Los cactus tienen fama de cuidarse solos y de ahí viene, paradójicamente, la mayor parte de los que se mueren en las casas. La combinación habitual es un rincón con poca luz, un riego cada semana porque toca y un cubremacetas sin agujeros. Ninguna de las tres cosas se corresponde con lo que necesitan.
Lo que sí es cierto es que exigen poca dedicación, siempre que sea la adecuada: mucha luz, sustrato mineral que drene rápido, riego copioso pero espaciado en la estación de crecimiento y prácticamente nada en invierno. Con eso, una colección puede durar décadas y ganar en interés cada año.
Las siluetas, tonalidades y texturas de los cactus dan pie a una exhibición de formas vegetales muy decorativas. A la derecha, un Cereus. La selección de portatiestos es clave.
Qué es un cactus y qué no lo es
La familia de las cactáceas es originaria del continente americano, de Canadá a la Patagonia. Solo hay una excepción notable, un cactus epífito del género Rhipsalis que aparece también de forma natural en África, Madagascar y Sri Lanka.
Lo que define a un cactus no son las espinas sino las areolas: unas almohadillas de las que brotan las espinas, los pelos y también las flores y los brotes nuevos. Si una planta tiene espinas pero no areolas, no es un cactus.
Y esto importa por una razón práctica. Muchas de las plantas que se venden en la sección de cactus son en realidad euforbias africanas, con formas columnares y espinosas por evolución convergente. Se distinguen fácil: al hacer un corte, una euforbia suelta un látex blanco tóxico e irritante, que es especialmente peligroso en contacto con los ojos, mientras que un cactus tiene savia acuosa. Si en casa hay niños o animales, conviene saber cuál se tiene.
No todos son de desierto
Es la confusión que más plantas cuesta. Junto a los cactus de zonas áridas hay un grupo de cactus epífitos o de selva que viven sobre los árboles en bosques húmedos tropicales: los del género Rhipsalis, los Epiphyllum y los populares cactus de Navidad y de Pascua (Schlumbergera y Hatiora).
Estos quieren luz filtrada y no sol directo, más riego y más humedad ambiental, y con el trato de un cactus de desierto se arrugan y se pierden. Tratar a un Schlumbergera como si fuera un Echinocactus es garantía de fracaso, y al revés también.
Por qué se mueren: el riego
El exceso de agua es la causa de la inmensa mayoría de las bajas, y su síntoma engaña: el cactus se ablanda por la base, toma un color amarillento o pardo y se viene abajo. Como parece deshidratado, la reacción instintiva es regar más, lo que remata la faena.
El problema se agrava con tres factores que suelen coincidir: sustrato de turba que retiene agua, maceta sin drenaje o cubremacetas estanco, y frío. El agua fría en un sustrato frío es lo peor que se le puede hacer a un cactus, porque a baja temperatura no absorbe y la raíz se pudre.
Cómo regarlos de verdad
El criterio no es un calendario sino el estado del sustrato y la estación:
- Primavera y verano, que es cuando crecen: riego abundante, empapando hasta que salga agua por los agujeros, y después nada hasta que el sustrato esté completamente seco. Según el tamaño de la maceta y el calor, eso puede ser cada siete o diez días en pleno verano y bastante menos en primavera.
- Otoño: espaciar progresivamente.
- Invierno: prácticamente sin riego, sobre todo si están en un sitio fresco. Un cactus de desierto pasa el invierno seco sin problema.
Mejor regar por la mañana, con agua a temperatura ambiente, y dejar escurrir bien antes de devolverlos al portamacetas. Nunca dejar agua en el plato. El riego por inmersión, metiendo la maceta unos minutos en un recipiente con agua hasta que el sustrato se sature por capilaridad, funciona muy bien con los ejemplares muy espinosos.
Luz
Necesitan la mayor cantidad posible: junto a una ventana orientada al sur, y en verano mejor al aire libre en un balcón. En penumbra se produce el ahilamiento, que es como se llama al crecimiento estirado y pálido de la punta buscando la luz. Es irreversible: esa deformación no se corrige nunca, solo se puede evitar que continúe.
Hay un matiz que sorprende: los cactus se queman al sol. Un ejemplar que ha pasado meses en un invernadero o en el interior, sacado de golpe a pleno sol de junio, aparece con manchas blanquecinas o pardas permanentes. Hay que acostumbrarlos de forma gradual, con unos días de sombra parcial antes de darles el sol pleno.
Sustrato y maceta
El sustrato debe ser mineral y de drenaje rápido. Los sustratos comerciales para cactus varían mucho en calidad y muchos llevan demasiada turba; mejorarlos mezclándolos a partes iguales con arena gruesa de río, pumita, gravilla volcánica o perlita gruesa cambia el resultado por completo. Nada de arena fina de playa, que se compacta y sella.
La maceta de barro sin esmaltar es una ventaja real aquí: transpira, ayuda a que el cepellón se seque y aporta peso, que en un cactus alto evita vuelcos. El agujero de drenaje no es negociable. Y conviene una maceta ajustada, apenas mayor que la planta: en un tiesto grande el volumen de sustrato tarda demasiado en secarse.
El invierno, y por qué no florecen
Aquí está la clave que casi nadie aplica. La mayoría de los cactus de desierto necesitan un reposo invernal fresco y seco para formar flor: unas semanas con temperaturas bajas, en torno a los cinco o diez grados, sin riego y con mucha luz.
Un cactus que pasa el invierno a veintidós grados en un salón con calefacción no descansa nunca, sigue creciendo de forma débil y no florece jamás. La solución es llevarlos a una galería sin calefacción, un porche acristalado o una habitación fría y luminosa de noviembre a febrero. Es el gesto que separa una colección verde de una colección que florece cada primavera.
Aviso: reposo fresco significa fresco y seco. Frío con sustrato húmedo mata.
Trasplante y cómo manipularlos
Se trasplantan cada dos o tres años, en primavera, con el cepellón seco, y no se riega hasta una semana después para que cicatricen las raíces rotas. Aprovechar para revisar la raíz y retirar sustrato viejo apelmazado.
Para manipularlos, una tira de papel de periódico doblada varias veces alrededor del cuerpo del cactus, o unas pinzas de cocina con las puntas forradas, evitan casi todo. Los guantes de tela no sirven contra las espinas finas.
Especial cuidado con las chumberas y demás Opuntia: además de espinas grandes tienen gloquidios, unos penachos de pelillos diminutos con microscópicas púas hacia atrás que se clavan al menor roce, son casi invisibles y resultan muy molestos de extraer. Con ellas, guantes gruesos siempre.
Plagas
- Cochinilla algodonosa. Motitas blancas algodonosas en las axilas y entre las costillas. Es la más frecuente.
- Cochinilla de raíz. No se ve hasta que se trasplanta: una especie de polvo blanco entre las raíces. Se sospecha cuando la planta se para sin causa aparente.
- Araña roja. Deja un moteado herrumbroso en la epidermis, que además es permanente.
- Podredumbre basal. No es plaga sino consecuencia del riego. Si se coge a tiempo, cortando por encima de la zona afectada y dejando cicatrizar el corte al aire varios días, la parte sana puede enraizar.
Composiciones que funcionan
Como piezas escultóricas, los cactus rinden más agrupados que sueltos, y mejor si se juega con el contraste de siluetas: un columnar que dé altura, dos o tres globosos de distinto tamaño a media altura y alguno rastrero o colgante que rompa la base. Los recipientes conviene mantenerlos sobrios y del mismo material, porque compiten poco y dejan que las formas manden.
Un consejo práctico: mejor macetas individuales agrupadas en bandeja que un cuenco común con todos plantados juntos. En el cuenco común crecen a ritmos distintos, unos ahogan a otros y, sobre todo, no se puede regar a cada uno según lo que pide. Y evitar las composiciones con cactus pegados con flores secas de colores: el pegamento daña la epidermis de forma permanente.
Comprar con cabeza
Toda la familia de las cactáceas está incluida en el Apéndice II del CITES, el convenio internacional sobre el comercio de especies amenazadas, y algunas especies concretas figuran en el Apéndice I, con protección aún mayor. El comercio de ejemplares reproducidos artificialmente es perfectamente legal; lo que está regulado y restringido es el de plantas extraídas de su medio natural.
Muchas especies muy vendidas están amenazadas en su hábitat precisamente por la recolección ilegal. La compra de planta de vivero, propagada en cultivo, es la única opción razonable, y también la que da plantas mejor adaptadas.
En resumen
Un cactus de desierto quiere sol directo, sustrato mineral que se seque rápido, riego copioso y muy espaciado de primavera a otoño y prácticamente ninguno en invierno. Los epífitos de selva, del tipo Rhipsalis o cactus de Navidad, funcionan al revés: luz filtrada, más agua y más humedad ambiental.
Si nunca florecen, la causa casi siempre es la misma: pasan el invierno calientes. Un reposo de noviembre a febrero en un sitio fresco, luminoso y seco es lo que induce la floración. Y antes de manipular una planta espinosa comprada como cactus, comprobar si tiene areolas: si al cortar suelta látex blanco es una euforbia, y ese látex es tóxico e irritante.