Cuando cae la hoja, algunos arces empiezan su mejor temporada. La corteza de ciertos cultivares vira en invierno a rojo coral, naranja, amarillo intenso o canela, y en otro grupo, los llamados arces de corteza de serpiente, el tronco queda listado en blanco sobre verde oliva. Es un espectáculo que dura de noviembre a marzo, justo cuando el jardín no tiene nada más que ofrecer.

Son árboles pequeños o medianos, de tres a nueve metros según la especie, así que caben en jardines normales y algunos incluso en una maceta grande de terraza. La contrapartida es que casi todos son plantas de clima fresco y suelo sin cal, lo que en España limita bastante dónde se pueden plantar con garantías.

1. Acer palmatum ‘Sango-kaku’; 2. Acer negundo ‘Winter Lightning’; 3. Acer palmatum ‘Bi-hoo’; 4. Acer rufinerve ‘Erythrocladum’; 5. Acer griseum; 6. Acer x conspicuum ‘Phoenix’.

Los de corteza coral y amarilla

El más conocido es Acer palmatum ‘Sango-kaku’, un arce japonés cuyas ramillas jóvenes toman un rojo coral encendido en cuanto llega el frío. Alcanza de cuatro a seis metros y tiene además una otoñada amarilla luminosa antes de desnudarse. ‘Bi-hoo’ es más pequeño, entre metro y medio y dos metros y medio, con la corteza amarilla en la base y anaranjada o rosada en la ramificación fina, lo que da un efecto de llama.

Con estos arces hay un detalle que decide el resultado y que casi nadie tiene en cuenta: el color solo está en la madera joven. Las ramas de más de tres o cuatro años pierden intensidad y se vuelven pardas. Un ejemplar que nunca se toca acaba siendo un árbol de corteza corriente con cuatro ramillas de color en la punta. Para mantener el efecto hay que renovar madera, eliminando cada año alguna rama vieja de las principales para forzar brotes nuevos desde abajo.

El otro factor es la luz. La coloración se intensifica con el sol y con el frío; en sombra plena el rojo queda apagado y sucio. Como el Acer palmatum tampoco tolera el sol abrasador del verano, el compromiso es sol de mañana y sombra a partir del mediodía.

El arce de corteza de papel

Acer griseum es, para mucha gente, el mejor árbol pequeño de corteza que existe. El tronco y las ramas se van cubriendo de láminas finas de color canela que se enrollan y se despegan sin caerse, de modo que a contraluz el árbol parece encendido. A eso suma una otoñada roja y anaranjada de primer nivel y un porte contenido, de seis a nueve metros en muchos años, porque crece muy despacio.

Tiene dos ventajas prácticas sobre los arces japoneses. Es más tolerante con los suelos calizos, lo que abre la puerta a jardines donde un palmatum se cloroza sin remedio, y aguanta mejor el sol. Su punto débil es la lentitud: hay que comprarlo ya con cierto porte y aceptar que el efecto pleno de la corteza tarda años en llegar, porque en un ejemplar joven la exfoliación aún es discreta.

Los arces de corteza de serpiente

Es un grupo de especies asiáticas y norteamericanas cuya corteza verde oliva o parda está recorrida por finas líneas verticales blancas, como la piel de una serpiente. Los más habituales en jardinería son:

  • Acer davidii, el arce del padre David, originario de China, con la corteza verde veteada de blanco y rojizo, hojas sin lóbulos y otoñada amarilla y naranja. Es el mayor del grupo y puede pasar de los diez metros.
  • Acer capillipes, japonés, de tonos más claros, hojas trilobuladas con el pecíolo y las nervaduras carmín, y una otoñada roja notable.
  • Acer rufinerve, también japonés, con la variante ‘Erythrocladum’ de corteza dorada punteada de lenticelas grises.
  • Acer pensylvanicum, norteamericano y de porte más contenido, cuyo cultivar ‘Erythrocladum’ pasa del amarillo tostado a un rojo intenso con vetas blancas durante el invierno.
  • Acer x conspicuum, un grupo de híbridos con cultivares como ‘Phoenix’, que combina el rojo anaranjado con el veteado plateado.

Todos ellos son plantas de sotobosque de montaña que necesitan aire húmedo y verano suave. En la cornisa cantábrica, en Galicia, en el Pirineo o en la sierra funcionan bien; en clima mediterráneo de interior, con cuarenta grados en agosto y aire seco, se queman las hojas y el árbol se agota. Acer pensylvanicum es el más exigente de todos y el que menos posibilidades tiene fuera del norte.

La corteza veteada, además, se ve mejor en árboles jóvenes: con la edad, la base del tronco se agrieta y pierde el dibujo. Es otro argumento para renovar ramas y para no buscar un ejemplar centenario.

Un aviso sobre Acer negundo

Entre los arces de ramillas de color aparece a menudo Acer negundo en cultivares como ‘Winter Lightning’, de silueta amarilla en invierno. Es un árbol rápido, barato y muy adaptable, y ese es exactamente el problema.

Acer negundo es una especie norteamericana que se ha naturalizado con fuerza en las riberas de buena parte de la península. Produce enormes cantidades de sámaras que el viento y el agua dispersan lejos, germina con facilidad en suelos removidos y húmedos y desplaza a la vegetación de ribera autóctona, chopos, fresnos y sauces, en muchos tramos de río. Los cultivares ornamentales no son estériles: si el ejemplar es femenino, produce semilla viable que puede escapar del jardín.

La conclusión práctica es sencilla. Si el jardín está cerca de un río, un arroyo, una acequia o cualquier zona húmeda, este arce no se planta, y hay alternativas que dan el mismo efecto de ramillas coloreadas en invierno, empezando por los cornejos de madera roja y amarilla.

Cultivo en España

Suelo. Los arces japoneses (palmatum) y los de corteza de serpiente quieren suelo suelto, fresco, rico en materia orgánica y de reacción ácida o neutra. En los suelos calizos que dominan el este y el sur peninsular sufren clorosis férrica, con hojas amarillas de nervadura verde, y no hay abonado que lo compense a largo plazo. Ahí la solución realista es el cultivo en maceta grande con sustrato ácido y riego con agua de baja dureza, o directamente elegir Acer griseum, que lleva mejor la cal.

Exposición. Sol de mañana, sombra de tarde y, sobre todo, protección del viento seco, que quema los bordes de las hojas en verano y estropea la floración de la primavera siguiente. En el norte peninsular aguantan más sol que en el sur.

Riego. No son plantas de secano. Quieren el sustrato fresco y sin encharcar, lo que en la práctica significa riego regular de junio a septiembre en casi toda España. Un acolchado de corteza o de hojarasca de diez centímetros sobre el alcorque ahorra mucha agua y mantiene la raíz superficial fresca, que es donde tienen la mayor parte del sistema radicular.

Poda. Cuanto menos, mejor, salvo la renovación de madera que necesitan los de corteza coloreada. La época importa: los arces sangran savia con abundancia si se podan a finales de invierno o al principio de la primavera, así que la poda se hace a finales de verano o en otoño, con la planta aún en hoja o recién caída.

Sanidad. El problema más serio del género es la verticilosis, un hongo del suelo que provoca el marchitamiento repentino de una rama entera con las hojas todavía puestas. No tiene tratamiento curativo: se retira la madera afectada y se evita replantar otro arce en el mismo hoyo. En verano seco pueden aparecer también pulgón y araña roja.

Cómo colocarlos para que la corteza luzca

Un arce de corteza roja delante de un seto de laurel o de tejo se ve desde el otro extremo del jardín. El mismo árbol contra un cielo gris de enero, no. El fondo oscuro es lo que hace visible el color, y es gratis.

La segunda regla es el contraluz. La corteza exfoliada del Acer griseum y las ramillas finas de los palmatum se encienden cuando el sol bajo de la tarde de invierno les da por detrás, así que merece la pena pensar de dónde viene la luz a las cinco de la tarde en diciembre y no en junio.

Y la tercera, la distancia. Estos árboles se disfrutan de cerca, así que se plantan junto a un paso, a la vista de una ventana o en el borde de una terraza, no en el fondo de la parcela. Limpiar el tronco de ramas bajas hasta metro y medio deja la corteza a la vista y permite plantar debajo bulbos de invierno, helechos o hiedras que hacen de alfombra.

En resumen

Los arces de corteza decorativa dan al jardín cuatro meses de interés en la peor época del año, con árboles de tamaño manejable y un mantenimiento bajo. El color, eso sí, está en la madera joven, de modo que hay que renovar ramas periódicamente y podar en verano o en otoño para evitar que la planta sangre.

La limitación real en España es el suelo y el clima. Con suelo ácido y verano suave caben todos, y los de corteza de serpiente son la elección más elegante. Con suelo calizo, Acer griseum es la apuesta segura y los palmatum se resuelven en maceta con sustrato ácido. Y a Acer negundo conviene decirle que no si hay agua corriente cerca, por muy vistoso que sea en invierno.


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