Las aromáticas mediterráneas son las plantas mejor adaptadas que existen al clima de la mayor parte de España, y con diferencia. Están hechas para el verano seco, el sol duro, los suelos pobres y calizos y la lluvia concentrada en otoño y primavera. Bien plantadas, un macizo de lavandas, tomillos, salvias y romeros funciona durante años con muy poca agua y prácticamente sin abono.

El aroma no es un adorno para nosotros. Los aceites esenciales que sueltan las hojas son un mecanismo de defensa frente a los herbívoros y los insectos, y también una forma de reducir la pérdida de agua: la capa de aire cargada de compuestos volátiles que rodea la hoja limita la evaporación en las horas de más calor. Muchas de estas plantas añaden un efecto alelopático, es decir, que la hojarasca que sueltan bajo la mata inhibe la germinación de otras especies. Por eso una plantación de tomillos o de oréganos da menos trabajo de escarda que un macizo convencional.

Lavandula angustifolia ‘Hidcote’ y ‘Munstead’ y Lavandula x intermedia ‘Grosso’ y ‘Alba’ en la foto izquierda. Thymus serpyllum en la foto derecha. Fotos: Locus Amoenus

Las lavandas, y cuál conviene en cada zona

Bajo el nombre de lavanda hay varias especies con exigencias distintas, y confundirlas explica la mayoría de los fracasos.

  • Lavandula angustifolia, la lavanda fina o de flor corta, con cultivares como ‘Hidcote’ y ‘Munstead’. Es la más resistente al frío y la de mejor perfume, pero quiere veranos no demasiado tórridos. Va muy bien en la meseta con algo de altitud, en el norte y en zonas de montaña.
  • Lavandula x intermedia, el lavandín, híbrido de la anterior con Lavandula latifolia. Es más grande, más productiva y aguanta mejor el calor. ‘Grosso’ es el cultivar más extendido y una apuesta segura en casi toda la península.
  • Lavandula stoechas, el cantueso, reconocible por el penacho de brácteas moradas sobre la espiga. Tiene una particularidad importante: prefiere los suelos ácidos o silíceos y no le sientan bien los muy calizos, al contrario que a sus parientes. Florece antes, ya en marzo o abril.
  • Lavandula dentata, de hoja dentada y floración muy larga en clima suave. Es la menos resistente al frío, así que se limita al litoral y a zonas sin heladas fuertes.

La poda es lo que decide si una lavanda dura cinco años o quince. Se hace después de la floración, cortando las espigas y aproximadamente un tercio del crecimiento del año, y siempre sin entrar en la madera vieja: hay que dejar hojas verdes por debajo del corte, porque de la madera desnuda no rebrota. Una mata que se ha dejado crecer sin podar y se abre por el centro ya no tiene arreglo, solo sustitución.

Tomillos

El género Thymus es enorme y ofrece desde matas erguidas hasta tapizantes de dos centímetros de alto que aguantan pisadas ligeras. Thymus vulgaris es el tomillo común de cocina y el más rústico. Thymus serpyllum y otros serpol son rastreros y perfectos para juntas de pavimento y para cubrir taludes secos. Thymus x citriodorus huele a limón y tiene cultivares de follaje dorado o variegado.

Son las plantas que mejor toleran el suelo pobre y pedregoso del país. Lo que no soportan es la humedad estancada en invierno ni el sustrato rico: en tierra abonada crecen blandos, se tumban y se pudren. En el jardín se plantan en el sitio más soleado, con grava alrededor y sin acolchado orgánico.

Un recorte ligero después de la floración mantiene la mata compacta. Como las lavandas, no rebrotan bien de la madera vieja, así que el recorte es superficial y frecuente, nunca drástico y tardío.

Salvias

El género Salvia es una caja de sorpresas con cerca de novecientas especies. En jardinería española conviene distinguir tres grupos.

La salvia común (Salvia officinalis) es la de cocina, de follaje gris afelpado, perenne y muy resistente a la sequía. Tiene cultivares de hoja purpúrea, dorada o tricolor, algo menos rústicos que la especie tipo.

Las salvias arbustivas americanas, sobre todo Salvia microphylla y Salvia greggii y sus híbridos, son las que más rendimiento dan en un jardín seco: florecen desde la primavera hasta las primeras heladas, en rojo, rosa, coral, blanco o bicolor, y toleran el calor extremo. Se cortan a un tercio a finales del invierno para que rebroten compactas.

El romero entra hoy en este mismo género: desde 2017 la clasificación aceptada lo llama Salvia rosmarinus, aunque en vivero se siga vendiendo como Rosmarinus officinalis. Los hay erguidos, para setos bajos, y rastreros como ‘Prostratus’, magníficos para cubrir un muro de contención o para desbordar por el borde de una jardinera. Florece muy pronto, entre enero y abril según la zona, y es una de las primeras fuentes de néctar del año.

Nepetas y oréganos

Las nepetas son vivaces de follaje gris verdoso y aroma mentolado que producen nubes de espigas azules o lilas durante meses. Nepeta x faassenii y el cultivar ‘Six Hills Giant’ son los más usados, y funcionan muy bien delante de rosales o mezclados con gramíneas. El truco de manejo es simple: cortar toda la mata a un palmo del suelo cuando la primera floración se apaga, hacia finales de junio, para tener una segunda tanda en agosto y septiembre.

Conviene saber que Nepeta cataria, la hierba gatera, es otra especie del mismo género y provoca una reacción de excitación en muchos gatos, que se revuelcan sobre ella y acaban destrozándola. Si hay gatos en la zona, mejor plantarla donde no importe que la aplasten.

Los oréganos (Origanum) son subarbustos rizomatosos que sirven como cubresuelos aromáticos. Origanum vulgare es el orégano común, rústico y muy resistente, con cultivares de hoja dorada como ‘Aureum’ que iluminan un borde en semisombra. La mejorana (Origanum majorana) es bastante más sensible al frío y en el interior peninsular suele comportarse como planta de temporada.

Cómo se plantan de verdad estas plantas

Aquí es donde se pierden la mayoría de los macizos de aromáticas, porque se les aplican los cuidados de una planta de flor normal y eso las mata.

Plantar en otoño. Entre octubre y noviembre en el centro y el sur, algo más tarde en el litoral. La planta enraíza durante el invierno aprovechando las lluvias y llega al primer verano con un sistema radicular capaz de buscar agua en profundidad. Una plantación de primavera obliga a regar todo el verano y da plantas mucho más dependientes.

Drenaje antes que nada. Mueren más aromáticas por asfixia radicular en invierno que por sequía en verano. En suelo arcilloso hay que plantar sobre caballón o en un montículo, elevando el cuello de la planta unos veinte centímetros sobre el nivel del terreno.

Nada de abono ni de estiércol. En suelo fértil crecen deprisa, con tejidos blandos, menos aroma y menos resistencia al frío y a la sequía. La pobreza es parte de la receta.

Acolchado mineral. Grava, gravilla o arena gruesa alrededor del cuello, en una capa de cinco a ocho centímetros. Mantiene la base seca, reduce la evaporación del suelo y frena las hierbas. El acolchado de corteza o de compost, en cambio, retiene humedad junto al cuello y favorece las pudriciones.

Riego decreciente. El primer verano se riega en profundidad y de forma espaciada, cada diez o quince días, para forzar a la raíz a bajar. El segundo, la mitad. A partir del tercero, en gran parte de España se pueden mantener sin riego si la elección de especies ha sido correcta.

Espaciar bien. Una lavanda adulta ocupa entre sesenta y ochenta centímetros de diámetro y un lavandín puede pasar del metro. Plantarlas juntas para que el macizo se vea lleno el primer año condena al conjunto a asfixiarse el tercero.

En maceta

Todas funcionan en terraza y balcón, con dos condiciones. La primera es un sustrato mineral y suelto: sustrato universal mezclado a partes iguales con arena gruesa o gravilla, no la turba sola que viene en los sacos baratos. La segunda es que la maceta drene de verdad y que el plato no acumule agua.

En maceta el riego sí es necesario todo el verano, porque el cepellón se seca y la raíz no puede ir a buscar agua a ninguna parte. Aun así, se riega cuando el sustrato está seco y no por calendario. El abonado se reduce a un aporte ligero en primavera.

En resumen

Las aromáticas mediterráneas son la solución más razonable para un jardín soleado en España: poca agua, poco abono, poca plaga y aroma todo el año. La clave está en elegir la especie adecuada a la zona (lavandín en lugar de lavanda fina donde el verano aprieta, cantueso solo en suelo ácido) y en plantar en otoño sobre suelo bien drenado.

La otra mitad del asunto es la poda. Lavandas, tomillos y romeros no rebrotan de la madera vieja, así que se recortan ligeramente cada año justo después de florecer y nunca se les da un corte drástico sobre madera desnuda. Con esa disciplina anual, un macizo de aromáticas se mantiene compacto y florido durante muchos años.


Contenidos relacionados