Las plantas carnívoras tienen fama de difíciles y no lo son. Lo que ocurre es que piden justo lo contrario de lo que se le da a una planta de casa normal: agua sin cal, sustrato pobrísimo, cero abono y, en muchas especies, un invierno frío de verdad. Quien entiende esas cuatro reglas las mantiene vivas durante años; quien las riega con agua del grifo y las abona las pierde en un par de meses.
Son más de seiscientas especies repartidas por todo el mundo, casi siempre en turberas, brezales húmedos y suelos encharcados, ácidos y extremadamente pobres en nitrógeno. Esa pobreza es la explicación de todo: como el suelo no les da nutrientes, los sacan de los animales que capturan. En España hay carnívoras autóctonas, entre ellas varias droseras del norte peninsular, la Pinguicula nevadensis de Sierra Nevada y el Drosophyllum lusitanicum del suroeste, que además es un caso raro porque vive en terrenos secos.
La Darlingtonia californica es una de las plantas carnívoras más populares. Sus trampas tubulares recuerdan la forma de un ofidio, incluida la lengua bífida.
Los tipos de trampa
Las trampas son hojas modificadas y se clasifican por su mecanismo:
- De cepo. Es el de la venus atrapamoscas (Dionaea muscipula): dos lóbulos con pelos sensibles que se cierran cuando un insecto los roza dos veces en pocos segundos. Ese doble estímulo es un filtro para no gastar energía con una gota de lluvia.
- Adhesivas. Las droseras (Drosera) cubren sus hojas de tentáculos rematados por una gota pegajosa, y después curvan la hoja sobre la presa. Las grasillas (Pinguicula) usan el mismo principio con hojas planas y untuosas.
- De jarra o pozo. Sarracenias, Darlingtonia, Cephalotus y las nepentes tropicales. La hoja forma un tubo con líquido en el fondo, paredes resbaladizas y pelos orientados hacia dentro que impiden salir.
- De succión. Las utricularias, en su mayoría acuáticas, tienen vejigas microscópicas que abren una trampilla y aspiran a la presa en milisegundos. Es el mecanismo más rápido del mundo vegetal.
Un detalle importante para no maltratarlas: en la venus atrapamoscas, cada trampa solo se cierra un número limitado de veces, del orden de tres o cuatro capturas, y después se ennegrece y muere, aunque la planta produzca hojas nuevas. Provocar el cierre con el dedo para enseñárselo a alguien consume esa reserva y debilita al ejemplar.
La regla del agua
Es la que más plantas mata en España, donde el agua de la mayor parte del país es dura. Las carnívoras no toleran las sales disueltas: el calcio y el resto de minerales se acumulan en el sustrato, suben la conductividad y les queman la raíz.
Solo valen tres opciones: agua de lluvia, agua destilada o agua de ósmosis inversa. Dejar reposar el agua del grifo no sirve para nada, porque eso evapora el cloro pero no elimina la cal. Hervirla tampoco resuelve el problema. Quien vive en una zona de agua muy blanda, como buena parte de Galicia, puede usar la del grifo con precaución, pero es la excepción.
El método de riego habitual es el de bandeja: se pone la maceta en un plato hondo con dos o tres dedos de agua y la planta absorbe por capilaridad. Se mantiene así durante la temporada de crecimiento, dejando que la bandeja se seque un día antes de rellenarla. En invierno se reduce mucho, manteniendo el sustrato solo húmedo. La excepción son las nepentes, que no llevan bandeja: se riegan por arriba y se deja escurrir.
Sustrato y la prohibición de abonar
La mezcla clásica es turba rubia de esfagno sin abonar mezclada con un tercio de arena de sílice o de perlita. La turba tiene que ser rubia y sin fertilizantes añadidos, lo que hay que comprobar en el saco porque casi todos los sustratos comerciales vienen abonados. Como alternativa se usan mezclas con fibra de coco lavada o con perlita y esfagno vivo, cada vez más habituales por el impacto ambiental de la extracción de turba.
No se abonan nunca. Ni fertilizante líquido, ni de liberación lenta, ni compost, ni humus de lombriz. El abono les quema la raíz y las mata. Tampoco se les añade tierra de jardín, ni se plantan en macetas de barro poroso, que sueltan minerales: mejor plástico o vidrio.
Luz
La mayoría necesita mucha luz. Venus atrapamoscas, sarracenias y droseras quieren sol directo, y de hecho el rojo intenso de las trampas de una Dionaea bien cultivada solo aparece con sol pleno. En interior, junto a una ventana, casi siempre reciben menos de lo que necesitan, se estiran y pierden color.
Las nepentes son la excepción: son plantas tropicales de sotobosque y quieren luz abundante pero tamizada, sin sol directo del mediodía.
El invierno, el punto que casi nadie respeta
Aquí está la causa más frecuente de que una venus atrapamoscas comprada en mayo esté muerta en marzo. Dionaea muscipula, las sarracenias y las droseras de zonas templadas necesitan un reposo invernal frío, de tres a cuatro meses con temperaturas bajas. Durante ese periodo pierden buena parte de las trampas, se quedan feas y parecen muertas, pero no lo están. Si se mantienen todo el año en un salón caldeado, se agotan y mueren en una o dos temporadas.
La buena noticia es que en España eso es fácil de dar: estas especies pasan el invierno perfectamente al aire libre en casi toda la península, incluso con heladas moderadas, en un balcón, un patio o una terraza. Solo hay que evitar que el cepellón se congele en bloque durante días en zonas muy frías, arrimando la maceta a una pared o metiéndola en un cajón con material aislante alrededor.
Las nepentes son tropicales y no tienen reposo invernal: quieren calor todo el año y se cultivan en interior, con temperaturas que no bajen de unos 12 o 15 grados según el tipo.
Humedad y ventilación
Casi todas piden humedad ambiental alta, y las nepentes de manera especial. Funciona bien agruparlas, ponerlas sobre bandeja con grava húmeda o cultivarlas en un terrario. Sarracenias y nepentes agradecen salir al exterior en semisombra de junio a septiembre, y en zonas costeras la humedad del aire les viene dada.
Ahora bien, humedad sin ventilación es una receta para el botritis, la podredumbre gris que arrasa una colección en semanas. Un terrario cerrado sin renovación de aire es peor que un alféizar. También pueden sufrir pulgón y cochinilla, que en estas plantas se retiran a mano o lavando, con mucho cuidado con los insecticidas, que muchas carnívoras toleran mal.
Alimentación: no hace falta
Una carnívora en el exterior caza sola y no necesita ninguna ayuda. Una en interior capturará menos, y aun así puede vivir perfectamente: la fotosíntesis les da la energía y las presas solo aportan nutrientes complementarios. Sin insectos crecerán más despacio y con menos color, pero no se mueren de hambre.
Si se les quiere dar algo, se les ofrece un insecto pequeño y vivo o recién muerto, y solo en una trampa de cada vez. Lo que no se hace nunca es darles carne, embutido, queso o comida humana: no pueden digerir la grasa ni la proteína animal en esa forma, la trampa se pudre y arrastra parte de la planta.
Comprar y no recolectar
Las carnívoras autóctonas españolas viven en turberas y manantiales que son hábitats frágiles y en muchos casos protegidos. No se recolectan del medio natural, ni la planta ni el esfagno.
En el comercio, conviene saber que el comercio internacional de muchas carnívoras está regulado por el convenio CITES, y que Dionaea muscipula figura en su Apéndice II. Comprar ejemplares propagados en vivero, y no de procedencia dudosa, es la forma de no alimentar la extracción de poblaciones silvestres, que en el caso de la venus atrapamoscas ha sido un problema serio en su área natural del sureste de Estados Unidos.
En resumen
Cuatro reglas resuelven el cultivo de casi cualquier carnívora: agua de lluvia, destilada o de ósmosis, y solo esa; sustrato de turba rubia sin abonar con arena de sílice o perlita; nada de fertilizante en ninguna forma; y mucha luz, con sol directo para las del grupo de la venus atrapamoscas y las sarracenias.
La quinta, y la que marca la diferencia entre tener la planta un año o diez, es el reposo invernal frío para las especies de clima templado. En España lo más sencillo es dejarlas en el exterior todo el año, en un balcón o un patio, y limitar el interior a las nepentes tropicales, que son las únicas del grupo que quieren calor los doce meses.