El pino de Norfolk no es un pino. Es Araucaria heterophylla, una conífera endémica de la isla de Norfolk, en el Pacífico Sur, donde alcanza entre cincuenta y sesenta metros de altura. Lo que se vende en maceta son ejemplares juveniles, de veinticinco centímetros a poco más de un metro, con esa silueta de pisos que la ha convertido en una de las poquísimas coníferas que aguantan de verdad dentro de casa.

Su atractivo está en la estructura. Las ramas salen del tronco en verticilos, varias a la vez desde el mismo punto y repartidas en círculo, casi horizontales y muy separadas entre un piso y el siguiente. Las hojas son aciculares, blandas y de un verde brillante que se oscurece con la edad. El conjunto es transparente y deja pasar la luz, así que funciona muy bien junto a un ventanal sin taparlo.

El fino ramaje del pino de Norfolk dibuja una silueta cónica con pisos de cinco ramillas prácticamente horizontales. Foto: Flower Council of Holland

La regla que hay que aprender antes de comprarlo

Conviene saber esto desde el primer día, porque no tiene arreglo: el pino de Norfolk no rebrota. Si se corta la guía central, el árbol no forma otra y se queda desmochado para siempre. Si se corta una rama, no vuelve a salir otra en ese punto ni se rellena el hueco. Y cuando una rama baja se seca y se cae, ese piso queda vacío de manera permanente.

De ahí se deducen dos cosas. La primera, que no se poda salvo para retirar lo que ya está seco. La segunda, y más importante, que todo el cuidado consiste en evitar que pierda ramas, porque cada una que se va es un agujero definitivo en la silueta. Un ejemplar bien llevado se mantiene perfecto durante décadas; uno descuidado dos inviernos seguidos ya no se recupera.

Luz

Necesita mucha luz, más de la que suele dársele. El sitio correcto es a menos de un metro de una ventana grande, o pegado a un ventanal orientado al este o al norte. Con luz insuficiente, los pisos nuevos salen cada vez más espaciados y con ramas más cortas y débiles, y el árbol pierde la forma cónica compacta.

Lo que no tolera es el sol directo del mediodía a través del cristal en verano, que quema las agujas. Sol suave de mañana, sí.

Y hay que girar la maceta un cuarto de vuelta cada dos o tres semanas. Si no se hace, el árbol crece torcido hacia la ventana y esa inclinación tampoco se corrige después. El tutor con el que viene del vivero conviene dejarlo mientras el tronco no tenga consistencia.

Riego

El sustrato debe mantenerse fresco, es decir, ligeramente húmedo, sin secarse nunca del todo y sin llegar a encharcarse. Los dos extremos producen el mismo síntoma, que es la caída de agujas y de ramillas, así que ante una planta que se pela lo primero es comprobar el estado real del cepellón metiendo el dedo o un palito de madera unos centímetros.

El riego por inmersión funciona muy bien con esta planta: se pone la maceta en un barreño con unos dedos de agua, se deja que absorba entre quince y treinta minutos y se saca a escurrir. Así se moja todo el cepellón por igual, cosa que no siempre pasa regando por arriba cuando el sustrato tiene turba y se ha secado.

En invierno, con la planta parada y menos luz, el consumo baja mucho y hay que espaciar los riegos. Y el plato nunca se deja con agua.

Humedad y temperatura, el punto crítico en España

Aquí es donde se pierden la mayoría de los ejemplares. Viene de una isla oceánica y está acostumbrado a un aire muy húmedo. Un salón español con calefacción en enero puede bajar del treinta por ciento de humedad relativa, y en esas condiciones las agujas se secan por la punta, amarillean y las ramas bajas se desprenden.

Medidas que funcionan:

  • Alejarlo de radiadores, de bocas de aire acondicionado y de chimeneas. No hay pulverización que compense estar encima de un radiador.
  • Poner la maceta sobre un plato ancho con grava o arcilla expandida y un poco de agua, de modo que el fondo del tiesto quede por encima del nivel del agua.
  • Pulverizar el follaje con agua a temperatura ambiente y baja en cal, sobre todo durante los meses de calefacción.
  • Agruparlo con otras plantas, que crean su propio microclima húmedo.

La temperatura ideal está entre unos 15 y 22 grados. Tolera bien que baje en invierno, incluso a 10 grados, y de hecho un invierno algo fresco le sienta mejor que un salón a 24 grados con el aire seco. Lo que no admite es la helada, salvo quizá una escarcha muy ligera y puntual.

Sustrato, abono y trasplante

Quiere un sustrato ácido, suelto y aireado. Una mezcla de sustrato para plantas acidófilas con un tercio de perlita o de arena gruesa cumple de sobra. En maceta con sustrato compactado y agua dura acaba clorótico, con las agujas nuevas pálidas.

Se abona con fertilizante líquido para coníferas o para acidófilas durante la primavera y el principio del otoño, es decir, en los periodos de crecimiento activo, y se suspende en pleno verano y en pleno invierno. Es una planta de crecimiento lento y no hace falta forzarla: el exceso de abono estropea más de lo que aporta.

El trasplante solo se hace cuando asoman raíces por los agujeros de drenaje, en primavera y a una maceta una talla mayor. No le gusta que le manipulen la raíz, así que se cambia entero, sin deshacer el cepellón. Cuando el ejemplar ya es grande y no interesa aumentar la maceta, basta con renovar los tres o cinco centímetros superiores del sustrato a finales de invierno.

La maceta pesada y ancha es preferible a la alta y estrecha, porque el árbol hace de vela y en un tiesto ligero se vuelca con facilidad.

Como árbol de Navidad y en el jardín

Es una alternativa razonable al abeto cortado, con una ventaja evidente: sigue vivo en enero. Ahora bien, hay que tratarlo como planta de interior y no como decoración. Nada de ponerlo junto a la chimenea o al radiador, nada de espráis de nieve artificial sobre las agujas y cuidado con las luces, mejor de bajo consumo y sin apretar el cable contra las ramillas. Los adornos pesados deforman las ramas horizontales, que son frágiles.

Al aire libre solo prospera en zonas libres de heladas: Canarias, el litoral mediterráneo cálido y algunos puntos abrigados de la costa atlántica sur. Allí es un árbol excelente para primera línea de mar, porque tolera el viento y el aire salino, y se usa aislado o formando pantallas. Conviene recordar el tamaño final: es un árbol de decenas de metros y no cabe en un jardín pequeño ni cerca de una casa.

Qué le pasa cuando algo va mal

Se secan y caen las ramas de abajo. Es el síntoma clásico y casi siempre significa aire seco, falta de luz o un episodio de sequía en la maceta. Las ramas perdidas no se reponen.

Puntas de las agujas marrones. Sequedad ambiental o agua muy dura o clorada. Se mejora pulverizando y regando con agua de lluvia o reposada.

Follaje amarillento general y planta parada. Suele ser exceso de riego con drenaje deficiente, o falta de abono en un sustrato agotado.

Telarañas finas y punteado claro en las agujas. Araña roja, favorecida por el ambiente caliente y seco. También aparecen cochinillas en las axilas de las ramillas, que se ven a simple vista como pequeños bultos algodonosos o pardos.

En resumen

El pino de Norfolk es una planta de interior fácil siempre que se le den las dos cosas que pide, que son luz abundante sin sol directo abrasador y aire que no esté reseco por la calefacción. El riego es sencillo: sustrato siempre fresco, nunca encharcado ni seco del todo, mejor por inmersión.

Lo que lo diferencia de casi cualquier otra planta de casa es que no perdona los errores, porque no rebrota. Una rama seca es un hueco permanente y una guía cortada arruina la silueta. Girar la maceta con regularidad y mantener la humedad ambiental en invierno son, con diferencia, los dos gestos que más rentabilidad dan con este árbol.


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