Un jardín se llena de mariposas cuando reúne tres cosas a la vez: flores con néctar accesible durante muchos meses, plantas donde las orugas puedan comer, y ausencia total de insecticidas. Con las tres, los resultados se ven la primera temporada. Con solo la primera, el jardín recibe visitas de paso pero no se convierte en un sitio donde las mariposas se queden.

Esta primera parte se ocupa de las plantas de néctar, que son las que alimentan al adulto, y de cómo disponerlas para que funcionen. La segunda parte añade más especies y trata las plantas nutricias, las que comen las orugas, que es la mitad del asunto que casi todo el mundo se salta.

Las margaritas rosadas de la Echinacea purpurea Prairie Splendor miden entre 10 y 12 centímetros de diámetro. Por su contenido en néctar y su forma plana son muy apreciadas por las mariposas, que se pueden posar en ellas fácilmente. Foto: Shutterstock

Qué flor sirve y cuál no

No todas las flores valen. Una mariposa tiene una espiritrompa larga y necesita posarse mientras liba, de modo que las flores que le funcionan son de dos tipos: planas y en cabezuela, como las margaritas y las umbelas, que sirven de pista de aterrizaje, y tubulares agrupadas en espiga, donde el néctar está al fondo de un tubo estrecho al que llega su lengua y no llegan otros insectos.

Lo que no sirve son las flores dobles. Al multiplicar los pétalos, la mejora hortícola sustituye estambres y nectarios por pétalos, y muchas variedades dobles apenas producen néctar o lo tienen inaccesible. Un macizo de flor doble puede ser espectacular y estar completamente vacío de insectos.

Tampoco sirve un jardín que florece tres semanas. El objetivo es cobertura continua de marzo a noviembre, porque las distintas especies vuelan en momentos distintos y en el sur peninsular hay mariposas activas casi todo el año.

Cuatro vivaces que funcionan siempre

Echinacea purpurea. Es probablemente la mejor planta de néctar para un jardín español de sol. Sus cabezuelas rosadas con el cono central anaranjado son grandes, planas y muy ricas en néctar, y florecen de junio a octubre sin interrupción. Tolera el calor, la sequía una vez establecida, el frío y los suelos pobres, y solo pide drenaje. Un detalle a favor: no se cortan las flores secas en otoño, porque los conos maduros alimentan a jilgueros y otros pájaros durante el invierno y la silueta seca es decorativa. Se dividen las matas cada tres o cuatro años.

Verbena bonariensis. Tallos finos y altos rematados por corimbos violeta que parecen flotar sobre el resto del macizo. Es una de las plantas que más mariposas concentra por metro cuadrado y florece desde principios del verano hasta el otoño. Los cultivares compactos, de unos sesenta centímetros, van bien en jardinera; la especie tipo pasa del metro y medio. Se resiembra sola con mucha facilidad, hasta el punto de naturalizarse en zonas húmedas, así que en jardines lindantes con espacios naturales conviene cortar las inflorescencias antes de que maduren las semillas.

Salvia nemorosa. Espigas densas de flores pequeñas azul violeta sobre matas compactas de follaje aromático. Florece desde abril o mayo, es decir, cubre la primavera, que es la época en la que suele faltar néctar en los jardines de vivaces. Aguanta el calor y la sequía y se adapta a casi cualquier suelo con drenaje. El manejo clave es recortar la mata entera cuando se apaga la primera floración, con lo que rebrota y da una segunda tanda en pleno verano y a veces una tercera en otoño.

Lavandula angustifolia. La lavanda concentra insectos como pocas plantas, mariposas incluidas, y aporta además estructura y follaje gris todo el año. Quiere pleno sol, suelo pobre, seco y muy drenado, y detesta el exceso de agua. Se recorta ligeramente después de florecer, sin entrar nunca en la madera vieja, porque de la madera desnuda no rebrota.

Cómo agruparlas para que funcionen

Una planta suelta de cada especie no hace nada. Las mariposas detectan las manchas de color desde lejos, así que el criterio es plantar en grupos de tres, cinco o siete ejemplares de la misma especie, formando manchas de al menos medio metro cuadrado. Cinco equináceas juntas rinden diez veces más que cinco plantas distintas repartidas por el jardín.

La segunda regla es el sol. Las mariposas son insectos de sangre fría y necesitan calentarse para volar: prefieren libar en zonas soleadas y resguardadas del viento. Un rincón orientado al sur, con un muro o un seto que corte el viento dominante, concentra mucha más actividad que un macizo expuesto.

Añadir una piedra plana y clara al sol es un detalle que se agradece, porque la usan para asolearse por la mañana antes de empezar a volar. Y un plato con arena húmeda o un rincón de tierra que se moje con el riego les sirve para obtener sales minerales, un comportamiento que se ve sobre todo en los machos de muchas especies.

El insecticida lo estropea todo

Este punto no admite matices. Cualquier insecticida de amplio espectro mata mariposas y orugas, y la etiqueta ecológica o bio no cambia ese hecho: los piretroides naturales, el jabón potásico y el aceite de neem afectan igualmente a los insectos beneficiosos que alcanzan.

Si es imprescindible tratar algo, hay tres precauciones que reducen el daño: tratar solo la planta afectada y no el jardín entero, hacerlo al atardecer, cuando las mariposas diurnas ya no están activas, y no tocar nunca las plantas en flor donde libar ni las nutricias donde hay orugas.

Y una regla mental que ayuda: en un jardín para mariposas, unas hojas comidas no son un problema sino el resultado buscado. La planta que aparece mordisqueada probablemente esté criando la siguiente generación.

Cuidado con la budleya

La Buddleja davidii se vende desde hace décadas como arbusto de las mariposas, y es cierto que su néctar las atrae de forma espectacular. El problema es que se comporta como especie exótica invasora en España: produce cantidades enormes de semilla muy ligera que el viento dispersa a gran distancia, coloniza riberas, taludes, escombreras y terrenos removidos, y está bien establecida en el norte peninsular y en zonas de montaña.

En un jardín del norte o cercano a un río, arroyo o espacio natural, no debería plantarse. Y donde ya existe, la medida mínima es cortar las inflorescencias en cuanto se marchitan, antes de que semillen. Las vivaces de este artículo cumplen la misma función sin ese riesgo.

Riego, poda y mantenimiento

Todas las plantas citadas son vivaces de bajo mantenimiento que, una vez establecidas, toleran bien el verano español con riegos espaciados y profundos. Lo importante es el primer año, cuando necesitan agua regular para que la raíz baje.

Retirar las flores marchitas prolonga la floración en la mayoría de ellas, con la excepción ya comentada de las equináceas al final de la temporada. Y casi todas se cortan a ras a finales del invierno, entre febrero y marzo, para que rebroten con fuerza. Dejar los tallos secos en pie durante el invierno, en vez de limpiarlos en noviembre, tiene además la ventaja de que muchos insectos pasan el frío dentro de ellos.

En resumen

Para atraer mariposas hacen falta flores simples y ricas en néctar, plantadas en manchas de varios ejemplares, en un rincón soleado y resguardado del viento, con floración escalonada de la primavera al otoño. Echinacea purpurea, Verbena bonariensis, Salvia nemorosa y la lavanda cubren ese calendario y aguantan bien el clima de casi toda España.

Lo que arruina el resultado son dos cosas: los insecticidas, incluidos los de origen natural, y las variedades de flor doble, que suelen ser estériles de néctar. Y conviene resistirse a la budleya, por muy eficaz que sea, porque su comportamiento invasor en España pesa más que su atractivo. La segunda parte de este artículo continúa con más especies de néctar y con las plantas nutricias, sin las que no hay mariposas que críen en el jardín.


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