Un mangave es un híbrido entre un ágave y una manfreda. No existe en la naturaleza: es una planta de obtentor, nacida de un cruce accidental y desarrollada después en cientos de combinaciones. Del ágave hereda la roseta escultórica y la resistencia; de la manfreda, las manchas, los colores raros, los dientes blandos y un crecimiento mucho más rápido.
Para quien vive en España y quiere el aspecto de un ágave sin la agresividad ni el tamaño, es una solución muy práctica: rosetas de treinta a sesenta centímetros, moteadas de púrpura, plateadas, casi negras o de un verde azulado, que caben en una maceta y no acuchillan a nadie al pasar. Y a diferencia del ágave, agradecen el riego regular en verano y crecen visiblemente de un año para otro.
Distintos cultivares de mangave. La variedad de manchas, colores y portes es lo que caracteriza a estos híbridos frente a los ágaves.
De dónde salen
Las manfredas son suculentas americanas de la misma familia que los ágaves, y de hecho la botánica actual tiende a incluirlas dentro del propio género Agave. Son plantas de hojas blandas, flexibles, casi sin dientes, salpicadas de manchas oscuras, con raíz engrosada y un porte mucho menos rígido. Nunca se han cultivado demasiado porque, sin las flores, resultan poco vistosas.
El cruce entre los dos grupos cambió eso. Los primeros mangaves aparecieron por polinización cruzada espontánea entre plantas de colección, y a partir de ahí el trabajo de selección ha producido decenas de cultivares. Se escriben con el símbolo de híbrido intergenérico, ×Mangave, seguido del nombre del cultivar entre comillas simples.
Qué hereda de cada progenitor
De los ágaves: la roseta simétrica, las hojas gruesas y suculentas, la tolerancia al sol y al calor, y la aversión al agua estancada en la raíz.
De las manfredas: el moteado y las coloraciones (púrpura, borgoña, plateado, bronce), los dientes marginales blandos o inexistentes, una espina terminal mucho menos peligrosa, y sobre todo la velocidad. Un ágave tarda años en hacerse; un mangave alcanza su tamaño adulto en dos o tres temporadas si se le da agua y abono.
Esa mansedumbre es su mayor argumento práctico. Un Agave americana o un Agave ferox junto a un paso son un peligro real, con espinas terminales capaces de causar heridas profundas. Un mangave se puede plantar al borde de un camino sin pensárselo.
El color depende del sol
Aquí está la clave estética del grupo. El moteado y los tonos oscuros solo se desarrollan con luz intensa. Un mangave a media sombra se pone verde uniforme, alarga las hojas y pierde la forma compacta; el mismo cultivar a pleno sol saca las manchas púrpura, se compacta y se queda con las hojas cortas y anchas.
Lo ideal en España son seis horas o más de sol directo, preferentemente de mañana. En el interior y en el sur, con el sol de tarde de julio y agosto, algunos cultivares de hoja clara se queman, así que si la planta viene de invernadero conviene aclimatarla poco a poco durante un par de semanas en lugar de sacarla de golpe a pleno sol.
Sustrato, maceta y riego
Sustrato para suculentas o una mezcla de tierra de jardín con arena gruesa y árido, que drene rápido. En el jardín, terreno arenoso o pedregoso, y si el suelo es arcilloso, plantar en montículo elevado o en bancal levantado en lugar de en hoyo, porque un hoyo en arcilla se convierte en una bañera.
La maceta puede ser ajustada, de diámetro apenas mayor que la roseta, y de barro sin esmaltar mejor que de plástico.
El riego es donde más se diferencian de los ágaves. Toleran y agradecen más agua: en verano, un riego a fondo cuando el sustrato esté seco, cada semana o cada diez días en maceta según el calor, acelera mucho su desarrollo. Lo que no perdonan es el sustrato encharcado de forma continuada. En invierno, el sustrato debe permanecer seco.
Abono para suculentas en primavera y a mitad del verano, en dosis moderadas. El exceso de nitrógeno da hojas largas, blandas y desvaídas, justo lo contrario de lo que se busca.
El invierno: lo que mata es la humedad, no el frío
La mayoría de los mangaves aguantan heladas ligeras, del orden de cinco o siete grados bajo cero, siempre que estén secos. La misma temperatura con el sustrato empapado y el corazón de la roseta lleno de agua de lluvia produce pudrición.
Esto define su cultivo por zonas. En el litoral mediterráneo, en Andalucía y en Canarias se tienen en el jardín todo el año sin problema. En el interior peninsular, con heladas más fuertes, en maceta que se resguarda bajo porche o en galería fría de diciembre a marzo. Y en la cornisa cantábrica y Galicia, donde el frío es suave pero el invierno es largo y lluvioso, el problema no es la temperatura sino el agua: conviene tenerlos a cubierto de la lluvia invernal aunque estén fuera.
Un truco sencillo para los que quedan a la intemperie: inclinar ligeramente la maceta o plantar en pendiente, para que el agua no se acumule en el centro de la roseta.
Hijuelos, floración y multiplicación
Los mangaves emiten hijuelos alrededor de la planta madre, a veces en cantidad. Se separan en primavera o principios de verano con un cuchillo limpio, se deja cicatrizar el corte un par de días a la sombra y se plantan en sustrato seco, esperando una semana antes del primer riego. Es la forma normal de multiplicarlos, ya que al ser híbridos la semilla no reproduce el cultivar.
Sobre la floración conviene ser exacto. Los ágaves son monocárpicos: florecen una sola vez, tras muchos años, emiten un enorme escapo y la roseta muere después. Las manfredas no funcionan así. En los mangaves el comportamiento es variable según el cultivar y no siempre previsible: algunos emiten su vara floral y la roseta principal se agota, pero los hijuelos que ha dejado alrededor continúan la mata. En la práctica, la floración no es el final de la planta, aunque sí puede serlo de esa roseta concreta.
Cultivares y cómo elegir
La oferta es amplia y crece cada temporada. Algunos nombres que se encuentran con facilidad y que dan idea del rango: 'Macho Mocha', de los primeros y de los más grandes, con hojas anchas de un gris verdoso moteado; 'Bloodspot', compacto y salpicado de rojo oscuro; 'Lavender Lady', de tono azulado lila; 'Mission to Mars', que enrojece intensamente al sol; 'Moonglow', de hojas anchas y claras; y 'Silver Fox', plateado.
Al elegir conviene fijarse en dos cosas más que en el color de la foto: el tamaño adulto, que va de veinte centímetros a más de un metro de diámetro según el cultivar, y si tiene porte abierto o compacto. En maceta y en composiciones, los compactos funcionan mucho mejor; en el suelo del jardín, como pieza aislada, los grandes de porte abierto tienen más presencia.
Dos precauciones
La primera es la savia. La de los ágaves puede provocar irritación de la piel por contacto, y conviene usar guantes al separar hijuelos, al podar hojas secas o al trasplantar, y lavarse después.
La segunda es el picudo del ágave (Scyphophorus acupunctatus), un escarabajo presente desde hace años en España que perfora la base de la planta y cuyas larvas destruyen el cogollo por dentro. Los síntomas son hojas centrales que se marchitan y se doblan sin causa aparente, un olor desagradable a fermentación en la base y orificios en el cuello. Al ser híbridos de ágave, los mangaves son susceptibles. Revisar la base de las plantas nuevas antes de introducirlas en el jardín y retirar rápidamente los ejemplares afectados es la mejor prevención.
En resumen
El mangave da la arquitectura de un ágave en formato reducido, con manchas y colores que ningún ágave tiene, sin espinas peligrosas y con un crecimiento tres o cuatro veces más rápido. Necesita mucho sol para colorear, sustrato que drene, riego regular en verano y sequía en invierno.
En la costa mediterránea y en el sur se cultiva en el jardín todo el año; en el interior y en el norte húmedo, en maceta y a cubierto de la lluvia invernal, porque lo que mata a un mangave no es el frío sino el frío con las raíces mojadas. Se multiplica separando hijuelos, y a la hora de comprar importa más el tamaño adulto del cultivar que el color de la etiqueta.