Un jardín alimenta pájaros de tres maneras: con frutos carnosos que comen mirlos, zorzales, currucas y petirrojos; con semillas secas que aprovechan jilgueros, verderones y pardillos; y con los insectos que atraen las flores tardías, que son la fuente de proteína de herrerillos y carboneros. Cubrir las tres significa elegir arbustos de baya, dejar en pie las cabezas secas de las vivaces y no limpiar el jardín en noviembre.

El momento crítico en la Península no es solo el invierno. Es también el final del verano mediterráneo, cuando en muchas zonas no queda ni fruto ni agua. Por eso un jardín útil para las aves combina especies que fructifican escalonadamente entre agosto y marzo, y un punto de agua que se mantenga todo el año.

Las flores secas de los sédums (Hylotelephium) proporcionan semillas a un herrerillo. Foto: iStock

Arbustos mediterráneos de fruto, los primeros de la lista

Antes de recurrir al catálogo de jardinería habitual conviene mirar lo que ya crece en el monte de la zona. Las especies autóctonas fructifican en sincronía con el paso de las aves migradoras y con la sedentaria, no exigen riego una vez arraigadas y aguantan el verano sin ayuda.

El lentisco (Pistacia lentiscus) da drupas que pasan de rojas a negras entre otoño e invierno y es una de las especies con más consumo por parte de zorzales y currucas. El durillo (Viburnum tinus) florece en invierno y sus frutos azul metálico se mantienen hasta la primavera. El aladierno (Rhamnus alaternus) y el mirto (Myrtus communis) cubren el mismo periodo. El madroño (Arbutus unedo) es un caso singular: florece y fructifica a la vez en otoño, con frutos que maduran a lo largo de un año entero.

En clima más fresco y suelos con algo de humedad, el majuelo o espino albar (Crataegus monogyna), el endrino (Prunus spinosa) y el saúco (Sambucus nigra) son las tres apuestas seguras, además de excelentes plantas de seto vivo. Las enebros y sabinas (Juniperus) aportan gálbulos en invierno y, sobre todo, refugio denso frente a depredadores.

Hay más sobre varias de ellas en el lentisco, el durillo, el madroño y el espino blanco.

Arbustos y trepadoras de baya de uso habitual en jardinería

Entre las especies ornamentales, las de mayor rendimiento son los Berberis, los Cotoneaster y las piracantas (Pyracantha). Los frutos de estas dos últimas tienen la ventaja de aguantar meses en la planta sin pudrirse, lo que las convierte en despensa de recurso para febrero y marzo, cuando ya no queda casi nada. Los rosales silvestres que dejan escaramujos cumplen la misma función, en especial Rosa canina y Rosa spinosissima.

Entre las trepadoras, la más valiosa con diferencia es la hiedra (Hedera helix). Florece de septiembre a noviembre, cuando ya casi ninguna otra planta lo hace, y por eso concentra una cantidad enorme de insectos en días soleados de otoño. Sus frutos negros maduran a final del invierno y son alimento de mirlos y currucas en el peor momento del año. Añada además que una masa densa de hiedra sobre un muro es sitio de nidificación y dormidero.

La parra virgen (Parthenocissus) y las madreselvas (Lonicera) completan el grupo. Y si el jardín tiene sitio, un manzano ornamental (Malus) mantiene sus frutos pequeños colgando hasta bien entrado el invierno.

Vivaces cuyas cabezas secas hay que dejar en pie

Aquí el trabajo consiste en no hacer nada. Las asteráceas de floración tardía dejan cabezuelas cargadas de aquenios que los granívoros extraen uno a uno durante semanas: Echinacea, Rudbeckia, ásteres (Symphyotrichum), Coreopsis y girasoles (Helianthus annuus). Si se cortan en octubre, como se hacía tradicionalmente, esa comida desaparece del jardín.

A ellas se suman los Echinops y los sédums (hoy Hylotelephium), cuyas inflorescencias planas se secan de pie y aguantan el invierno sin desmoronarse, y las cardenchas (Dipsacus fullonum), cuyas cabezuelas espinosas son un clásico para los jilgueros. En el caso de Dipsacus, se siembra sola con facilidad, así que conviene controlar cuántas cabezas se dejan si no se quiere una colonia.

Buena parte de estas vivaces son de origen norteamericano y llevan mal el verano mediterráneo seco sin riego de apoyo. En secano peninsular funcionan mejor las umbelíferas y labiadas locales que también se secan de forma ornamental: hinojo (Foeniculum vulgare), orégano, tomillos y salvias, cuyas semillas menudas aprovechan los pequeños granívoros.

Gramíneas ornamentales, con una advertencia importante

Las gramíneas cargan de semilla desde mediados del verano y, además, su mata densa es refugio invernal. Entre las de uso corriente, Panicum virgatum, Miscanthus sinensis, Chasmanthium latifolium, las Muhlenbergia y las festucas de hoja azulada cumplen bien. En zonas de clima más húmedo del norte, Deschampsia cespitosa y Sporobolus heterolepis crean esa bruma entre las masas de vivaces que caracteriza al jardín naturalista.

La advertencia es esta: dos gramíneas ornamentales muy vendidas durante años, el plumero de la pampa (Cortaderia selloana) y el rabogato (Pennisetum setaceum), figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013. Su inclusión implica la prohibición genérica de poseerlas, transportarlas, comerciar con ellas y, por supuesto, plantarlas. Producen una cantidad enorme de semilla que el viento dispersa a kilómetros, y en la cornisa cantábrica y buena parte del litoral mediterráneo han colonizado taludes, bordes de carretera y terrenos abandonados. Si tiene una en el jardín, retírela antes de que espigue y no deje que las inflorescencias suelten semilla.

Flores tardías, insectos y proteína

La mitad de la dieta de muchos pájaros de jardín es animal, y en las nidadas de primavera lo es casi por completo: un bando de herrerillos alimenta a los pollos con orugas, no con semillas. Mantener insectos en el jardín es, por tanto, mantener pájaros.

Eso se consigue con floraciones escalonadas que lleguen hasta noviembre (hiedra, ásteres, salvias, romero, que en clima mediterráneo florece de otoño a primavera) y con una gestión menos intensiva del terreno. Deje una zona de pradera sin segar, permita algunas adventicias en flor, no retire los restos vegetales del suelo en otoño y conserve algún tronco o rama muerta en un rincón: ahí es donde invernan larvas y adultos que después son comida.

Renunciar a los insecticidas de amplio espectro es parte del mismo paquete. Un jardín tratado sistemáticamente no tiene insectos y, en consecuencia, tampoco aves insectívoras que controlen las plagas por sí solas.

El agua importa tanto como la comida

En clima mediterráneo, entre junio y septiembre, el factor limitante no es el alimento sino el agua. Un recipiente ancho y poco profundo, de dos o tres centímetros de lámina, con una piedra dentro para que los insectos puedan salir, atrae más aves que cualquier comedero. Colóquelo a una altura o distancia que impida el acecho de los gatos, cerca de un arbusto donde el pájaro pueda refugiarse de un salto, y límpielo y renuévelo con frecuencia, porque el agua estancada transmite enfermedades entre aves.

Frutos para los pájaros que no son para las personas

Conviene tenerlo claro si en el jardín hay niños. Que un ave coma un fruto sin problema no significa que sea comestible para nosotros: el aparato digestivo y el metabolismo son distintos. Las bayas de hiedra son tóxicas por ingestión para las personas. Los frutos de Pyracantha, Cotoneaster y otras rosáceas contienen glucósidos cianogénicos en la semilla. El caso más serio es el tejo (Taxus baccata): los mirlos comen el arilo rojo carnoso sin daño, pero la semilla que hay dentro y todo el resto de la planta son muy tóxicos para personas y para el ganado.

La norma sencilla es no comer del jardín ornamental nada que no se haya plantado expresamente como comestible, y explicárselo a los niños. Ante cualquier ingestión, la consulta es al médico o al servicio de urgencias.

Cuándo limpiar el jardín

El calendario que favorece a las aves invierte la costumbre. No se corta nada en otoño. Las cabezas secas de vivaces y gramíneas se dejan en pie todo el invierno, y se cortan a finales de febrero o en marzo, según la zona, justo antes de que arranque el rebrote. La hojarasca bajo los arbustos se deja donde cae: es donde escarban petirrojos y mirlos.

La poda de arbustos de baya se hace después de que los frutos se hayan consumido, no antes, y evitando el periodo de nidificación, que en la Península va aproximadamente de marzo a julio. Un seto podado en mayo puede llevarse por delante una nidada.

En resumen

Un jardín que alimenta pájaros se construye con arbustos autóctonos de fruto (lentisco, durillo, aladierno, mirto, madroño, majuelo, endrino, saúco), con hiedra por su floración tardía y su fructificación de final de invierno, con vivaces y gramíneas cuyas cabezas secas se dejan en pie hasta febrero, y con floraciones tardías que sostengan a los insectos.

Dos cosas quedan fuera: los insecticidas de amplio espectro y las gramíneas ornamentales incluidas en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, plumero de la pampa y rabogato. Y una se añade: un bebedero bajo, limpio y a salvo de gatos, que en el verano peninsular hace más por las aves del jardín que cualquier otra medida.


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