Las tres plantas que se venden como zen son un bonsái, un ficus Ginseng y un bambú de la suerte, y exigen tres niveles de dedicación muy distintos. El bonsái es un árbol de verdad y requiere trabajo constante. El ficus Ginseng no es un bonsái, sino una planta de interior injertada que imita su aspecto, y se cuida como cualquier ficus. El bambú de la suerte ni es bambú ni necesita casi nada: es una drácena que puede vivir en un vaso de agua.
Antes de elegir conviene saber dos cosas que no suelen decirse. La primera es que un bonsái de especie de clima templado (olmo, olivo, arce, pino) no puede vivir dentro de casa, y ese es el error que acaba con la mayoría. La segunda es que el bambú de la suerte contiene saponinas y es tóxico para perros y gatos, un dato relevante porque se coloca en mesas bajas y salones.
Un salón con el toque oriental que proporcionan un gran bonsái, un escultórico ficus Ginseng y un manojo de bambú de la suerte de seis pisos en un tiesto plano.
Un bonsái es un árbol, y casi ninguno es de interior
El bonsái no es una especie ni una planta enana: es una técnica de cultivo en contenedor con poda de ramas y de raíces que mantiene un árbol normal a escala reducida. Eso significa que sigue teniendo las necesidades de su especie, incluida la de pasar frío en invierno si es de clima templado.
Un olmo, un arce japonés, un pino, un olivo, un granado o un sabina son árboles de exterior. Necesitan la variación de temperatura entre estaciones y el reposo invernal para vivir muchos años. Metidos en un salón a 21 grados todo el año, se debilitan en una o dos temporadas. Su sitio es una terraza, un patio o un alféizar exterior, no una estantería.
Los que sí toleran el interior son los de especies tropicales y subtropicales: Ficus retusa y Ficus microcarpa, la carmona (Carmona retusa), la serissa (Serissa japonica), la schefflera y el Ligustrum. Y aun estos quieren el sitio más luminoso de la casa, junto a una ventana, no en el fondo de la habitación. Puede ver el detalle en bonsáis de interior.
Riego, sustrato y trasplante del bonsái
El riego es el cuidado que no admite descuido. La bandeja contiene muy poco sustrato y en verano puede secarse en un día. La comprobación es diaria en la temporada de crecimiento: se mira y se toca la superficie, y se riega cuando empieza a secarse.
La forma de regar importa. Se hace con una regadera de cebolleta fina o por inmersión, sumergiendo la bandeja hasta el borde en un barreño y sacándola cuando dejan de salir burbujas. Un chorro directo levanta el sustrato y descalza las raíces superficiales. En cualquier caso, se riega hasta que el agua sale por los orificios de drenaje, y nunca se deja la bandeja sobre un plato con agua.
El sustrato no es tierra de jardín ni sustrato universal. Se usan mezclas minerales granuladas (akadama, pumita, kiryu, grava volcánica) que retienen agua pero drenan de inmediato y no se compactan. Ese es el motivo por el que un bonsái se riega tan a menudo: el sustrato está pensado para no encharcarse nunca.
El trasplante, con poda de raíces, se hace cada dos o tres años en los ejemplares jóvenes y más espaciadamente en los viejos, a finales del invierno o al principio de la primavera, antes de que broten. El abonado va de primavera a otoño, a dosis bajas y frecuentes, y se suspende en pleno verano en las zonas donde el árbol se para por calor. Hay una guía completa en iniciación al bonsái.
Qué especies funcionan en cada clima peninsular
En el este y el sur, con veranos largos y secos, van bien las especies mediterráneas: olivo, acebuche, granado, olmo, almez, sabina, pino carrasco y Pistacia. Toleran el calor, aguantan el sol y no exigen la humedad ambiental que aquí no hay. El olivo es, además, uno de los más agradecidos para empezar, y tiene su artículo en bonsái de olivo.
En la cornisa cantábrica y el norte húmedo se abre el abanico a los arces japoneses, las hayas, los carpes y las azaleas, que allí encuentran la humedad y las temperaturas que necesitan. Intentar un arce japonés en Sevilla o en Zaragoza, en cambio, es una lucha permanente contra el aire seco y las quemaduras de hoja.
El ficus Ginseng no es un bonsái
Conviene decirlo con claridad porque se vende como tal. Lo que se compra es un Ficus microcarpa cuyas raíces se han engrosado durante años de cultivo en vivero, casi siempre en el sudeste asiático, y sobre las que después se injertan ramillas de hoja pequeña. El resultado tiene aspecto escultórico, con esas raíces rollizas que recuerdan a una mandrágora, pero no ha pasado por el trabajo de formación de un bonsái ni tiene su estructura.
Eso no es un demérito: es una planta de interior excelente y mucho más fácil que un bonsái. Quiere el sitio más luminoso posible pero sin sol directo, riego moderado dejando que la superficie del sustrato se seque entre riegos, y sustrato que drene bien. Como todos los ficus, no tolera los cambios bruscos de sitio ni las corrientes: reacciona tirando las hojas. Si eso pasa, no se riega más, se deja quieta y se espera al rebrote.
El látex blanco que exuda al podar es irritante para la piel y para los ojos, así que conviene usar guantes. Más detalle en el ficus Ginseng y su asombrosa raíz.
Bambú de la suerte: ni bambú, ni zen, ni inofensivo
Los tallos verdes de sección redonda que se venden rectos, en espiral o en manojos de varios pisos son Dracaena sanderiana (también citada como Dracaena braunii), una drácena africana. No tiene ningún parentesco con los bambúes, que son gramíneas, y su asociación con la suerte procede del feng shui chino, no de la tradición japonesa a la que remite la palabra zen.
Es tóxico para perros y gatos por su contenido en saponinas, y es probablemente la planta que más confusión genera en este terreno: mucha gente la compra creyendo que tiene un bambú, que sí sería inocuo. Si hay animales en casa, colóquelo fuera de su alcance.
Las espirales y los pisos no son naturales. Se consiguen en vivero haciendo crecer los tallos tumbados o dentro de guías, girándolos hacia la luz. En casa el tallo seguirá creciendo recto, así que la forma comprada se mantiene pero no aumenta.
Cómo mantenerlo en agua o en tierra
En agua es donde suele fallar. Los tallos van en un recipiente con una capa de guijarros que los mantenga verticales y entre 5 y 8 centímetros de agua, la justa para cubrir las raíces por completo. El agua se renueva cada semana. Si es agua del grifo muy clorada o muy dura, mejor dejarla reposar unas horas o usar agua de lluvia: las drácenas son sensibles al flúor y a las sales, y responden con puntas de hoja amarillas y luego marrones.
Una vez al mes se sacan los tallos, se enjuagan las raíces bajo el grifo y se limpian los guijarros y el recipiente. Es lo que evita la película de microorganismos que acaba pudriendo la base. Si el agua huele, ya se ha llegado tarde: hay que limpiar todo y cortar la parte de raíz dañada.
En tierra crece mejor y más rápido. Necesita sustrato poroso con buen drenaje, riego que mantenga el cepellón ligeramente húmedo sin encharcar, y luz abundante filtrada. Los cuidados son los de cualquier drácena de interior, desarrollados en una drácena en tu salón.
En resumen
Si lo que quiere es un árbol en miniatura de verdad, empiece por un bonsái de especie mediterránea en la terraza (olivo, olmo, granado) y no por uno de interior, y asuma que el riego es diario en verano y que el sustrato es mineral, no tierra. Si quiere el aspecto sin el compromiso, el ficus Ginseng lo da con los cuidados de un ficus corriente.
Y si busca lo más sencillo posible, el bambú de la suerte vive en un vaso con agua limpia renovada cada semana y una limpieza a fondo al mes. Recuerde solo dos cosas: no es un bambú, es una drácena, y contiene saponinas tóxicas para perros y gatos.