Se llaman rosas modernas a todas las obtenidas a partir de 1867, y la fecha no es caprichosa: es el año en que el francés Jean-Baptiste Guillot presentó 'La France', considerada el primer híbrido de té. Todo lo anterior a esa fecha se agrupa como rosas antiguas. Es una convención, y como toda convención tiene sus bordes discutibles, pero resume bien un cambio real en la historia del rosal.

Lo que separa a unas de otras no es la belleza sino el comportamiento. Las rosas antiguas florecen casi siempre una vez al año, en mayo, con una explosión breve y espectacular. Las modernas reflorecen: dan flor de forma repetida o continua desde la primavera hasta las primeras heladas. Esa capacidad llegó a Europa a finales del siglo XVIII con los rosales chinos, Rosa chinensis y Rosa odorata, que traían de serie la refloración y que al cruzarse con las rosas europeas dieron origen a todo lo que cultivamos hoy.

'Peace', obtenida por Francis Meilland antes de la Segunda Guerra Mundial y difundida en 1945, es probablemente el híbrido de té más famoso de la historia.

Los grupos de las rosas modernas

Bajo la etiqueta caben tipos de planta muy distintos, y saber cuál es cuál evita comprar un arbusto de dos metros para una jardinera de balcón.

  • Híbridos de té. La rosa de flor grande sobre tallo largo y erguido, una por tallo, de botón alto y apertura lenta. Es la rosa de floristería y la de los rosales de jardín más clásicos. Suele ser el grupo más sensible a los hongos.
  • Floribundas. Nacidas del cruce de polianthas con híbridos de té, obra en buena parte del danés Poulsen. Dan ramilletes de flores algo menores, con floración mucho más continua y plantas más resistentes. Para masa de color en un macizo, son mejor opción que un híbrido de té.
  • Grandifloras. Un grupo intermedio, con flores de tamaño de híbrido de té agrupadas en ramilletes y plantas altas.
  • Polianthas y miniaturas. Plantas pequeñas de flor menuda y abundante, para bordes, jardineras y macetas.
  • Arbustivos modernos y paisajistas. Arbustos de porte libre, muy floríferos, seleccionados sobre todo por sanidad y bajo mantenimiento. Es el grupo que ha copado la jardinería pública.
  • Cubresuelos. Porte rastrero o extendido, para taludes y grandes superficies donde no se puede podar planta por planta.
  • Trepadores y sarmentosos modernos. Los primeros, de crecimiento controlable y a menudo reflorecientes; los segundos, muy vigorosos y de floración normalmente única.
  • Rosas inglesas. El grupo que David Austin empezó a construir en los años sesenta cruzando rosas antiguas con floribundas e híbridos de té, para recuperar la forma de corola llena y el aroma de las antiguas manteniendo la refloración de las modernas.

Cómo se obtiene una rosa nueva

Una variedad comercial no aparece por casualidad. Detrás hay entre siete y diez años de trabajo y decenas de miles de plántulas descartadas por cada una que llega al mercado.

El cruce se hace a mano, flor por flor. En la planta elegida como madre se retiran pétalos y sépalos y se cortan los estambres antes de que suelten polen, para que no se autofecunde. Se recoge polen maduro de la variedad elegida como padre y se deposita sobre los estigmas de la madre. La flor se cubre después para asegurar que no llegue polen ajeno, y si el cruce cuaja se recolecta en otoño el escaramujo con las semillas.

Esas semillas se estratifican en frío y se siembran. De cada lote nacen miles de plántulas, todas genéticamente distintas, y a partir de ahí empieza la selección: se descarta lo que no florece bien, lo que no tiene color interesante, lo que enferma. Las pocas supervivientes se multiplican por injerto y se llevan a campos de ensayo en distintas localidades y climas, donde se observan varios años seguidos. Solo entonces se decide el lanzamiento.

Como regla general del oficio, la planta madre transmite sobre todo vigor, follaje y porte, y el padre pesa más en el color y la forma de la flor. Es una aproximación práctica, no una ley genética.

Qué persiguen hoy los obtentores

Los objetivos han cambiado bastante en las últimas décadas y dependen del destino de la planta.

En flor cortada manda la logística: tallo largo y recto, botón grande de apertura lenta, buena vida en jarrón y capacidad de resistir el transporte refrigerado. Ese conjunto de exigencias explica en parte la queja más repetida sobre las rosas de floristería, que huelen poco. El aroma es un carácter costoso para la planta y a menudo va asociado a pétalos más delicados, que se ajan antes, de modo que durante décadas la selección por duración jugó en su contra.

En rosal de jardín, en cambio, las prioridades actuales son la sanidad del follaje, la refloración continua y el bajo mantenimiento, y la fragancia ha vuelto al primer plano. Las colecciones perfumadas de los grandes obtentores de los últimos veinte años son una respuesta directa a esa demanda. Se busca también algo menos obvio: que la flor marchite bien, que se caiga limpia en vez de quedarse pardeando en la mata, y que el arbusto conserve un aspecto decente entre floración y floración.

Dos leyendas que conviene matizar

La rosa azul. No existe una rosa azul de verdad, porque el género carece del gen que produce delfinidina, el pigmento responsable de los azules en otras flores. En 2009 se comercializó en Japón una rosa modificada genéticamente a la que se le introdujo ese gen, y el resultado fue un malva lavanda, no un azul. Las rosas azules que se ven en floristerías son rosas blancas teñidas.

Las rosas sin espinas. No son un logro reciente. 'Zéphirine Drouhin', una trepadora borbónica de flor rosa fucsia y buen aroma, se obtuvo en 1868 y es prácticamente inerme. Lo que hacen los obtentores modernos es incorporar ese carácter a variedades nuevas, no descubrirlo. Y conviene precisar algo de vocabulario: lo que tiene un rosal no son espinas verdaderas sino aguijones, emergencias de la corteza que se desprenden con la uña.

La rosa en España

La rosicultura española tiene un centro histórico claro, Cataluña, donde a principios del siglo XX apareció una generación de obtentores con proyección internacional. El nombre mayor es Pere Dot, autor de una de las rosas españolas más difundidas del mundo, 'Nevada', un arbusto grande de flores blancas simples obtenido en 1927 que sigue plantándose casi un siglo después. La familia Dot continuó el trabajo durante generaciones, con miniaturas entre sus obtenciones más celebradas.

En el Levante, la producción valenciana se ha consolidado como la principal del país, tanto en rosal de jardín como en material para viveros. Y a la hora de elegir, esa procedencia importa: un rosal producido en tu zona climática viene injertado sobre un patrón adaptado a tu suelo, y en los terrenos calizos del este y el sur peninsular eso marca la diferencia entre una planta sana y una plagada de clorosis.

Por qué una rosa tiene dos nombres

En las etiquetas aparecen a menudo dos denominaciones: un nombre comercial atractivo y un código aparentemente absurdo entre comillas. 'Pierre de Ronsard' es el nombre de venta; la denominación varietal registrada es 'Meiviolin'. 'La Sevillana' corresponde a 'Meigekanu'. Los códigos empiezan por las primeras letras del obtentor (mei- para Meilland, kor- para Kordes, aus- para Austin, tan- para Tantau), lo que permite identificar de un vistazo quién la obtuvo.

Esa doble nomenclatura tiene una razón jurídica. Las variedades nuevas se protegen como obtenciones vegetales, en la Unión Europea a través del Reglamento (CE) n.º 2100/94, relativo a la protección comunitaria de las obtenciones vegetales, y en España mediante la Ley 3/2000, de 7 de enero, de régimen jurídico de la protección de las obtenciones vegetales. Mientras dura esa protección, la multiplicación con fines comerciales requiere autorización del titular, y por eso los viveros pagan un canon por cada planta injertada de una variedad protegida. El nombre comercial, además, suele estar registrado como marca, lo que permite seguir explotándolo cuando la protección varietal ha caducado.

En resumen

Las rosas modernas son las obtenidas desde 1867 y su rasgo definitorio es la refloración, un carácter heredado de los rosales chinos que llegaron a Europa a finales del siglo XVIII. Dentro del conjunto conviven grupos muy distintos, del híbrido de té de flor grande al cubresuelos de mantenimiento mínimo, y elegir bien empieza por saber cuál corresponde al sitio que tienes.

Detrás de cada variedad hay casi una década de cruces manuales, siembras masivas y descartes en campo. Hoy esa labor se orienta menos al tamaño de la flor y más a la sanidad, la floración continua y la recuperación del aroma, tres cosas que se agradecen mucho más en un jardín real que un botón perfecto.


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