Riego. Abundante durante el primer verano, para que arraiguen. Después, riegos espaciados y profundos: mejor un riego largo cada diez o quince días que uno corto cada dos. Las del grupo 3 pueden pasar el verano en secano en la mayor parte de España una vez establecidas.
Abono. Ninguno o muy poco. Con nitrógeno abundante crecen blandas, se tumban, florecen menos y resisten peor el frío.
Poda, el punto donde más se falla
La regla que salva más salvias arbustivas es esta: no se podan en otoño. Los tallos secos protegen la mata del frío invernal, y una poda de otoño estimula brotes tiernos que la primera helada arrasa. La poda se hace al final del invierno, entre febrero y marzo, cuando ya se ven las yemas hinchadas en la base.
Y se poda dejando siempre algo de madera con yemas visibles. Las Salvia microphylla y greggii rebrotan mal desde madera vieja y desnuda: cortar por debajo de las últimas yemas puede matarlas. Lo habitual es reducir la mata a un tercio o a la mitad, respetando la estructura leñosa.
Durante la temporada, retirar las espigas pasadas mantiene la floración. En las herbáceas del grupo 2 el corte fuerte de finales de junio es lo que provoca la segunda floración.
Multiplicación
Por esquejes, y es de las cosas más sencillas que se pueden hacer en un jardín. Se toman esquejes de tallo semileñoso de unos diez centímetros a finales de verano o principios de otoño, se les quitan las hojas inferiores y se plantan en una mezcla arenosa a la sombra. Enraízan en tres o cuatro semanas. Es la forma habitual de asegurar los cultivares tiernos frente a un invierno duro: se guarda una bandeja de esquejes a cubierto por si la mata madre no pasa el invierno.
En resumen
Para floración larga y fiable en clima mediterráneo, las arbustivas Salvia x jamensis, microphylla y greggii. Para jardín seco de verdad y suelo calizo, la autóctona Salvia lavandulifolia, la officinalis, la chamaedryoides y la pachyphylla. Para clima continental frío, las herbáceas Salvia nemorosa y pratensis, recortadas a fondo tras la primera oleada para que refloren.
El cultivo se reduce a sol, drenaje impecable, riego espaciado y nada de abono. Y una fecha que conviene grabar: la poda de las arbustivas se hace al final del invierno, nunca en otoño, y siempre dejando madera con yemas.