La rosa de China (Hibiscus rosa-sinensis) es un arbusto tropical de hoja perenne y flor grande en forma de embudo, con esa columna de estambres que sobresale de la corola y que la hace inconfundible. En España se comporta de dos maneras muy distintas según dónde vivas: en el litoral mediterráneo, Andalucía, Baleares y Canarias es un arbusto de jardín que florece de primavera a otoño y llega a superar los dos metros; en el interior peninsular es una planta de maceta que hay que resguardar en invierno, porque no soporta las heladas.
Esa es la decisión de partida, y conviene tomarla antes de comprar. Si tu zona hiela con regularidad y quieres un hibiscus plantado en el suelo que aguante solo, la especie que buscas no es esta sino Hibiscus syriacus, la altea o rosa de Siria, de hoja caduca y resistente al frío. La rosa de China es otra cosa: más espectacular, más agradecida en flor y más dependiente del clima suave.
La rosa de China funciona sola en un rincón del jardín, en arriates y macizos, o alineada como seto en las zonas de clima suave.
Dónde plantarla
Quiere sol. Con sombra florece poco y de forma desganada, aunque en el interior de Andalucía o en el valle del Ebro agradece algo de protección en las horas centrales de julio y agosto, porque el sol de mediodía sobre hoja mojada o planta sedienta le quema el follaje. El otro requisito es el abrigo: el viento fuerte y seco le desgarra las hojas y le tira los capullos.
En un jardín costero es planta de fondo de arriate, de macizo o de seto informal. Para seto, se plantan ejemplares alineados a un metro o metro y medio entre sí y se recortan al final del invierno. En clima continental, el sitio bueno es junto a un muro orientado al sur que acumule calor durante el día y lo devuelva de noche; aun así, un invierno duro puede llevársela.
El límite térmico es lo que manda. Por debajo de 10 °C se para, con temperaturas negativas se le quema la parte aérea y una helada de cierta entidad mata a los ejemplares jóvenes. En maceta, la solución habitual en el interior es tenerla fuera de mayo a octubre y meterla en una habitación luminosa y fresca el resto del año.
Suelo y el problema de la cal
No es exigente con el tipo de suelo mientras drene bien y tenga materia orgánica, pero sí lo es con el pH. Prefiere suelos de reacción neutra o ligeramente ácida, y en los suelos calizos que dominan buena parte del este y el sur peninsular es frecuente verla con clorosis férrica: las hojas nuevas amarillean y los nervios se quedan verdes, dibujando una retícula. No es falta de riego ni de abono general, es hierro que la planta no puede absorber por el pH alto.
Se corrige con quelato de hierro aplicado en el riego, y se previene enmendando con materia orgánica y regando con agua lo menos calcárea posible. En maceta el asunto es más fácil de controlar: un sustrato para plantas ácidas o un universal de calidad mezclado con turba y perlita evita el problema desde el principio.
Riego
Durante la floración no debe pasar sed. En verano, en el litoral mediterráneo y en maceta, eso significa regar a diario o casi. En suelo, un riego abundante dos o tres veces por semana en pleno calor, y menos en cuanto bajan las temperaturas. Lo que no tolera es el encharcamiento prolongado: las raíces se pudren y la planta se viene abajo de golpe, con un cuadro de hojas amarillas que se confunde con falta de agua.
En invierno se reduce mucho el riego, sin llegar a dejar que el cepellón se seque del todo. Una planta que pasa el invierno dentro de casa con calefacción necesita más agua de la que parece y, sobre todo, no estar pegada a un radiador.
Abonado
Florece sobre madera del año y produce flores de forma continua durante meses, así que consume bastante. De marzo a septiembre conviene un abono con buen contenido en potasio, aplicado en el riego cada dos semanas si está en maceta y cada tres o cuatro si está en suelo. Los abonos muy ricos en nitrógeno dan hoja abundante y poca flor. En otoño e invierno se suspende.
Poda
Se poda a finales de invierno o a principios de primavera, antes de que arranque el crecimiento y siempre pasado el riesgo de heladas fuertes. En la costa mediterránea suele tocar en febrero; en zonas más frías, en marzo. La flor sale en los brotes nuevos, de modo que podar estimula la floración en vez de sacrificarla.
La operación es sencilla: se mantiene la estructura de ramas principales y se acortan los tallos alrededor de un tercio, cortando por encima de una yema orientada hacia fuera. Se aprovecha para quitar madera seca, ramas cruzadas y chupones del interior, que es donde se instalan las plagas. Durante la temporada se pueden despuntar los brotes que se disparen, para mantener la mata compacta.
Multiplicación
Se multiplica bien por esqueje semileñoso en verano. Se toman trozos de unos diez o quince centímetros de brotes del año que ya empiecen a endurecer, se quitan las hojas inferiores, se recortan a la mitad las que quedan para reducir la transpiración y se clavan en una mezcla de turba y arena o perlita, con el sustrato húmedo y ambiente cerrado. Enraízan en unas semanas con calor de fondo. Casi todos los cultivares comerciales son híbridos, así que la semilla no reproduce la planta madre.
Problemas frecuentes
- Caída de capullos sin abrir. Es la queja número uno. Suele deberse a un cambio brusco: un trasplante, un traslado de sitio, una corriente de aire frío, una sequía puntual o, al revés, un encharcamiento. También la provoca una plaga concreta, el mosquito del hibisco, cuyas larvas se desarrollan dentro del capullo, que amarillea y cae antes de abrir. Si al abrir un capullo caído aparecen larvas diminutas, es eso, y hay que retirar y destruir todos los capullos afectados.
- Mosca blanca. La plaga clásica del hibiscus, sobre todo en invernadero y en plantas resguardadas. Se detecta al sacudir la planta, cuando se levanta una nube de adultos.
- Pulgón. En los brotes tiernos de primavera.
- Araña roja. Con calor y aire seco. Deja un punteado amarillento y una telilla fina en el envés.
- Cochinilla. En axilas y ramas viejas, sobre todo en ejemplares poco ventilados.
- Hojas amarillas con nervios verdes. Clorosis férrica, que se trata con quelato de hierro.
Ante cualquier plaga, lo primero es un chorro de agua a presión y la retirada manual de lo que se pueda. Si hace falta un tratamiento, se usa un producto autorizado para el cultivo y se siguen las indicaciones de la etiqueta, que es lo que define la dosis y el plazo.
En maceta y en interior
Los cultivares compactos se cultivan bien en tiesto, en la terraza o dentro de casa, pero el interior es un destino exigente para una planta que quiere sol. Necesita el sitio más luminoso de la vivienda, junto a una ventana grande, y aun así florecerá menos que fuera. Conviene un tiesto amplio con buen drenaje, riego regular sin plato encharcado y trasplante cada dos años en primavera. Si dispones de terraza, lo razonable es sacarla en cuanto pasen las heladas y devolverla al interior en otoño.
Una precisión sobre la flor de hibisco
La infusión roja que se vende como flor de hibisco o flor de Jamaica no procede de esta planta, sino de otra especie del mismo género, Hibiscus sabdariffa, de la que se usan los cálices carnosos. No son intercambiables, y las flores de la rosa de China del jardín no son el ingrediente de esa infusión.
En resumen
La rosa de China es un arbusto de clima suave: sol, abrigo del viento, riego regular en verano y ninguna helada. En el litoral y en las islas se planta en suelo y funciona como arbusto aislado, en macizo o en seto florido; en el interior peninsular se cultiva en maceta y se resguarda en invierno.
Los dos cuidados que marcan la diferencia son la poda de final de invierno, que multiplica la floración porque la flor sale en madera nueva, y la vigilancia del hierro en suelos calizos. Y si los capullos caen sin abrir, antes de cambiar nada revisa si dentro hay larvas: la causa más habitual no es el riego.